Lo Impronunciable

A un ritmo tranquilo y veraniego, os traemos la segunda remesa de textos con premisas. En este caso, acordamos que en todos los textos, que iremos colgando en esta entrada y las siguientes, debían figurar: un volcán como localización, un fósil como objeto y un dentista como personaje. Pues nada, al lío:

Lo impronunciable

14 de Abril de 2010

Intentó dar otro paso a través del aire gélido, y uno más después del anterior, pero no quedaba nada de lo que tirar. No podía rendirse, pero su cuerpo ya lo había hecho. Su bota se hundió entre la nieve y la ceniza, intentando acercarse al estrépito que se escuchaba en la distancia. Tan, tan lejos… Extendió la mano enguantada, como si pudiese rozar con los dedos el fuego, y por un momento tuvo la sensación de que el gran cráter tiraba de él, acercándolo a través de los chorros de vapor que brotaban aquí y allá, y de las negras partículas que arrastraba el viento. ¿Era un milagro?, ¿un premio a su tenacidad? Sonrió, embelesado y aturdido, antes de darse cuenta de que, sencillamente, estaba cayendo hacia delante. Sus rodillas, incapaces de mantener el esfuerzo, ya no podían sostenerlo. Sintiéndose estúpido, impactó con un sonido sordo contra la nieve, la mano aún extendida hacia la distancia, al abierto abismo del volcán.

Quiso arrastrarse. Por imposible que fuese, sentía que debía llegar hasta el rojo cegador del cráter, la columna de lava que se elevaba en un espectáculo único en decenas, cientos de metros, arrojando un espeso humo negro que desafiaba al sol. Con los ojos empañados de lágrimas, arrastrándose sobre la panza como un gusano, apenas logró tirar de sí mismo un palmo y nada más que un palmo. Tras él, a los lados, por todas partes los ladridos de los perros, sonando cada vez con más fuerza. Desorientado, se sentía incapaz de determinar desde qué punto del glaciar llegarían. Había perdido. Que Dios y su padre y toda la humanidad lo perdonasen, porque había perdido.

Desesperado, intentó rodar sobre sí mismo para ver el cielo y recibir tal vez algún tipo de consuelo, pero la mochila que portaba a su espalda y su terrible carga se lo impidieron. Apenas consiguió ponerse de costado, con el pecho subiendo y bajando a gran velocidad bajo las gruesas capas de ropa. Tanteó torpemente con la mano izquierda entre las ropas, queriendo extraer el crucifijo para verlo una última vez. Exhaló un hilo de vaho blanquecino e inclinó a duras penas el cuello para lanzar una mirada empañada al cielo, donde un sol macilento intentaba filtrarse a través de la oscuridad de la imposible capa de ceniza que cubría el firmamento. Boqueó como un pez, intentando llevar a cabo una última plegaria, una última petición de socorro, el ruego por una respuesta al sentido de aquel esfuerzo. Solo le salió un graznido.

Los ladridos eran cada vez más audibles. Rogó por caer inconsciente, pero aún en su extenuación se mantenía extrañamente lúcido. No se cerraron sus ojos, no se desvaneció. Fue totalmente consciente del momento en que los animales llegaron y se cernieron sobre él, gruñendo con hostilidad, y de cómo, tras ellos, avanzaba el hombre alto.

 

6 de Enero de 2010 

Voy a pasear a Lola, dijo, al tiempo que le plantaba un sonoro beso en la mejilla al mayor de los dos hombres. Luego, señaló hacia la cajetilla de tabaco desplegada sobre la mesa, justo al lado de las humeantes tazas de café.

Utiliza el cenicero, que no se te despiste.

Carlos asintió sin decir nada, mientras que ella se despedía de Pedro con dos besos y un “cuídate”. Esperó a verla salir del salón, a que la vivaracha perra saliese escopeteada detrás de ella y al sonido de la puerta de la casa cerrándose tras Sandra y su corgi galesa. Luego, se levantó, entreabrió la ventana, buscó el cenicero en el lugar de la estantería donde solía dejarlo y volvió a sentarse.

Es encantadora.

El más joven lo dejó caer como quien no quiere la cosa, mientras que su anfitrión encendía un cigarrillo. Desconfiado, este enarcó una ceja al tiempo que aspiraba el humo.

¿Pero?

Nada, eso es todo.

