El Tercero

Este relato pertenece al primer Desafío de Premisas del blog, en el que había que escribir una historia con tres elementos; un vagabundo, una botella y el Valle de los Caídos. Y esto fue lo que salió.


       El Tercero

      Cada vez que alguno de aquellos hombres entraba en la habitación, me echaba a llorar. No quería hacerlo, no quería regalarles el placer de mis lágrimas. Pero ahí estaban; lágrimas sin dueño que me abandonaban. Vergüenza en estado líquido.

     Me torturaban, varias veces al día. Siempre eran los mismos; dos hombres, uno grande y sin conciencia, el otro más pequeño y sin alma. El grande se comportaba como un simple operario, apretaba las tenazas igual que se aprietan las tuercas en una cadena de montaje. Ni mis gritos, ni mi llanto, ni el olor a orina que a veces inundaba la habitación, parecían producirle el más mínimo efecto. Su mirada me atravesaba, llegué a pensar que no me veía. Y nunca, nunca, me dirigía la palabra más allá de sus insistentes preguntas. El otro era huidizo, nervioso, jamás me miraba a la cara. Siendo un poco más pequeño, era inmenso para mí. Casi no hablaban entre ellos, creo que entraban por aquella puerta con una idea muy clara de lo que iba a suceder. Y aquello, en efecto, sucedía.

     Cuando se iban, yo quedaba tumbada en el suelo; ensangrentada, palpitante, temblorosa. Afónica de gritar que no sabía las respuestas a aquellas absurdas preguntas. Era entonces cuando entraba un tercer hombre, muy menudo, que lo recogía todo, limpiaba el suelo y me tapaba con una manta. Notaba cómo me miraba de reojo, inquieto; y esa inquietud se transformó poco a poco en mi esperanza. Deshecha como estaba, con dolores intensos que nublaban mi pensamiento, no podía hacer ni el esfuerzo de dirigirme a él, de pedirle auxilio o, al menos, compasión. Pero sentía sus miradas rápidas y furtivas mientras hacía el trabajo con prisa.

       Luego, se iba.

     Ese tercer día, estaba ya derrotada por completo. El hombre grande había apretado bien la tuerca, y un tercer diente había ido a parar al tarro en el que, además de mis piezas dentales, había también varias uñas. Y el tarro era grande, aún había mucho que llenar. En aquella sesión me desmayé un par de veces, pero ellos me reanimaron enseguida y volvieron a hacerme esas preguntas que yo no sabía responder.

    Nadie sabe lo que es la tortura, nadie lo puede imaginar; uno se va derrumbando, cayendo sobre sí mismo en infinitas capas a medida que va cediendo. No hay límite para el dolor, el cuerpo es traicionero; aguanta incluso cuando parece imposible aguantar. Absorbe ese dolor, lo incorpora, y la malla tejida con finos hilos internos empieza a ondular. Es entonces cuando se descubre que ya no le pertenece a uno su voluntad.

     Yo hubiera dado cualquier cosa por saber lo que aquellos hombres quería oír. Hubiera dado mi vida, mi honor, mi dignidad. La vida de mi hijo, de haberlo tenido.  Hubiera dado lo que me hubieran pedido; es el tipo de certezas que acompañan a uno para toda la vida. Y sobrellevarlas, el castigo.    

     Tirada una vez más en el suelo de aquella habitación, en los límites ya del delirio, oí cómo el hombre menudo entraba de nuevo. No podía ni seguirlo con la vista, los ojos me dolían, me habían clavado astillas en ellos. Yacía como un pedazo de carne yace antes de ser descuartizado.

       El hombre entró y empezó, como siempre, a limpiarlo todo. Con un paño húmedo, de color gris sucio y aspecto retorcido, recogió los restos del suelo y lo escurrió luego en un cubo con agua ensangrentada. Juntaba las tenazas, los cuchillos y las cuerdas y los guardaba en una bolsa que tenía aspecto de mortaja. Cuando hubo acabado con los utensilios, se acercó a mí siguiendo la rutina de siempre. Ya esperaba sentir el peso de la manta cuando el hombre se agachó y, sin mirarme siquiera, comenzó a limpiarme. Lo hizo con el mismo paño con el que había restregado el suelo, pero no importó; me estaba limpiando. Era algo nuevo. Algo cercano. 

      Me apartó el pelo de la cara y me la secó con pequeños movimientos rápidos, teniendo especial cuidado con los ojos, que debían estar enormemente hinchados. Siguió por el cuello dolorido, la espalda cuarteada, y cuando llegó a los pechos, un grito de dolor me sofocó por completo; tenía los pezones destrozados, él lo vio y se paró. Continuó secándome el cuerpo, la sangre mezclada con sudor. Llegó a mi culo, y la poca dignidad que me quedaba se esfumó. Restos de heces y orina se acumulaban entre mis piernas, como símbolo evidente de mi cesión de control. Los últimos resquicios de vergüenza se escaparon cuando aquel hombre me los limpió.

