Crash

¿Tengo que salir ya? Vale, muy bien, ¿pero es necesario que salga en tanga? Ah, un rito de iniciación, comprendo. ¿Hablo ya? ¿¡Que ya está el micro abierto!?

¡Saludos a todos y a todas! Pues me ha llegado el turno de presentaros el relato que escribí para este primer desafío de premisas. Se trataba de incluir un objeto, en este caso una botella; un personaje, que recayó en un vagabundo; y una localización, que no fue otra que el tan castizo Valle de los Caídos

Espero que disfrutéis tanto de esta pequeña historia como de las trampas que usé para esquivar algunas de las premisas de ahí arriba.

Crash

(Snif)

“Confiteor Deo omnipotenti.”

(Buf)

“Et vobis, fratres.”

(Ñeeec)

“Quia peccavi.”

(Huuuum)

“Nimis cogitatione, verbo, opere et omissione.”

(Frus)

“Mea culpa, me culpa.”

(Zzzzzip)

“Mea maxima culpa.”

—¿Qué haces? — Pregunta desde la cama. Su voz, fatigada y ronca, delata los excesos de la noche que nos hemos corrido. No deja de sorprenderme; cuanto más escucho ese sonido roto por el alcohol y el tabaco, más me gusta.

— Me marcho — contesto mientras me siento para calzarme las botas. La sangre me sube de golpe a la cabeza y, por un momento, casi puedo notar la bilis quemándome el esófago. Yo también debería aprender a beber menos.

— No tienes a dónde ir. — Lo dice con la naturalidad propia de un niño. No hay malicia ni crueldad en su tono; es la pura verdad. No por ello duele menos.

— Ya lo sé. — No es eso lo que quiero decirle; aun así, me trago el orgullo y sigo luchando con los cordones. Si  supieras todo lo que llevo guardado en la cabeza, todo lo que me he callado durante estos años…

— Vuelve a la cama. — Hace meses podría haberlo confundido con un ruego ardiente, pero hoy es una orden. Puede permitírselo —.  Ya hablaremos después.

— No, me voy. — Me levanto con la esperanza de que no diga nada. O quizá sí. Sí, claro que quiero. Quiero que me grite. ¡Que se ponga hecha una furia!

— Joder, ¿me vas a montar la escena a las putas… nueve de la mañana? — Por fin la oigo moverse bajo la colcha.  A lo mejor le importa después de todo.

— No entraba en mis planes, pero te veo con ganas de fiesta. — Miento más que hablo. Ella lo sabe, o al menos debería saberlo. Nunca se me ha dado bien mentirle, me conoce demasiado bien.

— Mira… — Se para y suspira. Su tos seca parece hacer eco en la habitación —. Haz lo que te salga de los cojones. Ya estoy harta de tus mierdas.

— Te llamo luego.

— Que te jodan, Héctor. — Es su muletilla, una oración que me ha repetido tantas veces que, a fuerza de usarla, ya no significa nada para ninguno de los dos —. No, en serio, esta vez te vas a la mierda.

— Coño, Celia, ¡que te llamo luego! — Cabreado, pero no demasiado. Conozco mi lugar en esta puta discusión. Ella es indefectiblemente el halcón y yo la liebre. No puedo ganar, pero puedo correr. Eso haré.

— No. — Espera, esto no está en el guión. No irá a… —. Esta vez va en serio.

—¿Qué quieres decir? — Me giro y la veo mirándome. Siempre ha sido una mujer muy guapa. ¿Cómo me ha aguantado tanto tiempo en su vida? Joder, la he hecho pasar por tanta mierda. Esa mirada… Creo que no se está marcando un farol.

— Lo que has oído. — Y ya está. Ha terminado conmigo. Cierra los ojos y se deja caer en la almohada como si nada hubiese pasado —. Si te vas, te dan por el culo. Búscate a otra y jódele la vida, es lo único para lo que vales.

— Joder…

—¿¡Tienes más que decir!? — Apenas levanta la cabeza para escupirme el grito. Esto no está saliendo como esperaba, ni de lejos —. Sabía que tenías los huevos cuadrados, pero te estás pasando de gilipollas.

