Soltar

Nuevo relato de premisas. En este caso, los elementos a incluir eran volcán, dentista y fósil. Espero que os guste.

Soltar

     No me gustan los niños. No me gusta esa manera que tienen de mirarte, con sus ojos enormes, redondos y vacíos, y hacerte saber que son el centro del universo. Y no me gustan sus madres. Esas madres que vigilan la obligatoria adoración a sus retoños. Hacedlo; observad a un niño pequeño sabiendo que su madre os mira, y no expreséis absolutamente nada. Durante un tiempo un poco largo. Notaréis cómo crece la indignación de esa madre, que se alimenta de sonrisas corteses. En su cabeza no entra la posibilidad de que puedan no gustarte los niños. Sobre todo, su niño.

     Es por eso que aquella tarde, cuando paseaba con Marcia y se nos acercó aquel crío, tuve que hacer un verdadero esfuerzo para disimular mi incomodidad. Sobre todo, viendo cómo ella lo miraba, con esos ojos aborregados de absurda complacencia. De verdad, ¿qué les pasa a las mujeres con los niños?

     —Señora, señora —El muy hijo de puta sabe bien a quién dirigirse—, ¿me compra uno? Son de la montaña; fósiles, los recoge mi hermano.

     Muestra una serie de collares en la mano, y lleva unos cuantos más al cuello, que no son más que pedruscos engarzados en toscas cintas de cuero.

     —¡Hola, guapo! A ver, déjame ver lo que tienes aquí… —Ya estamos.

     El chaval, automáticamente, muestra su mejor sonrisa. Lo cual tampoco es mucho decir, porque tiene los dientes más sucios que he visto a un crío tan pequeño en toda mi vida. Nada que ver con los que me traen a la consulta, niños supercuidados que toman complementos de flúor todos los días y se cepillan después de cada comida. No, este no ha visto un cepillo de dientes en su vida. Y podría apostar a que ya tiene unas cuantas caries.

     Marcia, en cambio, tiene una dentadura bien cuidada. Se nota que se hace una limpieza de vez en cuando. Tiene un par de piezas mal colocadas, lo noté enseguida, pero solo un profesional se daría cuenta, y eso quiere decir que seguramente se ha hecho una ortodoncia en una buena clínica. Bien por ella. En conjunto, es un buen trabajo. Uno puede imaginarse esos dientes limpios y regulares mordisqueando ligeramente su espalda. Uno puede imaginarse tantas cosas…

     —¡Caray, qué bonitos! —sigue a lo suyo, revolviendo entre los colgantes— ¿Y cuánto cuestan?

       —Solo tres mil pesos, señora. Barateli. Los recoge mi hermano en la montaña —repite con su sonrisa amarronada, haciendo un gesto con la otra mano para señalar en dirección a la montaña, que  en realidad no es una montaña.

     Giramos los tres la cabeza y allí está, imponente, el Osorno. Un estratovolcán, según parece. No tengo ni idea de lo que eso significa, pero sí sé que lleva más de un siglo sin enfadarse. La visión de su cono volcánico recortado sobre el cielo azul me inspira una profunda sensación de respeto.

     Marcia vuelve a centrar su atención en los colgantes, parece que definitivamente está eligiendo. Examina uno con cuidado y luego me mira en un gesto que pretende ser de complicidad, como diciendo “¿Qué te parece?”. Qué coño quiere que me parezca. Al momento, pongo mi mejor cara de acompañante complaciente y le suelto una sonrisa radiante. Examino el colgante como si estuviera sopesándolo, aunque no es más que un pedrusco bastante grande adornado con la silueta de algo que parece una hoja. El objeto más útil del universo, para qué nos vamos a engañar.

      —Vaya, este parece especialmente bonito —Despeino la cabeza al chaval, que me ha ignorado hasta el momento, y veo que me mira con ojos serios tras su sonrisa de barro. Qué listo es el jodido—. Pero te lo voy a comprar yo —le digo—, para regalárselo a esta linda señorita.

      Marcia me mira con gesto sorprendido, como si no estuviéramos actuando conforme a un guion preestablecido, y tras un breve intercambio de frases corteses le pago al chico sus tres mil pesos. Ni siquiera regateo, aun sabiendo que aquello no vale ni la mitad. La verdad, espero poder follármela hoy mismo, porque me estoy empezando a cansar de todo esto.