       Era el primer trato humano que recibía en tres días, y nunca he vuelto a sentir un agradecimiento tan profundo como el de aquel momento.

     Tumbada, en posición fetal, sin moverme ni un milímetro, sentí entonces al hombre a mis espaldas. Con una mano separó de nuevo mis nalgas, pero esta vez buscaba algo. Noté un escalofrío cuando me penetró. La incredulidad me sacudió en ese instante; en mi cabeza, aquel era mi salvador. Quedé reducida entonces a un pedazo de carne insulsa y sometida. Carne para un depredador.

       Empezó a moverse, a embestirme, mientras se le agitaba la respiración. Y en ese momento, dios lo sabe, todo acabó.

       Y también, todo empezó.

     Dicen que hay un instante en el que se deja de estar desesperado para abrazar la liberación. Mientras aquel hombre metía su sucia polla en mi interior, a medida que empujaba una y otra vez contra mi cuerpo ya vencido, algún tipo de resorte en mí cedía y me lanzaba a un nuevo estado que no le deseo a nadie, pero que es al mismo tiempo la salvación. Ya nada importaba, no había nada más que pudieran hacerme, y nada que pudiera hacer yo.

     Al día siguiente, tenía que ser el día siguiente porque los rayos se filtraban ya por la persiana, un ruido enorme me despertó. En algún lugar de la casa alguien gritaba y tiraba muebles; pero a mí me dio igual. A los pocos segundos la puerta se abrió de golpe y un policía armado entró y me apuntó. Tras él, unos cuantos más; un grupo de asalto me acababa de liberar.

      No sé cuánto tiempo estuve en el hospital, pero fue menos del que hubiera debido estar. Salí de allí tambaleante, mutilada emocionalmente, con un gesto constante de indolencia en la cara. Y con mi tarro en las manos. El tarro en el que aquellos desgraciados habían metido los pedazos que me iban sacando. No recuerdo casi nada, pero según me dijeron, tras la liberación no quise separarme de él ni un momento. Alguien me lo tuvo que arrebatar, eran pruebas; pero a los pocos días esa misma persona, me gusta pensar, me lo envió de vuelta al hospital. Bendito sea el camino de los que tienen compasión.

      No quise saber mucho del juicio, ni siquiera tuve que ir a declarar. “Estrés postraumático”, dijo el psicólogo, y a mí me valió. Sé que los dos hombres pertenecían a una organización mucho más grande y con tintes mafiosos, y que entraron en la cárcel sin muchos miramientos. El otro, sin embargo, se libró. El tercero. El que había roto mi esperanza al mismo tiempo que mi coño, ese no entró en prisión. Al fin y al cabo, él no me había quitado ningún diente; solo la razón. O tal vez, algo que no tiene nombre y que habita más allá de la razón.

     El tiempo fue pasando y cada vez miraba ese tarro con más atención. En cierto modo, todo aquello me había hecho fuerte, aunque también había tomado una cierta distancia respecto de mí misma. Era incómodo, como querer rascarte una mano que ya no tienes o no sentir nada donde debería haber dolor. Me di cuenta de que no volvería a ser yo misma hasta que no acabara con aquello. El tercero; él lo había comenzado y él sería la solución.

     Fue un día, más de un año después, que conocí a otro hombre que aliviaría mi carga. Era un vagabundo, en el sentido estricto de la palabra, pero en ningún caso un mendigo; aquel hombre no había mendigado en su vida, no lo necesitaba. Lo conocí en un parque, por una de esas casualidades del destino. Viajaba de un sitio a otro, sin destino ni equipaje, como equilibrando el mundo. Martín, así se llamaba, llevaba como único bagaje una mochila y una enorme intuición. Solo tuvo que hablar conmigo unos minutos; y, como no podía ser de otro modo, todo salió.

     Hablé de lo que me había pasado en aquella casa. Del miedo al dolor, del odio, de la final indiferencia. Lo conté todo con una firmeza inesperada, ausente incluso cuando declaré ante la policía. Pero la voz se me quebró cuando hablé del tercero, de aquel Tercero que se había convertido en mi Primero. De cómo contraté a un detective que le puso nombre, Mario Salazar, y que me contó de su simpatía hacia un grupo de extrema derecha. De cómo su impunidad le había portado un cierto prestigio en aquella organización, y de cómo aquella información me dejaba fría, indolente, incapaz de sentir nada. Y le hablé, finalmente, de la contemplación de aquel tarro con restos míos (restos, por el amor de dios…), que hacía que el Tercero estuviera siempre presente.

