Mister O’Slann

El siguiente cuento forma parte del desafío inicial que planteó el equipo del blog, y que consiste en realizar dicho cuento abrazando una serie de premisas. Para este primer desafío los autores nos hemos visto obligados a incluir un objeto, un personaje y una localización. En la tormenta de ideas en la que decidimos cuales serían estos obstáculos iniciales, el objeto a tener en cuenta tomó forma de botella, el personaje se vistió de vagabundo y la localización nos llevó al Valle de los Caídos.

“Mister O’Slann” es uno de los cuatro cuentos que han surgido de este pequeño desafío, y que esperamos que disfrutéis leyendo tanto como nosotros escribiéndolos. Nuestro objetivo es que en un futuro próximo podáis ser vosotros, queridos lectores, quienes planteéis estos obstáculos. 

Mister O’Slann

Si no fuese yo, diría que es algo que no se ve todos los días.

Levanto la mirada al cielo y el disco de aspecto metálico sigue ahí, dejando caer una luz fría y acerada sobre todo el paisaje, desprendiendo unos curiosos reflejos en forma de curvas concéntricas contra la bóveda celeste. El aspecto del firmamento resulta fantasmal, y si no me hubiese visto en tantos y tan inusuales problemas a lo largo de mi vida estaría verdaderamente asustado, como todos los demás. Ante la situación, hago lo único que tiene sentido en estos momentos: sacar la cámara.

Tengo la gigantesca cruz del monumento desplegada, con todos sus ciento cincuenta metros de altura recortados contra el cielo, así que la primera es fácil. Saco la Nikon de su funda como un pistolero, y procuro matar los nervios de no saber qué es lo que está pasando.

¿Quién me mandaría a mí decir que sabía hablar español en la redacción? Si consigo salir de esta, Perry, amigo, me vas a pagar la primera letra del Porsche al que le tengo echado el ojo. Apunto, enfoco, disparo. Clas, clas. Un 914 amarillo y nuevecito, ya lo creo que sí. Pero lo cambiaría por no haber tomado clases de español nunca.

Bajo la cámara, le echo un vistazo a los parroquianos, que poco a poco se dan cuenta de lo que está sucediendo: están aterrorizados. Hay que aprovechar. Un señor con bigotito, gafas de sol y la mandíbula desencajada mirando al cielo. Clas. El sacerdote que oficiaba los ritos sale al exterior. Un colega de un medio local me ha dicho durante el desayuno que es un abad. Espero a que reaccione, apunto: se santigua al mirar hacia arriba. Clas. La triste viuda, ajena a lo que sucede, se lleva la mano al pecho. Clas.

Enfoco un grupo de señoras enlutadas con… ¿cómo lo llaman? Chasqueo la lengua. “Peineta”. Eso es. Una de ellas, joven, se acaba de desmayar en los brazos de la que podría ser su madre. El resto la abanican con fuerza, casi con violencia. Cerca de ellas, un tipo alto con uniforme y banda militar (¿el heredero? ¡El heredero!) les dirige una mirada entre curiosa y preocupada. Clas, clas, clas.

Busco nuevos objetivos, pero antes de que pueda encontrar algo nuevo, siento un tirón violento en el brazo y sin que tenga tiempo a decir esta boca es mía, me arrancan la cámara de las manos con malas maneras.

—¡Eh, oiga! —me quejo, con mi fuerte acento norteamericano—. ¡Que es mi medio de vida!

El tipo, repeinado y con gafas de sol, acerca tanto el rostro que temo por un momento que me vaya a dar un cabezazo. Nada de fotos, me gruñe, con un tono de voz que no parece nada acostumbrado a que le lleven la contraria. Por un instante siento el impulso de plantarle cara, pero percibo que estamos captando la atención. Las miradas del corrillo cercano van hacia el cielo y hacia mí, y sé muy bien que las masas aterrorizadas tienden a hacer asociaciones extrañas y simplistas. Trago saliva.