— Vale, camionera. — Coge la puerta y vete. Que le den a todo —. Adiós. — No contesta. Me quedo bajo el alféizar, observando la cama. Sé que está despierta, esperando a que yo haga algo; como sé también que se está aguantando las ganas de bañarme en lindezas —. Vale… — Salgo de la habitación y cierro de un portazo. Camino por el pasillo con zancadas lentas, dándole tiempo a reponerse del mareo de la cerveza, salir y agarrarme. Ya estoy en el rellano con la puerta cerrada a mis espaldas,  ella aún no ha hecho nada.

Bajo las escaleras sin prisa. Acabo de poner un pie en el portal y casi se me sale el corazón por la boca cuando escucho unos pasos precipitarse escaleras abajo.

— Hola…

— Hola. — La niña del tercero. No sé si es miedo y curiosidad lo que veo en su cara cuando me la cruzo. A su madre me la trabajaba bien. Su marido es un imbécil, si cabe, más desgraciado que yo. Que le follen —. Un poco temprano para hacer los recados, ¿no? — ¿Voy a empezar a ser un buen vecino justo ahora? Me merezco lo que me pase.

— Sí, bueno… Me gusta madrugar.

— Eso está bien. — Le abro la puerta y la dejo pasar. Juraría que se sonroja —. ¿Y no te cuesta levantarte después de estar toda la noche por ahí?

— Mi madre no me deja salir.

— Vaya. ¿Cuántos años tienes?

— Dieciocho.

—¡Caramba, cómo pasa el tiempo! — Y tanto. ¿Cuántos años tendría cuando conocí a Celia? ¿Trece o catorce? Rebusco en los bolsillos sin saber muy bien lo que… Genial, no cogí el tabaco —. Bueno, ¿hacia dónde vas?

— Yo… — Se ha puesto roja de repente. Muy bien, tienes pegada entre la juventud.

— Oye, no pasa nada. Solo era curiosidad.

—¿Puedo contarte un secreto? — Me ha pillado con la guardia baja. Ahora mismo, mi cara debe ser un poema y, por la que ella está poniendo, uno muy malo.

— Supongo que sí…

— Mis padres no saben que he salido de casa y… no quiero que lo sepan… — ¡Vaya con la niña!

—¿Es que tienes algún problema en casa?

— Pues…. — El labio le tiembla al sonreír. No hay que ser un genio para ver que está nerviosa —. No sé por qué he dicho eso, lo siento.

—¿Estás bien? — La pregunta absurda por excelencia.

— Hay un chico, Jesús… — Acabáramos.

—¿Y te está jodiendo?

— Ayer me acosté con él. — ¡Bang! —. Usamos protección pero… era nuestra primera vez y… no lo colocó bien…

— Comprendo. — Así es como uno se mete en donde no le llaman por saludar a sus vecinos. Para colmo de males, no cogí el tabaco. Esto mejora por momentos ­—. En fin, no pasa nada, un descuido lo tiene cualquiera.

— Podría… ¿podría pedirte un favor? ­— Allá vamos, directos a un momentazo del cine español.

— Por supuesto…

— No quiero ir a la farmacia del barrio, la gente habla y mis padres… Bueno, no son muy abiertos de miras…

—¿Y qué quieres que haga yo? — Héctor, te quiero mucho, pero eres un completo imbécil. ¿Para qué cojones preguntas?

—¿Podrías llevarme a una farmacia en otro lado de la ciudad? — Tarde —. Planeaba ir en bus, pero tengo miedo de tardar demasiado. — Celia me manda a la mierda. Mis recuperados modales me meten en un marrón. Me duele todo el cuerpo. No he bajado el tabaco. Me cago en la puta. No se puede tener tan mala suerte.

— Escucha, yo…

— Por favor. — Bien, ya estamos metidos en esto hasta el culo.

— Mira, he empezado un poco mal el día y…  — ¿Estoy buscando las llaves del coche? Sí, lo estoy haciendo. Perfecto, bajé las llaves, ¿ahora qué? De perdidos al río  —. De acuerdo,  te llevo.

— Muchas gracias. — Sonríe. Hacía mucho tiempo que nadie me sonreía así. ¿Cuándo fue la última vez que Celia sonrió así?

— Vamos, antes de que me arrepienta.

Y allá que me embarco en una aventura estúpida con una jovencita que no conozco, en busca del  remedio para el calentón adolescente. No me lo puedo creer. Al menos no hay mucha gente en la calle, así no creerán que se la estoy pegando a Celia con una púber recién salida de las faldas de su madre. Joder, Celia, ¿cómo eres tan jodidamente obstinada? ¿Por qué no te sale de dentro entenderlo? Más me valdría tirarme delante de un camión.

