Recuerdos

¿Soy el último? ¿¡Que llego cuántos meses tarde!? Ya… comprendo. Bueno, pero lo subo, ¿no? Vale, vale, dejad de mirarme así, ya voy…

Hola, hola, damas y caballeros, ¿me recuerdan? Sí, ya sé que llego un poco tarde, pero espero que sepan perdonarme (de verdad que lo siento mucho, mucho). Esta es mi propuesta para este ciclo de premisas en las que se incluían un búnker, una canica y una novia. Es un relato bastante, bastante larguillo, así que siéntense y disfrútenlo (si quieren) de varias sentadas: está numerado para su mayor comodidad. 

Así, sin más preámbulos: ¡Recuerdos!

RECUERDOS

1

Los filamentos de las bombillas se encienden perezosos, titilan unos segundos al flujo irregular de la electricidad y acaban por brillar.

La habitación que alumbran es pequeña, espartana. Un escritorio, una silla, una mesita y una cama contra paredes encaladas. Nada más.

Un cuerpo reposa en el colchón. El monitor de pulsaciones registra una subida y el bulto se remueve molesto bajo las sábanas; la luz le importuna, pero las ataduras de los tobillos, muñecas, pecho y frente no lo dejan escapar de la claridad. Le está prohibido todo movimiento, incluso incorporarse. Sus ojos entreabiertos solo pueden ver el techo y las bolsas de suero que cuelgan del gotero.

— Buenos días —saluda una voz masculina—, ¿cómo te encuentras hoy, Pedro? —suena jovial.

— Bien —duda unos instantes. Articula los sonidos con dificultad, habla muy despacio. Le supone un esfuerzo coordinar labios y lengua—. Mejor.

— Más relajado, ¿no?

— Sí, pero estoy… algo cansado.

— ¿Entonces no te apetece un poco de conversación?

El hombre se acerca y le observa. Es uno de los celadores que le atienden. El más joven, también el más agradable: le llama por su nombre. Lleva con él una bandeja plástica repleta de fármacos. La deja a un lado y dedica unos minutos a anotar los datos del monitor, revisa las vías y los catéteres y prepara las dosis de la mañana. Su pregunta queda flotando en el aire todo este tiempo. No la repite hasta que le coloca el termómetro.

— ¿No tienes ganas de hablar?

— No, no demasiadas…

— Vamos, te vendrá bien. Son solo unas preguntas que ha preparado el doctor Suárez —explica mientras le administra los medicamentos a través de la sonda—. ¿Qué dices?

— Está bien —contesta al fin.

Hace otro intento de levantarse cuando sus venas se inflaman al contacto con los químicos. Las correas crujen, tan tirantes que se clavan en la piel enrojecida.

— Procura no moverte —advierte el sanitario, testigo de la lucha —. Luego te pondré unos algodones y algo de crema. Esas maniatas son un asco.

— Gracias…

— Es mi trabajo. —Sonríe cordial y se retira. El cojín de la silla suspira bajo su peso unos momentos después—. Bueno, ¿te parece si empezamos ya?

— Adelante.

— Veamos… ¿Recuerdas tu estado civil?

El pitido electrónico de los aparatos silba varias veces antes de que el paciente responda.

— ¿Estado civil?

— Sí. Quiere decir si estás casado, separado… Viudo, quizás.

—  Recuerdo… —La palabra se le atranca en la garganta. Tose como queriendo arrancársela del paladar—. Sí, yo tuve… una novia. Hace mucho. Se llama Claudia. Creo que… nunca me dijo sus apellidos.

— ¿Querrías describirla?

— ¿Es parte del tratamiento? —inquiere como para sí. Está agotado.

— Claro —replica rápidamente. Se escucha el raspar de su bolígrafo sobre el papel.

— Era alta, muy alta; más que yo. Tenía el pelo castaño, largo y precioso, y los ojos azules… tan claros que parecían hielo. Muy guapa. Yo soy algo más viejo que ella. Dos años, puede que uno. Éramos unos críos. Hace años.

— ¿Y tienes algún recuerdo especial con ella?

— Fuimos al cine. Era una película tonta. Nos sentamos en la última fila y estuvimos metiéndonos mano. —La mueca de su sonrisa le tuerce el gesto—. Nos echó el acomodador porque un amigo se chivó. A él también le gustaba Antía.

— ¿Quién?

— Mi novia.

— ¿Cómo era?

— Era la chica más guapa del barrio. Crecimos juntos. Su piel era muy suave. Me gustaban sus abrazos, cálidos y fuertes… Me gustaban mucho.

— De ojos azules, ¿verdad?

— Sí… —Se detiene. Frunce el ceño—. No… no lo sé. — su voz se rompe en un sollozo sin lágrimas.

Las correas se quejan de nuevo.

— ¿Por qué no me acuerdo? —Sus manos se cierran en dos puños blancos, las pulsaciones se disparan—. An… tía… —Sus bronquios se bloquean y ya no puede decir nada más. Quiere arquear la espalda, llevarse las manos al pecho. Las cinchas muerden la carne; la cama chirría por el forcejeo.

El enfermero está a su lado en segundos.

— ¡Calma, calma! —exclama entre dientes al tiempo que le coloca una máscara que le cubre la nariz y la boca —. Respira, Pedro, relájate.

Los ojos del paciente le atraviesan desorbitados. El joven no le sostiene la mirada, pero no lo necesita para comprender la súplica.

Las constantes del hombre decrecen poco a poco, hasta que vuelve a respirar con normalidad.

— Ya pasó lo peor .—Asegura la mascarilla y seca el sudor frío de su frente—. En fin, creo que será mejor dejarte descansar. Le diré al doctor que has hecho el esfuerzo, ¿de acuerdo?

El paciente no habla, en su lugar emite un quejumbroso suspiro y cierra los párpados. Sus músculos se destensan, su cabeza se hunde en la almohada y se rinde.

— Está bien —asiente el sanitario—, regresaré para ponerte esos algodones.

Mueve los labios en un agradecimiento tan silencioso que pierde su significado, y escucha al enfermero moverse por la habitación. Éste no se da prisa, pero tampoco se detiene. Lo imagina a la perfección: cómo revisa los folios de notas y los golpea contra la mesa; cómo da la vuelta a la cama para revisar los aparatos una última vez; y cómo sale de la estancia sin volver a reparar en él. Está seguro de que ni siquiera él lo hace. La puerta se cierra con el sonido metálico de una guillotina, dejándolo solo.