Le mantengo la mirada al matón, hasta que alguien me pone amablemente la mano en el hombro y, con voz suave, musita un “No va a sacar más fotos”, antes de extender su otra mano diplomáticamente hacia el hombre. La miro: la he visto durante el desayuno. Diablos, todos la hemos visto, si parece más una modelo que una periodista. Trabaja para un medio francés: Le Monde, creo.

Ante mi asombro, el tipo le devuelve la cámara como si acabase de reprenderlo su madre, y nos alejamos hacia la zona en que se han agrupado los de la prensa.

—Siga. No saben lo que está pasando —me dice ella en un español mucho mejor que el mío. “¿Y se supone que nosotros sí?”, siento ganas de contestar. Como si me hubiese leído el pensamiento me comenta en voz muy baja, prácticamente pegando sus labios a mi oído—: tenemos a alguien que lo ha visto todo.

—¿En serio? —comento, casi quedándome congelado en el sitio. Lanzo una rápida visual al grupo de periodistas, bastante nutrido. Supongo que el interés periodístico es lógico: no todos los días entierran aquí a sus dictadores.  Sin embargo, los medios parecen concentrados en un individuo regordete que hace grandes aspavientos al hablar, totalmente fuera de sí. Prácticamente nadie nos hace mucho caso al vernos llegar. Tan solo Mike Chilcott, el veterano del “The Guardian” británico, me saluda con el mentón.

—Hey, James. Veo que Lorraine acaba de salvarte el culo. Y eso que no llevas tu seductora pajarita.

—Parecía poco apropiada para un entierro, ¿no crees?

—Creo que todo el mundo debería estar vestido de colores chillones y celebrando una fiesta, pero yo no te he dicho nada.

Me río. El padre de Chilcott estuvo por aquí durante la guerra, codeándose con parte del panteón: Orwell y Cappa, y vete a saber quién más, así que tiene una opinión bastante clara y poco neutra de España. Yo solo sé lo que he leído a través de las agencias.

—Oye, ¿a qué viene tanto revuelo? —le comento, señalando con un gesto de la cabeza hacia el tipo que centra todas las miradas. Incluso Lorraine abandona nuestra conversación —justo en ese momento me doy cuenta de que nos Mike y yo nos hemos lanzado a hablar en inglés— y se dirige hacia el testigo.

—Lo que yo te diga: pajarita, Jimmy. Sin ella no eres nadie.

—Diablos…

—Fíjate, te ha cambiado por el protagonista del día.

—Pues parece totalmente chalado ¿Quién es, Mike?

—¿Nuestro hombre? Un cualquiera. El tipo es del “Movimiento”. —Como eso no me aclara nada, Mike matiza—: un falangista. Están de capa caída. —Justo en ese momento, el hombre se pone a gritar.

—¡Cthulhu! ¡Es el gran Cthulhu el que se cierne sobre nosotros!

Lo que yo decía: totalmente chalado. Como resulta evidente que el tipo está fuera de sí, mis colegas se echan un paso o dos hacia atrás, y, precisamente en ese instante, él decide que es buena idea echarse encima de alguien a soltarle sus espumarajos y sus chaladuras. Como no, ese alguien soy yo.

—¡Se ha alzado de R’Lyeh, ahora que el único hombre que podía detenerlo ha muerto!

El hombre me agarra fuertemente por los hombros, y, aunque es de una estatura más baja que yo, se alza de puntillas para acercar su mirada a la mía.

—¿Lo comprenden? ¡Es el fin del mundo! ¡Sin el Caudillo para salvarnos es el fin de la civilización!

—Pero hombre, ¿qué es lo que ha visto usted? —Procuro que mis palabras suenen tranquilizadoras, pero lo cierto es que no ando yo muy calmado con tanto trajín, y mi fuerte acento tampoco contribuye. El hombre afloja la presión y señala con el índice hacia la cruz.

—¡Se alzó sobre el Valle! ¡Yo lo vi llegar!

