Verdadera Medicina

 

La pregunta salió, por fin. Llevaba haciendo buches con ella dos días, tan incapaz de escupirla como de tragársela para siempre.

-¿Por qué me has escogido…-y aquí el título se atrancó unas décimas de segundo en su glotis-  Amo?

Las níveas manos del  Neo volvieron a  juguetear con las esferas de cristal coloreado. Era magia pura ver como resbalaban unas sobre otras, ora desapareciendo, ora formando dibujos imposibles, los dedos veloces transformados en un borrón de movimiento.  Antonio se quedó prendado, como siempre, de la gracia natural y los gestos medidos de su señor.

El aristocrático rostro de Altair Branson se hizo aún más bello al sonreír.

-Bueno, en primer lugar, tú me lo pediste.

Antonio asintió vehementemente.

-Sí, Amo, pero seguramente muchos muchachos se lo han pedido antes. Usted ya había pasado dos veces a lo largo de mi vida por el pueblo a controlar la producción de cristalería, y siempre solo. Dicen que no ha tomado a nadie desde tiempos de mi tío abuelo. ¿Por qué me toma ahora a su servicio?

Branson lanzó las canicas al aire. Su mano derecha, un borrón de movimiento, las recogió de una en una. Cerró el puño y volvió a abrirlo, vacío. En su otra mano, apareció una coqueta bolsa de terciopelo, ya anudada, que guardó en su bolsillo con un “hop”.  Luego frunció el ceño levemente, haciendo un mohín.

-Eres muy raro, chico.

Antonio se calló. Temía haberlo fastidiado todo.

-La mayor parte de tu gente estaría más pendiente de servirme otra copa y de la suerte que ha tenido.   ¿Temes por tu integridad sexual acaso? Si es eso, duerme tranquilo. Solo me gustan las mujeres.

“Bueno, esperaba una repuesta más clara, pero menos da una piedra” pensó el muchacho “Dicen que algunos de los Neos tienen gustos peculiares, sobre todo los más viejos”.

Un golpe de viento especialmente fuerte hizo balancearse el velero. Las velas rígidas y los cables de carbono silbaron alegremente. El muchacho disfrutaba del olor del mar. La costa quedaba muy lejos de su pueblo, y la primera vez que vio el azul, justo antes de embarcar, le pareció mágico. Según se acercaban a Inglaterra, el agua iba tomando un tono parduzco por las inmensas plantaciones de laminarias que rodeaban la costa.

-Y añadiré, si tanto te interesa: porque te pareces bastante a tu tío abuelo. Y no solo físicamente, tú…

Antonio recordó como había esperado en la plaza el examen del Neo. Había sido muy raro estar allí, de pié, desnudo,  al lado de los demás. Branson le había palpado todo el cuerpo, incluso le había pasado un dedo por el interior de la boca, contando los dientes como un ganadero lo hubiera hecho con un buen caballo en la feria.

Luego, lo había separado y le había pinchado un dedo con varios cristalitos de colores. El chico había mirado los cristales bajo la clara luz del sol con tanto interés como su examinador, pero no había visto nada digno de mención. Sin embargo, Branson, sonriendo complacido, asintió con la cabeza, y todo el pueblo rompió en aplausos.

Un Elegido suponía un buen descuento en los impuestos de ese año, y un buen pago en especies.

Su primera tarea había sido comprar para su nuevo Amo un saquito de canicas. Eso había sido fácil; el trabajo del cristal era el principal motor económico de la zona, y los juguetes, enseres y joyas con él fabricados, famosos en todo el país.

-… eres muy, muy especial, chico. Tenía esperanzas de que fuese así, y las has cumplido. No vas a ser un sirviente común.

Esa noche el muchacho casi no pudo dormir. Le resultaba imposible con todas las sensaciones nuevas. El balanceo del barco, la suavidad de la cara ropa de cama de algodón blanqueado se le hacían extraños. Como las ropas de lino y seda que le habían entregado.  Debían costar una fortuna.

El barco atracó en un río tan ancho como nunca lo había podido imaginar Antonio. El puerto era un caos. Las escasas velas rígidas de fibra de vidrio o polímero fotovoltaico de los yates destacaban entre las más prosaicas lonas amarillentas y mástiles de las barcas de pesca y los cargueros. Mientras bajaba  la pasarela con las maletas de su nuevo Amo, un golpe amistoso en el hombro le hizo volver la cabeza. Era Tolo, un hombre grueso y pelirrojo de Muxía, y el piloto que los había conducido a puerto.

