CADÁVER EXQUISITO Número 1

¡Bienvenidos a la morgue! Aquí bajo los fluorescentes podrán ver una serie de experimentos que nada tienen que envidiar al Dr Frankestein. Les dejo con el primero de todos ellos, espero que lo disfruten ya que, siendo como digo nuestro primer cadáver, tiene ese brillo especial de las primeras veces.

***

— Eso no es sano —le dijo antes de soplar una rápida nube de humo gris.

— ¿Y tú me lo dices? —respondió sarcástico, abriendo distraídamente un azucarillo para verterlo en la oscuridad de la taza de café —. Deberías dejar ese vicio. Es caro, apesta y te destroza por dentro.

— Los conversos sois los peores —sonrió ella, enseñándole a propósito sus dientes de un blanco nuclear.

— Eso es porque hemos visto lo equivocados que estábamos —tomó un sorbo del líquido negro, sintiendo cómo bajaba caliente por su garganta, dándole la fuerza que necesitaba para sostenerle la mirada en un desafío que ella no rehuyó.

— Si quieres mi opinión…

— No, no la quiero— le interrumpió.

— Has cambiado un vicio por otro.

***

Estás muy equivocada la sonrisa cínica de medio lado no conseguía disimular un ligero nerviosismo—. Lo que yo hago es controlar mis vicios, no dejar que ellos me controlen a mí.

Ella giró la cara en un gesto calculado de hastío y diversión, al tiempo que dejaba escapar el humo con rapidez de su boca.

¿Controlar tus vicios, has dicho? Si puedes controlarlos no son vicios, chaval.

Oooh, sí, claaro… gracias por tanta sabiduría, oh gran oráculo de la verdad.

Pero qué tonto eres…

Risas, humo, café. Marcas rojas de labios en el borde de una taza, un pitillo entre unos dedos largos y estilizados que de repente empiezan a temblar.

¿Te pasa algo?

No, nada responde ella, aunque su cara se ha vuelto pálida y su mirada se clava en un punto fijo del local—. Solo que acaba de entrar por esa puerta el peor de todos mis vicios.

***

Adam sorbió con cuidado para no quemarse, resistiéndose a volverse. Una figura rechoncha y vestida de blanco pasó a su lado portando una caja de cartón en dirección a la barra.

¿El peor de tus vicios son los croissants cubiertos de chocolate?

No, idiota. Detrás de tí, en la máquina de tabaco. Creo que no me ha visto. Ahora mismo no está mirando.

Adam se retorció para volver casi inmediatamente a su posición original.

Es grande.

Sí, lo es.

Pero mucho.

No te imaginas cuanto.

Y negro.

Como la noche.

Y lleva un collar un poco hortera.

Bueno, nadie es perfecto.

***

—Y usted, por supuesto, lo reconoció. Las manos a las que pertenecía la voz, suave, casi susurrante, se aferraron al respaldo de la silla de Adam. Él negó, agitado.

—No, no. Le juro que no podía saber… —No terminó la frase. Cuidado con la cabeza, le interrumpió la voz. Sintió un tirón violento hacia atrás en el respaldo de la silla. Las patas rechinaron contra el suelo, y por un breve instante Adam se sintió ingrávido, justo antes de chocar violentamente contra el suelo. Estando esposado, todo su peso cayó directamente sobre los brazos. Su sistema nervioso enloqueció. El dolor lo hizo gritar hasta desgañitarse, incapaz de saber hasta qué punto se había hecho daño.

—Bueno, ya me tienes hasta los cojones. Volvamos a empezar, ¿sí? —Adam no respondió. La misma voz cambiaba de actitud sin parar. Poli bueno, poli malo, poli loco. Gimió. Intentó respirar, pero a cada bocanada, el saco se le pegaba a los labios. Alguien le apoyó el borde de un objeto metálico contra el mentón.

—Si es broma, joder. Si yo te creo… Tú tranquilo. Ah, una cosita más de esa tarde. ¿Dirías que ella lo estaba esperando?

***

— Ya vale, John —pareció ordenarse a sí misma—. Apártale eso de la cara, intentemos ser razonables, ¿vale?