—¿Te preocupa algo?

—¿Qué? No… no.

— Os oí gritar y el portazo que diste al salir.

—¿Poniendo la oreja en los problemas de tus vecinos?

— Son las nueve de un domingo. No son las tres de la madrugada, pero aun así se oye todo.

— No te lo tomes a mal, aprecio el gesto, pero es un poco complicado.

— Lo siento.

—¿Por qué?

— Pensé que querrías hablar de ello.

—¿Qué te hizo pensar eso?

— No me has hablado como en cinco años y hoy, sin venir a cuento, me has saludado.

— Y ya ves de lo que me ha servido. Si lo llego a saber, no lo habría hecho.

—¿Un Seat Ibiza?

—¿Qué tiene de malo?

—¿Cuántos años tienes? Ochenta o una cosa así, ¿y aún vas por ahí en un Seat Ibiza?

— No te pases, aún estoy a tiempo de dejarte tirada.

— Vale, vale.

— Bueno… Y ese José, ¿es un tío legal?

— Jesús. Sí, es un tío legal.

—¿Ya está?

—¿Es que me quieres dar la charla?

— Para nada.

— Tú no quieres hablar de tus problemas y yo ya te he contado bastante de los míos.

—¡Relaja! No quiero meterme en tu vida, suficiente tengo con la mía.

—¿Me vas a contar lo que pasó hoy?

— No prometo nada.

— Es un compañero de universidad.

—¿Qué estudias?

— Arquitectura.

— Hum, vaya.

— Y… bueno, llevamos juntos desde que empezó el curso, prácticamente.

—¿Y no lo hicisteis hasta ayer?

— No…

— Pensaba que los chavales de ahora erais más espabilados que los de mi generación.

— Tuve una educación bastante tradicional, ¿sabes? Mi familia es madrileña, y cuando vamos de visita a casa de mis abuelos, mis padres aprovechan para asistir a Misa en la Abadía de la Santa Cruz.

—¿En el Valle de los Caídos?

— Sí.

— No sé qué decir…

— No es que sean fachas ni nada por el estilo…

— Pero no puedes contarles lo de Jesús.

— No.

—¿Lo conocen?

— Claro. Mi padre le adora.

— Seguro que te echaría una buena bronca si te viese conmigo en el coche.

— Es lo más probable. Aún no te he dado las gracias.

— No tienes por qué. Las cosas pasan, no es culpa de nadie.

— Ya, intenta decirle eso a mis padres… Tengo dieciocho años y me tratan como si aún fuese al colegio.

— Para eso están.

—¡No me vaciles!

— Jajajajaja. Perdona. Tampoco te castigues, ¿vale? Uno no elige su familia. Mi madre, por ejemplo, murió cuando yo era muy pequeño.

— Lo siento.

— Gracias. Un cáncer de mama. En los setenta no había tantos adelantos como ahora y, en fin, no pudieron hacer nada por ella. Mi padre trabajaba como un mulo entonces, pero no tenía mucho dinero, así que nos dejó a mí y a mi hermano con nuestros abuelos. Después se volvió a casar, tuvo otros dos hijos, y a nosotros nos olvidó un poco.

—¿Tu hermano es mayor que tú?

— No, que va. Mi hermano es un pimpollo de veinticuatro años.

— No lo he visto nunca por aquí.

— No tengo una casa a la que invitarle.

— Vives con Celia, ¿no?

— Te estás metiendo en terreno cenagoso.

— Dijiste que me lo contarías.

— Te dije que no prometía nada.

— Vale, no insisto.

— Verás… es muy complicado.

— Ya, eso dijiste.

— No seas impertinente.

— Ahora hablas como mi madre.

— Pues tiene razón.

— Y tengo que comerme las espinacas, ya lo sé.

—¿Quieres que te lo cuente o no?

— Me callo.

— Yo conocí a Celia gracias a un amigo… Había quedado con él para tomar unas cervezas y ella llegó por el bar de casualidad. Ellos estaban liados, se negaban a decir que eran novios, pero, vaya, lo eran. Salimos los tres por ahí y… dejémoslo en que esa noche cortaron.