-Buena proa, rapaz. Y… cúidate. Todos estos cabrones- susurró entre sus dientes podridos- son iguales. Ninguno da nada por nada. Son viejos y malos como el diablo. Recuérdalo siempre.

Antonio le dijo adiós con timidez. Aunque apenas lo conocía, la confianza del gordo y desdentado lobo de mar lo confortó tremendamente.

En el malecón bullía una marabunta de pedigueños, mozos de cuerda, y taxistas. La mayor parte hablaban un idioma para él desconocido que supuso debía ser inglés. Branson ya había bajado. El Neo señaló a un hombre, que arrancó ansiosamente las maletas de las manos de Antonio y las cargó en un taxi. En el momento en que el sujeto  se puso a los pedales mostró sus piernas, desnudas bajo el faldón de la túnica. Las horribles llagas de la lepra florecían en una de ellas. Antonio dio un respingo, pero Altair le tranquilizó con mano firme. Él ya no tenía que preocuparse por eso.

El coche de pedales tenía la capota levantada, porque hacía muy buen día, y Antonio pudo disfrutar del paseo.

Abandonaron la zona portuaria y cruzaron las amplias avenidas cubiertas de árboles centenarios. Algunos de los altos edificios aún se sostenían orgullosos, cubiertos de verde, aunque muchos se habían derrumbado o incluso demolido para sacar el preciado acero o otros materiales de su interior. Aún así era impresionante para un chico que nunca había visto una casa de más de dos plantas.

-¡ Qué grande era todo! – exclamó al fin, con la voz entrecortada por el asombro.

-Absurdamente grande – masculló Branson – ¿Te imaginas a todos esos millones de personas, comiendo y evacuando, bebiendo y consumiendo, respirando y contaminando? Un asco. De haber seguido por ese camino,  Londres se hubiese comido la Isla entera. Sobraba gente por todos lados.

Tras decir esto, se ató en una coleta el pelo rubio, tan parecido en tono al del propio Antonio, para que no lo despeinara el viento.

El chico había oído hablar del Antes. Antes de que se acabara el petróleo, de que los medicamentos perdieran su fuerza a base de malgastar su poder. Antes de que las Muchas Plagas diezmaran la población, mientras las autoridades se volvían locas tratando de averiguar cual era el origen del genocidio. Antes de que todos los negros muriesen por una extraña enfermedad que sólo les mataba a ellos y de que un también agonizante  pueblo judío lanzase el vengador fuego atómico sobre sus vecinos árabes.  En la época mágica de las máquinas voladoras más pesadas que el aire y las enfermedades que se curaban con pastillas de colores brillantes, cubiertas de azúcar derretido.

Pronto se acercaron a las murallas de lo que Altair llamo “Citadel of  London“. Eran realmente impresionantes por su altura y aspecto macizo. Cuando llegaron al portón principal, unos aburridos soldados les dieron el alto. El taxi no podía pasar de allí. Mientras cruzaban las puertas, Antonio pudo apreciar que el muro, de unos veinte metros de ancho y con refugios en su interior, constituía más bien un formidable búnker que acotaba un área trapezoidal de una milla cuadrada en la vera del Támesis.

Si le resultó impactante ver fuera los edificios dañados por el tiempo, verlos en buen estado lo alucinó. Y la gente. Todos guapos y bien comidos, todos sin marcas o síntomas de enfermedades, Amos y criados.  Branson vivía en uno de los pisos superiores de un monstruo de cristal con forma de pepino, en una enorme dependencia desde la que se veía toda ciudad. Al entrar, la luminosidad y el exquisito gusto del lugar dejaron patidifuso a Antonio. Mármol pulido, hermosas obras de arte, plantas ornamentales, y pájaros cantores llenaban saturaron sus sentidos. Era simplemente hermoso.

Sin embargo, nada era comparable a ella. El chico jamás había visto tal belleza. Piel de marfil, pelo de azabache, carnosos labios de rojo coral. Redondeces llenas de muchacha que nunca ha pasado hambre. Solo vestía una sencilla túnica blanca que dejaba al descubierto el perfecto pecho izquierdo. La esposa de Altair se levantó de un ágil salto del diván en que tomaba el sol que se filtraba por la ventana, agarró al joven y lo palpó de arriba abajo. Lo miró, lo remiró, lo tasó y le abrió la boca para verle los dientes, mientras a Antonio se le subían los colores.

