Palabra de Maximón

Un volcán, un fósil y un dentista. Como ya todos sabéis estas son las premisas de este desafío . Llega mi turno, se abre el telón:

¡Damas, caballeros, dioses y criaturas del averno!  ¡Os presento, sin más dilación!

¡leyenda…o verdad! eso lo dejo a su juicio

de todos los dioses del panteón

hay uno que no requiere cura ni sacrificio

hablo del único y verdadero… ¡Maximón!

[entra música…se retira el maestro de ceremonias]

 

–  ¿Va a facturar usted su muñeco o piensa llevarlo como equipaje de mano?- Sin dejar de teclear levantó la vista hacia el esperpento travestido que llevaba en brazos.

Bajé mis Ray-Ban hasta el final del aguijón que tenía por nariz con gesto grave.

– No es un muñeco, es un dios.

Nada, aquella mujer parecía programada para no inmutarse ante el desfile de bultos que cargaban los pasajeros. Me lo tomé como un reto y añadí:

–  Sí, lo llevaré como equipaje de mano. ¿Podría colocarlo a mi lado en el asiento si no es molestia?- La indiferencia por respuesta me resignó al fin-. Facturaré la cámara. Y tenga cuidado, es mi jubilación.

La operadora asintió con desgana y colocó la pegatina verde con destino Madrid alrededor del brazo del dios.

Tres semanas antes,  un órdago mal entendido a mi editora me había catapultado en un vuelo de dieciocho  horas a cubrir las elecciones generales en Guatemala, mientras todo mi equipo disfrutaba de la Primavera cubriendo las manifestaciones en Túnez.  Pero yo no, yo tenía la misión de informar de las virtudes de la democracia guatemalteca al mundo, retratando el tinglado rocambolesco de unas elecciones caribeñas. En mala hora se me ocurrió follarme a mi jefa. Me iba a salir caro el polvo, y aún no sabía hasta qué punto.

La historia de cómo llegué a compartir vuelo con un dios transfigurado en maniquí comienza en uno de mis días libres, cuando el juicio decidió hacer su aparición en mis encías a ritmo de marimba, clavándome sus garras durante el trayecto de cuatro horas desde Antigua a Panajachel.  Como haría cualquiera en mi lugar, me calcé dos pastillas de ibuprofeno con el café y opté por posponer el día del juicio final para otro momento y lugar.

Antes de que el milagro analgésico se manifestara, una arcada lanzó mi última cena a una bolsa improvisada cortesía de la compañía de camionetas Buen Jesús.

Abandoné aliviado y con apetito aquel autobús de colegio americano reconvertido en transporte turístico. Ante mí  se extendía el Lago Atitlán, una maravilla de casi veinte quilómetros de diámetro rodeado por tres volcanes imponentes que caían en picado sobre la orilla. A sus pies, multitud de pequeñas aldeas llevan con orgullo los nombres de los apóstoles.

Siguiendo la recomendación de un compañero de profesión que, eso lo descubrí poco después,  me había jugado la novatada, tomé rumbo a Santiago Atitlán.

Según me relató, allí guardaban la figura de un dios, descendiente del Xocomil que protege a las gentes del lago y a los espíritus de las ciudades mayas devoradas por sus aguas. Cada año se elegía al honorable convecino que velaría por su integridad y comodidad.

Para mostrarle mis respetos debía saludar a los custodios y llevarle mis ofrendas. Yo, que soy hombre devoto y temeroso de los poderes cósmicos, llevé mi Nikon con la batería al máximo y una cajetilla de tabaco light.

Supe que en otras aldeas del lago guardaban también otros figurines todopoderosos por aquello de mejorar la cobertura divina del lugar. Me acerqué al embarcadero y vi una hilera de pequeñas barcazas azules zarandeándose en el agua. El parto que tenía lugar en mis encías me agarrotaba todo el lado derecho de la cara convirtiéndola en una mueca.