Chilcott se sitúa cerca de mí—. Está como una regadera, Jimmy —me dice en voz baja—. Estamos perdiendo el tiempo. Yo niego con la cabeza, le dirijo una mirada a mi colega y le digo—: espera. Algo hay. —Vuelvo a concentrarme en el tipo, intentando captar de nuevo su atención.

—Oiga…

—¡Se hizo la oscuridad!

—Mire…

—¡Colocó el disco en el cielo y se marchó!

—¿Cómo era ese Katulu suyo, amigo? —Ahí parece que he pinchado en hueso. El tipo me vuelve a mirar, con atención. Mira a un lado y a otro, se acerca de nuevo hacia mí y, agarrándome de la solapa del traje, me obliga a bajar la cabeza. Susurra, de forma casi inaudible.

—Tal y como lo describe Lovecraft: los tentáculos salían de su gigantesco rostro. Lo envolvía todo…

Maldición. El corazón se me pone a latir a toda velocidad.

—Oiga, oiga, le interrumpo. Esos tentáculos… ¿Brillaban? ¿Le pareció que eran de metal?

El tipo titubea.

—¿Cómo… puede usted saber eso?

—¿Lo eran?

El hombre me lanza una mirada entre fulminante y aterrada. Después, da un par de pasos hacia atrás y, sin dejar de mirarnos en ningún momento, se va alejando del grupo de periodistas.

—¿Míster O’Slann? —me interroga la voz suave de Lorraine, mientras que veo cómo el tipo se aleja. No siento el más mínimo impulso de corregirla, aunque pronuncie mal mi apellido—. ¿Qué le ha dicho?

Bajo la frente y me llevo la mano a la cabeza, procurando recordar cuando fue la última vez que sucedió. La única vez que sucedió. Respiro, profundamente, y la miro a los ojos. Todo el mundo está pendiente.

—Diecinueve cincuenta y ocho —digo, nervioso, antes de recordar aquella clase de español y auto corregirme—. Disculpen, quería decir 1958. El evento de Julio.

La reacción es diversa. Vivimos en un mundo enloquecedor, en el que lo extraordinario acaba confundiéndose con lo cotidiano, así que no me acaba de sorprender que no todos los presentes se acuerden, o sepan de qué hablo. Los que lo hacen adoptan gestos de preocupación, resoplan, hacen exclamaciones del tipo “Dios mío” y “¿qué va a ser de nosotros?”

—¿Está seguro? —insiste ella. Yo dirijo la mirada hacia el disco metálico, hacia las extrañas formas que dibuja su luz fría en un cielo azul que, por primera vez, veo que está desprovisto de una sola nube.

—Preferiría no estarlo —contesto. Procuro recuperar la compostura y le dirijo una mirada a todo el conjunto de periodistas—. Oigan —comento— hay que avisar a las autoridades de lo que está pasando aquí.

—No es buena idea, Jimmy. —Chilcott enciende un cigarrillo, como para calmar los nervios, controlando con dificultad el encendedor—. Estos tipos, amigo mío, son de los que matan al mensajero.

—Pues algo tenemos que hacer —contesto, antes de que empiece una acalorada discusión entre mis colegas procurando decidir precisamente el rumbo a seguir. La cosa va subiendo de tono, y, en algún momento un corresponsal local con barba y gafas de cristal ahumado me llega incluso a recomendar que me guarde el carrete de la Nikon en la bragueta. Absortos como estamos por nuestra discusión, prácticamente no nos damos cuenta de que un grupo nutrido de personas, con los máximos dignatarios del país a la cabeza y hombres de uniforme gris flanqueándolos, se cierne sobre nosotros. Los dos grupos se observan por un breve momento, con cierta inquietud o, por qué no decirlo, temor por nuestra parte.

—¿Qué está pasando aquí? —La pregunta sale de los labios de un hombre mayor, calvo y con gafas de sol, y prácticamente suena como una orden—. Juanito, aquí presente, dice que ustedes saben algo. ¡Informen de inmediato!

