Ozymandias

Bueeeeeno. Parece que me toca. Recordad, en este desafío debían aparecer los elementos: Botella, Valle de los Caídos, Vagabundo. 

Tambien aprovecho el momento para recomendaros a todos leer el poemita de Shelley. Así como para comentar que la primera vez que oí en mi vida el nombre de Ozymandias fue en la famosa novela de ci-fi de Jhon Cristopher Las Montañas Blancas, precisamente en uno de los Vagabundos de ese mundo.

«Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad

Mi obra, poderosos! ¡Desesperad!”

Percy Bysshe Shelley

 

Ozymandias

“A todos los huéspedes que se presentaren, se les recibirá como a Cristo, ya que un día aquel ha de decir: Era Forastero y me recibisteis”.

El hermano Juan suspiró. Había leído esa norma de la Regla más de mil veces, pero hoy adquiría para él un significado especial. Pensaba que nunca iba a volver a ofrecer tal servicio, pero sus oraciones habían sido oídas. Se apresuró con la bandeja del desayuno. Pronto debía tocar a maitines.

El extraño, que le había acompañado durante unas horas la noche anterior, había abandonado su celda.

”Tal vez vuelva, después de todo, dijo que venía para quedarse”

Solo tras tocar la campana y completar sus rezos, se permitió buscar al vagabundo que se había nombrado a sí mismo como Ozymandias. Lo pudo ver a los pies de la cripta, rascando una botella de Anís del Mono mientras murmuraba letanías y cabeceaba como un rabino borracho.

Volviendo a pasar ante la puerta de la celda que le había asignado, el hermano Juan recogió el plato con los huevos duros, el pan y la leche de cabra. El anciano parecía seguir ensimismado en sus rituales privados, a la sombra del Santo Cristo.

Más de cien metros de cemento sobre la roca, seguían sobrecogiendo al monje tanto como la primera vez que lo destinaron a la Abadía, desde su Sevilla natal. ¡Cuántas manos habían trabajado en aquel lugar, para mostrar la gloria del ejército sublevado en su Victoria!

Sevilla. En aquel entonces, un par de horas de AVE. Se preguntó cuántos días de viaje serían ahora, si tratase de llegar a pie. Aunque tal vez podría intentarlo en moto, si bajaba de la montaña a buscar una y conseguía encenderla. Pero, ¿cómo iba a dejar sola la Abadía? Alguien debía tocar la campana, realizar los servicios, limpiar el altar y oficiar la Eucaristía. Era su deber, ahora que era el último de los Hermanos. El lugar de un hombre de Dios estaba en la Iglesia.

Cuando fue a poner la mano en el hombro del pobre desquiciado, este se volvió. Sus ojos ya no estaban perdidos, sino que lo enfocaron inmediatamente, brillantes y joviales como los de un niño.

–          Gracias, lacayo. ¡Caramba, huevos duros, nada menos! ¡Como un Lord inglés, hoy voy a desayunar como un Lord Inglés! ¡No está mal, hasta para el Rey de Reyes!

–          Despacio, señor. Nadie se lo va a quitar, y podría hacerle daño.

–          ¡Estoy hambriento, caramba! Hacer que el Mundo gire consume muchas energías.

“Madre del Señor, otra más. Al pobre, el dolor le ha trastocado el sentido”.

O tal vez no. Tal vez ya era así antes, uno de esos locos inofensivos que farfullaban entre dientes, invisibles entre la multitud. Uno de esos que acababan muriendo, de frío en un portal tras tomar demasiado vino de cartón, o quemados por algún desalmado, o simplemente porque les llega la hora.

Pese a que le había dejado jabón, no se había duchado. Tampoco se había puesto la ropa limpia.

Simplemente, había cogido de alguno de los cuartos el hábito de uno de los hermanos y se lo había echado por encima, junto con una vieja estola. El olor a naftalina de la vieja prenda se mezclaba con el de la roña de años del portador.

«No hay pecado en ello, puesto que no está en sus cabales».

–          ¿Ya no tocas la botella?

–          ¿Para qué? ¡El sol ya ha salido! Y tenle algo más de respeto al Rey de Reyes.

–          ¿Tocas la botella para hacer salir el sol?

–          Por la mañana, sí. ¿O no lo ves? Todos los días toco, y todos los días sale. ¿Te imaginas que el Sol no saliera un día? Los animales se morirían de frío y la hierba se angostaría. Eso sí que sería el fin del mundo.

Y así Ozymandias rascaba la botella, y el sol salía. Claro que luego también rascaba la botella al ocaso, y el sol se ponía. “¿Te imaginas que el Sol no se pusiera un día? Los animales no podrían descansar y morirían y la hierba se angostaría. Eso sí que sería el fin del mundo”, decía muy al caso, si el monje intentaba distraerlo cuando llegaba el atardecer para sacarle de su error.

No había forma de hacérselo olvidar; una vez, incluso el hermano Juan intentó robarle la botella, pero el pobre viejo se volvía tan rabioso y gritaba con tal desesperación que no tuvo corazón para romperla, y se la devolvió. Al terminar de ponerse el sol, el cano señor sonrió con el orgullo del trabajo bien hecho y pidió la cena.

-¿No hay huevos hoy? ¡Le escatimas los huevos al Rey de Reyes! ¿Sabes, Lacayo? Deberías estar más agradecido. Todo esto lo hago para ti. No tendría sentido hacerlo para mí solo. Bueno, para ti, y para que no se mueran los animales y no se angoste la hierba.

Y Juan se rio y frio dos huevos, rezando un Ave María para que el viejo no anduviese mal del colesterol.

Pasaron los días, y luego los meses. Al final se acompasaron, y mientras uno rezaba, el otro rascaba su botella. Luego cenaban o desayunaban juntos, y durante el día el monje trabajaba duramente mientras el anciano invocaba la lluvia o perseguía a los grajos.

El vagabundo murió apaciblemente de puro viejo una noche de primavera. Juan supo lo que había pasado cuando echó en falta el barullo de la botella mientras tocaba los maitines. Lo enterró donde había enterrado antes, uno a uno, a los otros monjes y a los que habían elegido ir a morir a aquel santuario. De la Gripe Porcina. O la Cochina Gripe, como la había llamado el Abate hasta el final.

–          Adios, Ozymandias. Has sido buena compañía. Gracias por todo. Gracias por hacer salir el sol para mí. Tú ya has cumplido tu deber, pero yo debo cumplir con el mío. Lo he descuidado mucho hasta que tú llegaste.

Luego preparó un macuto con ropa de abrigo, tomó el pan y el vino consagrados, y un misal. Rezó ante el Sagrario, durmió, y con el alba siguiente se puso en camino.

El lugar de un hombre de Dios está con la  Iglesia.

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