El monótono pitido de la máquina le empuja al sueño poco después. Dormitando se pregunta a sí mismo cómo era el tacto del cabello de Claudia y a qué olía Antía. No lo consigue. Llora mientras sus miembros luchan con sus ligaduras.

El sanitario sale al otro lado de la puerta. Las paredes blancas dan paso a otras de cemento gris, y los fluorescentes a dos filas de focos enrejados. No repara en lo abrupto del cambio, alejándose a buen paso; casi corre. Las medicinas bailan en la bandeja que lleva bajo el brazo. Recorre varios pasillos, unos largos y estrechos, otros más anchos y espaciosos, pero todos tienen puertas. Frente a una de ellas se detiene, justo al final de un corredor. Llama, espera unos segundos y entra.

El cuarto no es mucho más grande que el del enfermo. Tres hombres lo ocupan: uno está de pie, cerca de la entrada, inspeccionando unos papeles con atención; los otros dos están sentados a una mesa, atentos a la imagen fija de un monitor y a los sonidos de un altavoz. En una esquina, un cenicero repleto de las colillas de sus cigarrillos y tazas medio vacías.

— Buenos días —dice. Su rostro ya no es el mismo.

— Buenos días —contesta el primero—. Ponga ahí el expediente, por favor —le señala el lugar con el dedo. No se molesta en levantar su nariz aguileña de los documentos.

— ¿Necesitan algo más?

— No. Ya puede irse, gracias.

— Buenos días, doctor. —Se despide y se gira. Estira la mano un metro antes de poder agarrar la manilla. Está ansioso por salir.

— Pablo. —Le detiene uno de los que estaban sentados.

— ¿Doctor?

— A partir de ahora, restrinja sus conversaciones con el paciente a un simple saludo.

— Sí, doctor Suárez.

Nadie dice nada más. El joven sale, cierra la puerta y echa a correr. Abre de un empujón la entrada a una letrina y se arrodilla delante de la taza. Como cada vez que está de turno, vomita.

2

Está despierto.

La oscuridad es casi total. La poca claridad que le llega se cuela desde el pasillo, late en los aparatos, si bien no le hace falta para ver. Conoce su mundo a la perfección, tanto que identifica las filtraciones de humedad como densos charcos negros. Empieza a numerarlos como distracción mientras piensa en las cuestiones que le han hecho; en las respuestas que ha dado. Cierra los ojos.

Las sombras del techo aparecen en sus pensamientos. Sigue con el recuento. Las manchas bailan más allá de su control, reptan, se retuercen, se estiran, se funden. Cuando intenta volver a contarlas está mirando una forma que reconoce: una mujer, el retrato desdibujado de una mujer joven. No le resulta familiar, pero sabe que la conoce. Quiere recordarla.

Una caricia. Cinco líneas que se deslizan por su pecho y, justo después, el tacto de una cabellera escapa entre sus dedos. De repente, las correas de las muñecas se le hunden en la carne, su tronco se comba bajo un dolor imposible. Las máquinas estallan con un pitido ensordecedor.

Pedro salta en su lecho. Abre los labios para gritar, pero tose arrancando flemas. Las barandas se resienten por la violencia de la convulsión. Todo él tiembla. Pese a tener los ojos abiertos de par en par, una niebla azul y negra le impide usarlos. El sabor salado de la sangre le llena la boca. No puede girar la cabeza, firmemente sujeta por una cinta, y estira el cuello para liberarla. No tiene éxito.

— ¿Claudia? —El nombre sale con rapidez, como un acto reflejo—. ¿Qué haces aquí? Háblame, Clau… —tartamudea tratando de rescatarlo.

Se traiciona a sí mismo al pronunciar otro que se le hace extraño.

— An… ¿Antía? —Se atraganta. Un nudo frío cae en su estómago y crece por su cuerpo—. ¡¡Antía!! —aúlla.

Pasan los minutos. Nadie le contesta ni acude a consolarle. Comprende que está solo, que ha sido una invención de su mente. Respira con cierta dificultad. La sequedad de su garganta le impide tragar, los pulmones le arden. Abre los puños, los dedos todavía están rígidos aferrando el aire. Un sollozo acompaña el descenso de los pulsos electrónicos.

Escucha pasos que se acercan deprisa. La puerta se abre con un crujido y golpea en la pared. Encienden la luz sobre él: su brillo es analgésico; una súbita ola de sopor barre su sufrimiento, sustituido por una sensación de cálida ingravidez. Aterrado y aliviado a un tiempo, descubre que no siente la presión de sus ataduras.

— Atienda a los monitores y dígame si hay alguna variación por mínima que sea. —Identifica la voz del doctor Suárez al instante. La ha oído incontables veces, pero no recuerda ninguna inflexión en ella. Es decidida, cortante. Mecánica—. Tenga lista la dosis de inmunodepresores, también se la administraremos durante la sesión.

El rostro del médico aparece en su horizonte. Su mirada es una mezcla de curiosidad y sorpresa. No se dirige a él: no hay nada que quiera preguntarle. Coge una linterna del bolsillo de su bata para examinar sus pupilas. Satisfecho, se cerciora de la colocación de las maniatas y se decide a hablar.

— ¿Cómo se encuentra, Pedro? —La pregunta es insustancial. No forma parte del proceso. No es relevante.

— No… no lo sé. —Se obliga a responder.

— Parece que ha tenido un episodio de convulsiones febriles. Es muy común en casos como el suyo. —Le observa de arriba abajo. Contempla un desafío, no un ser humano—. Cambiaremos los antibióticos, no quiero arriesgarme a una infección. Su estado evoluciona favorablemente, pero todavía es algo delicado. ¿Entiende lo que le digo?

— Sí.

— ¿Tiene alguna molestia? No importa lo pequeña que pueda parecer, podría ser importante.

Sus ojos se cruzan. Durante unos segundos permanecen callados. El médico no se molesta en disimular su frialdad; el paciente contiene un jadeo al ver la rigidez de su cara reflejada en el negro de sus pupilas.

— Estoy bien —miente.

— Fantástico. —Sonríe. Es consciente de que le ha mentido—. Ya que está despierto, ¿está en disposición de empezar con el programa de hoy? Así le dejaríamos en paz el resto del día.

— Sí… —replica. Tampoco tiene más opciones.

— ¿Le ha puesto ya el tratamiento?

— No, doctor.

El que habla es otro de los enfermeros, el primero que le atendió cuando se despertó de la anestesia. Nunca ha podido verle con claridad. Se mantiene alejado usando la frontera de la cama, como si jugase con él a una versión cruel de las agachadas; como si, en realidad, le acechase. Su presencia le repugna.