El hombre señala con un seco movimiento de la cabeza hacia nuestro anterior testigo, que me dirige una mirada helada con los ojos entrecerrados.

Hay titubeos entre nuestras filas. Algún que otro murmullo. Estoy a punto dar un paso al frente y echarle valor cuando detecto que algo me cae sobre el pelo. Extrañado, lo aparto con la mano, pero otro objeto pasa cayendo, muy lentamente, justo por delante de mis narices. Alzo la mirada y hay una auténtica lluvia de algo parecido a copos de nieve, que caen lenta y suavemente desde el cielo, en un movimiento semejante al que describiría una pluma al viento. Todo el mundo lo ve, y me quedo tan asombrado que esta vez ni se me pasa por la cabeza echar mano de la cámara.

Aturdidos, nos miramos los unos a los otros, sin saber qué hacer. Y, al instante siguiente, el abad se deja caer de rodillas, con lágrimas en los ojos.

—¡Maná del cielo! —exclama, con la voz quebrada—. Oh, señor, te llevas a tu hijo más querido y nos entregas una lluvia de maná… ¡Es un milagro!

Totalmente alucinado, veo como uno a uno, todos y cada uno de los integrantes del grupo que nos estaba rodeando se arrodilla y adopta un gesto de oración.  Parpadeo, asombrado, antes de que entre Mike y Lorraine me saquen de allí. Parte de la prensa se dispersa, el resto se queda en el sitio, incluso rezando.  Nadie se atreve a sacar una sola foto.

—Como peces en una pecera —susurro, mientras que nos apartamos—. Es de locos. —Mis dos colegas asienten, bastante asustados.

—Será mejor que seamos discretos, jóvenes —nos dice Mike en español—. Esto está cerca de convertirse en “El señor de las moscas”.

Como si aquellas palabras fuesen una premonición, el ataque de fervor sigue yendo a más durante todo el día. Desde una prudencial distancia podemos ver cómo hay desmayos, gente que rompe a llorar, que se agarra a la pierna del abad e implora por su alma, incluso hay quien rasga su camisa y se pone a gritar lo que no se sabe a ciencia cierta si es un voto, una oración o una incoherencia.

—No entiendo nada —acierto a decir en algún momento—. ¿Cómo es que nadie ha sumado dos y dos?

—Aquí son muy fervorosos, James —me contesta Mike, aflojándose el nudo de la corbata—. Y además, solo tienen dos cadenas de televisión. Y censura.

—Pero, aun así, no pueden haber vivido todos estos años de espaldas al mundo.

Chilcott se encoge de hombros—. Pues parece que sí —acaba por decir—. Fíjate en nuestro “testigo”. Vete a saber qué habrá leído  a escondidas para acabar pensando semejantes chaladuras.

Lorraine, mientras tanto, parece observar con una mezcla de temor e interés todo lo que va sucediendo. De vez en cuando lanza una mirada al cielo, como intentando determinar algo. Mira su reloj, contempla el cielo y, a pesar de que las horas pasan, todos somos conscientes de que el cielo sigue siendo de azul celeste, y que el disco emite la misma luz fría. Y, exactamente a las nueve en punto, percibimos un movimiento rotatorio en el firmamento y un “clic”. De golpe, es de noche.

—Definitivamente, el mismo evento que en 1958 —digo, asustado—. Que Dios nos ayude —musita Lorraine—. Más vale que nos ayude algo muy parecido —apostilla cínicamente Chilcott, antes de añadir—: pero real.

Todos nos sentimos bastante desmoralizados, y tardamos en volver a decir nada más. Al cabo de un rato, siento la necesidad de estirar las piernas, de hacer algo. Tengo la enorme tentación de romper una promesa, de hacer algo que años atrás me juré no volver a hacer. Las palabras de Chilcott, en cierto modo, me han molestado. Cuando las enunció me miró directamente, como si yo tuviese la solución a todos los problemas. Como si fuese tan sencillo.