–  Son ciento ochenta quetzales hasta Santiago.- De un solo golpe de vista el barquero había identificado en mí a la primera presa de la jornada.

–  Oiga, que no soy un gringo gilipollas. –Me acerqué al hombre sosteniéndole la mirada.  Aquel no era el día para tratar de tomarme el pelo.

–  Para usté, ciento cincuenta quetzales, pues.

–  En la cantina me han dicho que no pague más de cincuenta. No me joda y tengamos la fiesta en paz que yo también estoy trabajando. – El hombre echó un vistazo fugaz por encima de mi hombro para comprobar que el grupo de turistas no estaba atento a la conversación.

Abrí mi boca inflamada dispuesto a revelar a aquella muchedumbre vestida de Coronel Tapioca que estaban a punto de ser timados.

–  Maldito gringo, pase adelante y calle ya el hosico. – Me senté satisfecho de mí mismo en la primera fila de bancos de la barcaza. Aquel era mi primer juego ganado desde que había salido burlado del despacho de mi jefa.

Pronto me arrepentí de no haber dejado que aquel sabio barquero timase al grupo de turistas que me tocó en suerte. Treinta largos minutos de risas estridentes y fotografías mal encuadradas me enseñarían a no volver a interponerme entre una manada de turistas y un avezado oriundo, que ahora observaba mi hastío con un gesto de complacida venganza.

Anclé el pie en Santiago Atitlán con una arcada vacía y un dolor atroz en las muelas. En aquel momento no me extrañó haber sido el único que se había apeado en aquella aldea. Más que mi profunda devoción por visitar al dios, me impelía la necesidad urgente de alejarme de aquel grupo ridículo  a tiempo de no lanzarlos uno a uno al agua.

Lo cierto es que en las calles no se apreciaba el ambiente de turisteo que me había encontrado hasta el momento. Rebusqué en el bolsillo de mi mochila la información que me había facilitado mi amable compañero.

Finalmente, comencé a interpelar a los escasos transeúntes preguntándoles si conocían el camino para encontrar a Dios. Se limitaban a mirarme estupefactos, como si acabara de bajarme de la Santa María vestido de terciopelo con un Cristo colgando bajo las chorreras. No obtuve respuestas por más que me empeñé. A todos les  entraba una prisa inusitada y huían negando con la cabeza.

Al fondo de una vía franqueada por dos hileras de casitas destartaladas hechas a base de jirones de chatarra, vi una mujer que cargaba sobre su cabeza una cesta inmensa repleta de tortillas. Como buen cazador que estima la movilidad de su presa, me acerqué rápidamente a ella antes de que tuviera ocasión de ocultarse en una de las casas.

–          Buenas tardes, señora. Ando buscando la casa del guardián del Maximón.- La mujer resopló y giró su cuerpo rollizo hacia mí.

–          Siga por la calle que ve allá, luego gire a la derecha por una cuesta. Es un poco de subidita nomás. Gire a la derecha otra ves y luego baje unas escaleras hasta una casita asul. Atrás del patio baje otras escaleras chiquitas y tome la asera misma. Gira usté a la isquierda, luego dos cuadras hasia arriba, gira a la derecha… – Sin soltar ni un momento la carga, se detuvo sólo para leer el poema que debía ser mi cara y suspiró con la paciencia infinita de quien trata con un niño. – Bueno, sígame usté, pero camine raudo que tengo prisa.

–          Gra… Muchas gracias. Se lo agradezco de veras.-  Aún sin dar crédito traté de alcanzar a la mujer que ya reanudaba la marcha moviendo sus pequeñas piernas a toda velocidad.

El sinuoso balanceo de la cesta sobre su cabeza me abrió el apetito de nuevo. Me pregunté si sería oportuno pedirle unas cuantas tortillas que me sirvieran de almuerzo y me asentaran el estómago. Pero mi vista se entretuvo en otra suave oscilación, un poco más abajo, en las caderas fecundas de aquella guía improvisada.