— Hágalo y vaya a por los artículos de higiene. Lávelo cuando acabemos.

— Por supuesto.

— El ejercicio de hoy será muy sencillo. —Retorna al paciente—, pero esperaré a que esté preparado. Necesitamos que esté concentrado.

— Estoy listo.

— Descríbame la disposición de su casa. —El tono es más propio de una orden, pero no parece darse cuenta—, la última en la que haya vivido.

— Es… es un apartamento. Tiene un recibidor: a la izquierda está la cocina, de frente, el pasillo. Hay un baño y dos habitaciones a mano… izquierda; la última es la mía. Y el salón está a la derecha.

— ¿Recuerda qué planta es?

— Se… segunda.

— ¿Y la letra? —No le da tiempo a pensar. Ni siquiera toma notas.

— No tiene letra. Es segundo derecha.

— Bien. Ahora quiero que cierre los ojos y piense que está en el pasillo. Dígame, ¿hacia dónde tuerce para entrar en el salón?

— A… a la izquierda.

Setenta. Las ondas restallan en el monitor.

— ¿Y su cuarto?

Ochenta. Sus sentidos parecen envueltos en una tela muy gruesa.

— Mi cuarto… —Siente cómo su lengua comienza a hincharse, asfixiándolo, pero necesita contestar—. Mi cuarto… está frente al recibidor.

Ochenta y cinco.

— ¿Está seguro?

Noventa.

— Sí…

La afirmación impacta en Suárez con una presencia casi física y desata una nueva emergencia. Ciento veinte. La ignora: el coro de chillidos galvánicos, los chasquidos de los muelles, los estertores del hombre que tiene ante él. Ciento treinta. No le importan. Tiene lo que quería, aunque no le guste.

— Doctor… —jadea frenético—. ¿Qué… qué me… está pa…sando?

Ciento cuarenta.

— Tiene que tranquilizarse y parar de luchar, Pedro. —Su tono es amable—. Está sometiendo su organismo a niveles de tensión que no necesita. —Le observa con gesto expectante—. Lo que siente es normal. Es un síntoma que remitirá más temprano que tarde.

Ciento cincuenta pulsaciones.

— ¡¡Ayúdeme!! —grita con todas sus fuerzas, desgarrando su faringe ya herida—. ¡N…no puedo…! —Su barbilla se eleva en la almohada como un mástil, sus miembros intentan contraerse, su boca se abre en un alarido mudo.

— Depende de usted —dice sin acercase—. La operación a la que le hemos sometido es muy delicada y puede haber afectado algún nervio. —No piensa asistirle—. Lo importante es que, por extraños que pudieren ser, no luche contra sus impulsos.

Trasciende la postración.

Aprieta los dientes para mitigar el dolor hasta que las encías empiezan a sangrar. Ciento sesenta. Las preguntas se suceden en su cabeza; destellos, punzadas de fuego blanco que le taladran el cráneo. Desconoce la respuesta de muchas, otras no las entiende o no le importan. Tose para eliminar el exceso de saliva que no puede tragar; espumarajos carmesíes escapan por las comisuras de sus labios. La ayuda que necesita no llega. Ciento sesenta y cinco. ¿Quién es Antía y por qué la conoce? ¿De quién es la casa en la que caminaba, dónde está? ¿En qué mano se enredó aquella cabellera? Ciento setenta. Busca a Suárez, gira la cabeza hacia él y brama, pero el médico no se mueve. Se derrumba al borde del paro cardíaco: la piel de sus sienes se abomba por el flujo sanguíneo, el cerebro descarga más y más adrenalina, las arterias se expanden, los músculos se agarrotan y los bordes del cinturón que ciñen su pecho le arañan las axilas.

Lo siente.

Ciento sesenta.

El pijama pegado a la piel. Las sábanas empapadas de sudor frío. El prurito de sus muñecas.

Ciento cincuenta. Ciento treinta.

Aspira una larga, profunda bocanada. El aire sisea entre sus dientes y al escozor de la carne magullada se une una sensación cálida en la entrepierna: en algún momento perdió el control de sus esfínteres.

Ciento diez. Noventa.

— Eso es… —el susurro del médico suena próximo—, eso es… —Repite satisfecho. El enfermo lo ve por el rabillo del ojo estudiando las señales del monitor.

El hombre acaba de anotar las cifras y desactiva las alarmas acústicas. La estancia queda en completo silencio. Mira sobre su hombro a una esquina lejana que su paciente no puede alcanzar. Se gira de nuevo y se inclina para acercase a él; esboza una sonrisa.

— Los brotes convulsivos son fruto de su propia tensión, Pedro. —Le habla en voz baja, casi murmulla—.  Recuerde: relájese y comuníqueme cualquier cambio o sensación inexplicable que experimente, ¿de acuerdo? —Se incorpora con la misma expresión complacida.

Reconecta los aparatos: setenta pulsaciones.

— Volveré más tarde, no se preocupe. Procure descansar. —Dos pasos atrás le bastan para desaparecer. Se encamina hacia la salida.

Se despiden sin palabras.

Una escena ya vieja se repite entonces en la imaginación del paciente, solo cambia su protagonista. La sonrisa de triunfo de Suárez persiste en su memoria; se le hace fácil seguirla por la habitación e incluso por un corredor que no sabe si ha visto. Finalmente, la puerta se cierra tras su rastro, tragándoselo.

Está encerrado una vez más, pero todo es diferente. Ahora no le importa. El aislamiento o la soledad le dan igual porque, después de tanto, se tiene a sí mismo. Disfruta de un espacio que había concebido como una tortura, como un vacío. Agradece la ausencia.

Se dedica a sentir. Siente. Siente el vello de su pecho aplastándose contra la camisa al hincharse sus pulmones; el frío de los hierros de la camilla rozando sus brazos; el dolor sordo de las vías perforando sus venas.

Después de tanto, sonríe.

— ¿Cuánto tiempo? —La pregunta surge de repente de sus labios; revienta en sus oídos. Su propia voz le parece ajena —. ¿Cuánto… cuánto tiempo? —Parpadea aturdido sin perder la sonrisa—. Llevo aquí…

Una lágrima resbala por su mejilla, esquiva los cabellos, roza la oreja. Un escalofrío sacude su cuerpo.

— Lo siento…—Una risotada apagada trepa por su pecho.

— Doctor —el timbre apático del enfermero la aplasta antes de que pueda salir—, ¿ha terminado?

Lo supone debajo del marco de la puerta, mirando hacia el camastro con gesto obtuso. Una mancha gris inidentificada; un borrón con un uniforme blanco que alza la cabeza, dándose cuenta de lo estúpido de sus preguntas.