     — ¿Y qué crees que debería suceder al respecto? —su mirada intensa aseguraba que conocía la respuesta.

     —No lo sé —respondí, en realidad a mí misma—. Solo quiero que sepa lo que me hizo. Quiero… supongo que quiero que me pida perdón.

     Me sorprendí ante aquellas palabras que huyeron de mi boca. Martín era algo así como un espejo; si lo mirabas con atención, te descubrías a ti mismo. Y a un espejo no se le engaña, siempre te devuelve lo que hay.

     Me dijo que tal vez podría ayudarme, y que para hacerlo necesitaba el tarro. Se lo llevé, sin ninguna duda interna; nadie que lo conociera podría dudar ni un segundo de él. Tenía esa clase de poder.

    En la habitación que ocupaba aquellos días, ante mis ojos, extrajo el contenido del tarro y lo metió en una pequeña botella verde. Me miró sonriente y me dijo que volviera en un par de días. Cuando salí de aquella casa, habiéndome dejado allí una parte muy importante de mi pasado, sentí curiosamente un alivio instantáneo. Tal vez solo necesitaba eso, desprenderme del lastre.

     Volví a los dos días. Martín me esperaba con una nueva sonrisa y la botella encima de la mesa. Dentro, no se distinguía nada; un humo extraño, grisáceo e inquieto, se retorcía constantemente sobre sí mismo. Y la botella estaba tibia, desprendía un calor lejano que se me hizo un tanto desagradable, como el calor de un vaso en el que se acaba de recoger una muestra de orina. Le miré con extrañeza y él amplió un poco su sonrisa.

    —No debes abrirla nunca. Solo cuando lo encuentres, y sé que lo harás. Entonces, si lo necesitas, su pasado acudirá  en tu ayuda.

     No pregunté nada. No sabía de qué forma aquello me podía ayudar, pero no cuestioné lo que me decía, como no se cuestionan las órdenes de un bombero que te viene a rescatar. Y yo tenía un fuego urgente que apagar.

     Un mes después, viendo unas imágenes en la tele, supe exactamente dónde y cuándo encontrarlo. Valle de los Caídos, veinte de noviembre; por supuesto. Solo tuve que esperar. 

     Ahora, entre todo este gentío, lo acabo de ver. Justo bajo esa cruz enorme, qué ironía, símbolo de sacrificio y perdón. Rodeado de docenas de banderas y gritos exaltados, de cánticos marciales y consignas patrióticas, allí está él. No ha cambiado mucho, tal vez está un poco más enjuto, el pelo algo más cano… tal vez. Llevo casi dos horas buscándolo, con mi mochila a la espalda, la botella bien guardada en su interior. Y por fin, aquí está.

      Me acerco a él despacio, esquivando a todas aquellas personas, que parecen estar entrando en una especie de éxtasis colectivo. Sorteando codos y astas de banderas, saliva y sudor a bocajarro, me planto a solo unos metros de donde él está, en una zona algo más despejada de gente. Me quedo allí, muy quieta, esperando a que me mire; lo hace varias veces, pero sus ojos siempre pasan de largo. No soy más que alguien de pie, una de tantos.

    Vuelve a pasar su mirada sobre mí, por quinta o sexta vez, y noto que se extraña. Estoy demasiado quieta, demasiado tiempo, demasiado atenta. No le ha gustado. Empiezo entonces a acercarme sin quitarle la vista de encima y él parece replegarse un poco. Me paro a uno dos metros y dejo que me examine.

      No me reconoce. Al principio. Luego, un ligero estremecimiento y una minúscula sonrisa que casi llega a aflorar en esos labios resecos.

     —No te reconocía sin sangre encima.

      Doy un paso más al frente y un par de brazos me retienen. Hay dos tipos, uno a cada lado, que impiden que me acerque. Según parece, el bueno de Mario ha escalado en la organización más de lo que mis fuentes habían sugerido.

     —No voy a hacerte nada —le digo—, solo quiero hablar contigo.

     Él me mira desconfiado, es un tipo listo. No se vive tanto siendo tan poco si no se es bastante listo.

     —Entonces no te importará que te registren primero, ¿verdad?

     Niego con la cabeza y los tipos me guían hasta salir del gentío. Él viene detrás. El Tercero. Otra vez a mis espaldas.

     Entramos en la basílica y me conducen hasta una de las pequeñas capillas laterales, se ve que conocen bien el terreno. Allí, sin mediar palabra, me quitan la mochila y uno de ellos empieza a cachearme mientras el otro se ocupa de mis pertenencias. No me molesta, lo encuentro hasta lógico; podría llevar un cuchillo o una grabadora, no estoy segura de a qué le temería él más. El que husmea en mi mochila saca la botella y se la enseña al Tercero, que la observa unos segundos antes de volver la vista hacia mí.

