Más rápido

Este relato corresponde a las premisas búnker, novia y canica. ¿Que qué se puede hacer con todo eso? Pues supongo que muchas cosas, pero lo que a mí se me ha ocurrido es lo que viene a continuación. Espero que os guste.

                                                                    

Más rápido     

     Nunca he creído en el destino. El destino lo crea uno, a cada paso que da, con cada decisión que toma. Igual que tampoco he creído nunca en la fuerza omnipotente de la voluntad, porque hay cosas que escapan no ya a nuestros deseos, sino incluso a nosotros mismos. Pero destino y voluntad, de alguna manera, parecen haber pactado para colocarme exactamente en este punto; y noto cómo ambos me llevan de la mano hacia otro lugar, un lugar que todavía desconozco pero que sé que está ahí. Esperándome.

     La voluntad me ha convertido en lo que soy ahora; una mujer “de la calle”, una mujer que se alquila. Una puta. No es cierto que venda mi cuerpo, aquí no se vende nada. Mi cuerpo sigue siendo mío y se lo alquilo a quien yo quiero. Y de vez en cuando, no quiero. Es una línea tenue la que separa el poder de un “no” de la cesión absoluta de control. Hay que hilar muy fino para saber cuándo cruzarla.

     En cuanto al destino… bueno, aún no sé cuál es el mío, pero sí sé que cabalgo hacia él cada vez que abro las piernas, cada vez que alguien paga por lo que no puede conseguir de otra manera. No sé hacia dónde me lleva, pero tengo claro cómo quiero hacer ese viaje.

     Hoy he tenido suerte. He recibido una buena oferta, una oferta generosa. Desde el Día Cero, ya nadie da nada, porque casi nada sobra. Por eso soy puta; vivo de lo poco que los hombres están dispuestos a dar, de migajas y desprecio. De la necesidad ajena, que de esta forma gris y amarga, cubre la mía propia.   

     Aún recuerdo los tiempos en los que se pagaba con dinero, el viejo y sucio dinero. Qué cosas; la gente trabajaba, sufría y moría por un triste pedazo de papel. Ahora todo es más real, mucho más crudo y real; se vive, se sufre y se folla por comida o medicinas. Hemos vuelto al origen, al inicio de todo, de esta mierda de civilización que no acaba de morirse.

     Y en el medio, yo.

     Siempre acabo estando en el medio de todo.

     Hoy estoy teniendo suerte, sí. Este tipo se está esforzando. Es de los que disfrutan creyendo que dan placer a una mujer. Siento su polla embistiéndome, como un mar picado que acaricia la costa. El tipo es bueno, joder, vaya si lo es. Sería fácil dejarse ir, abandonarse al placer, simular algún tipo de intimidad. Estoy completamente húmeda, supongo que eso es un triunfo para él. Me saca la polla y me da la vuelta, a cuatro patas; noto cómo parte de mis fluidos resbalan lentamente y manchan la sábana, mientras él se deleita observando mi coño abierto y agarrándome las nalgas. Me siento como un ternero que está siendo evaluado en una feria.

      Decido premiarle y hacer algo fuera de guion. Me doy la vuelta y acerco la boca medio abierta a su polla, reclamándola con avidez. Al momento él la introduce, me agarra la cabeza y se empieza a mover. La mantiene en mi garganta varios segundos, casi espero sentir el semen correr por ella. Pero no, el tipo aguanta. Saca la polla de mi boca y me pone de nuevo a cuatro patas, presionando levemente mi espalda para que la baje. Poso mi cabeza, de lado, sobre la cama, el culo bien alto, y espero. Noto cómo su polla entra de nuevo en mi vagina y empezamos de nuevo a cabalgar.

     Fuera, empieza a llover. Las gotas golpean el cristal con fuerza, tendría que haber recogido la ropa del tendal. El sonido me recuerda a aquel día, el día en que todo cambió. El movimiento rítmico de mi cuerpo me transmite una extraña tranquilidad.