Como su hermano seguía mirándolo con desconfianza, Pedro intentó apartar el tema dándole un sorbo al café, pero, al posar la taza sobre el platillo, se encontró con la misma expresión inquisitiva. Aspiró, pensando qué decir.

Está bien. ¿Cuántos años tiene? ¿Veintiocho? ¿Llega a los treinta?

Tiene los mismos años que tú.

Pues eso, Carlos: que veinte años de diferencia son muchos años…

Por un momento temió que todo aquello acabase degenerando en una discusión, pero el mayor se limitó a juguetear con el mechero, dando pequeños golpecitos con él sobre la mesa.

Tengamos la fiesta en paz.

Y con eso el tema quedó zanjado. No hubo, como en otras ocasiones, desagradables alusiones a la condición de seminarista de Pedro, algo relativamente frecuente cada vez que se enzarzaban en algún tipo de discusión de tipo moral. Los dos hermanos estaban demasiado cansados para ello, y permanecieron por un momento en silencio, atendiendo a sus respectivos cafés. Finalmente, el mayor volvió a tomar la iniciativa

Hay que hablar de lo de papá.

Supongo que sí… Dime una cosa, ¿has ido a ver a Marga y a los niños?

Ya empezamos a marear la perdiz. Mira, sí: estuve en Coruña por la mañana. Era lo mínimo, después de que viniese a pompas. De todos modos…

¿Y mis sobrinos? ¿Qué tal están?

Bien, todo el mundo te manda recuerdos y dicen que te cuides. Están más preocupados por ti que por mi…  Estuve poco tiempo: no tenía demasiadas ganas de quedarme en esa casa. Les dejé dinero. Con todo este cristo no he podido comprarles nada, ni ganas que tenía, y los chavales ya no juegan a nada.

Me gustaría pasarme por ahí y saludar, pero no tengo demasiado ánimo.

No pasa nada. Tú descansa, ya irás.

El día de Reyes, y yo…

No pasa nada, Pedrito, pero estemos a lo que tenemos que estar: papá.

Asintió, por respuesta. Hizo una larga pausa y lanzó la mirada en dirección a la ventana,  desde donde se adivinaba el jardín de la Alameda. Le hubiese gustado quedarse así un buen rato, pero, haciendo de tripas corazón, suspiró, miró directamente a los ojos a su hermano e intentó que no le temblase la voz.

¿Qué es lo que queda?

Papeleo y facturas, pero si tú ya acabaste con todo el tinglado de lo de Conxo, del resto ya me ocupo yo. El asunto es que hay una caja de seguridad, ¿tú lo sabías?

No, ¿cómo, una caja?

Una caja fuerte alquilada a Caixa Galicia. Vamos, bajo mis narices. Y el caso es que tenemos que ir a ver lo que hay y decidir qué hacemos. Si el viernes te parece pronto, vamos el lunes. Pero cuanto antes nos quitemos eso de encima, mejor.

Madre mía.

Sí. Lo sé.

Pero, ¿qué puede tener ahí?

¿Teniendo en cuenta que hablamos de papá? A saber, Pedrito. A saber…

 

15 de Abril de 2010

¿Pero cómo que no lo saben?, dijo alguien. Podía haber sido cualquiera de ellos, ya que delante de Carlos no hacían más que aumentar los gestos de inconformidad en la fila por parte de los pasajeros enfadados y agotados. Un bufido por aquí, un pisotón por allá. Simulando paciencia por tener que lidiar con un montón de gente furiosa que le daba el mismo trato que si fuese una ejecutiva de la compañía, la única mujer que atendía a las reclamaciones de los pasajeros volvió a repetir que comprendía perfectamente el malestar de todos ellos y que el vuelo a Reijkavik, como tantos otros, no iba a poder salir del Prat. Lo dijo en inglés, en castellano, en catalán y hasta lo chapurreó en islandés. Que no era cosa de la compañía, sino de las cenizas arrojadas por un volcán en Islandia, y que eso impedía el tráfico aéreo. Sencillamente, habían tenido mala suerte. Carlos inclinó el cuerpo a uno y otro lado, intentando determinar cuánto tiempo pasaría hasta que pudiese ocupar su cabeza gritándole a una persona inocente y gastar la enorme ira que sentía acuchillando una hoja de reclamaciones con el bolígrafo.