—Necesito aclarar mis ideas —explico. Comienzo a caminar, procurando no perderme en la oscuridad. Contemplo el firmamento, intentando delimitar las dimensiones de lo que sé a ciencia cierta que no es más que una jaula. Siento una enorme frustración al mirar hacia el cielo. ¿Qué puede hacer un individuo normal ante semejantes circunstancias? Intento localizar estrellas en el firmamento. No hay ninguna. No hay luna. Solo una tenue oscuridad: suficiente luminosidad para no romperse la crisma al caminar, suficiente oscuridad para cerrar los ojos y dormir.

—¿Qué busca? ¿Qué pretende conseguir con esto? —A mis espaldas, Lorraine enuncia parte de lo mismo que yo estoy pensando. Absorto como estoy, no la oí llegar. No tengo una respuesta para esas preguntas. ¿Cómo comprender algo así?

—No lo sé —admito de forma casi inaudible. Ella se acerca, me mira a los ojos. ¿Qué es?, me pregunta—. Pareces saber bastante de lo que sucedió en el 58. —Titubeo, por un momento.

—Es… no lo sé. Algo que vaga por el vacío, me imagino. En cuanto a lo que busca… Tal vez quiera observarnos, analizarnos. Quizás va haciendo lo mismo en otros lugares. Embotellarnos. Coleccionarnos. Vagar eternamente de un sitio a otro, buscando otras formas de vida… No lo sé. En su momento leí todo lo que pude sobre el tema: me fascinaba. De cómo se llevó París, Nueva York… Yo me preguntaba: ¿por qué esas ciudades y no otras? ¿Porque había mucha gente? ¿Porque eran importantes para nosotros? Y, si es así, ¿por qué llevarse ahora esto? No lo sé. Es todo una locura. Tal vez solo sea un sádico. Tal vez solo quiera tener un hormiguero colgado en una pared del salón. O tal vez capte nuestras señales de radio, de televisión, y diga: “esto es muy importante para ellos, se lo robaré.” Porque quizás, teniendo todo ese poder, lo que busca es que en algún momento alguien esté a la altura. Puede que lo único que quiera sea lanzar un desafío.

—Eso tendría sentido, ¿no? Nunca lo había pensado así. Tal vez fue eso lo que hizo años atrás, y ahora quiere, no sé, la revancha.

—Tal vez. No tengo ni idea, no creo que sea comprensible llegar a entender lo que mueve a algo así.

—Pero, aun así: en 1958 todo salió bien.

—Sí, ¿no es increíble? No se habla mucho de la gente que se volvió loca, ni de los disturbios en el interior de estas cosas… Pero pese a eso… —Me quedo mirándola, absorto en ella —. Sabes… —comienzo a decir, acercándome más, pero ella levanta su mano derecha para ordenarse el cabello y por primera vez me fijo en que hay una alianza en ella. Me siento súbitamente idiota. Me doy cuenta del motivo por el que ha venido a hablar conmigo.

Suspiro, un tanto molesto. Los dos nos miramos en silencio, con cierta tensión. Al final, soy yo el primero en hablar.

—Dime una cosa: ¿te ha pedido Mike que vengas a hablar conmigo?

Se me queda mirando, con un aire de cierta culpabilidad. Asiento yo por ella—. Lo ha hecho —acabo por decir—. ¡Será…!

—Mister O’slann, su amigo tiene miedo, como todos, pero dice que sabe más que ninguna otra persona de lo que está pasando aquí. Y no solo eso, dice que usted puede sacarnos de aquí. Lo dijo tan en serio que, aunque me parezca una absoluta locura, acabé pensando que podría tener, no sé, ¿parte de razón?

—Joder…

—Me dijo que tiene experiencia en este tipo de cosas, que no ha llevado una vida del todo… corriente.