De que están solos.

Silencio.

Las pocas palabras que ha tenido con la sombra de Suárez son de por sí un derroche. Oye cómo se arrastra hacia él. Siempre en silencio. El asco que le provoca es aún más grande que de costumbre. Le sobresalta el tañido de un objeto metálico golpeando la mesilla; algo grande pero no muy pesado: la palangana con los enseres de baño. El hombre está a su alrededor, reptando sobre su vientre, siseando como un gigantesco ofidio. Intenta mirarle directamente, capturarle. Encuentra una mano muy blanca que se yergue por encima sus ojos, manipulando los catéteres; la otra la sigue, empujando el émbolo de una jeringuilla.

El sedante es potente, rápido. Se extiende por su ser borrando todo lo que ha ganado: las correas vuelven a existir solo en sus oídos. Sin embargo, conserva la suficiente sensibilidad para notar el alivio de sus tendones al liberarse de sus ataduras; también el lento deslizar de los pantalones al descubrir sus piernas.

Le sorprende la caricia de la esponja.

— Mateo… —musita sin saber lo que dice—. Te llamas Mateo…

— No nos está permitido hablar con los pacientes.

— Pero… sí manosearlos. —Tose una risa. La esponja se detiene en sus ingles—. Maricón de mierda…

Suárez camina por las instalaciones con zancadas firmes, acompasadas. Está ya lejos del cuarto del enfermo cuando se para en seco. Sus dedos sacan un cigarrillo y un mechero del bolsillo de su camisa. Pone el pitillo en los labios, acerca la llama con lentitud y aspira el humo: es su victoria. Reemprende la marcha. La cabeza del cigarro aún brilla  cuando llega al final de la galería y abre la puerta de la habitación.

— ¡Maldito bastardo, hijo de puta! —Le asalta la nariz aguileña tan pronto atraviesa el umbral—. ¿¡Qué cojones te pasa, es que te has vuelto loco!?

— Tranquilízate, Lucas. —Da una larga calada. Transmite indolencia—. ¿Tienes a mano las pastillas de nitroglicerina? —sopla una nube de hedor gris azulado a la cara de su colega—. Te va a dar algo si no te cuidas un poco.

— ¡Vete a la mierda! —Coge un montón de papeles de la mesa que tiene a su lado y los estampa contra el pecho del médico, obligándole a sostenerlos—. ¡Podía haber muerto, Marcos —le hunde el dedo en el estómago—, podíamos haber perdido meses de investigación!

— Venga, Soto, sabes que teníamos que hacer algo. —Se acerca al escritorio para desembarazarse de los informes arrugados—. Los sedantes estaban empezando a fallarnos y sabemos por experiencia que los ansiolíticos no resultan. Había que hacerle pasar por una crisis, y cuanto antes mejor. —Se burla de él—. Podía haber muerto, pero no lo ha hecho. Está vivo, Soto. —Se burla de todos—. Vi-vo. Fresco como una lechuga.

— ¿¡No te das cuenta de que casi le explota el corazón!? —Los aspavientos que hace arremolinan el humo del cigarrillo—. ¿¡Quién te has creído que eres¡? ¡No te consiento que pongas en peligro mi investigación con tus putas bravuconerías!

— ¿Qué quién soy? —Su actitud cambia al momento—. No eres el único que está comprometido con este proyecto, Lucas. —Se acerca a él. Le amenaza con su voz, con sus ojos—. Tampoco te olvides de quién es el director de este complejo. —Con su postura—. No eres tú el que pone los límites de lo que puede o no consentir. Si tienes algo que reportar, ve y preséntate al coronel Nágera.

— Callaos —interrumpe el tercero—, los dos. —No les presta atención; su discusión no es lo que le incumbe—. Venid —les indica sin apartar los ojos del monitor—, escuchad esto.

Desenchufa los auriculares del transistor y manipula una ruedecilla. El rumor de una conversación sube de volumen: las palabras del enfermo son débiles, pero audibles; también oyen los bisbiseos del que lo acompaña.

— Silencio —ordena el sanitario desde el altavoz.

Los doctores responden al mandato, hipnotizados. Se apiñan frente a la pantalla como polillas alrededor de una lámpara.

— Maricón… de mierda —suspira—. Eres un… maricón de… mierda. —Tose con aspereza al intentar reír.

— ¿Qué estamos viendo, Juan? —pregunta Suárez.

El enfermero está de espaldas a la cámara, interponiéndose; no pueden distinguir lo que está haciendo. El paciente está echado sobre un costado, tampoco pueden estudiar su rostro.

— ¡Que te calles! —exclama entre dientes. Sacude bruscamente un brazo y se inclina para hablarle al oído—. Calla o te juro por Dios que mañana mearás por un tubo.

— Deja… Dej…—balbucea—. No me… to… toques —el desprecio de su voz es auténtico.

— ¡Como quieras! Entonces revuélcate en tu propia mierda — sentencia, hastiado.

— Parece que es consciente de sí mismo, de su propia anatomía —contesta con tono ausente. Sus ojos devoran los movimientos ansiosos del sanitario—. Además, ha llamado a Mateo por su nombre.

— Entonces mis teorías son ciertas… —asiente Soto.

— Sí. Enhorabuena, compañero

Ven al enfermero medir su desaire: deposita cuidadosamente la esponja en la palangana, recoloca al paciente con suavidad, lo viste, le coloca las contenciones y sale del plano como si nada pasase. Tras él, el enfermo arranca carcajadas de flema.

— ¿Crees que es eso lo que provocaba las convulsiones?

— ¿Tensión psicológica?

— Pudiera ser. ¿No es el miedo una circunstancia emocional que repercute en la condición física?

— No quiero hacer un diagnóstico con los pocos datos que tenemos… Me gustaría hacerle unas pruebas mañana…

— Lo apruebo.

— Sea como fuere, es significativo que pase esto justo cuando acaba de sobreponerse a una crisis aguda…

Llaman a la puerta. Los tres se levantan.

— Apágalo todo —murmura Suárez—, quiero ver qué dice. ¡Adelante! —grita en cuanto se han dispersado.

— Buenos días —saluda el sanitario. Todavía porta los útiles de baño.

— Buenos días, Mateo. ¿Ocurre algo?

— El… —titubea. Le preocupa que lo hayan descubierto, que lo sepan—. El paciente se niega a que se le asista en el baño, doctor.

— ¿Cómo es eso? —Se hace a un lado deliberadamente. Quiere que vea el televisor apagado.