Cierto es que la generosidad de aquellas posaderas se salía un poco de los cánones  huesudos que acostumbraba consumir, pero, al fin y al cabo, uno está de vacaciones y puede disfrutar de la genuina cocina local.  Pensándolo bien, esto ya sí podría considerarse un abuso de su hospitalidad.

Sumido en estas reflexiones no me di cuenta de que ya habíamos llegado al destino y tropecé con los ojos de la mujer clavados con reprobación en los míos. Soltó la cesta un instante. Por supuesto, ahora sería cuando me cruzase la cara. Merecido lo tenía.

–          Esa es la casa.- En lugar de regalarme una estampa en la cara, se limitó a señalar una pequeña casita amarilla, bastante desvencijada pero recién pintada.

Cuando me volví para agradecer sus servicios comprobé que ya se contoneaba varios metros calle abajo. Tardé unos segundos en apartar la vista de aquella figura voluptuosa e hipnótica. Sí, definitivamente, tenía hambre.

Por fin, estaba en el hogar del Dios… Empecé a sospechar que la cosa no sería tal y como me había descrito mi querido colega. Algo me decía que el muy cabrón se iba a reír a mi costa una buena temporada.

Me adentré con aire solemne en aquella casa, subyugado por la música que procedía de su interior mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad.

Luces de navidad forraban todas las paredes de la estancia y parpadeaban en un colorido titilante, acompasado de una musiquilla electrónica y chillona que procedía de un tarjetón sobre el altar. Imbuido en plena epifanía navideña empecé a sentirme mareado en aquella sala, las náuseas volvieron a mi estómago y alcé la vista mirando cara a cara a Dios.

Ante mí y rodeado por dos custodios que me observaban imperturbables, se erigía la ínclita figura del Maximón. Los guardianes me observaban no sé si con asombro o curiosidad. Las pequeñas bombillas multicolores  me estaban produciendo un efecto alucinógeno. No podía creer lo que tenía ante mis ojos.

La figura del dios presidía la sala engalanado con vestimentas decimonónicas y otras prendas recicladas  para la ocasión. La capa, repleta de cintas de colores, le daba aspecto de tuno compostelano.

Estaba aturdido y sudoroso. Necesitaba un lugar donde sentarme. En aquel templo improvisado no había un maldito reclinatorio sobre el que orar o vomitar. Los protectores del todopoderoso maniquí no movían un músculo. De la boca de Dios colgaba un cigarro consagrado, encendido y emanando un humo que nublaba aquella sala.

No sabría decir si fue la musiquilla taladrante, el hambre, el bochorno húmedo o el dolor lacerante de mis encías, pero lo siguiente que recuerdo  es la chusca expresión del custodio primero, el que se sentaba a la derecha de Dios, observándome y abanicándome con una tablilla.

–          ¿Cómo se cayó compañero? ¿Se encuentra usté bien? Tráiganle agua pura a este gringo que está blanco como la leche.

–          Mi cabeza… ¿Qué ha pasado? – La cabeza me daba vueltas mientras la estampa del Maximón  se aparecía en mi retina una y otra vez-. Sí, por favor, un poco de agua… ¿Dónde demonios estoy?

–          Está en mi casa, Don, se ha desplomado allá abajo y le cargamos hasta aquí. Ahorita viene mi primo el doctor y le ve que esté bien.

–       Gracias.- Me recosté sobre  las mantas tratando de recuperar la sensación de equilibrio.  El calor sofocante y la conmoción me hicieron dormitar durante un buen rato.

Cuando volví  a abrir los ojos, tenía ante mí la idílica costa de Miami y una viñeta que representaba un chulo de playa bronceado con cuatro rubias de escote visco elástico encaramándose a un descapotable rojo. Pestañeé varias veces y enfoqué bien la pared que tenía delante. De ella, colgaba como un trofeo una toalla de playa con la península de Florida en technicolor,  un letrero de Miami en vivos colores incluyendo diversas estampas que retrataban la licenciosa way of life  de los indígenas norteamericanos.