Siento ganas de reírme. Una vida corriente…  Dudo, durante casi un minuto doy vueltas de un lado a otro, mirando al suelo, sin contestarle. Sé que, en el fondo, solo es orgullo. Que la promesa me la hice a mí mismo. Y, aun así, aquí hay mucha gente y, si no hago lo que hay que hacer podría acabar siento todo un desastre. Le doy vueltas, y más vueltas, hasta que por fin me quedo quieto y asiento en silencio. La miro. Ella me devuelve una mirada expectante.

—Dile a Mike que haré lo que me pide.

Ella sonríe, susurra un “gracias” y, haciendo un ademán de irse añade un: será mejor que lo deje solo, como si, en cierto modo, me tuviese súbitamente algo de miedo. No se me ocurre nada que decirle para tranquilizarla. Solo cuando ha retrocedido un par de pasos me viene algo a la cabeza.

—Gracias por la ayuda antes. Con lo de la cámara.

—Ella se para y sonríe.

—Bueno, Mister O’Slann, si consigue el Pulitzer con el carrete que lleva oculto en los pantalones, no se olvide de dedicármelo.

Me río. Estoy a punto de decirle que no es O’Slann, otra vez. Pero no importa. La veo alejarse, de vuelta a donde está Chilcott, y me quedo a solas con mis pensamientos.

Lanzo una mirada hacia mi mano izquierda, diciéndome que si en realidad quisiese ser libre y asumir mis problemas como un adulto, ya no llevaría el objeto. Lo habría abandonado en casa, lo habría destruido para que no cayese en malas manos, o, la solución más valiente: se lo habría devuelto a su dueño. ¿Por qué nunca dije: tienes problemas más importantes de los que encargarte? Es tarde para eso, supongo. Al mismo tiempo, no es más que un pensamiento egoísta, porque Mike tiene razón. Tiene toda la maldita razón. Es solo orgullo lo que me ha llevado a esperar tanto tiempo, como si pudiésemos hacer algo contra un poder semejante con nuestros propios medios. Como si pudiésemos salir de aquí nosotros solos… ¿Qué es eso que nos tiene presos?, me preguntaste, Lorraine. ¿Cómo puedo saberlo? ¿Un ladrón, un pirata, un científico? El mundo ya no tiene sentido a día de hoy… Te he dicho un vagabundo, pero la realidad es que no sabía qué contestar. Un vagabundo espacial… a bordo de esa cosa con forma de calavera, con sus tentáculos metálicos, errando un sitio a otro. ¿Es una nave? ¿Es él así?  ¿Y qué más da lo que sea? Como si pudiésemos hacer algo nosotros, que no somos más que hormigas…

No, señorita, Lorraine, yo no puedo hacer nada. Soy la primera de las hormigas obreras. Nada más que eso. Eso es lo que tendría que haberle dicho a ella. No soy un héroe, no puedo sacar a nadie de aquí. Ojalá pudiese. Ojalá no tuviese que rogar ayuda otra vez más. Pero ya está decidido.

Apartar la manga de la americana es una derrota. Miro la hora en el reloj, en lo que parece un reloj. Dice que son las 10:27. Pulso el botón.

Y, como siempre, no pasa nada. Porque ahora lo único que podemos hacer es esperar.

Vuelvo hacia donde están mis dos colegas, y me siento por allí sin decir nada. Nadie lo hace. Todos intentamos descansar, incluso dormir, con muy poco éxito. Por la noche hay ruidos por la zona, y, en algún momento, tengo la sensación de que vuelven a oficiar una misa, aunque tal vez esa parte sea solo un sueño. La sensación es muy semejante a la de esperar toda la noche en un aeropuerto, queriendo que llegue la mañana y haya algo que hacer y, al mismo tiempo, deseando descansar un poco y resultando verdaderamente difícil.

Interminables horas más tarde, a las 7:00 en punto, vuelve a sonar un “clic” y se enciende la fría luz del disco metálico. Mientras que nos estiramos y desperezamos, el supuesto “maná” vuelve a caer, flotando tímidamente. Ni siquiera tengo hambre.

