Leyenda de Anaxicondius o “El sabio Timócrates y el gigante Calígolas”

Actualizamos Tinta Bacanal con un nuevo relato de premisas; “volcán”, “dentista” y “fósil” seguirán siendo los elementos clave en la historia. Que lo disfrutéis.

Los turistas se agolpaban en el museo arqueológico de Anaxicondius para fotografiar el descubrimiento más importante del año: una colosal muela fosilizada. Su origen era incierto, despertando numerosos y espinosos debates. El guía del museo gustaba de contar una conocida leyenda, y no perdió la ocasión esta vez. Carraspeó y, colocándose la gorra, comenzó su relato.

—Miles de años atrás, cuando seres humanos y fantásticos poblaban la Tierra, vivió un hombre llamado Timócrates.

        Timócrates era el médico de Anaxicondius. Viejo y respetable, de largas barbas níveas y frente despejada; vestía siempre una túnica impoluta y un discreto cinto, del cual colgaba una odontagra, fórceps de hierro con los cuales extirpaba las muelas. Su modesta apariencia serenaba incluso al paciente más receloso.

Una mañana primaveral, confusos gritos de lugareños despertaron a Timócrates. Asomándose por la ventana, preguntó cuál era la causa de su alboroto, a lo que una corpulenta mujer respondió:

—¡Oh, médico de Anaxicondius, hombre sabio y bondadoso! ¡Hefesto enrojece de ira por la escasez de nuestras ofrendas, y ha decido erupcionar el Gran Volcán! Solo podremos salvarnos sellando el cráter con una muela de gigante; éste es el reto que el dios dispone. Y, ¡ah!, ¿qué valiente hombre osará llevar a cabo tal proeza? Por eso nos dirigimos a ti: ¡guíanos, ayúdanos!

El viejo, imperturbable, habló así:

—Por todos es sabido que, tras el bosque que rodea Anaxicondius, el gigante Calígolas tiene su morada. Hasta el momento no ha causado ningún estrago, sospecho que posee un suave temperamento —sonrió y continuó—. Llevaremos a cabo un plan que no requerirá valentía, tan solo ingenio. Cazad un ciervo y cosed en su interior una piedra de granito. Preparad a los hombres más fuertes y la soga más resistente. Rápido, no hay tiempo que perder.

Nadie objetó nada, en media hora todo se dispuso tal y como Timócrates ordenó. Veintisiete hombres lo acompañaron, alcanzando el final del bosque al mediodía. Allí, ocultos entre los árboles, vieron la guarida del monstruo, una descomunal gruta rocosa al pie de la Montaña Orímenes.

—Colocad el ciervo en su entrada.

Dos hombres arrastraron el cadáver del animal y se escondieron nuevamente tras los pinos. Un suspiro, y Calígolas apareció silbando una dulce melodía, hacha al hombro y troncos a la espalda. Vestía con harapos multicolores, su redonda calva reflejaba la luz y sus pies callosos caminaban descalzos. Los ojos, demasiado juntos y hundidos para albergar astucia, se posaron en el ciervo y centellearon.

—Calígolas tener hambre —dijo, con voz grave y monótona—. Ciervo ser pequeño, pero buen bocado.

Y, relamiéndose, abrió la mano que tenía libre para coger aquel diminuto cuerpo y llevárselo a la boca.

Un aullido de dolor sacudió las tierras de Anaxicondius.

—¡Mi muela, mi muela! ¡Ah, ah, ah! —Calígolas sollozaba, palpando su mejilla derecha—. ¡Mi muela, mi muela!

Ágil, Timócrates se aproximó a él y le preguntó, con voz compasiva:

—¿Por qué tanto grito y tanta lágrima, buen amigo?

El gigante detuvo su vista en el viejo, y respondió con dificultad:

—¡Ciervo duro como piedra, muela rota, castigo de dioses!

—Me gustaría aliviar tu mal, soy médico y tengo experiencia extrayendo muelas —dijo, señalando la odontagra.

—Yo querer ayuda de Hombrecillo —asintió Calígolas, sorprendido pero sin sospechas.

—Debes sentarte; así, muy bien, relaja el cuerpo y cierra los ojos —el gigante obedeció—. Prométeme que no los abrirás, ¿ de acuerdo?

—De acuerdo —era manso como un riachuelo.

—Dolerá un poco —Timócrates cogió la soga e hizo un nudo corredizo. Trepó por el brazo del gigante, con cierta dificultad, y llegó hasta el hombro, sujetándose a su mentón.

—Abre la boca —y colocó el nudo alrededor de la muela fracturada —. No la cierres, utilizaré toda mi fuerza para quitarla – y dicho esto ordenó a los hombres que tirasen de la soga. Calígolas gimió y chilló, dejando en libertad a sus lágrimas, que cayeron directamente sobre la cabeza del médico, como jarras de agua salada.

—¡Ah, ah, ah!

La muela no se movía.

—¡Ah, ah, ah!

La muela se balanceaba indecisa.

—¡Ah, ah, ah!

La muela bailaba desenfrenada.

—¡¡Ah!!

La muela salía volando y quedaba clavada, como una roca, en el bosque. Los hombres se apresuraron a recogerla y transportarla hasta Anaxicondius, para detener cuanto antes la desgracia que se avecinaba.

—Ya está, ¡muela extirpada!  —exclamó Timócrates.

Cuando el gigante pasó su lengua por el hueco donde ya solo había encía, se levantó jubiloso, sujetando al médico para que no se precipitase al suelo.

—¡No dolor, no dolor! ¡Hombrecillo héroe legendario! Deuda con Hombrecillo, qué poder Calígolas hacer? Pedir cualquier cosa.

Mientras, los habitantes de Anaxicondius celebraban el milagro de la muela y la ofrecían a Hefesto, colocándola en el cráter del volcán. Los vapores y los temblores cesaron, y todos se prepararon para organizar un gran banquete en honor al ingenio de Timócrates.

—Me gustaría… —dijo el médico, sin apartar la vista de Calígolas— me gustaría viajar y ver mundo más allá de Anaxicondius. ¿Me llevarás contigo?

El gigante rió complacido.

—Sencillo favor, yo querer mucho tú ser mi acompañante. Llevarte en hombro como Hombrecillos del mar llevar loros parlanchines.

Dicho y hecho, se pusieron rumbo al sur, atravesando valles y montañas. Los habitantes de Anaxicondius lamentaron la desaparición de aquel hombre tan sabio, y erigieron una estatua en su memoria. Décadas después, llegaron a la aldea rumores de que aquel dúo insólito viajó hasta las Islas Kixi, donde las sirenas entonan sus dulces cantos, y allí se perdieron.”

—Esta es, señoras y señores, la leyenda sobre el magnífico fósil de muela gigante. Por favor, no olviden la sección de souvenirs al fondo del pasillo, mano derecha; gracias por su visita.

El guía extendió su gorra, y los despreocupados turistas dejaron algunas monedas. Sin más contemplaciones, caminaron en tropel pasillo adelante, para conseguir una réplica en miniatura de semejante hallazgo arqueológico.

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