El resto de la estancia se inspeccionaba de un solo vistazo: Era una exigua vivienda de madera cubierta con una placa de cinc. Del techo colgaban docenas de banderolas de plástico recortadas como pequeños tapetes de colores. El suelo era de tierra compactada y los camastros de tablas de madera descansaban sobre bloques de cemento cubiertos por pesadas mantas de lana.

En la puerta apareció mi salvador seguido de las miradas curiosas de al menos cinco niños y niñas  en diversas edades entre la infancia y la adolescencia. No logré discernir la edad de ninguno, pero estoy seguro de que juntos no sumaban más años que yo.

Fueron asomándose uno tras otro sin atreverse a entrar en el cuarto, hasta que el que parecía más joven, entró con decisión y se sentó de un salto para quedarse observándome como a una curiosidad, mientras sus piernas se balanceaban en el aire. Poco a poco, todos fueron acercándose y sentándose bien aparejados en la misma cama.

Yo permanecía en silencio sin perder la mueca provocada por la hinchazón en aumento de mi mejilla. Tras la procesión de criaturas entró un hombre mayor,  grueso y de muy baja estatura, chaparrito, que decían por allá. Su gesto grave le daba un aire de solemnidad  que, de no ser médico, hubiera jurado que venía a darme la extrema unción.

–          Bueno, ¿qué le ha ocurrido, hombre? – El buen doctor me habló como si acabara de caerme de la bici y estuviese a punto de soplarme la herida.

–          Verá, no sé bien qué me pasó, llevo todo el día con un dolor terrible de muelas, viajé hasta aquí para visitar la aldea y creo que este calor…

–          Ya entiendo. Veo que tiene la cara bien inflada usté… Permítame ojearle si es tan amable. – Se lavó las manos en una palangana con agua tibia y me orientó hacia la bombilla que bailaba en techo-. ¡Púchicas! ¡Esto sí que es un buen flemón! ¿Dise que le empesó hoy? Parese imposible en un solo día.

–          Sí, empezó esta mañana. La muela del juicio, ya sabe. Es mi maldita suerte, a mi edad con estos problemas.- Con una mano casi totalmente introducida en mi boca, palpó la inflamación de mis encías haciéndome desear mentarle a la madre.

–          Bueeno, no se lamente tanto. Acá tendré algo que le alivie el dolor hasta que vuelva a casa. Veamos…déjeme ver si hay infecsión…¿De dónde es usté? Habla bien el español.

–          Shoy de Esshpaña, por esho hablo bien el eshpañol. Esh mi idioma.- Con la boca abierta de par en par y la cabeza del doctor asomándose a mis entrañas, a duras penas podía articular palabra.

–          ¡No me regue! ¿Es usté español? Yo tengo un compadre que vive en España. Quisás le conosca, se llama Ernesto.¿Le suena?-Escudriñaba mi boca con el ahínco de quien busca un tesoro escondido.

–          Sheñor, Eshpaña esh grande, por Erneshto no caigo…

–          Sí, hombre, seguro que lo ha visto, es hombre escueto como yo y trabaja como…¡Híjole! ¿Pero qué es esto? Esta muela… ¡contiene algo! ¿Una inscripsión? Pero no puede ser…¿Hoy es 18 julio no es? Hoy es día…

–          Tijax, hoy es Tijax.-  El dueño de la casa se acercó alarmado por los aspavientos del doctor y ambos se asomaron a mi boca. Se miraron el uno al otro con incredulidad y de nuevo se inclinaron sobre mí.

–          Es increíble…¿Usté también lo ve? Es el mismo Tijax…- El doctor se alejó un instante sólo para comprobar en un calendario que, efectivamente, era 18 de julio.