     Caía una lluvia rabiosa cuando la gente empezó a salir a las calles y a correr como loca. Oí el barullo desde la peluquería, me asomé para ver qué pasaba y entonces un hombre se estrelló contra el cristal de la ventana. Se hizo una enorme brecha en la cabeza y la sangre empezó a salir a borbotones, pero no fue eso lo que me asustó, ni tampoco la sangre que ya traía encima; lo que me asustó fue su cara. Parecía querer fundirse con el cristal, traspasarlo, con tal de no enfrentar aquello de lo que huía. Sus ojos pedían ayuda… No, ni siquiera eso; advertían. Cuando se desplomó, pudimos ver que tras él decenas de personas huían de la misma manera, corriendo sin control, como gacelas alejándose de la manada en un intento desesperado de supervivencia.

     Pero no vimos qué era aquello de lo que huían.  

     —Cierra la puerta —dijo Julia, la dueña de la peluquería, en un tono de voz repentinamente gélido—. Con llave.

     —¿Cómo? —pregunté sorprendida— Está pasando algo, Julia. Puede que esa gente necesite ayuda. No podemos quedarnos aquí mirando.

     —Cierra —repitió; esta vez era un mandato.

     La peluquería era suya, eso no podía negarlo, así que me limité a obedecer. Luego, fue bajando las persianas una a una. Yo me quedé mirando como pude entre las láminas mientras ella se retiraba al fondo con dos clientas y se ponían a cuchichear. Era como si quisieran ignorar lo que estaba pasando. Como taparse los ojos y creer que nadie puede verte.

     Fuera, seguía lloviendo tan fuerte que era difícil distinguir nada. Solo gente corriendo, chocando y cayéndose. Unos sobre otros, lluvia sobre sangre.

     Diez minutos después, el chaparrón cesó, aunque seguía lloviendo. Ya podía ver de nuevo la calle. De repente, el corazón me dio un vuelco; mi hermana se acercaba corriendo al fondo. Estaba empapada, aunque no parecía tener sangre encima. Recibió en plena carrera un par de empujones que a punto estuvieron de tirarla al suelo, y solté un grito involuntario. Las tres mujeres dieron un respingo y  me miraron.

     —¡Es mi hermana! —dije— ¡Tengo que abrir!

     Julia me miró con cara de reproche, pero no dijo nada. Sabía que lo haría dijera lo que dijera, así que se quedó callada. Hizo bien. Saqué la llave del bolsillo y abrí la puerta justo cuando Eva llegaba. Entró como un huracán y volví a cerrar la puerta tras ella.

     —¡¡Venga, vámonos, tienes que venir conmigo!! —Sus ojos, desencajados, como los de aquel hombre— ¡Y vosotras también, tenéis que iros todas!

     Julia se revolvió inquieta y apartó la vista.

    —¿Qué pasa, Eva? ¿Por qué tenemos que irnos?

    —¡No hay tiempo para explicaciones, tenemos que irnos! ¡¡Venga!!

     Eva tiraba de mí, mechones de pelo completamente mojado se introducían en su boca. Estaba en estado de histeria. Su actitud me asustó mucho más que todo lo que había visto antes, así que decidí que no era el momento de razonar, y me dispuse a salir con ella. Lancé una última mirada a Julia, que negó lentamente con la cabeza, y dejé la llave puesta en la cerradura antes de irme. Estoy segura de que no tardó ni dos segundos en abalanzarse sobre la puerta y cerrarla de nuevo.

     En el exterior, todo era caos. Un reguero cobrizo bajaba por la calle y se bifurcaba discretamente al chocar con alguno de los cuerpos que yacían en el suelo. Me di cuenta de que, fuera lo que fuera que estaba sucediendo, era lo suficientemente grave como para alterar no ya el carácter de mi hermana, sino el normal funcionamiento de la ciudad. Incluso, para alterar la percepción misma de la ciudad. El mobiliario urbano era una disparatada carrera de obstáculos, y las puertas, ahora cerradas a cal y canto, no eran más que posibles guaridas.

     La ciudad era una jungla y aquello, simple y llanamente, un ejercicio de supervivencia.

     Eva me cogía por un brazo y tiraba de mí como una posesa. Recuerdo que decidí, tras un par de coincidencias inquietantes, no volver a dirigir la mirada a nadie; notaba el pánico acechando en mi interior, y ese era un lujo que no podía permitirme. Me concentré en esquivar a la gente y seguirle el paso a mi hermana, y enseguida me di cuenta de hacia dónde nos dirigíamos. Entramos en una calle muy conocida y corrimos desesperadas hacia un lugar concreto; la casa de Ismael, su novio.   