— O sea, que le robaste la novia.

— No me lo proponía, tanto así que yo no había hecho nada. Al día siguiente, ella me llamó y quedamos en el mismo bar, y me contó que ya no estaban juntos. Hablamos de todo un poco, nos fuimos a comer algo y surgió.

— Suena bien.

— Sí, la verdad es que me obligó a espabilar. Yo parasitaba la casa de un amigo. No tenía trabajo y vivía de las chapuzas que hacía en una cristalería. Ella me trajo a su casa, me convirtió en una persona decente, y ahora estaba aguantando mis idas y venidas.

—¿Idas y venidas?

— Celia es una mujer con carácter, ¿vale? Y yo soy muy cabezota. Siempre hemos tenido nuestros más y nuestros menos. Sin embargo, las cosas no han ido muy bien en los últimos dos años, y se parecen mucho a cómo eran cuando la conocí. A veces me siento como si volviese a aquella casa en la que estaba de prestado…

— Pero no es culpa tuya, ¿no?

— Claro que sí, ¿de quién sino?

— Las cosas pasan…

— Ya, claro. Los accidentes, son accidentes… Esto… esto no tiene nada de accidental.

— Jajajajajaja.

—¿Qué te hace tanta gracia?

— Vosotros.

—¿Quiénes?

— Los hombres. ¿Es algún chip que os meten en la cabeza cuando nacéis?, porque creo que nadie os ha pedido que nos salvéis.

— Hay que ver lo afilada que tienes la lengua, ¿eh?

—¡Es la verdad! Os pasáis la vida intentando ser el macho que trae el venado, lanceado y despellejado, a la mesa. Es increíble.

— Eres un poco joven para hablar como lo haces, ¿no te parece?

—¿En dónde trabajabas?

— Al final, el viejo de la cristalería se cansó de levantar el teléfono para llamarme cada dos por tres, yo de que lo hiciese, y entre los dos convenimos que lo mejor era que me diese un trabajo fijo. ¿Por qué?

—¿Lo dejaste?

— No, la cristalería cerró. ¿A dónde quieres llegar?

— A que no es culpa tuya, por mucho que te empeñes en decir lo contrario.

— Vamos a dejar una cosa clara. Tú eres la joven e inexperta mujercita en apuros, y yo soy el adulto que da consejos, ¿de acuerdo?

— Como quieras.

— Ahí delante hay una farmacia, pero no puedo quedarme en doble fila. Estaré dando vueltas a la manzana hasta que salgas, ¿vale?

— Vale… ¿Puedo decirte una cosa?

— No.

— Mi padre me dijo una vez que la voluntad de perdonar debe ir unida a la valentía de aceptar el perdón. Es como un mantra. No sé si para él significa lo mismo, pero creo que acabo de entenderlo.

— Muy bonito.

— Lo es.

— Bueno, ¿a qué estás esperando?

— Creo… que no voy a bajar.

—¿¡Cómo que no!?

— He decidido que se lo voy a contar a mis padres. Quiero que sean ellos los que estén aquí apoyándome… no el novio de mi vecina. No te ofendas.

— Tranquila, lo entiendo.

— Si lo comprenden, perfecto; si no, es mi vida y tendrán que lidiar con ello.

— Has tomado una determinación muy sabia. Te felicito.

— Gracias.

—¿Has desayunado?

— No habría podido beber ni un vaso de agua. Ahora creo que empiezo a tener algo de apetito, sí.

— Vale, te invito a desayunar. Ve entrando en ese bar y me pides una tapa de tortilla y un café. Yo voy a aparcar y a hacer una llamada. Prometo no tardar.

—¿Y si no hay tortilla?

— Eres la genio de este coche. Improvisa.

—¿Por qué me ayudaste?

—¿Por qué me pediste ayuda?

—  Buena pregunta…

—  Venga, ya seguiremos filosofando con un café.