— ¿Desde cuándo estás al mando de esto? —se llevó aquel tacto frío de su barbilla y un golpe de acero hueco y madera astillada resonó en la habitación—. Mamahuevos de mierda, ¡si vuelves a hablarme así te juro por Dios que te abro la jodida cabeza!

— Inténtalo —se amenazó, haciéndose un silencio en el que Adam solo podía escuchar su propia respiración.

— ¡Joder! —gritó con otro eco metálico y el prisionero notó al instante cómo levantaban la silla, arrastrándola hacia delante hasta que su estómago topó con la larga arista de lo que supuso una mesa.

— Por favor…—balbuceó sin comprender lo que estaba pasando—. Por favor, deja que me vaya —rogó en cuanto le quitó el saco. Adam abrió los ojos entre nieblas de dolor azul, haciéndolos rápidamente a la luz que le rodeaba. Miró a su alrededor y un jadeo de sorpresa se atravesó en su garganta cuando se fijó en las dos siluetas que le observaban.

***

— Pero… ¿qué cojones?…

— Me estabas contando lo de la chica en la cafetería, ¿recuerdas? Te has quedado como desconectado unos segundos, y ahora parece que te acabaras de despertar. ¿Qué te sucede?

Adam se incorporó del diván en el que estaba recostado y miró a su alrededor con desconcierto. Aquello no podía estar pasándole a él.

— ¿Por qué me habéis puesto estas…—alzó las muñecas, sobre las que deberían estar cerradas las esposas; limpias—… ¿¿Qué mierda es todo esto, y quiénes sois vosotras, putas locas??

— ¿Vosotras? Adam, cálmate y mira hacia aquí un momento. Tranquilo, ¿vale? Y contéstame despacio, por favor, es importante.

Se esforzó por hacer caso a la voz y dirigir hacia ella su mirada, pero era difícil. El corazón estaba intentando hacer vida propia fuera de su pecho.

— Adam, ¿cuántas personas estás viendo ahora mismo?

***

Adam se pasó las manos por la cara. Nada. Ni puntos doloridos, ni sangre. La doctora Victoria, impecable como siempre con su traje chaqueta, lo miraba con las cejas ligeramente enarcadas. Los carnosos labios, pintados de carmesí, se distendían en una sonrisa tan perfecta y profesional como la de un maniquí.

Su boca. Desde el primer encuentro, le había resultado familiar. Ahora sabía por qué.

Paula estaba a su lado, fumando, como siempre. Sentada en el escritorio, con la mano izquierda agrandaba el roto que lucían sus viejos tejanos en un muslo.

¿Serían hermanas? El puente de la nariz, el mentón fuerte, casi masculino, los ojos grandes y redondos, eran muy similares. Si Paula se hiciera un planchado japonés, y se maquillase en suaves tonos ocre, serían de hecho prácticamente idénticas.

Adam sentía una desazón creciente. El sentimiento culminó en miedo cuando se dio cuenta que en la pequeña consulta no olía a tabaco.

***

Basta —rogó. Bajó la cabeza, negó de un lado a otro. —Esto no está funcionando —susurró, prácticamente para el cuello de su camisa. Miró directamente hacia las figuras y dijo muy lentamente la palabra “Colombia”. Todo se desdibujó.

Tan pronto como volvió en sí se arrancó los auriculares y los arrojó contra una esquina de la habitación. El teléfono prácticamente salió tras ellos. Adam se quedó sentado en la cama, sudoroso y agitado, con la mirada clavada en la pantalla luminosa del objeto. Allí, la aplicación latía en rojo con una carita triste. Un pequeño botón en forma de rótulo rezaba “Enviar progreso a tus contactos”

A la mierda —gruñó. Antes de bajar la dificultad desde “shock” a “rookie” y salir, el teléfono le recordó que Paula estaba a un 63 % de lograr abandonar el tabaco gracias a la “Ter-App-ia!” de la televisiva doctora Victoria. Él negó en silencio, se levantó y preparó una cafetera de dos litros, bien cargada de negro vicio.

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