     Fue llegar y darnos cuenta de que algo no iba bien; la puerta estaba entreabierta y llena de salpicaduras rojas. La empujamos con cautela y nos dimos de bruces con el cañón de un rifle que nos apuntaba a la cabeza.

     —¡Por fin, joder! —Era Ismael— ¡Venga, adentro!

     Nos agarró de la ropa y prácticamente nos empujó al interior. Acto seguido cerró la puerta con llave y un par de segundos después oímos cómo varias personas la golpeaban desde el exterior. Ismael ignoró los golpes y nos señaló el pasillo.

     —Al fondo.

     Nos pusimos en movimiento. La casa era grande, su novio pertenecía a una familia adinerada con funciones diplomáticas, y Eva parecía saber exactamente a dónde íbamos. Así que me dejé llevar. Ismael venía detrás, pero no había soltado el rifle, y giraba constantemente la cabeza, como si temiera que algo o alguien nos siguiera. Yo nunca lo había visto antes con un arma en la mano, y ahora no soltaba aquel puto rifle.

     Bajamos las escaleras hasta el sótano, sin decir ni una sola palabra. Ambas resoplábamos, más por la tensión que por el esfuerzo de la carrera. Una vez allí, Ismael nos señaló una puerta que también estaba semiabierta, indicando que entrásemos. No me gustaba aquello. No me gustaba ese nuevo Ismael, y no me gustaba nada aquella puerta. Era metálica, joder, como esas de los bancos que pesan toneladas; ¿quién coño pone una puerta metálica en el sótano de su casa?

     Entramos. No había cadenas, grilletes, ni instrumentos de tortura, como mi mente se había empeñado amablemente en imaginar. Pero había gente. Gente rara.

     —¿Quién… quiénes son estos? —preguntó Eva, girándose hacia Ismael.

     En la habitación había cinco personas. De pie, en el centro, un hombre mayor vestido con camisa y chaleco, acompañado de una mujer bastante arreglada, que bien podría ser su esposa o alguien muy cercano. Ambos parecían discutir, e interrumpieron sus voces al oír la de Eva. Un par de chicos jóvenes, de algo más de veinte años, murmuraban algo apartados de la pareja, y lanzaban continuas y nerviosas miradas a una mujer joven sentada en el suelo. Apoyada contra la pared, parecía que se había dejado caer de cualquier manera.

     La habitación era grande. Enorme. Tenía estanterías hasta el techo, llenas de cajas, y al fondo se veía una nueva puerta, esta vez cerrada. El ambiente allí era extraño, flotaba una cierta predisposición a la violencia, que se traducía en rostros crispados y manos apretadas. La mujer del suelo era la nota discordante; la cabeza inclinada transmitía una total ausencia, y ni siquiera dio muestras de escuchar la voz de Eva. Pero lo más llamativo no era eso, era su ropa; iba vestida de novia. Una de esas novias con traje blanco carísimo, ahora sucio hasta lo imposible y hecho casi un harapo.

     —No lo sé —respondió Ismael—. La vi a ella —señaló a la chica con el rifle— y pensé en la mala suerte que había tenido. Hoy, precisamente. Creí que ellos —señaló a la pareja elegante— la conocían, que estaban en… ya sabes… en la boda —miró fugazmente a la chica, como pidiendo disculpas—. Y ellos dos —los chicos se irguieron ligeramente cuando los nombró— ya estaban dentro; vinieron a montar un mueble… Pero bueno, ¿qué más da? El caso es que ahora están aquí dentro, joder.

     —Y no pensamos irnos, amigo —dijo uno de los muchachos.

     Aquello sonó a amenaza en todos los oídos, pero nadie dijo nada. El chico se quedó mirando a Ismael, como desafiándolo a que le llevara la contraria. Llevaba un gorro rojo que le daba un aspecto demacrado, y la cicatriz en una ceja partida alertaba de que no era buena idea hacerlo.

     —Es demasiado raro lo de ahí fuera, tío —continuó—. Mejor vamos a esperar a que pase.

     —Claro —respondió Ismael, conciliador—. Y cuantos más seamos, mejor. Solo por si tenemos que defendernos.