Con las manos empapadas en sudor colocó el teléfono ante sí y marcó una vez más el 354 y el número de su hermano, obteniendo los mismos resultados que diez minutos atrás, y que una hora antes. Una voz robótica e ininteligible y nada más. Apagado. Pip, pip, pip, pip. Pensó en volver a llamar a la embajada, pero ya estaban hasta las narices de él. Guardó el móvil, se masajeó los párpados, aflojó el cuello de la camisa y se unió con un fuerte resoplido al coro de la desconformidad de la fila de pasajeros.

Y todo esto, se dijo, por una puta piedra.

11 de Enero de 2010

¿Cómo vas?, preguntó Carlos, al tiempo que firmaban el documento que el empleado de la caja plantaba ante los dos hermanos. El menor se llevó la mano a la mejilla.

Me duele la cabeza una barbaridad

Tienes que dormir.

No es eso. Es una muela, que me está matando. Empezó hace unos meses y no le he prestado atención.

Ah, pues que te lo mire Sandra. Tiene la clínica en la zona nueva, a ver cómo te explico para llegar… O aún mejor, llévate una tarjeta. Siempre llevo un par en la cartera.

Le tendió una lámina de cartulina, acompañando el gesto de una palmada en el hombro. Mientras, el empleado abría la caja fuerte. Pedro guardó la tarjeta en el bolsillo del abrigo, ladeando intermitentemente la cabeza a un lado y a otro.

Sabes que no quiero ser una molestia…

¿Estás de broma? ¡Si eres una inversión! Mira, Sandra le echa un vistazo a esa muela y tú cantas las alabanzas del señor entre todos los cuervos del Seminario Mayor de lo buena que es. ¿Hay trato?

Me lo pensaré.

Ignorando deliberadamente la conversación entre los dos hombres, el empleado hizo un gesto servicial y los dejó a solas. Carlos lo siguió con la mirada, al tiempo que buscaba algo en sus bolsillos.

No pienses tanto y ve. Bueno, y vamos a echarle un vistazo a la dichosa caja, acabamos con esto de una vez y nos tomamos un café.

Vale, mejor… Un momento, ¿cómo se te ocurre fumar aquí?

Barrió el aire con la mano, ya antes de que su hermano se llevase el cigarrillo a la comisura de los labios. Este hizo caso omiso de la prohibición, y prendió el objeto.

No seas tocapelotas, anda. Estoy nervioso y fumo. Además, me siento en el consejo de administración… ¿Te crees que va a venir alguien a decir nada? Pero hombre, si entra el director de la sucursal le digo que se cuadre y luego lo pongo a fregar los baños…

Pedro negó con la cabeza, disconforme, mientras que su hermano soltaba una bocanada de humo. Tenía tendencia a intentar reforzar su autoridad cuando se sentía nervioso, resultando incluso grosero. A ese respecto eran totalmente opuestos.

Anda, abre eso y mira qué narices tenía ahí papá, que tal y como estaba antes de estirar la pata lo mismo puede ser una muñeca hinchable

No deberías hablar así de papá

El mayor había intentado que aquello sonase como una broma, pero su hermano se veía claramente molesto. Aún así, obedeció y abrió la puerta de la caja de seguridad. Quería acabar con aquello cuanto antes, pero al mismo tiempo sentía una extraña fascinación por lo que pudiese haber allí, casi tanto como por la otra caja, la de cartón en la que le habían entregado en el psiquiátrico los enseres de su padre. Con la puerta ya abierta se quedó mirando al interior, con gesto extrañado.

Menuda mirada, Pedrito: te has quedado pasmado. ¡No me digas que acerté con lo de la muñeca! No sé tú, pero yo me imagino perfectamente al viejo saliendo de Conxo, dándose un buen paseo hasta aquí, pidiendo su llave, hinchando a la belleza neumática y bajándose los pantalones. Hasta me resultaría consecuente…

Carlos tosió cuando casi se echó a reír de forma nerviosa, más por inquietud que porque realmente le hiciesen gracia sus propias palabras. Su hermano se santiguó, con la mirada clavada en el interior de la caja.