     Regresamos al hotel para descansar un rato antes de la ruta de la tarde. El congreso terminó ayer y la empresa me ha dado un día libre. Qué generosos. Tras cinco días de interminables discursos sobre los últimos adelantos en odontoestomatología, de ver fotos y vídeos de bocas ulceradas y piorreicas, diría que veinticuatro horas de libertad tampoco es que sea una locura. Por eso he decidido alargar mi estancia un par de días más, aunque tenga que pagarlo de mi bolsillo. Y por eso me apetece también sexo del bueno. El descanso del guerrero, que lo llaman.

      Claro que podría pagarme una puta, eso es cierto; pero no, no sería lo mismo.   

     En el hotel, nos dirigimos cada uno a su habitación. Marcia ha quedado con su hermana para comer; aunque son un grupo de amigas, no quiere desaparecer del todo. No es mala chica esta Marcia, aunque tiene esa bondad irritante de las personas que nunca han tenido que enfrentarse a situaciones extremas. Es fácil ser bueno cuando crees que el mundo es un lugar agradable, solo porque todavía no te ha enseñado los dientes. Es fácil y es ingenuo.

     Al poco rato me entra hambre, pero no me apetece comer en un restaurante. Es triste comer solo en un restaurante. La gente te mira de reojo, como si fuera normal que estuvieras ahí, tú solo, comiendo un plato de spaguetti, y estuvieras llegando con ello al puto orgasmo. Cuando en realidad piensan cosas como “pobre desgraciado, tiene que comer solo”. Y lo peor es que es cierto, que tú sabes que es cierto y que ellos saben que tú lo sabes, pero todos nos comportamos como si aquello fuera lo más normal del mundo, así que todo se transforma en una mala obra de teatro.

     A la mierda. Me iré al supermercado y compraré cualquier cosa para comer en la habitación mientras veo la tele.

      Al entrar en la tienda, mi tono vital se desploma un par de escalones. Es una tienda cutre, fuera del ámbito de influencia del mediocre glamour del hotel. Las estanterías bajas muestran artículos mezclados sin un orden coherente; cartones de cereales al lado de latas de lentejas observan impasibles los paquetes de compresas en la estantería opuesta. Como ejércitos enfrentados. Viva el marketing y las leyes del merchandising.

      Recorro los pasillos de la tienda y al fondo vislumbro un expositor con lo que parecen ser guías turísticas y revistas. Tal vez encuentre algo interesante sobre el lago Llanquihue, es a donde vamos en la ruta de la tarde. Al acercarme veo a un crío de unos seis años sentado en el suelo, parece muy entretenido pasando las hojas de un cuento. Es español, lo he visto con sus padres en el hotel. Me acerco a él y me paro justo delante, haciéndole ver que me está cortando el paso. El crío levanta la vista un segundo y sigue a lo suyo, como si no me hubiera visto.

     —¿Puedes apartarte un poco, chico? —le digo—, no puedo pasar.

     El chaval levanta la mirada, ahora sí, y me la mantiene durante un par de segundos más. Sigue hojeando su cuento, como si yo no estuviera allí delante. Sabe que puede hacerlo, solo es un niño indefenso. Seguramente sus padres curiosean por la tienda mientras él se entretiene, y yo no quiero líos, así que me doy la vuelta y rodeo el pasillo. Cojo algo de fiambre envasado y pan tostado, todo bien empaquetado, y llego por fin al estante de las guías. Escojo una que habla de los lugares que visitar en los alrededores de Puerto Varas, leyendas incluidas. El chaval sigue allí sentado, en medio del pasillo, ahora de espaldas a mí, así que tendré que dar la vuelta de nuevo. Pero antes me acerco a él y me agacho hasta su altura.

     —Oye, chaval, tú ya sabes que los Reyes Magos son los padres, ¿verdad?

     Él se gira y me mira con sorpresa y algo de susto en el cuerpo. Me levanto, como si no hubiera pasado nada, y lo dejo allí sentado, repentinamente paralizado. Pago lo que llevo y me voy, por fin, a descansar al hotel.