–          Pero… ¿cómo es posible doctor que esto ocurra? Es el mismito símbolo del Tijax… ¿Usté cree que será una señal? Se desmayó al ver al Maximón, justito en ese instante se desplomó como un árbol. – Yo asistía a esta conversación con la boca aún abierta a pesar de que ya habían dejado de inspeccionarme.

–          No lo sé, no lo sé…Jamás en mi vida había visto nada igual…- Volvió a inclinarme la cabeza y a mirar confuso mi muela naciente.- ¿Dise que se desplomó nada más ver al Maximón?

–          Así mismo fue. – El buen samaritano asentía y se rascaba el cogote. Pero ninguno de los dos me explicaba qué demonios o qué dioses habían visto en mi boca. La hilera de niños me miraba con incipiente adoración, casi sin pestañear.

–          Debemos llamar al dentista ahorita. Él sabrá qué haser.- concluyó el doctor empujando al otro hacia el exterior.

El hombre salió a toda prisa de la casa seguido de su numerosa posteridad. Bueno, al menos van a llamar al dentista, pensé en mi ingenua ignorancia.

Me quedé allí sentado con el buen doctor caminando en círculos sobre el suelo de tierra, mirándome de vez en cuando y sacudiendo la cabeza. Me moría por fumarme un cigarro y me preguntaba qué narices hacía allí, a punto de anochecer y de perder el último barco, con mi noche de hotel pagada en la ciudad y encima sin haber sacado una maldita foto. Claro, la cámara, pensé y me abalancé sobre la mochila para coger mi Nikon.

–          ¿Le molesta si saco unas fotos? – pregunté, por pura cortesía.

–          No, haga lo que quiera. – respondió sin dejar de caminar por la habitación.

–          Bueno, la muela me está matando. ¿Qué es lo que ha visto que tanto le ha impresionado?- Clic, Clic, clic, disparé a discreción por toda la casa, al doctor y a dos mujeres que desplumaban sendas gallinas en un patio contiguo.

–          Es una buena cámara la suya. Debe usté tener pisto.- El doctor me observaba absorto en sus reflexiones.

–          Bueno, si le digo la verdad-  clic clic clic – los fotógrafos en España nos morimos de hambre. Ahora son otros tiempos, cualquiera con un móvil puede convertirse en reportero, ¿sabe? – clic clic clic.

–          Acá no hay nada que los medios extranjeros quieran mostrar a sus países. Es verdaderamente extraño que haya venido a parar acá.- bajó la mirada y comprobó una vez más su calendario. Al verme mirar la hora, observó:

–          También gasta un buen reloj…No le aconsejo que lo muestre mucho según en qué lugares. Se lo digo como compañero, no me malentienda usté.-  Sujetaba mi muñeca valorando el pesado reloj que, efectivamente muy caro, colgaba de ella. Tanta curiosidad empezó a molestarme y aparté la mano con brusquedad.

–          Oh, no piense que le asechaba señor. A mí estas alhajas no me impresionan. Veo a los gringos y a los ricos de acá con estos objetos y pienso sólo dos cosas: La primera, que no tardarán mucho en clavarle una pistola en la sien para asaltarle, y sonrío. Y la segunda es que acá no nesesitamos relojes ni aparatos que nos digan si es tarde o no, y sonrío también.

–          ¿Cómo no van a necesitar relojes? Sean buenos o no, cualquiera necesita un reloj para saber qué hora es, para saber si es tarde o temprano.- Le miré extrañado por la profundidad que, de repente, había adoptado aquella conversación, aunque no dejé de disparar.

–          Fíjese que no. Acá siempre es tarde, todo llega tarde…mire sino a su alrededor. Acá el tiempo lo manejamos de otra forma, disfrutamos la vida de una forma más calmosa que ustedes.

–          Bah, no le quito razón, pero en la vida que conozco, saber qué hora es resulta indispensable.- Clic, clic, clic.