     —¿¡Defendernos de qué!? —grité exasperada por que nadie se atreviera a decir abiertamente qué era lo que estaba pasando.

     —¿Dónde está Koldo? —dijo la novia de repente, levantando la cabeza— ¿Dónde… dónde está?

     —Lleva así todo el rato —dijo el otro chico, sin apartar de ella la vista—. Pregunta por ese tal Koldo, luego parece que se olvida y vuelve como a dormirse. Antes ha querido irse, pero él no la ha dejado —señaló al hombre mayor, que automáticamente tensó el cuerpo.

     —Deberíamos haber dejado que se fuera… —susurraba la mujer que le acompañaba—… deberíamos haberla dejado irse… solo está buscando a su novio, por el amor de Dios…

      —¿Dejarla irse? ¿Quieres que abramos la puerta? —El hombre la miró con ira en los ojos, se notaba que estaba acostumbrado a tratarla así— ¿Es que no sabes de lo que son capaces esos locos? ¿No has visto lo que le han hecho a Anita, por todos los santos? Y era solo una niña…

     La mujer se cubrió la cara con las manos y comenzó a sollozar en silencio.

     —Ha hecho bien, es mejor que no salga nadie —dijo Ismael—. No volveré a abrir esta puerta hasta que fuera esté todo controlado.

     —¿Y cómo lo vas a saber? —pregunté. Ismael me miró con reprobación— ¿Cómo vas a saber que está todo en calma?

     —Tengo un móvil.

     —¿Un móvil? —dijo el chico del sombrero rojo— Tío, no sé si te has dado cuenta, pero esto es un puto búnker. No creo que aquí dentro haya una mierda de cobertura.

     —Es igual —respondió Ismael—. Estaremos aquí un tiempo prudencial y luego saldremos a la casa. Desde allí podremos llamar, y hasta ver lo que pasa en la calle. ¿Te parece bien así? —le preguntó abiertamente al chico, en un ligero tono belicoso—. Porque si no te parece bien, te recuerdo que la llave la tengo yo, y también este rifle. Así que si alguien quiere salir o hacer cualquier otra cosa que no me guste —dijo paseando su mirada uno por uno—, tendrá primero que quitármelos.

     —Isma —le dije, poniéndole suavemente una mano sobre el hombro, intentando romper la tensión—. Isma, ¿qué es lo que está pasando?

      Lo miré directamente a los ojos. Clavé mis ojos en los suyos, negándole cualquier posibilidad de escapatoria. Aquello le centró y pareció devolverlo a la realidad.

     —No lo sé —dijo, vacilando ahora un poco—. Hay gente atacando a otra gente… se vuelven locos… no se puede razonar con ellos, solo te ven y corren, corren hacia ti… y si te pillan… bueno, si te pillan…

     —Te matan —terminó la frase el chico de gorro rojo—. Es una puta matanza lo que está pasando ahí fuera. Lo hemos visto desde la ventana. De las maneras más horribles que te puedas imaginar. Vimos un chiquillo al que atraparon entre varios y uno de ellos le agarró la cabeza mientras…

     —¿Koldo? —la chica, de nuevo— ¿Estás aquí, Koldo?

     —¡Joder, que alguien la haga callar! —gritó el segundo chico, con las manos en las orejas.

     La mujer del traje de novia comenzó a levantarse. Ya no parecía una novia, ni aquello parecía un traje, pero extrañamente su presencia seguía siendo lo más desconcertante. Se levantó sin cuidado alguno, pisando jirones de tela, e ignorándonos a todos se dirigió hacia la puerta. Intentó abrirla y tras varios minutos de esfuerzo, al ver que no podía, comenzó a golpearla con los puños. La escena era estremecedora.

     —Esta también se está volviendo loca —dijo el viejo con desprecio.

     Creo que lo empecé a odiar en ese momento.

     Finalmente, la chica se dejó caer de nuevo sobre la pared y fue resbalando hacia el suelo. Comenzó a mover la cabeza de manera nerviosa, con movimientos de pájaro, como buscando algo, o estudiándonos a cada uno por separado. Hasta que se quedó completamente quieta, y todos pensamos que volvería a su estado catatónico.