     Después de picar algo, apago la tele y curioseo la guía turística. Vaya, parece que el lago tiene leyenda de las que me gustan; un espíritu perverso, que aquí llaman “pillán”, vive oculto en el volcán y requiere, para aplacar su ira, del sacrificio de una virgen a la que le ha de ser arrancado el corazón, depositado en un cerro y cubierto por una rama de canelo. Un pájaro aparecerá entonces y se comerá el corazón, punto gore que le da el tono justo, y dejará caer entonces la rama de canelo sobre el cráter del volcán. Estupendo. Aunque no acabo de entender qué mierda puede hacer una ramita contra un espíritu maligno, pero bueno. Supongo que a las leyendas no se les puede pedir gran coherencia. Tras aquello, parece ser que nevó durante años enteros sobre el volcán, en una lucha legendaria entre el agua y el fuego, y se formaron torrentes que dieron lugar al lago. Bien, buena historia. Ahora lo veré con otros ojos.

     Cuando bajo al hall del hotel, donde he quedado con Marcia, hay ya un grupito de turistas esperando el autobús. No me gustan mucho las excursiones organizadas, pero a ella le hacía ilusión, así que nos hemos apuntado. Tampoco me vendrá mal hacer algo de ejercicio, aunque sea entre payasos con pantalones cortos y sandalias. Marcia baja deslumbrante, creo que quiere impresionarme. Y, efectivamente, se me pone dura.

     La ruta de senderismo resulta no estar nada mal. A pesar del guía, claro. Es un gigoló de libro, con un bronceado insultante y una dentadura blanqueada más allá del límite del buen gusto. Alguien tendría que decirle a este tipo que el exceso de peróxido le puede dejar las encías como el culo de un mono. Pero vamos, que no voy a ser yo.

     El tipo de los dientes como faros flirtea con todo lo que lleva faldas, de una manera sutil pero constante, y creo que ha puesto especial atención en Marcia. No es que me moleste, al fin y al cabo ella y yo no somos nada, pero lo que hace que me entren ganas de reventarle la cabeza es el hecho de que ignore mi presencia. No es mía, tío, pero yo estoy aquí. No sé si me entiendes.

      En uno de esos momentos de “acercamiento”, el tipo se fija en el colgante de Marcia, el que le compré al andrajoso aquel del pueblo, y se muestra interesado. Cómo no.

     —Vaya —dice, provocando con su sonrisa un resplandor más luminoso que el de una bomba atómica—, parece un trozo de canelo. ¿Se lo ha comprado aquí, señorita? Esa planta es típica de la zona.

     —Sí, se lo compramos a un chiquillo esta mañana —Me incluye en la conversación, eso me gusta—. No paraba de decir que era un fósil que había recogido su hermano en la montaña.

     —¿En la montaña? ¿En el volcán, quiere decir? —Suelta una carcajada que me permite apreciar, así a simple vista, un par de implantes dentales. Sonrío con disimulo— ¡Pucha, con el cabro chico! Creo que no, señorita, en los volcanes no hay fósiles. Aunque sí tenemos acá una leyenda en la que aparece una rama de canelo.

     Se pone a contarnos la historia que ya conozco, mientras varios  turistas lo rodean para escuchar una narración, según me parece, en un tono épico exagerado y bastante ensayado. Marcia escucha con deleite, se le nota. Yo me alejo un poco y aprovecho para fumarme un pitillo mientras contemplo el inmenso lago. Es abrumador, tranquilo, y me transmite una calma que no he sido capaz ni de rozar en los días que llevo por aquella región. Al poco, el grupo de oyentes se deshace y Marcia viene hacia mí deslumbrante.

     —¡Te lo has perdido! Es una historia preciosa, y ahora estoy más contenta todavía con esto —coge el colgante y me lo enseña, como si no lo hubiera visto ya antes, como si no lo hubiera pagado de mi bolsillo—. Y me da igual si es un fósil o no, siempre me acordaré de la leyenda cuando lo mire.

     Pues estupendo.

     El resto de la tarde pasa sin pena ni gloria, el guía parece ser un imbécil que sabe hacer su trabajo, así que caminamos durante un buen rato entre parajes asombrosos y explicaciones curiosas. Marcia se pega cada vez más a mí, pero yo no siento ya ningún apego hacia ella. Es como si hubiera soltado algo, como si hubiera dejado de tirar de un hilo que me unía levemente a ella. Me siento más relajado, creo que era esto lo que necesitaba. Soltar.

