Diario de un fracasado

Y una vez más aquí estamos. No, por favor, no aplaudan todavía, hay más. Aquí les presento un nuevo relato para nuestro segundo desafío de premisas, ese en el que se debía incluir un volcán, un dentista y un fósil. Así que, sin más dilación, con él les dejo. Espero que lo disfruten *aplausos enlatados*

Soy un fracasado.

Se lo digo con esta rotundidad porque no hay vuelta de hoja. Es una maldición, una losa que cayó sobre mí tan pronto dejé el vientre materno.

Verán, nací en el la ciudad de La Coruña un 24 de Febrero de 1981. Sí, por lo visto tuve a bien nacer el día después del famoso 23-F porque,  pensándolo bien, ¿para qué venir al mundo durante la tentativa de golpe de Estado de un teniente coronel de la Guardia Civil, cuando puedes hacerlo arropado por un discurso del mismísimo Rey de España? Personaje éste del que puedo decir con orgullo — para que se hagan una idea de que en verdad he intentado ser siempre un ciudadano intachable — que no me he perdido ni una de sus intervenciones en Noche Vieja; ni siquiera cuando era un tierno infante.

Mi padre, Camilo Gónzalez de Celis, se había labrado un nombre en los círculos médicos de su especialidad, ginecología, y, aunque era leonés por parte de madre, acabó ejerciendo como médico residente en el hospital Teresa Herrera, también conocido como Materno Infantil. Mi madre, Cecilia Martín Lucas, coruñesa de toda la vida, cargaba con el sobrenombre — como si le hiciesen falta más— de Trinidad, y también con los estudios de enfermería, gracias a los cuales había aprobado un examen del EIR para acabar como matrona en el hospital antes reseñado.

Lo suyo fue un flechazo. Siempre me dijeron que mi existencia se debía a un roce fortuito que tuvieron en los pasillos cuando mi madre corría a asistir un complicado parto de trillizos, y mi padre a atender en consulta a una octogenaria con serios problemas para alcanzar el orgasmo. Es decir, que yo, Ernesto Gónzalez Lucas, soy el fruto desperdiciado de una serendipia de proporciones cósmicas.

Mis padres me pagaron la mejor de las educaciones y, como es natural, quisieron verme siguiendo el oficio familiar: espeleólogo de genitales, pero las uretras y las trompas de Falopio no atrajeron mi atención — y eso que fueron concienzudos en su aleccionamiento, alternando lecciones magistrales de mi padre sobre el aparato reproductor femenino y cenas informales repletas de urólogos y tocólogos, con las vívidas descripciones de mi madre acerca del milagro de la concepción—. Dejémoslo en que, durante los primeros veinte años de mi vida, se me dio suficiente información para saber que no quería tener nada que ver con enfermedades de transmisión sexual o quistes testiculares.

No, mi meta estaba más arriba. Mucho, mucho más arriba.

Dentista.

Cuando llegó el momento de escoger carrera y mis progenitores se enteraron de esta aspiración — alimentada cucharada a cucharada por cada ecografía que me habían puesto delante —, su cara fue un poema a la absoluta desolación. Llegaron a amenazar con cortarme el grifo académico — cosa que no suponía un problema siempre y cuando conservase el  patrocinio de otras actividades esenciales para mi existencia, a saber, cualquiera que mi ocio requiriese —, pero al final aceptaron que su retoño, el adalid de sus sueños, les había salido rana y quería ser odontólogo. Mientras que yo, alejado de una silla horrible con reposa-pies en posturas extrañas, fui feliz examinando hileras de dientes torcidos, caries y muelas del juicio metidas a predicadoras del apocalipsis dental.

Echando la vista atrás, creo que fueron los mejores años de mi vida. No tanto por la diversión universitaria — que también —, sino por los éxitos que coseché en la facultad. No es que la odontología sea precisamente una disciplina para pusilánimes y, soberbia aparte, era uno de los mejores estudiantes de mi promoción. Estaba tan avanzado y tan comprometido con mi profesión que, cuando me destinaron a una de las clínicas dentales más prestigiosas de Madrid para hacer las prácticas, daba por sentado que mi futuro estaba en las grandes salas de congresos, protagonizando charlas y simposios de escala mundial.

El primer mes que pasé en aquella consulta de la tan madrileña Gran Vía fue extraordinario. Estaba a las órdenes de don José Montes, un excelso doctor en odontología quirúrgica, y puedo decir que le dejé impresionado. El viejo cabalga-ortodoncias se deshacía en halagos viendo la gracilidad con la que movía entre las bocas abiertas de sus pacientes, danzando al son del torno y disfrutando del aroma a hueso quemado que señala a toda buena limpieza.