Pobre hombre. ¡Qué mal estaba, Carlos! Qué mal estaba el pobre…

No será para tanto…

El mayor se acercó, agachándose con cierta dificultad, marcada por el crujir de sus rodillas. Vamos a ver qué narices… comenzó, pero no llegó a terminar la frase. Se apoyó en el hombro de su hermano, ladeó la cabeza y se quedó mirando hacia el interior de la caja fuerte mientras fumaba. Pegados al interior de las paredes de la caja había una serie de folios amarillentos, recorridos de extraños símbolos que no se correspondían con ningún tipo de escritura que los hermanos reconociesen. No había nada más en el interior de la caja fuerte, a excepción de un trozo de piedra del largo y ancho de un ladrillo, y la mitad de grueso.

Ciento cincuenta euros al año invertidos en guardar un trozo de granito… La madre que…

Pedro interrumpió a su hermano alargando la mano. Tomó el objeto y lo colocó ante él. La superficie estaba recorrida por un patrón de líneas irregulares, y el tacto resultaba poroso.

No es una piedra, ni tampoco cerámica. Creo que esto es un fósil. No sé de qué, pero… ¿por qué guardaría papá esto aquí?

Carlos se le quedó mirando, sin decir nada, preocupado por el interés de su hermano ante lo que para él era algo totalmente evidente. Porque Juan Blancamar, que en paz descanse, llevaba veinte años viviendo en el psiquiátrico, como el abuelo Francisco antes que él, quiso decir. Porque se despertaba aullando por las noches y tapaba los espejos con cinta aislante. Por eso, Pedro. Pero no lo dijo, y meses más tarde volvería una y otra vez a ese punto en que las miradas de los dos se cruzaron, el momento exacto en que el mayor calculaba que todo se había ido al carajo.

9 de Abril de 2010

Es un estromatolito, pero a estas alturas usted ya sabrá eso. Y, al mismo tiempo, no lo es. Pero usted también habrá podido intuir eso.

La voz del otro lado de la línea, cascada por la edad, poseía aún un leve acento sinuoso. Pedro, mareado por la falta de horas de sueño, permaneció sentado sobre el colchón, deslizando la mirada sobre los corchos en los que había ido clavando y relacionando con hilo de colores y chinchetas todos los documentos que había encontrado entre los enseres personales de su padre. Recortes de periódico, de publicaciones científicas, fotografías anotadas en los márgenes, tarjetas de visita… todo ello comenzaba a tener un extraño sentido en su cabeza. Había vínculos claros, tal vez no del todo evidentes, pero estaban allí. Una gran cantidad del material hacía referencia al objeto del cual le hablaba el desconocido: el estromatolito de la caja fuerte, que en un principio, y por lo que él entendía, no debería ser más que la huella de bacterias muertas en forma de fósil. Antiguo, sí, pero nada más.

Disculpe, ¿cómo ha dicho que se llamaba?

Saravia, señor Blancamar. Adoniran Saravia. Usted ha intentado contactar conmigo, ¿recuerda?

He intentado contactar con muchas personas… pero la mayor parte ya no vive en los mismos sitios, así que disculpe que no lo haya identificado a la primera.

Ja, ja. Sí… No hace falta que se disculpe. La gente es prudente. A veces hay que cambiar de aires…

Pedro se levantó de un salto, al identificar la tarjeta de visita de Saravia, amarillenta por el paso del tiempo, entre los documentos clavados en el corcho. En portugués, hacía referencia al doctorado en geología del individuo. La examinó con calma.

¿Debo entender que ya no vive en Lisboa, señor Saravia? Estoy muy interesado en verle, hay un asunto sobre mi padre al que creo que solo usted podría…

Estoy bastante lejos, joven. Me retiré a Islandia hace unos cuantos años, ¿sabe?

Islandia… Pedro sintió una súbita sensación de desánimo, y a toda velocidad atravesaron por su cabeza intentos de solución. El hombre tendría sin duda una cuenta de correo electrónico a través de la cual comunicarse con más calma, para algunas cuestiones una teleconferencia podría funcionar, para otras… Islandia… Se mordió los labios intentando buscar la solución más razonada, pero la ansiedad se apoderó de él.

¿En qué parte de Islandia, señor Saravia? ¿Sería posible que lo visitase?

Ja, ja, ja… Claro, señor Blancamar, ¿por qué no? Será un placer retomar ese viejo misterio que tiene entre manos… ¿Tiene con qué anotar? Los nombres de aquí son un poco enrevesados…

Deme un momento… Sí, tengo aquí: dígame.

Hará falta que se lo deletree. Es una bonita zona para hacer turismo y caminar, pero a mis años… Lo primero de todo, tome nota. La región es: F-I-M-M-V…

Espere, espere.