Medio aturdidos como estamos, apenas nos damos cuenta de que, al cabo de un rato, un grupillo integrado por hombres vestidos de uniforme gris y algún que otro tipo con traje y luto se nos va a cercando, rodeándonos. Bostezo, para apartar los nervios. Lo cierto es que aunque he cubierto un conflicto o dos y estoy acostumbrado a pasar pequeñas penalidades, mataría por una ducha y un colchón mullido. Me concentro en ese pensamiento, en el momento en que el hombre que nos quiso interrogar ayer, calvo, canoso y de ojos cubiertos por gafas de sol se aproxima hacia nosotros, con aire autoritario. Se queda a un par de pasos, bien amparado por sus guardianes. Ayer, con la confusión, no lo reconocí. Creo que es el tipo que retransmitió la muerte del dictador, pero todos los que llevan ese look a lo Junta militar chilena me parecen iguales.

—Van ustedes a venir con nosotros.

Nos miramos, por un momento. El miedo que tengo comienza a convertirse en hastío y enfado.

—¿Por qué? —digo.

—No tengo por qué darle ningún tipo de explicaciones.

—Mire, amigo… —Levanto las manos, intentando razonar. Él da un pasito hacia atrás.

—¿Es que no me ha entendido? ¡Acompáñennos, y no se hable más!

Y, en ese momento, estallo. Habitualmente soy un tipo pacífico, esa es la verdad. Y suelo tener la cabeza más fría, aún más cuando hay otra gente presente que no tiene culpa de nada. Pero el caso es que el brazo me sale como un resorte y le sacudo, ante el asombro generalizado.

Me sorprende que nadie me detenga, que me dé tiempo a agarrar de la solapa del traje al tipo y volver a solarle otro guantazo, y otro más. Él interpone, con asombro y dificultad, las manos. Nadie nos aparta. Nadie me tira contra el suelo y me esposa. Vuelvo a golpear.

Tardo en darme cuenta, por el rabillo del ojo, que la escena ha cambiado, que la cúpula  de la maldita cosa que nos mantiene presos se ha vuelto transparente y todo el mundo está total y absolutamente desconcertado.

Mi rival balbucea algo, con la boca entreabierta, cubierta por burbujas de sangre y saliva. Señala hacia mi espalda.

No me hace falta mirar. Será como lo vieron en 1958. Sé que estará recortado contra la bóveda, sonriente y gigantesco, con los brazos en jarras, vestido de rojo y azul, con la “S” destellando en el pecho. Sé que habrá derrotado al monstruo y que nos salvará a todos. Hará lo que todos nosotros juntos no podríamos hacer, porque en un par de días nos mataríamos en el interior de esta jaula, o pecera, o botella, o lo que sea. Porque no somos mejor que eso, por mucho que me duela aceptarlo. Y sé que lo hará porque Chilcott tenía razón, porque no es Dios, pero es real.

Sostengo al hombre durante un instante más, con el corazón latiéndome a toda velocidad. Me gustaría decirle que por culpa de tipos como él necesitamos recurrir a un superhombre vestido con mallas para tener esperanza, pero sé que no lo entendería.

—¿Mr O’Slann? —me dice la voz de Lorraine a la espalda, pletórica—. ¿Lo ha llamado usted?

Dejo caer al hombre, agotado. Apoyo las manos, empapadas en sudor, sobre las piernas, sintiendo un súbito mareo.

—No es O’Slann —contesto.

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2 Respuestas a “Mister O’Slann

    • Creo que me va a pasar mucho, y minipuntos que me resto por no resultar más evidente: es el alienígena secuestrador/embotellador. “O’Slann” le adjudica ese rol en su pequeña reflexión, pero voy a ampliar un poco esa parte y hacerlo más claro. Puede que el papel que le da el periodista sea más o menos acertado, porque el alienígena es… Pero no lo digo, gallifante para el que se lo sepa! Gracias por leernos!

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