Se baja y entra decidida en la cafetería. Estoy seguro de que si hubiese medido sus pasos cuando salimos de casa, ahora serían más largos. Da gusto ver una sonrisa como la suya, más un día como hoy. La mía es la parte difícil: aparcar en el centro de la ciudad un domingo por la mañana. Veamos qué pone la radio a estas horas. Nunca me había pasado nada como esto. Desde luego, no pensaba que fuese posible o ni siquiera me lo planteé.  ¿Qué estará haciendo ella? ¿Ha sonado el teléfono en toda la mañana? Creo que no. ¿Lo tendré apagado? Aceptar el perdón… ¿Qué importa?, posiblemente no me habrá llamado. La valentía de aceptarlo. Eso es lo que hizo una chiquilla de dieciocho años en veinte minutos, tener la valentía de perdonarse, y yo llevo años arrastrando a Celia conmigo. Por supuesto, pedir perdón. Joder, Celia, ¿eres tú la que tiene que dármelo, o soy yo? ¿O los dos?

 Aparco y me quedo sentado con las manos en las rodillas, paseando la mirada de la radio al volante. Meto la mano en el bolsillo y cojo el móvil. Está encendido. No me ha llamado, es un hecho. Salgo del coche mientras busco el número entre las últimas llamadas.

Allá vamos.   

 

— Buenos días.

— Buenos días, Fran. Los de naranja ya están recogiendo, ¿no?

— Sí, no hemos tenido que esperar mucho.

—¿Dónde está el testigo?

— Ahí lo tiene.

—¿Ese vagabundo?

— El mismo y, además, el único.

— Hum… Esto promete ser maravilloso. El testimonio de un fulano sin residencia y que seguramente no asista al juicio cuando le llamemos, dos muertos, y todo un domingo por la mañana.

— Mala suerte…

— No nos podemos quejar, por lo menos no estamos en una bolsa.

— Sí, supongo que tienes razón.

— Ya le habéis tomado declaración al sin techo, ¿verdad?

— Así es. Dice que el Passat se saltó el semáforo y golpeó el lateral derecho del Ibiza, provocando que diese dos vueltas de campana. ¿Quieres hablar tú con él?

— Noooo, gracias. No tengo ánimo y ya le habéis tomado declaración, así que paso, todo vuestro. ¿El conductor del Passat anda por aquí?

— No, ya se lo han llevado al hospital. Un latigazo cervical y poco más.

— Bueno, pues… yo creo que… voy a ver qué se puede sacar en claro del paisano. Nos vemos luego.

(Piiiiiiiip)

“Ideo precor beatam Mariam semper Virginem.”

(Piiiiiiiip)

“Onmes Angelos et Sanctos.”

(Piiiiiiiip)

“Et vos, fratres.”

(Piiiiiiiip)

“Orare pro me ad Dominum Deum nostrum.”

(Piiiiiiiip)

“Amen.”

(Click)

— Hola. — Dios, es como una ametralladora. Me lanzaría una botella a la cabeza de tenerme delante, estoy seguro. Sí, fuiste muy clara —. Ya lo sé. — Pero no me importa, ya no —. N… no. Oye… — Es inútil. Nunca la había oído tan enfadada. Su voz es incluso más ronca,  más auténtica —. ¡Escúchame! — Es la primera vez que uso ese verbo. Se hace hasta extraño oírlo en el eco de la línea. Quizá pretendía que ella, simplemente, entendiese lo que hacía o decía aunque no quisiese contarle nada —. ¿Cómo quieres que no alce la voz? ¿Es que puedes oírme aún con todo el jaleo que estás montando? — Casi puedo ver sus ojos, fijos y vibrantes, atravesándome. Debo decírselo —. Celia… Celia, por favor. Te quiero. — Nunca un silencio así había significado tanto —. Que te quiero. — No me cree. Hay que joderse. Estoy sonriendo como un idiota —. No, no me ha pasado nada, estoy bien. Bueno… sí que ha pasado algo, pero es un poco largo de contar. — Ya no grita. — Sí, solo quería decírtelo. Sí, solo eso… Mira, estoy con Bea, la hija de los del tercero, voy a desayunar con ella y enseguida estoy ahí. — ¿Sarcasmo? ¿Puro e inofensivo sarcasmo? — ¡Por el amor de Dios, si casi tenemos edad para ser sus padres! Sí, tiene mucho que ver en esto. — ¿Que qué ha pasado? A mí también me gustaría saberlo —. Dejémoslo en que me he dado cuenta de algo. Soy algo imbécil, tienes razón. ¿Me perdonas? Por haberme olvidado de que me querías. — Y, de repente, todo se va. Espero no volver a olvidarlo —. Dame veinte minutos. Hay muchas cosas que necesito decirte. Te quiero.

(Piiip piiip piiip)

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