Ni que decir tiene que todo el mundo coincidía en que conquistaría mis ambiciones. Incluso mis padres , mis mayores y más firmes detractores, empezaron a pensar que habían acusado un exceso de celo gremial al querer apartarme de las endodoncias. Pero, como ya dije, soy un fracasado, y no tardó en aparecer el tropiezo que dio al traste con mi carrera profesional.

Se personó en la clínica un individuo mal encarado, de gesto taciturno y voz de estropajo. Según supe después por medio de la recepcionista, ese monstruo tenía sesenta años y no había visitado al dentista ni una sola vez en toda su vida. En definitiva, un absurdo, un ser ciego, sordo y por tanto inmune a las campañas de concienciación sobre la salud bucodental. Y lo peor es que no me habría percatado de la inquina de ese trastornado de no ser por la costumbre del doctor Montes, siempre tan preocupado por mantener la reputación del negocio, de mostrarse solícito y mimar a los clientes que demostraban una elevada posición social. Así — y dado que estaba ocupado colocando las fundas de una joven modelo al tiempo que discutía los pormenores del viaje que ambos realizarían en su yate a estrenar —, concretó que era el momento perfecto para que demostrase mi valía.

Admito que fallé.

Esa mañana fui testigo de los estragos que el tabaco puede causar en una dentadura sana en la que nunca entra un cepillo. Y no es que yo anduviese falto de escrúpulo o que me higiene fuese insuficiente, pero teniendo en cuenta que había empezado a fumar hacía relativamente poco — más o menos desde los catorce aunque, eso sí, con el beneplácito de mi abuela paterna y del piso que me había dejado en herencia —, creo que mi horror es comprensible.

Toda mi preparación, todo mi potencial y todo mi empeño se fueron, cogiditos de la mano, por el desagüe en cuanto aquella infame criatura, pues me niego a llamarle humano, separó los labios para enseñarme el circo de oprobios que guardaban. Después olí su aliento, más bien un efluvio en el que se masticaba la peste de las interminables bacterias que anidaban en ella,  que reptó sobre sus encías comidas por la gingivitis hasta mi nariz, sacudiéndome con una arcada que me hizo doblar la espalda. No sé si aquella miasma me hizo alucinar o es cierto que me vi reflejado en la negrura de sus colmillos, pero les juro que entonces sufrí una epifanía que iba más allá de lo místico y decidí que no quería, bajo ningún concepto, ser consciente de una espiral de degradación dental como la que acababa de presenciar. Esta, y no el romance que tenía con Guillermina Montes — única hija de un padre sobreprotector que cerca estuvo de mandarla a un internado en los Estados Unidos cuando supo que nos citábamos en la ya citada casa de mi abuela — esta, repito, es la razón que me llevó a abandonar la consulta y a irme con mi vicio a otra parte, cerrando este capítulo de mi vida en completo y doloroso deshonor.

Un día después de abandonar mis sueños, los sufrimientos de mi vida truncada me hicieron tocar fondo. Tenía una carrera a medio acabar, unas prácticas clínicas suspensas, un futuro brillante que nunca llegaría y unos padres que me suplicaban que tomase los fórceps. ¿Qué esperaban que hiciese yo, la pobre víctima de un destino que me negaba mi oficio, sino huir de mis miserias? Así que, tras una semana de recuperación en el chalet que mi padre había adquirido en Ibiza, preparé el equipaje y escapé en dirección a Francia.

Ahora que ha pasado el tiempo, debo sincerarme y reconocer que fui muy injusto con mis progenitores.  En aquel momento estaba convencido de que mi viaje respondía, únicamente, a una necesidad imperiosa de fuga, pero lo cierto es que no fue tanto para alejarme de sus exageradas atenciones como para alternar con Charlotte — belleza normanda con la que había estudiado periodoncia y entusiasta de los molares — que escogí el Hexágono como destino.

No es que me arrepienta, claro. Mi compañera era una guía excelente — no en vano se había criado de cata en cata gracias al paladar de su padre, un afamado  sommelier —, y sus habilidades turísticas me llevaron en una increíble tournée por el Macizo Central francés. Especial mención merecen las semanas que pasamos admirando los volcanes de Auvernia, paraíso natural en donde adquirí el anillo, un aro de plata engarzado con una piedra de ámbar traslúcido que encerraba en eterna cópula a dos insectos que nunca pude identificar, gracias al cual — imbuido de su energía viril y guiado por las artes aprendidas en una casa dedicada al estudio de los atributos de Venus — pinchamos tanto y tan bien que nueve meses después pasé de hijo a padre.