     No fue así. Levantó la cabeza, y una sonrisa demasiado grande le inundaba la cara. Empezó a subirse el vestido hasta que todos pudimos ver que tenía liguero. Un liguero blanco, de esos que llevan las novias. Antes de que nos diéramos cuenta, había metido los dedos por debajo.

     —Jo, jo, jo, jo — se rio el viejo—, ahora vamos a ver una peli porno.

     No fue una broma, fue una agresión. Me planté delante del hombre y busqué la manera de mostrarle mi asco.

     —¿Y a ti qué más te da, viejo, si ya no se te levanta ni con polea?

     Él clavó sus mezquinos ojos sobre mí y una pequeña sonrisa se fue dibujando en aquellos finos labios de cobarde malnacido. No le molestaba lo que había dicho; le molestaba que se lo dijera una mujer.

     —¿Estás segura, nena? Si quieres te lo demuestro ahora mismo.

     Prácticamente no le dejé terminar la frase. Le crucé la cara con una sonora bofetada que le hizo girar la cara. Cuando volvió a mirarme, su sonrisa se había ampliado.

      Ismael y mi hermana se interpusieron entre el hombre y yo; mientras, escuchaba de fondo los gritos de la señora, grititos histéricos de una mujer que nunca ha tenido que enfrentarse a nada, porque siempre ha tenido quien la defienda. Culpaba a la muchacha diciéndole que era una indecente, que se subiera la falda. A mí, simplemente me llamaba puta. Cruel ironía, ahora que lo pienso.

     —Mirad lo que está haciendo —interrumpió el muchacho que no había dejado de observarla ni un solo segundo.

     Todos, incluida yo, miramos a la chica. Allí tirada, en una posición infantil de muñeca rota, hacía unos gestos rápidos, espasmódicos, que resultaban bastante inquietantes. También movía la mano derecha con rapidez, frotando algo con los dedos.

     —¿Qué tiene en la mano? —preguntó Eva.

     —Una canica —respondió el chico—. Se la ha sacado del liguero y ha empezado a girarla de esa manera tan rara.

     Era una manera rara. Muy rara. Parecía concentrar toda la energía de su cuerpo en ese movimiento. Y el movimiento, de alguna forma, la aceleraba.

    —Por Dios, Isma, deja que se vaya —grité.

    —No se va nadie —respondió con contundencia—. No mientras yo esté vivo.

     Lo que pasó a continuación es algo que, simplemente, no puedo describir. Y no porque no quiera, sino porque no tengo ni idea de lo que fue. La chica movía los dedos rápido, cada vez más rápido, frotando aquella canica blanca con una urgencia enfermiza. Su cabeza y extremidades empezaron a dar pequeñas sacudidas, como si estuviera teniendo convulsiones. Fijé mi vista en ella, todos lo hicimos. No podíamos hacer otra cosa. Recuerdo que la cabeza se movía tan rápido que ya no podíamos distinguir sus rasgos. Y un segundo después, la chica simplemente no estaba.

     Desapareció.

     Me giré para interrogar a los demás, y lo que vi fue una imagen que mi mente me devuelve todas las noches antes de permitirme el lujo del sueño.

     Estaban muertos. Todos.

     El peor era Ismael. Completamente destrozado. Su barriga abierta dejaba a la vista lo que quedaba de los intestinos, que se habían desparramado por el suelo. Algo parecido le había sucedido al viejo, pero tenía además una fea mancha de sangre en su zona genital. No quise inspeccionarlo más a fondo; todo él parecía un gran coágulo de sangre.

     Los dos chicos y la señora estaban tirados como animales sacrificados, no parecía que se hubieran ensañado con ellos. También estaban cubiertos de sangre, y tampoco me paré a buscar la causa exacta de su muerte.

     Tenía un asunto mucho más urgente que atender; mi hermana.

     En un primer momento, no la vi. Una chispa de esperanza me proporcionó la dosis justa de adrenalina para empezar a moverme. Pero enseguida se apagó; estaba detrás de mí. Yacía tirada en el suelo, como un fardo más de piel y sangre.

     La piel y la sangre de Eva.

     La cogí entre mis brazos y me permití un minuto de dolor intenso. Me di cuenta al instante de que tenía el cuello roto. No sabía de dónde venía la sangre, no me importaba en absoluto. La apreté contra mí mientras las lágrimas brotaban imparables de mis ojos. Mi hermana había muerto y, estando yo delante, ni siquiera sabía cómo había sucedido.