–          Bueno, en eso no puedo contradesirle…- se giró hacia la puerta para comprobar si llegaba el dentista y suspiró. – Al fin y al cabo, ustedes tienen los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo.

–          Acá llega el dentista.- El hombre que hacía de anfitrión apareció en la puerta casi sin aliento.

Tras él hizo aparición un personaje tal que la cámara se me disparó sola y por poco se me cae de las manos. Un hombre asombrosamente alto y desgarbado cuyo cuerpo formaba una S.

Se notaba  por la forma en que los huesos apuntaban en su rostro, como los volcanes que había visto esa mañana, que estaba delgado. Sin embargo, el amasijo de pieles y ropajes que llevaba a cuestas triplicaba su volumen haciéndole parecer un hombre corpulento y fuerte. Tres bastones torcidos apoyaban su presencia sobre la tierra del suelo. Uno de ellos, de madera y completamente labrado de arriba abajo con símbolos y palabras. Los otros dos, los formaban unas piernas de alfeñique que se encajaban en unas sandalias de plástico marrón con un escudo en la solapa que cubría los dedos.

Pero lo inverosímil no terminaba aquí. Del cuello colgaban innumerables collares, alguno hasta las rodillas, compuestos por unas pequeñas piezas parduzcas que formaban las cuentas.

Mi mandíbula se descolgó cuando advertí que se trataba de dientes, dientes humanos. Entonces, la palabra dentista resonó en mi cabeza como una sentencia y busqué instintivamente una salida de aquel lugar.

–          Bueno, ¿Este es el Don mensajero del Tijax? –  El dentista me observó de arriba a abajo mientras chasqueaba su lengua y movía las manos dibujando círculos en el aire-. Un gringo…con un mensaje del mismo Maximón…

Con una mano huesuda apretó mi mandíbula obligándola a abrirse antes de que pudiera articular una queja o un saludo.

– Uhum…uhum… Ya entiendo.- Se incorporó con decisión y se dirigió a la concurrencia-. Efectivamente señores, es un mensajero del Tijax. Para comunicarme con los dioses y resibir su palabra nesesitaré que me suban acá al buen Dios Maximón, mis  efectos y una botellita de quetzalteca. Para el Tijax entiendan…

–          Oiga, vamos a ver. ¿Qué coño me está diciendo de un mensajero de dios? – Me levanté y me dirigí a la puerta ante la mirada aterrorizada del custodio y su primo el doctor–. Les agradezco su hospitalidad pero les aseguro que mis relaciones con Dios han terminado de mutuo acuerdo hace ya varios años. Tengan todos muy buena noche y si me pueden señalar  el camino al embarcadero no les molesto más.

–          No querrá irse así. Los gringos siempre impíos. – El dentista interpuso su bastón en mi trayectoria y clavó su mirada en mis ojos atónitos. Sobre una mesa, disponían el licor y colocaban velas de colores formando un círculo-. Brinde al menos con nosotros compañero, pues hoy es un día de gran fuerza natural.

Alargué el brazo para aceptar el vaso rebosante de licor que me ofrecían. Nada perdía por darles el gusto de un brindis antes de poner pies en polvorosa. El líquido transparente ardió en mis encías con el poder  desinfectante de un enjuague etílico. Ni siquiera me percaté del Maximón que acababa de manifestarse en la estancia, llevado en los brazos del custodio que, con suma reverencia, lo depositó sobre un altar improvisado de bloques de cemento.

–          Ay no Don, así no se brinda por acá…- El dentista negaba con la cabeza mientras llenaba cuatro vasos más, tres para mis custodios y un cuarto, cómo no, para el insigne Maximón que bebió con la avidez de un Dios.

–          Brindemos entonces si ya estamos todos.- Alcé el vaso y el milagro calmante volvió a dormir mis encías como ninguna pastilla de ibuprofeno lo había hecho antes.