— Alega que no quiere que se le limpie… —suspira para sus adentros al verse reflejado en el fondo negro del cristal—. Desconozco el motivo.

— Bueno, eso no supone un problema. —Le sonríe—. Informe a alguno de sus compañeros para que se ocupe de ello.

— Sí, doctor —asiente. Abre la puerta—. Buenos días.

— Mateo.

— ¿Sí, doctor?

El médico posa una mano en el monitor.

— Buen trabajo. Siga así.

—Gra… gracias. —Se sonroja, baja la mirada y sale con deliberada lentitud.

Esboza una sonrisa: cree que no los vigilaban; cree que no lo saben. Que está a salvo. No tiene más que representar su papel hasta que todo termine. Camina calmado; la palangana abrazada contra su pecho como un relicario. Se asegura de que nadie le sigue antes de entrar en el baño. Golpea el pestillo. Posa la palangana en el inodoro y la observa con adoración. Se baja los pantalones y los calzones: es una ceremonia lenta, ávida. Respira entrecortadamente. Las yemas de sus dedos juguetean con la humedad de la esponja; la coge, se la lleva a la cara. Huele el sudor, las heces y la frota con fruición contra sus testículos y su pene. Como cada vez que está de turno, se masturba.

3

¿Cuánto tiempo?

Se mueve para cambiar de posición.

¿Tres días?

Tarda unos minutos en percatarse de que puede desplazarse con libertad. Abre los ojos y salta en la cama. Grita aterrado. Se saca las sábanas de encima como si le quemasen la piel. No entiende qué ha pasado. Da una vuelta sobre sí mismo, pierde el equilibrio, cae de rodillas. Se lleva las manos al pecho buscando oxígeno. Traga un nudo de saliva e intenta centrarse.

¿Una semana?

No sabe dónde está. Se ha levantado en el jergón inferior de una litera. Ve otra justo enfrente y una mesilla pegada a la pared, encajada entre ambas; la luz proviene de un portalámparas en la pared libre. Un dormitorio comunal. Ignora lo que ha sido de sus ligaduras, de su camilla o del pitido de los aparatos. Tampoco le importa.

¿Dos?

Entierra los dedos en sus cabellos, tirando de ellos. Se mira las manos y rompe a reír. Es una risa nerviosa, muerta. Se pone en pie, agarrándose a uno de los somieres. Alza la vista, ve la puerta: está a un solo paso. Lo da. Cierra el puño en torno a la manilla, siente el frío del metal en la palma y empuja hacia abajo.

¿Un mes?

La puerta da a un pasillo desnudo. Ya sabe dónde está. Se asoma con cuidado, pero no ve a nadie. Está solo. Respira, mira a uno y otro lado; decide torcer a la derecha. Deja atrás varias puertas. Vaga sin rumbo. El pasadizo que ha elegido termina en una puerta de doble hoja.

No puede saberlo.

Las empuja. Penetra en la antesala de un quirófano. Una puerta con un ojo de buey lo separa de la sala de operaciones. Un grupo de hombres está dentro; hay una persona acostada en la camilla. El tacto de la bandeja del instrumental le recuerda qué hace ahí.

Su habitación no tiene ventanas o están demasiado lejos.

Se sube la mascarilla y entra sin más. Hay médicos, enfermeros y auxiliares por todas partes. Las máquinas zumban; el calor es sofocante. Se trata de una intervención importante. Suárez está ahí. También las manos extremadamente blancas.

No puede contar los días.

Deja la bandeja al alcance de los cirujanos. Toma otra. La sangre de los escalpelos es la más roja que ha visto nunca. La curiosidad le impele a echar una ojeada al rostro del paciente.

Tampoco habría podido por mucho que quisiese.

Antes de fijarse en sus ojos, pierde el conocimiento.

El sueño termina con el estruendo de la puerta al cerrarse. Se despierta ahogando un berrido. La lona rechina, reteniéndolo. El monitor le flagela. Dos pares de pasos se acercan.

Está en casa.

— Buenos días, señor Arriaza.

Le saluda un rostro enjuto, seco. Los huesos de la mandíbula surgen en ella como cordilleras que tensan la piel. De ojos pequeños, saltones y hundidos, pero juntos como los de un roedor. Una nariz aguileña sale disparada del centro de su fealdad.

Acaba de verlo sudando debajo de los focos.

— Bu… buenos días. —Tiene la boca seca. El sabor es de hierro, de arena.

— ¿Se acuerda de mí? —Su sonrisa es aún más terrible que la de Suárez.

— No… Lo siento.

— Soy el doctor Soto, Lucas Soto. —Es hambrienta, avariciosa—. Formo parte del equipo médico que llevó a cabo su operación.

— Lo… lo lamento…

— Bueno, no pasa nada… —Sus dedos son largos y finos—. ¿Ha dormido bien? —Garras manejándose como manos.

— N… no.

— Vaya… —Su mirada le atraviesa el cráneo; se entierra en sus ojos como si fuesen trasparentes—. Puede que haya desarrollado resistencia o tolerancia a los calmantes. —Le analiza—.  Es muy común, pero tiene fácil solución.

Corta su cuerpo en pedazos diminutos y vuelve a unirlos mientras hablan, como si no pudiese apartar un centímetro de piel de su escrutinio.

— Le subiremos la dosis para ayudarle a descansar y…

— No es el dolor… —Se obliga a replicar—. He tenido… he tenido pesadillas. Eso es todo. —Cierra los ojos para esconderse en sí mismo.

— Pesadillas… —asiente. Finge que le escucha. Le persigue—. ¿Qué clase de pesadillas?

Lo sabe.

Durante unos segundos piensa que lo sabe; sabe que le recuerda inclinado sobre la mesa de operaciones. Teme no poder ocultárselo. Quiere olvidar que lo ha visto, pero ahí está. Es él. Aún lleva las mismas gafas y las lentes de varios aumentos basculando en su tremenda nariz; la estampa de una criatura ridícula, horrenda. Una broma guiando el recorrido del escalpelo a lo largo de la carne.

— Pesadillas… —La respuesta es tajante; el tono, también. No dirá más.

— Como desee, señor Arriaza. —Sonríe cortés. No le importa perder una batalla que no le interesa librar—. Su intimidad le pertenece solo a usted, pierda cuidado. Pero si no le apetece hablarme de sus sueños, deje que le explique entonces el porqué de mi visita.

Desaparece. Su voz se mueve por la estancia. Domina el espacio como si visitase la habitación todos los días. Quizá lo haga.

— Recientemente ha empezado a trabajar con el doctor Suárez, y lo cierto es que ha hecho usted grandes progresos gracias a sus pruebas.