“Por lo menos ella no me ha desnudado”

Parecía entusiasmada, y aunque no podía entender una palabra de lo que se decían, si dedujo que ella estaba instando a Altair a decirle algo.

Branson  le ordenó servir tres copas de vino. Luego le invitó a sentarse frente a ellos.

-Bueno, chico. Vamos al grano. Como te dije, te he traído aquí solo para que escancies. Beth y yo creemos que es hora de que tengamos otro hijo. Hace casi cincuenta años que no tenemos ninguno, desde la época de tu tío abuelo. Nuestro último… donante.

Antonio se quedó pasmado. Sin decir nada se bebió el vino, que sabía a vida y a verano atrapado en una botella. Nunca había tomado nada tan bueno.

-Te preguntarás que tiene eso que ver esto contigo. Verás, Beth y yo ya somos Mat. No es que nos vayamos a morir mañana mismo de viejos… ni en el próximo siglo. Pero los dos pasamos de los trescientos… hace mucho tiempo que no podemos concebir un hijo al viejo estilo.

»Tu perfil genético, la calidad de tu sangre, si quieres llamarlo así, es la mas similar a la mía que he hallado. Es algo que caracteriza, al parecer, a algunos miembros de tu familia. Te hemos buscado una pareja femenina que sea asimismo lo más parecido a mi querida Beth. Cuando ella conciba de ti, transferiremos mediante un vector vírico al bebé los cambios genéticos que nos hacen Neos a Beth y a mí, así como algunas de nuestras características familiares. Será longevo, hermoso, inmune y perfecto. Será nuestro. Será un Neo.

»A cambio, nosotros os mantendremos aquí como sirvientes. Podréis encargaros de la crianza mientras es un bebé. Yo no soy un Amo duro.  No debes temer violencia o abuso. Os permitiré verlo crecer, aunque no debéis olvidar que legalmente será nuestro hijo. En caso de que enfermaseis, os prometemos surtiros con suero de sangre Neo para trataros, hasta que agotéis vuestra vida natural, como hacemos con todos nuestros sirvientes fieles. Medicina de verdad, chico, de la que funciona, no la mierda a la que estás acostumbrados. Puedes aprender un oficio, tal vez convertirte en un técnico. Y si cuando el niño sea adulto desea conservarte a su servicio, que es algo que pasa a menudo, no me opondré.

»¿Que te parece?

El muchacho se revolvió en la silla, incómodo. Pero la respuesta posible solo era una. No podía defraudar a todo su pueblo. Branson, el hermoso y elegante y carismático Branson, empezaba a darle la misma sensación de repugnancia que un gusano descubierto en una manzana recién mordida. Un gusano gordo, feliz y saludable que hubiera arruinado la fruta por dentro. Pero tenía el poder, y no era el quien iba a cambiar el mundo, como solía decir su difunto padre antes de que se lo llevase la gripe.

-Está bien– musitó al fin.

-¡Fantástico! – Altair, muy campechano, le dio unas palmaditas en el hombro- Vamos a presentarte a tu novia. Se llama Cassie. ¡Beth, go for her!

“Seguramente al menos la muchacha será hermosa. Esperemos que tenga también buen carácter…”

No tardaron más que un minuto. La dulce criatura que Beth traía de la mano podría haber parecido su hija si ella no luciese tan joven. De seguro podría haber sido su hermana pequeña.

No debía de tener más de nueve años, y se frotaba los grandes ojos, aún adormilados y legañosos por la siesta interrumpida. Antonio no dijo nada. Su mirada lo hizo por él.

-Aún no está madura– admitió Branson – pero no podemos permitir que un ejemplar como tú languidezca en ese chiquero de donde te sacamos, mientras ella completa su crecimiento ¿Verdad? Podrías contraer cualquier infección. Mejor teneros aquí a los dos. Así os iréis conociendo mientras os formamos  en vuestros deberes para con la casa y el pequeño. Anda, chico, ve a jugar con tu novia.

Y diciendo esto, con una benevolente sonrisa, le puso la bolsa de terciopelo llena de canicas en las manos.

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