Pedro se quedó congelado ante una de las noticias de periódico, difícilmente legible, que colgaba de la pared: no entendió demasiado, ya que solo chapurreaba francés, pero aquello era un viejo recorte del diario “Le Monde” relativo a la posible actividad de un volcán de nombre impronunciable, el Eyjafjallajökull, cerca de un sitio llamado Fimmvörðuháls Los dos nombres estaban subrayados. Se quedó anonadado, intentando leerlos.

Fim-vor-¿Duas?

Ja, ja… ¡Bravo! Su pronunciación tiene que mejorar, señor Blancamar, pero sus conocimientos de geografía son magníficos. ¿O debo entender que ya conoce Islandia?

17 de Abril de 2010

Justo después de despertar, los ecos de la pesadilla continuaron estando presentes durante un breve minuto en su cabeza, antes de evaporarse definitivamente. Le sobrevinieron ráfagas de imágenes de su padre sosteniendo con fuerza su mano, y avanzando hacia el santuario. Allí hay gente de rodillas, gente descalza. Algunos dejan escapar ruidos ininteligibles y parecen aterrorizados e incapaces de entrar en la iglesia. En las inmediaciones, algunas mujeres venden rosarios, cirios, ídolos de cera de aspecto pagano. El sacerdote está en el exterior. Ante él, un hombre hincado de rodillas vomita entre grandes espasmos una bola de pelos envuelta en bilis. La mano se aprieta con más fuerza, tirando de él. Avanzan hacia allí, al tiempo que puede notar que las fuerzas de su padre se agotan, que sus pasos se vuelven irregulares. Perdiendo resuello, su padre apoya la mano en el hombro del loco y, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, le dice algo. Le dice: por favor, papá, deja de hacerte esto.

Carlos se incorporó hasta quedar sentado en la cama y enterró el rostro en las manos. Permaneció largo rato en la misma posición, aún después de que Sandra le preguntase si estaba bien y lo abrazase.

Tengo miedo, confesó. Sandra apretó su rostro contra el de él, preocupada.

Seguro que está bien, ya verás cómo vuelve y todo acaba en nada.

No lo sé… He intentado mantenerlo lejos de todo esto, pero se obstinaba en visitar a papá, una y otra vez. Y lo de la caja, y los papeles, y todo eso… Es que no paro de darle vueltas.

Pero no tiene sentido que le des vueltas a todo eso… Tú estás haciendo todo lo que está en tu mano.

¿Sabes lo que creo? Creo que no es por una cuestión de cariño, creo que es todo por culpa o por curiosidad, o… Es que no sé. Me lo imagino dándole vueltas a que papá no jugase con él cuando era pequeño, porque papá, pobre hombre, ya estaba internado en Conxo. Lo veo dándole vueltas a que mamá muriese en el parto. Veo a Pedrito responsabilizándose, castigándose, diciendo “la maté yo. Y eso lo volvió loco” Y todo eso me viene ahora, todo junto, todo sin avisar.  No puedo dejar de pensar en cosas así. De acuerdo, conmigo nunca sacó el tema, nunca. Pero es que esas cosas se ven, que lo conozco, que es mi hermano… ¿Sabes que he llegado a pensar que se metía en el seminario por esa culpa? Como si hubiese algo malo en él y quisiese borrarlo…

Tu hermano es una buena persona, no deberías pensar así de él… Y además, sabes que es más listo que todo eso. Que lo haya afectado la muerte de Juan, en todo caso, eso ya es más normal.

Pero es que es eso, Sandra, ser listo o tonto no tiene nada que ver: es la puta culpa, y lo que sea que lleva esta familia dentro. No viste sus ojos en Enero cuando abrimos la caja fuerte, como si ahí estuviesen las respuestas de todo, como si ese trozo de piedra mugrienta le fuese a permitir conocer mejor a papá…  Una alternativa a que la muerte de mamá volviese loco a papá… una respuesta. Nunca debí permitir que se llevase esa cosa, y ojalá le hubiese prendido fuego a toda la mierda que guardaba mi padre en su habitación, que por lo que me dijeron los de Conxo también se lo llevó todo. ¿Para qué? Si era todo basura…

Bueno, bueno… ¿En serio crees que se ha obsesionado con todo eso? A lo mejor solo lo guardó todo por valor emocional… En serio, cielo, puede que decidiese hacer una escapada y nada más. A lo mejor de tantas veces que le dijiste que los curas esto y aquello, pues… lo dejó. Así, de pronto. Le dio por hacer un viaje y lo mandó todo al cuerno.