     Me obligué a soltarla y la deposité con cuidado infinito sobre el suelo. Me levanté, haciendo con la mirada un barrido de la estancia para acabar de centrarme. La chica vestida de novia no estaba. Me acerqué a la pared a la que había estado arrimada, pero no había ni rastro de ella. Solo su canica parecía marcar el lugar exacto donde se había desintegrado. Cogí la canica entre los dedos y la observé un instante; no era completamente blanca, tenía unas ligeras vetas verdes. Sentí que podría pasarme horas mirando aquellas vetas.

     Pero tenía que irme.

     La puerta estaba entreabierta y, a su lado, escrita en sangre, una simple palabra; “CORRE”. Así que hice exactamente aquello; corrí.

     Corrí como nunca antes lo había hecho, hacia un mundo que ya no era el que conocía. Dejando atrás a mi hermana, a su novio, su casa, un esquema de vida, una estabilidad económica… mi vida entera. E ingresé en una nueva realidad donde las reglas del juego ya no eran las mismas.

     Hoy, conozco las nuevas reglas. Sé jugar este juego. Y voy a cobrar esta partida.

     El tipo se ha corrido en mi culo, casi lo prefiero. Así no tendré que hacerme la lavativa de hierbas. Se le ve muy orgulloso, cree que ha cumplido de sobra. Por mí estupendo, machote.

     Pero págame.

     La habitación, impregnada del olor a sudor que desprenden las sábanas manchadas y pegajosas, parece señalar un elemento discordante; una mochila. No es muy grande, y se ve gastada por el uso, pero parece bastante llena. La ha traído él, claro, por eso está cerrada con un candado.

     Nadie se fía de una puta.

     Sin decir una palabra, el hombre se acerca a su mochila y la abre. Lo hace de espaldas a mí, soy consciente de que no quiere que vea lo que está haciendo. Mientras, me voy vistiendo. No puedo cobrar el servicio desnuda. Es algo relacionado con la dignidad, aunque suene raro viniendo de una puta.

     Espero hasta que se da la vuelta y me entrega un saco no demasiado grande.

     —Toma, lo tuyo.

    Lo abro. Dentro hay arroz, como habíamos convenido.

     —¿Y lo demás? —pregunto.

     —No hay más —responde él dándome de nuevo la espalda para cerrar la mochila.

    —¿Cómo que no hay más? Habíamos quedado en un saco de arroz, otro de legumbres y un tarro de crema para la alergia. ¿No lo recuerdas?

     —Lo recuerdo —responde—, pero no hay más. Sé lista y quédate con eso.

     —¿Que sea lista? —noto cómo la indignación se va apoderando de mi estómago—, ¿crees que ser lista es dejar que me folles por un saco de arroz? Si no tenías con qué pagarme, ¿por qué me llamaste?

     —Mira —responde ahora un poco enojado—, no pienso discutir contigo. Si quieres el arroz, es todo tuyo. Si no lo quieres, me lo llevo de nuevo y listo.

     Me clava la mirada y sé que no hay negociación posible.

     —Me lo quedo —le digo tras unos segundos de silencio.

     El hombre asiente y se vuelve para terminar de recoger sus cosas. Se echa la mochila al hombro y sale de la habitación sin mirarme ni un solo momento a la cara. Escucho sus pasos bajando las escaleras.

     Me dirijo a la mesilla del dormitorio y abro uno de los cajones. Allí está, esperando. Saco la canica y me dirijo a la ventana mientras empiezo a frotarla con los dedos. Primero despacio, luego más rápido. Miro por la ventana y veo cómo poco a poco todo fuera se va ralentizando. Un carromato que pasa, los niños jugando, el hombre que se aleja de mi casa. Cada vez más y más despacio, mientras mis dedos van más y más rápido.

     Ahora todo transcurre tan despacio que cuesta distinguir el movimiento. El hombre parece un camaleón, lento y pesado, con su mochila al hombro, mientras mis dedos vuelan sobre la canica. Siento un poder inmenso y froto la canica todavía más rápido.

     Solo un poco más rápido.

                   

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