De nuevo, mis preclaros compañeros de brindis no vaciaron sus vasos y el dentista, sonriente, extendió una mano cada vez más borrosa para llenar de nuevo el mío.

–          No me sea impasiente Don, antes debo pronunsiar unas orasiones. Cómo son los gringos…- El dentista cerró esta frase con una sonrisa tan perfecta que sospeché que en sus collares llevaba una suerte de piezas de repuesto.

Aquel néctar de los dioses comenzaba a hacer mella en mi percepción. Empecé a sentirme mareado y juraría que el Dios dio un par de caladas al cigarro que humeaba, aún hoy no sé cómo, en su boca de madera.

–          Te escuchamos y te sentimos, Tijax, que eres pedernal de obsidiana y nos anclas a esta tierra. Tijax que atiende nuestros sufrimientos y vela las muertes de nuestros amigos. Protector de los sufrimientos y la liberación. Te bendesimos y te llamamos en tu día para que alivies el dolor de nuestro compañero y nos transmitas tu sabiduría.

Pestañeé  varias veces  para enfocar la escena que se desarrollaba ante mí. El tercer vaso de licor me obligó a sentarme de nuevo mientras el dentista clamaba a los dioses, y escupía tragos de aquel aguardiente al fuego que ardía en el suelo, brindando con nosotros y con Dios en un mano a mano que desmerecía con mucho nuestras apostólicas comuniones.

Recuperé el sentido de golpe cuando vi preparar sobre la mesa unas herramientas de odontología relucientes que parecían dirigidas a mí.

–          Ahorita compañero, vamos a resibir el mensaje del Tijax que nos trae. No tenga pena que no le dolerá.

–          No tengo pena, ¡lo que tengo es miedo! Déjenme ir y yo le daré recado a Dios, prometido.- Traté de levantarme, pero mi cabeza no parecía coordinarse con mis piernas.

Busqué apoyo en el hombro del doctor que, con el rostro congestionado, suplicó:

–          ¡Ay, señor! si es usted mensajero del buen dios como todo parese indicar, no puede abandonarnos sin más. – Se dirigió entonces al dentista-. De seguro que usté puede leer en la muela de nuestro amigo sin daño alguno.- Sin escuchar ya, mi mente se esforzaba por recordar el camino que llevaba al lago buscando una huida a aquella comedia siniestra.

–          Señores, señores… Les pido me dejen hacer mi trabajo en armonía con los espíritus… Leo en el fuego que aquel que lleva la marca del Tijax labrada en sus dientes ha sido condusido por los vientos a la casa de nuestro patrón Maximón.- Con gesto paternal, apoyó una mano sobre mi cabeza y añadió: Sé que el mensaje que porta le ha provocado una pesada carga durante su viaje.

Otro largo trago de licor se deslizó por mi garganta arañándome las últimas gotas de lucidez que me quedaban. El dentista se inclinaba sobre el fuego lanzando hojas y trozos de cuerda mientras recitaba una especie de oración en un idioma que jamás había escuchado. Me incorporé nervioso y  aturdido y agarré como pude mi mochila y la cámara que permanecía encendida sobre las mantas.

La mano firme del buen doctor  me hizo trastabillar y caer sentado sobre la mesa. Lancé el puño al aire sin encontrar una cara amiga sobre la que impactar, y volví a emprender mi huida mientras las sombras borrosas caían sobre mí. Recuerdo cómo las cintas de colores del Maximón bailaban ante mis ojos mientras unas manos de madera me sujetaban con determinación.

No sé de dónde saqué la fuerza en aquel instante, pero me abracé al Dios que me atrapaba y salí corriendo de aquella casa como alma que lleva el diablo. Corrí por varias callejuelas sin rumbo claro, abrazado a aquel esperpento buscando instintivamente  las bajadas que me condujeran al lago.