     — ¿Qué es?                        

     —No lo sé —respondo—. Supongo que no me crees, pero no lo sé.

    —Vaya, no lo sabes. Está claro que responder preguntas nunca ha sido lo tuyo.

     Deja la botella sobre un pequeño altar, junto con todo lo que había en la mochila, y hace un gesto a los dos hombres para que se vayan. 

     —Venga, dispara —me dice—. ¿Qué es lo que quieres?

     Lo miro y descubro que ya no me da miedo lo que pueda decir. No albergo venganza, ni odio, y acabo de saber que tampoco busco arrepentimiento. Por más que lo miro, no encuentro ni rastro del monstruo que mi mente ha fortalecido durante todo ese tiempo. Solo hay un pobre hombre, un ser miserable y ridículo, y no entiendo qué hago yo allí.

     —Solo quiero saber —me mira impasible, esperando que continúe, como si no supiera de qué hablo—. Yo estaba rota, indefensa como un animal herido; peor, indefensa como un animal que espera la muerte. Hubiera sido tan fácil ignorarme, mirar hacia otro lado, dejarlo correr… pero no lo hiciste… ¿por qué?

     Él se me queda mirando con un gesto turbio que encierra algún tipo de extraño regocijo. Lo noto; le cuesta creer lo que ha escuchado. Al poco, recobra la pose dura y creo notar un ligero enfriamiento en su mirada. Y me responde de forma altiva.

     —Porque podía.

     Sé que esa va a ser su única respuesta, y lo cierto es que ya no necesito ninguna otra. Me voy a ir. Muerta de risa por dentro, de risa por mí misma, por la estupidez de mis desvelos. Por haber dejado que una rata me quitara el sueño. Y limpia, me voy limpia por dentro.

     Me giro para salir de la capilla, sin despedirme, y el Tercero vuelve a hablar.

     — ¿No te llevas esto? —pregunta con un intencionado tono de indiferencia.

     Me vuelvo y veo mis cosas todavía esparcidas sobre el altar. Entre ellas, la botella; la había olvidado por completo.

     —Sí, claro —respondo sobre la marcha—. Empiezo a meterlo todo en la mochila. Él hace el gesto de irse, pero entonces soy yo quien habla de nuevo.

     — ¿Sabes? —le digo con un tono fingido de reflexión— No te mentí sobre esta botella —la sostengo con una mano y la miro con curiosidad—. No sé qué hay dentro, pero sí sé que es tuya. Lo sé porque alguien me la dio para ti. 

     —No la quiero —me responde con cierta urgencia en el rostro—. Llévatelo todo y márchate de aquí.

     —Claro, ahora mismo me voy. Pero no quiero nada que no sea mío, así que esta se queda aquí.

     Levanto la botella y la tiro con fuerza al suelo. Al instante, el misterioso humo sale de su interior formando grandes remolinos y retorciéndose por toda la capilla. El Tercero se asusta, igual que me asusto yo, aunque sé que no tengo nada que temer. Él mira asombrado las pequeñas turbulencias que parecen condensarse y no entiende cómo todo aquello ha podido salir de una botella tan pequeña. La temperatura baja varios grados de golpe y en lo que antes eran remolinos dispersos empiezan a distinguirse figuras que podrían ser humanas.

       De repente, sé lo que son. La certeza me golpea sin ningún tipo de duda. Y sonrío.

     Él continúa de pie, observa lo que ocurre pero no dice nada. Tampoco hace el ademán de marcharse, es como si quisiera demostrarme que no me teme, que nada que proceda de mí puede afectarle. Pero las figuras siguen formándose y poco a poco empiezan a distinguirse cuerpos horriblemente marcados, extremidades torcidas en ángulos imposibles y pieles blancas como la luna y abiertas como el infierno.

     —Yo te he perdonado, Mario Salazar. Pero no sé si ellas también lo harán.  

     Ahora sí, me doy la vuelta y salgo de la capilla, dejando al Tercero rodeado por lo que un día fueron mujeres torturadas. Mi último pensamiento, antes de salir de nuevo al sol, es para ellas; para las que no tuvieron tanta suerte como yo.

     No escucho gritos, ni lucha, ni intento alguno de huida.

     No es humano no tener miedo.

    Tal vez Mario Salazar, el hombre que me llevó a romper los límites de la cordura, no había sido nunca humano.

     Tal vez, solo estaba regresando a aquello a lo que pertenecía.      

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4 Respuestas a “El Tercero

    • Me alegro de que te haya gustado, Cristina. Pero sé que lo puedo hacer mejor, tiempo al tiempo 😉

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