— Los cuestionarios…

— Así es. —Escucha el abrir y cerrar de los cajones en el escritorio—. Yo estoy poco interesado en el campo de estudio de mi colega. Nuestras especialidades tienen ciertos puntos en común, sin duda, pero no tienen mucho que ver. —Arrastra la silla; las patas de acero arañan el suelo.El ruido es insoportable—. No obstante, creo que su metodología en este caso podría serme útil.

Regresa a su lado. Le coge la mano derecha y, con lo que parece una aguja, le pincha ligeramente en la yema del pulgar.

— ¿Lo nota?

— Sí…

— Estupendo. —Alza la cabeza, observándole por debajo de las gafas. Sus pupilas oscilan rápidamente como si buscasen el enfoque adecuado—. Mi cometido es valorar el estado de su sistema nervioso y, de haber daños, sanarlo…—Se detiene.

Siente cómo rastrea su anatomía una vez más.

— Así que — le olisquea como un sabueso que no sabe lo que busca—, si colabora conmigo, me gustaría proponerle un ejercicio que me ayudaría mucho en mi diagnóstico.

— De… De acuerdo —musita. La barrera de sus pestañas no le sirve de nada. No puede escapar.

— No sabe cuánto agradezco su disposición. —Ríe con una risa carente de toda alegría—. Deme un minuto para prepararlo —se aleja, pero le sigue hablando—. He traído unas figuras geométricas para el ejercicio… Bueno, bloques de construcción y juguetes, en realidad. —Suena el repiqueteo de varios objetos pequeños contra paredes de cartón—. Bien, el ejercicio es muy sencillo: cogeré una de estas figuras y se la pondré en la mano; después le daré tres opciones y usted tendrá treinta segundos para palpar la forma y escoger la respuesta que crea correcta.

— Lo comprendo.

— ¿Tiene alguna duda?

— Creo que no…

— Perfecto. —Vuelve a pinchar al paciente, esta vez, en la palma de la mano. El dolor agudo le obliga a cerrarla en un acto reflejo—. Sigue notándolo, ¿verdad?

— Sí, sí…

— Bien, comencemos… Esta es la primera.

Las uñas del médico rascan su palma y el objeto cae con suavidad. No es pesado, pero sus músculos están muy débiles: no habría podido sostenerlo de no estar apoyado en la cama. El tacto es frío, liso, duro. No es madera. Hierro, cristal tal vez. La forma es alargada; tiene aristas que lo recorren longitudinalmente, pero hasta las esquinas han sido redondeadas.

— Dígame: pirámide, cubo o esfera.

— Pirámide —dice al instante.

— De acuerdo…— Retira el objeto, coloca otro en su lugar. Es más ligero que el anterior. Pequeño, sin aristas ni esquinas—. Cubo, esfera o prisma.

— Pri… prisma. —Abre los ojos, sorprendido. No es lo que pretendía decir.

— No dude, señor Arriaza, conteste sin miedo. —Le anima mientras le da otra figura: es alargada, tiene una punta en un extremo; la base es cuadrada—. Esfera, prisma o cilindro.

Es imposible.

— No… no lo sé. —Las manos le tiemblan. El pecho se hincha—. N… no sé lo que…

— Concéntrese, señor Arriaza. —Su voz es hueca—. Esfera, prisma o cilindro —despótica.

— Cilin…dro —dice en contra de su voluntad.

— Muy bien. Una más…

— Se… me entumecen los dedos… —Las pulsaciones suben. Su cuerpo se agita.

— Seguramente sea culpa de las maniatas… —responde condescendiente. Obvia las señales, le da otro objeto—. No se pierda, ya casi hemos acabado. Prisma, cilindro o pirámide.

Cierra la mano con fuerza. La piel se pliega alrededor de unas líneas que ya ha palpado. Un pico le lastima el centro de la palma. Sabe lo que es.

— Pirámide… —Casi exclama—. Sí, estoy seguro…

— ¿Conoce las formas que corresponden a las figuras que le nombro?

— Sí… —Las contenciones le muerden. Apenas las percibe—. ¿No era… una pirámide?

— No… —contesta, abstraído—. Probemos con otra cosa. Ahora le enseñaré la figura, ¿de acuerdo? Después se la pondré en la mano y repetiremos la prueba. Haremos una pequeña trampa.

— Está bien…

— Esto servirá…

Soto le presenta una simple bola de vidrio: una canica normal y corriente. No tiene muescas ni estrías, es perfectamente esférica. El médico la sostiene frente a sus ojos unos cuantos segundos, dándole vueltas como si de un tesoro magnífico se tratase.

— ¿Listo? —Su tono es extraño, expectante.

— Sí…

La canica escapa de su vista, roza su piel y cae en la cuenca de su mano. Toma aire. Cierra el puño. La acaricia.

Aristas. Picos. Planos.

El paciente aúlla de dolor. Da un respingo contenido por las tiras de lona. Se queda rígido; descargas eléctricas bajan por su columna vertebral, sacudiéndolo al ritmo que marca el monitor de pulsos. Sus pulmones resuellan congestionados; tose espumarajos de saliva y mucosidad, pero no es suficiente. Se asfixia.

— Tranquilícese. —Soto se eleva sobre él. Levanta una mano; está frenando a alguien—. Recuerde lo que le dijo Suárez —le habla tranquilo. Sus palabras le llegan por encima de los chillidos y las sacudidas—: No luche. Sus percepciones forman parte del proceso de curación. Tiene que tranquilizarse, aceptarlos e interiorizarlos.

— ¡N… no pu… puede ser! —vocifera—. ¡¡N… N… NO!! —Su garganta estalla. Las cintas de sus muñecas perforan la carne. La piel enrojecida se abre por fin. Sangra.

— Inténtelo, señor Arriaza —Se impacienta—. ¡Tiene que intentarlo!

—¡¡No es… un cu… cubo!! —ruge sin oírle. Lo ha perdido.

—¡Trae el sedante! —Carga todo su peso en el torso arqueado del enfermo. Se rinde—. ¡Rápido! —ordena al tiempo que abre la espita del oxígeno.

— ¡Sí, doctor! —habla por fin el segundo par de pasos. Reconoce la voz.

— ¡¡A… ayúdame!! —Le suplica sin saber si es él.

— ¡Se suponía que habíamos superado esta fase! —grita el médico hacia la esquina que no puede ver. Se estremece bajo sus brazos—. ¡Se suponía que esto no iba a volver a pasar! —Vuelve a gritar, sosteniéndole la mascarilla.