Ojala, pero no. Es que ya lo he visto, Sandra. Papá, el abuelo Paco… Un día bien, al siguiente empiezan a comportarse de forma extraña, obsesionándose con cosas. En fin, mañana vuelvo a llamar sin falta al Seminario Mayor, que me cuenten más de cómo lo vieron estos meses, a ver si estaba especialmente raro o disperso, o yo ya que sé… Joder, y el lunes tenemos reunión por lo de la fusión… Joder, joder…

¿No puedes llamar a alguien y decir que no vas?

No, no, no. Ni de coña. Vale que pinto poco, pero sería cavar mi tumba. Joder, el estrés me va a matar, Sandrita…

Pues ya me encargo yo de todo, tú intenta descansar. Esto es en lo de San Martín Pinario, ¿no?

Carlos asintió. Musitó algo acerca de qué haría él sin ella y, al cabo de un momento volvió a apoyar la cabeza en la almohada. Intentó convencerse a sí mismo de que todo iba bien, pero sus ojos permanecieron abiertos de par en par. Tenía miedo a tener pesadillas en Conxo, con su padre; en O Corpiño, con su abuelo. Tenía pánico a tener pesadillas en Islandia, con su hermano.

Lola, captando las preocupaciones pero sin comprenderlas, se acercó y le lamió la mano.

23 de Abril de 2010

Disculpe, pero es muy tarde: ya no estoy en hora de atención al público.

Es que me duelen los dientes.

El hombre introdujo la tarjeta de visita a través de la rendija de la puerta entreabierta, y en ese preciso instante, Sandra reconoció su voz. Sintiendo una súbita sensación de mareo, se llevó la mano al rostro al tiempo que abría torpemente la puerta.

Oh, Dios mío.

Me… me duelen los dientes.

Casi irreconocible, sucio y con el cabello desordenado, el hombre avanzó torpemente hacia el interior, a pasitos cortos. Sandra se lo quedó mirando, con el corazón retumbando a toda velocidad. Presa de los nervios y sin saber muy bien qué decir ni qué hacer, lo llevo hasta la salita de espera. Por el camino, debió de preguntarle cómo se encontraba, dónde se había metido, pero, si le contestó algo, ella estaba demasiado nerviosa como para retener la información. Casi como una máquina, lo dejó allí, volvió hasta el recibidor de la clínica y con el teléfono temblando en sus manos, llamó a Carlos. Uno, dos. Tres eternos tonos.

¿Sí?

Noticias. Tengo noticias.

¿Ha llamado la policía?

No, no, escucha…

Antes de nada, dime que son buenas noticias. Después de lo que me encontré en el piso que nos dejó la tía Clara, con todos esos tableros llenos de tonterías…

Está aquí.

¿Cómo?

Que digo que tu hermano está aquí, en la clínica.

Joder. Voy para ahí. Voy… voy ya, voy para ahí.

Sí, pero escucha. Carlos, ¿Carlos?

Sandra se quedó con el teléfono en la mano, pensando si volver a llamar, o si llamar a la policía, o qué hacer. Mientras que valoraba la decisión, aún aturdida, notó algo por el rabillo del ojo. Al girarse, vio que Pedro había salido de la salita y que, a pasos cortos, volvía a acercarse a ella.

Es que me duelen mucho.

Asustada, pero sin saber muy bien qué hacer, le hizo un gesto para que siguiese caminando a la consulta en sí. Caminó detrás de él, no sin antes dejar la puerta abierta, por si llegaba Carlos.

Venga, vamos por aquí y le echamos un vistazo, ¿de acuerdo?

Me duelen…

Ahora les echamos un vistazo. Mira, pasa por aquí. ¿Te sacas el abrigo? ¿No? Bueno, túmbate ahí. Déjame que coja un par de cosas… ¿Estás cómodo? Vale, abre la boca. Vamos a echarle un vistazo a eso.