    Regresamos al hotel, ya casi de noche. Estamos cansados, pero extrañamente complacidos.

Decidimos tomar algo en la terraza de la cafetería antes de retirarnos a las habitaciones. Yo me pido un Margarita, que remuevo mientras contemplo el esplendor del ocaso. Creo que, por fin, he conseguido parar la locura de reloj que llevo dentro.

    —Ha sido un buen día, ¿verdad? —Casi me asusto, había olvidado que ella estaba conmigo—.

      —Sí lo ha sido, sí.

     Ambos nos quedamos callados, admirando cómo muere la luz bajo el agua, con esa dignidad que tiene la muerte cuando no es temida.

      —Tal vez podamos repetirlo —Vuelve a romper el silencio. La miro algo incómodo, no sé si se da cuenta—. Me refiero a hacer otra excursión.

      —No creo, me voy mañana —Lo digo, y mientras lo digo, me doy cuenta de que acabo de tomar la decisión—. Pero ha sido estupendo —y una amplia sonrisa, curiosamente sincera, brota de mi boca todavía reseca.

     Marcia se queda mirando a la lejanía, en una actitud evocadora, y al poco rato rompe el silencio de nuevo.

     —Bueno, pues en ese caso, tal vez podríamos despedirnos tomando una última copa en tu habitación, ¿te parece?

     La miro y veo una sonrisa pícara, pero al mismo tiempo condescendiente. Como cuando alguien te hace un favor y se regodea en ello. Marcia considera que me está dando algo, algo muy valioso, y pone esa cara de “¿No es maravilloso?”

      Perra. Si querías que te follara, haberlo dicho desde el principio.

     —No —Me sale así, rotundo—. Es mejor que no, estoy cansado y mañana tendré que ir temprano al aeropuerto. Es una oferta realmente tentadora, pero me temo que no podría… atenderte como te mereces —hago énfasis en ese “atenderte”, para que no se le escape el matiz.

      Ahora vas a tener que darle tú sola al dedito.

     Me siento asqueado. Y cansado. De tanto juego absurdo, de lo complicado que es todo. Y es entonces cuando descubro el secreto, la paz infinita que llega con la pérdida total de esperanza. Me agarro a ella y me retiro a mi habitación, después de despedirme de Marcia con un par de besos en las mejillas. Se la ve un poco descolocada. La verdad es que hasta me da algo de pena.

     Duermo de puta madre y me levanto al día siguiente completamente descansado. Qué cosas. Bajo al hall del hotel ya con mi maleta, dispuesto a devolver la llave, y me encuentro con un cierto revuelo. Mucho movimiento, más gente de lo normal, con aspecto un poco nervioso.

       —¿Qué sucede? —pregunto al recepcionista.

     —El volcán, señor. En las últimas horas ha habido varios pequeños terremotos, y hay miedo de que pueda estar despertando.

     Yo no me he enterado de nada. He debido dormir realmente profundo, y eso es raro, ya que sufro un molesto y crónico insomnio. Pago mi cuenta, devuelvo la llave y me dirijo a la parada de autobús. A los veinte minutos llega el autobús del aeropuerto, me subo y veo que no va ni medio lleno. Sea lo que sea que está pasando con el volcán, la gente todavía no se ha enterado, o no le ha dado importancia. Yo tampoco, la verdad, y mientras lo pienso me reclino sobre el asiento, con la cabeza pegada al cristal, viendo cómo el paisaje desfila ante mí. Sé que es absurdo, pero una nueva modorra se apodera de mí. Y entonces, mientras estoy entrando en un duermevela, algo me saca de repente del letargo. Algo como una explosión.

     Me incorporo, con el susto todavía en el cuerpo, y veo que todos los pasajeros están mirando hacia el otro lado, a través de las ventanas contrarias. Me levanto y me dirijo yo también allí para ver qué pasa. Y lo que pasa, aparece en la ventana como la ilustración de un cómic catastrofista de gusto cuestionable.

      El volcán. Ha entrado en erupción. Una columna de gas espeso y oscuro se levanta desde el cráter, amenazadora, y a los pocos segundos sucede una nueva explosión. En esta ocasión, todos vemos cómo varios piroclastos surcan en cielo en trayectorias erráticas. Y notamos cómo el conductor, sin girar la cabeza ni decir absolutamente nada, comienza a acelerar la marcha.

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