— Y tiene razón —asiente de Castro—. Lo peor es que tiene razón, Marcos.

— Ya lo sé, Juan —responde con un gruñido—, ya lo sé. Yo también tengo ojos, ¿sabes? —suspira cansado.

Se pasa los dedos compulsivamente por la cabellera, buscando tranquilizarse. No lo consigue.

— Maldito Soto… Seguro que ya está pensando en presentarse a Nágera para arrebatarme el puesto.

— ¿Es eso lo que te preocupa ahora mismo?

— ¿Qué si no? —Enciende un cigarrillo. Expulsa el humo contra el monitor, como si así pudiese borrar lo que ve—. Ha querido dirigir este centro desde que llegó.

— No creo que entre en sus planes —dice, sarcástico.

— ¿A qué te refieres?

— Los estudios de Soto y tus métodos: vuestros errores, amigo mío. —Sonríe—. No se dejará en ridículo explicando por qué habéis matado a otro sujeto.—Le observa. Sus pupilas le devoran de una sola pasada—. No, eso te va a tocar a ti.

— ¿Te vas a unir a él, Juan? —Le devuelve la mirada—. ¡¿Se trata de eso, puto traidor de mierda!?

— No seas estúpido, Marcos… —Se pega al monitor; le sube el volumen al transistor—. A veces parece que soy el único al que le importa esta investigación y nuestros pacientes.

— ¡Que se muera! —Aplasta el cigarro al lado de la mano de su colega. Éste no se inmuta, pero el mensaje es claro—. Al Infierno con él, Juan. —Esboza una sonrisa lobuna—. Y contigo también, y con Soto…

Se acerca a la mesa central, aparta una silla y se derrumba en ella.

— Nos sobran los sujetos de prueba. Tenemos un campo lleno de ellos aquí arriba…

— No se trata de eso, se trata de… —Le corta—.  ¿¡Qué está pasando ahí!? —inquiere, inclinándose en la silla.

— ¿Qué pasa? —Gira la cabeza y se fija en la pantalla: la garganta de Lucas se abre, derramando su sangre sobre el paciente—. ¡Me cago en la puta!

El médico se levanta con tal brusquedad que tira la silla. Se abalanza hacia el teléfono y descuelga el micrófono. El disco numérico da tres rápidos giros y alguien descuelga al otro lado de la línea.

— ¡Soy el doctor Marcos Suárez desde el puesto médico! —Se atraganta con su saliva, pero sigue hablando—. ¡¡La habitación… del paciente… un intruso!!

— Parece que ya no tendrás que preocuparte por Soto, amigo mío —No ha desviado la vista del televisor en ningún momento—. Ese individuo ha hecho el trabajo sucio por ti.

— Eres despreciable, Juan…

— ¡Eso es —se echa a reír—, ensaya para la entrevista con el coronel!

— ¡Dese prisa con el sedante, maldita sea! —bufa por el esfuerzo. Su fuerza no es suficiente para contener los espasmos del enfermo—. ¡Rápido!

Sus huesos chascan como ramas secas cada vez que se despega del colchón. El oxígeno le quema el pecho como un incendio químico; Soto sostiene la mascarilla con tanto ahínco que le lastima la comisura de los labios.

— ¡No encuentro el sedante, doctor! —La escucha de nuevo.

Es él. Tiene que serlo.

— ¿¡Qué!?

— ¡S… Si…! —Quiere hablarle, pero las convulsiones son toscas, violentas. Si lo intentase acabaría por cortarse la lengua de un mordisco.

— ¡No lo encuentro!

— ¡Traiga aquí la bandeja, estúpido!

Lo ve. No sabe por qué está vestido con el uniforme de los sanitarios. No sabe por qué no ha entrado como una visita más.

— ¡Evipán, imbécil! —El médico está demasiado ocupado para darse cuenta—. ¡¡Vamos, pínchele ya!!

— ¡Sí, doctor! —Aún tarda unos segundos en saber lo que debe hacer con la jeringuilla y la ampolla.

—  ¡Si… m… ón!

— ¡Deje de perder el tiempo, pedazo de inútil! —exclama. Está completamente fuera de sí—. ¡Intramuscular!

— ¡Sí!

Empuña la jeringa como un puñal. Le clava la aguja en la espalda y empuja el émbolo con una mueca de odio. El médico grita al sentir el pinchazo; un puñetazo en la nuca le hace caer hacia adelante antes de que pueda reaccionar. Se golpea en la frente con una de las barandas, una brecha aparece en su ceja derecha.

— ¡¡So… socorro!! —chilla desde el suelo, intentando incorporarse.

La cabeza le da vueltas por el impacto.

— ¡So…co…! — La anestesia se extiende por sus miembros como un telón de estupor.

Tiene miedo.

El falso sanitario le tapa la boca con una mano, echándole la cabeza hacia atrás para sujetarlo y mantenerlo arrodillado. Mira a su alrededor buscando un arma: la pluma del galeno reposa en la mesa. La agarra con la mano libre y le apuñala en el cuello con ella. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces. La carga de tinta se rompe y de las heridas de Soto mana una mezcla de color rojo y negro.

Contraído, el enfermo siente la calidez de la sangre de otro. El líquido le salpica en la cara, en el pecho, en los brazos. Se expande; su espalda se comba trazando un arco perfecto sobre la línea de la cama. Siente cada gota. El tacto tibio y grimoso en su piel. Las ligaduras, el pijama, su respiración; regresan poco a poco. Mira a un lado y ve los agujeros desgarrados en la garganta del médico.

Sonríe.

— ¡Pedro! Pedro, soy Simón… ¡Pedro!

Las manos que lo soportan se retiran. El cuerpo sin vida de Soto se derrumba con un ruido apagado, como un saco de arroz arrojado contra el suelo.

— Pedro, soy Simón… ¡Pedro!

Ve a un hombre joven; puede que de su misma edad. Tiene una mirada profunda, preocupada, ya vieja. Su figura evidencia que ha sufrido privaciones de todo tipo: bolsas de púrpura intenso cuelgan bajo sus ojos y, aunque sus hombros son anchos y robustos, hace mucho que no come correctamente.

— Por el amor de Dios, Pedro, dime algo…

Lo conoce.

— Simón… —susurra. El dolor no remite—. ¿Qué… haces aquí?

— Dios mío… —Su sonrisa es triste, pero la rigidez de su cara se relaja—. Joder, Pedro…

— Ti… tienes que irte…

— Espera, no sigas hablando.