Por fin alcancé el embarcadero que había conocido esa mañana. Aún había una barca  y, dormitando en su interior, encontré al hombre con quien había negociado el trayecto de ida aquel mismo día, mirándome alternativamente a mí y al Maximón que llevaba en brazos, sin pronunciar una palabra.

–          Necesito que me lleve de vuelta al pueblo, ¡ahora!- El tono imperativo perdía empuje con mi respiración entrecortada y mis ojos invadidos por la nebulosa del alcohol.

El hombre se rascó la coronilla sin demasiado interés en mi urgencia y volvió la mirada a la figura que llevaba en brazos, frunciendo el ceño.

–          Amigo, ¿Cómo se llama usted?

–          Moisés. Ha quedado buena noche, ¿no cree?

–        Moisés. Veamos, la tarifa del trayecto son ciento ochenta quetzales no es así, ¿o recuerdo mal?

–          Exactamente, recuerda usté bien. Aunque…

–          Aquí tengo doscientos quetzales. Le pago la tarifa nocturna y la discreción si arranca ya mismo y me saca de aquí sin hacer preguntas.- Rebusqué en mi mochila todos los billetes que me quedaban y se los extendí.

–          Pase adelante,  gringo. Por esta vez no le cobraré el pasaje de su amigo. Pero ande con cuidado, los dioses del lago no habitan en ese figurín, pero son vengativos si se les ofende.

Sin decir una palabra más aquel barquero metido a profeta me dejó donde me había encontrado aquella mañana. Se despidió de mí sin volver a mirarme. Me quedé unos instantes observando cómo aseguraba la barcaza en la estaca, con la destreza de un maestro y mis doscientos quetzales abultándole el bolsillo.

Hasta aquí la historia de cómo demonios terminé con un dios en la cola de facturación. Llevo días tratando de decidir si desvelar el verdadero final de este relato o no. Lo cierto es que me preocupa que mis amigos y allegados, escandalizados unos, preocupados otros, decidan encerrarme si esta historia sale a la luz tal cual la viví.

El día que entregué mi artículo sobre las elecciones generales en Guatemala a mi jefa, que lo dejó sobre su mesa sin tan siquiera mirarlo, volví a casa maldiciendo por el dolor  que palpitaba aún en mi boca.

Abrí la puerta del apartamento con la parsimonia acostumbrada  saboreando la dulce caricia del cigarro y la copa que me esperaban. Una densa nube de humo salió a recibirme. No recordaba haber invitado a nadie ni esperaba una fiesta sorpresa. En el suelo había varias botellas de refresco ya vacías y otra mediada de un licor transparente que pronto me resultó familiar.

Los ojos fueron abriéndose paso entre  las caracolas de humo y las sombras se volvieron más nítidas.  Los colores, ese olor a tabaco fresco…Y la música. Esa música. De nuevo aquella musiquilla horrible y aguda  se me clavaba en los oídos. Miré a mi alrededor e instintivamente mi lengua palpó las crestas de la muela que rompía en mi encía. Sacudí la cabeza con violencia para ordenar los pensamientos que se agolpaban ante aquella visión. El muñeco, el Maximón, el Dios, mi Dios presidía la ceremonia que tenía lugar en mi salón. A su alrededor, otras cinco figuras engalanadas con cintas de colores. Uno de ellos, que parecía el más anciano, sin quitarse las gafas de sol que portaba se adelantó y sentenció:

–          Hemos viajado hasta el nuevo hogar de nuestro hermano. Toma asiento mensajero del Tijax, mientras debatimos dónde establecer nuestro templo sagrado para la nueva era que se avecina.

Llenó  uno de los vasos de licor, hasta que el líquido sacrosanto se derramó sobre la mesa y trazó un gesto en el aire invitándome a sentarme. El cigarrillo light que colgaba de mis labios se descolgó desparramando la ceniza en el lugar exacto que mi cara encontraría en el suelo, sólo un instante después.

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