Cuando pudimos darnos cuenta — al fin y al cabo era una experta en vinos — ya era demasiado tarde para hacer algo con el producto de nuestras pasiones prehistóricas. Y yo soy muchas cosas, pero presumo que irresponsable nunca ha estado entre ellas, así que me casé por todo lo alto y me mudé con mi nueva familia a un piso en un rincón tranquilo de Tenerife, el escenario de las vacaciones infantiles de mi esposa.

No llevaba una mala vida, tampoco tiene objeto mentirles a estas alturas.

Despojado de mi gloria en los salones de la fama de la medicina, vivía a la sombra de mi mujer, que había tomado el lugar que me pertenecía por derecho. Aunque tampoco me importaba demasiado, tenía mucho tiempo para dedicarme a la contemplación, la oferta de ocio era lo bastante amplia como para no aburrirme y además tenía suficiente dinero para disfrutarla en su bastedad. Pero, como no podía ser de otra forma, mi maldición seguía persiguiéndome y los problemas no tardaron en llamar a la puerta de nuestro pequeño fuerte.

Charlotte, aunque seguía siendo una diosa, estaba demasiado ocupada con su trabajo, dejándonos solos a mí y a mi primogénito con bastante regularidad, ausentándose cada vez con más frecuencia y durante periodos más largos. Empecé a echar de menos su bulto en la cama y, una noche, lo llené con una turista alemana que había conocido en la terraza en la que me gustaba descansar de mis paseos vespertinos.

Supongo que la sabiduría popular es incontestable y, como dice el refrán: en la variedad está el gusto. La joven teutona fue la miel que despertó mis apetitos y la ausencia de mi esposa, desaparecida en combate la mayor parte del año, la excusa para iniciar una rutina nocturna que comenzaba en mi habitación, discurría en los locales nocturnos de Tenerife, y solía terminar con mi coche estacionado a la sombra imponente del Teide para desplegar la fuerza de mis insectos ambarinos. Y pese a que con el tiempo me he dado cuenta de que todo aquello — fuente de numerosos y fantásticos recuerdos, no nos engañemos — no era más que una triste sátira, un reflejo oscuro con el que rememorar nuestros gemidos en las laderas de aquellos volcanes de nombres que nunca me tomé la molestia de aprender, tuvo también una consecuencia positiva: hacer que tomase conciencia de las maravillas del sistema reproductor femenino, cosa que mis padres no pudieron hacer.

Mis encuentros extramatrimoniales florecieron a lo largo de tres felices años. Mi hijo, a cargo de una institutriz a la que ya tomaba por su verdadera madre, nunca sospechó nada. Temí que un día él se diese cuenta de lo que realmente pasaba y se lo contase a Charlotte con la inocencia propia de su edad; pero, como buen fracasado, no supe prever de dónde vendría el verdadero golpe que me derribaría.

Beatriz, la mujer que había contratado para criar a nuestro hijo, se había comportado siempre con absoluta profesionalidad. Morena de piel, de sangre española y ascendencia árabe, se hacía difícil considerarla tan solo como a una empleada. Así que en una de las salidas de mi señora — y tan solo para combatir el despecho que me producía el haberla visto admirando mi anillo cuando creía que no la miraba —, me lancé sobre ella para descubrir que estaba más que dispuesta a corresponderme — por eso ya no me fío de las mujeres que reniegan del erotismo de unos calcetines blancos.

Evidentemente, el error garrafal de emplear el propio hogar como refugio para una infidelidad no quedó  impune. Todavía recuerdo la cara de Charlotte cuando volvió para recoger no sé qué cosa que había olvidado y nos encontró en el frenesí de una pasión que ya no era para ella, casi ignorando a su presencia mientras nos entregábamos desenfrenadamente en el recibidor.

Canceló su viaje, pidió el divorcio y se lo di sin más discusión.

Mis pobres padres no pudieron resistir la vergüenza de ver a su hijo convertido en un don nadie que se arrastraba de vuelta al hogar, derrotado y concupiscente, y murieron de pena pocos meses después en un accidente vial. Desde entonces vivo en esta casa que era la suya, alquilando las propiedades que conocí en tiempos más felices para pagar unos vicios tan básicos como la aeronáutica y la manutención de mi hijo, a quien recibo durante los meses que duran las vacaciones estivales.

¿Lo ven? Esta es mi triste historia. Pude ser de oro y ahora languidezco a tiempo completo en las terrazas.  Apiádense de mí, no tengan vergüenza en cubrirme con su compasión, ya sé que es muy difícil contener las lágrimas ante tamaña injusticia. No se contengan, soy consciente de mi propia desgracia y, a veces, hasta me permito llorar.

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