14 de Abril de 2010 

Sacando fuerzas de flaqueza, le dio una patada al hombre alto, que, al no esperárselo, resbaló y cayó. Por un momento pareció que los perros fuesen a echarse encima de él, pero se acobardaron al acercársele demasiado, limitándose a enseñar los dientes como si oliesen algo que les causase un temor ancestral. Totalmente extenuado, sin saber de dónde salía esa última reserva de energías, se enzarzó con el hombre. Forcejearon, sin que ninguno consiguiese imponerse al otro.

Quería preguntar por qué él, por qué su familia, pero Saravia no dijo nada. Débil y anciano, se limitó a luchar sin conseguir quitárselo de encima, pese a que él mismo estaba extenuado. Continuamente, el hombre alto intentaba alcanzar su mochila, pero él se lo impedía. En un momento dado en que quiso apartarlo, la carga resbaló de la mochila y acabó en las manos enguantadas de Pedro. Por un momento, este alzó el fósil sobre su cabeza, como si fuese a descargar un golpe  desesperado contra el anciano, que se cubrió, aterrorizado, con los brazos. La imagen le recordó por un segundo la de Nosferatu interponiendo las manos ante el sol, en la vieja película de Murnau.

Ambos permanecieron en la misma posición durante eternos segundos, en un combate patético, revestido de magnificencia tan solo por el increíble paisaje bajo el que tenía lugar. Y justo en ese instante, el volcán de nombre impronunciable retumbó, y la placa que sostenía Pedro sobre su cabeza se partió en dos mitades. Como si algo hubiese decidido, en ese preciso instante, salir de ahí.

 

23 de Abril de 2010

Se desparramó sobre su cabeza, en un millar de filamentos casi invisibles, que buscaron entrar por cualquier abertura que encontrasen en su rostro. Y allí se quedaron, enredados a su garganta, a sus fosas nasales, bajando por el estómago hasta invadirlo todo, creciendo y tirando de sus dientes, invadiendo sus párpados, habitando detrás de sus tímpanos. Creciendo dentro de él, bajo su piel, algo más viejo que el hombre, tanto que puede vivir en una piedra, pero no crecer dentro de ella. Eso es lo que le dijo el viejo Saravia en su casa, con una voz que hacía retumbar las paredes del cráneo, todo él palabras que llevaban a dudar de aquello que se da por sentado y que permite seguir cuerdo. Le habló de hombres que son puertas a otros lugares, y de cosas que no pueden morir por mucho tiempo que transcurra. E hizo algo más, que demostró que eso era cierto. Algo demasiado terrible para recordarlo. Pero, cuando tuvo la certeza de que aquello era la verdad, corrió. Corrió, corrió, corrió. Sin esperanza, sintiéndose terriblemente sucio, deseando arrojarse él mismo y a esa cosa maldita de su mochila al fuego aniquilador.

Pero no pudo. Y eso creció, cada vez más fuerte, tirando de los dientes y los ojos y los tímpanos, hacia dentro.

Cuando Sandra se lo pidió, abrió la boca de par en par, porque ya no podía luchar más contra aquello que tiraba fuertemente de sus dientes. Escuchó un crujido dentro de sí mismo, y cerró los ojos todo lo que pudo, tan fuertemente apretados que empezó a llorar. Al tacto del instrumental de ella, una encía se movió, agitándose como si fuese una advertencia. Y, un instante después, aquello salió, o más bien emergió, porque no se había limitado a crecer dentro de él para luego abandonar su cuerpo, sino que estaba unido a él para siempre. Sintió cómo brotaba violentamente de su garganta, causándole una terrible sensación de ahogo y descoyuntándole la mandíbula. Interminable, tuvo la sensación de que aquello lo estaba vaciando, o, más bien, que lo estaba volviendo del revés como si fuese un calcetín. Se agitó, histérico, intentando luchar pero sin atreverse a mirar directamente: imaginó que se extendía desde su cuello como una especie de pulpo grotesco, todo él tentáculos volcados hacia el exterior, agitándose ciegamente. Tentáculos hechos de su corazón y de su hígado, agarrados a las bolsas de sus pulmones, hinchándose y deshinchándose grotescamente. 

Ella gritó con toda su alma.

16 de Mayo de 2010 

¿Crees que la locura es contagiosa?

El hombre permaneció quieto, delante de un sarcófago revestido de mármol negro y coronado por un crucifijo de granito. Difícilmente esperaba que su padre le diese una respuesta desde allí dentro, y, si lo hacía, la respuesta a la pregunta habría sido inmediatamente afirmativa. Le dio una última calada a su cigarrillo antes de dejarlo caer y aplastarlo con su zapato. Sentía la necesidad de hablar, aunque fuese solo.

Pedro, el abuelo Paco, tú… A Pedro lo ingresamos hace un par de semanas, cuando quedó claro que no había nada que hacer. Habríais sido vecinos, como tú y mamá acá, en Boisaca…

Hizo una pausa, negando con la cabeza e invadido por una profunda tristeza. Se sentía agotado a nivel mental. Aunque quisiese, le costaba hablar. Quería decir algo de Sandra, pero se le atragantaron las palabras. Quiso poder soltar que ella se había marchado, dejándole una nota con una especie de disculpa. Que no podía continuar, poco más. Y todo desordenado, ni rastro de ella ni de Lola. Un vacío más, al que aun habiendo temido tanto en las últimas semanas sintió que llegaba de forma inesperada.

Desde el día en que Pedro había llegado a su clínica, con la tarjeta de visita que él le había proporcionado, un sencillo acto que lo hacía sentirse tremendamente responsable, todo se había venido abajo. Cuando llegó, se encontró con la puerta abierta. Entró dando voces, para encontrarse finalmente a su hermano tumbado en la consulta y quieto, en una especie de estado catatónico. Sandra, por su parte, estaba acurrucada contra una esquina, aterrada, con los ojos abiertos de par en par. Nunca dijo lo que había pasado, por mucho que él le insistiese, y, aún peor, a partir de ese día lo miraba de un modo totalmente distinto. Para Carlos, el significado de aquella mirada era clara: ella parecía intentar discernir lo que iba mal dentro de ellos, si todos, absolutamente todos llevaban el mismo mal durmiente. Ella lo miraba pensando si la locura es contagiosa, si se pasa de padres a hijos como la miopía, o la calvicie. Y, sobre todo, si el hombre con el que dormía también estaba afectado.

Permaneció allí un rato más, apoyándose con los brazos sobre la tumba, pensando en su abuelo vomitando bolas de pelo como si fuese un gato ante la visión de un crucifijo, en su padre tapando las ventanas y los espejos. Pensó en su hermano, que no había vuelto a decir ni pío desde el día en que volvió a verlo, con los ojos mirando hacia ninguna parte y convirtiendo en un auténtico misterio todo aquello que lo había obsesionado y el punto exacto en que se le habían fundido los plomos. Su cabeza viajó hasta el estrafalario museo de papeles que se encontró en el piso que su tía les había dejado en herencia, en la denuncia que había llegado contra Pedro desde Islandia y que había trasladado, sin apenas mirarla, sin querer hacerlo, a su abogado. Y como punto magníficamente idiota, tanto que le dieron ganas de darse un cabezazo contra la tumba, a los gilipollas del seminario diciendo que todo de fábula, que un chaval ejemplar y que estaban sorprendidísimos de que un día hubiese desaparecido. Vamos, que no querían lío. De echarse a reír, o a llorar. Sin respuestas ante el conjunto de todo aquello, se sintió aterradoramente solo.

Aterradoramente cuerdo.

29 de Marzo de 1980 

El teléfono sonó tres, cuatro veces. Avanzando a paso decidido por la casa, el hombre descolgó, al tiempo que se aclaraba la garganta.

¿Quién?

¿Es la casa del señor Juan Blancamar?

Ese soy yo, diga qué se le ofrece.

Encantado, señor Blancamar.

Juan. Con Juan basta,

Encantado, señor Juan. Soy Ramiro Couto, el abogado de su padre. ¿Tiene un momento?

…sí. Sí, lo tengo.

Antes de nada, permita que le dé el pésame, y…

Al grano. Diga lo que tiene que decir.

Sí. Sí, claro. Disculpe. Verá, poco antes de su precipitado final, su padre se pasó por mi oficina y me pidió que le guardase una carpeta de documentos y una caja, y he supuesto…

¿Una qué?

Sí, eso mismo.

¿Pero cómo, una caja?  ¿Qué tipo de caja?

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3 Respuestas a “Lo Impronunciable

  1. Me lo he leído de un tirón. Me encanta como has ido dosificando la info, ganando atmósfera hasta el genialérrimo el momento en la clínica.

    Y la refexión final con Carlos, cuerdo, abandonado… y predestinado.

    Yo también te llamo bastardo, e hijo de Lovecraft.

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