El intruso le deja solo. Un estruendo de plástico, metal y vidrio roto sepulta todo sonido. Vuelve; el triunfo y la urgencia se aprecian en sus gestos.

— Nos vamos. —Forcejea con los cierres de las correas mientras lanza miradas furtivas a la puerta—. Estos cerdos tenían una cámara vigilándote. Tenemos que salir de aquí cagando hostias.

— N… no. —Una sacudida de fuego crece en su pecho. Las pulsaciones se disparan—. ¡¡Sssi…Di…Diooos!!

— ¡Aguanta!

La cincha de la muñeca derecha pierde tirantez y cae. El aire roza su carne magullada. No es suficiente. Se lleva la mano a la frente, retira hacia atrás la que le bloqueaba la cabeza. Estira el cuello, vomita bilis y ácidos gástricos. De repente una aguja le destroza el brazo; el contenido de la jeringa lo reconstruye. Un largo suspiro de alivio escapa de su interior.

— Ya está, tirarás con esto hasta que te vea un médico de verdad…

— No… puedo irme, Simón —protesta con un hilo de voz.

— Te he buscado desde que te cogieron en el cementerio. —Sigue con las ligaduras del pecho—. He mirado en todas las cárceles de Madrid. Nadie sabía nada de ti…

— ¿Cementerio?

— ¿No lo recuerdas? —Levanta el puño izquierdo—. ¡Brunete no debe caer!

— No… no sé de qué estás hablando… —Le mira confuso.

— Los muros del cementerio… —Le libera el cuerpo. Pasa a las piernas—. Putos fascistas… Nos han ganado la guerra, pero les haremos pagar, ¿me oyes? Les haremos pagar por toda esta mierda…

— ¿Gue… guerra?

— Joder…—Su expresión cambia por completo—. ¿Qué te han hecho estos cerdos?

— No te comprendo…

— No importa. Te voy a sacar de aquí. —El brazo izquierdo le da tirones cuando manipula las hebillas—. Huiremos a Francia. —Se obliga a sonreír—. Nos reuniremos con los que hayan conseguido escapar, y volveremos con los regimientos del camarada Stalin a nuestro lado. Ya lo verás. Vamos a limpiar España de esos cabrones.

— Simón…

— Vamos —suelta la última ligadura. Le saca los electrodos y el monitor emite un pitido muerto, decepcionado—, ¿puedes andar?

— N… no lo sé…

— Ven, apóyate en mí.

Le rodea la cintura, ayudándole a incorporarse. Se marea; ha pasado demasiado tiempo acostado. Lo arrastra por la cama y lo levanta casi a pulso. No quiere hacerle daño. Abandona la cama; sus pies se posan inseguros en el suelo de piedra. Siente el frío.

— No podré…

— Camina y cállate.

— Me… he puesto perdido.

Consiguen dar dos pasos. Las rodillas le traicionan;  tropieza y queda colgando de los hombros de su salvador, que le sostiene agarrándole de las ropas. Los botones de su pijama se abren por el peso antes de que pueda levantarse; acaba por caer al suelo boca arriba, justo al lado de Soto. Simón mira su desnudez con ojos desorbitados; sus labios a duras penas contienen un grito de horror.

— Di… Dios san… ¿Qué… te han hecho?  —Se tapa la boca con una mano; la otra aprieta la boca del estómago. Las lágrimas mojas sus mejillas.

La puerta de la habitación se abre de golpe sin que el paciente pueda contestar. Dos camisas azules encañonan al intruso.

— ¡Alto!

— ¿¡Qué le habéis hecho a mi hermano!?  —No puede pensar en otra cosa. No puede preguntarse nada más. Ya no—. ¡Cabrones, hijos de puta!

El grito desencadena seis detonaciones.

Un revólver.

Ve aparecer el rostro de su hermano junto a él. Sus ojos vidriosos revelan que está muerto. Baja la mirada, ve los agujeros de bala: seis fuentes rojas que no dejan de manar. A su otro costado, el doctor le mira de igual forma con otras seis heridas.

No podían ser más iguales.

Aprieta los puños de impotencia: la canica en su mano se torna esférica.

4

Es como una bola de demolición: golpea su estómago primero, robándole el aire; coge impulso y choca contra su mandíbula después, dislocándola. El cuerpo del prisionero bascula en la misma dirección y cae, derribando la silla a la que está engrilletado.

— ¡Levantadlo! —ruge un hombre; otros dos se apresuran a cumplir la orden. Las encías del reo sangran tanto que su saliva gotea escarlata—. Hijo de puta… —murmura, acariciándose los nudillos—. ¡Roja de mierda! —otro puñetazo.

Quiere escuchar el chasquido de un hueso rompiéndose, pero se le resiste; en su lugar vuelve a tirar al preso.

— ¡Tú, levántalo y agarra la puta silla, joder!

— Sí, mi cabo…

Su mundo se tambalea una vez más. No sabe cuántas veces han repetido la misma operación. Tiene náuseas de hambre y dolor. La sangre se le atraganta. Intenta no orinarse. La habitación recupera la horizontalidad.

— ¿No te gusta esto, bolchevique? —Le patea la cara interior de los gemelos. Las patas corren por el suelo de madera—. ¡Agárralo bien si no quieres sentarte tú, imbécil!

— ¡Sí, mi cabo!

— Eres… un animal… —suspira. Tose sin fuerza; se mantiene erguido en su asiento solo gracias a la ayuda del respaldo.

— ¿Qué has dicho? —Se acerca para cogerlo de la pechera—. Mi hermano, fusilasteis a mi hermano en Paracuellos. No había cogido un arma en su vida. —Le escupe en la cara—. Tú eres el animal.

— Jódete… —Sonríe—. El mío estaba… al otro lado del fusil…

Es casi automático.

El puño agrieta y rompe su tabique nasal. Su pecho se empapa de carmesí en cuestión de segundos. Aunque lo esperaba, el dolor no es suficiente para dejarle inconsciente.

— No, jódete tú —responde, cogiéndole de los cabellos—. ¡Jódete tú! —Y cierra sus dedos como una pinza sobre la nariz herida, retorciéndola—. ¡¡Jódete tú!!

Los alaridos del prisionero resuenan en la celda. Su intensidad es tal que les impide oír la puerta al abrirse.

— ¡Cabo Sagasta! —exclaman desde el umbral.

Los tres soldados se giran a la vez. En cuanto reconocen los galones, se cuadran.

— ¡Capitán!

— Descansen —responde mecánicamente; ni siquiera entra—. ¿Quién es este hombre? —le señala con la cabeza.

— Uno de los viejos, capitán. —se hace a un lado, señalándolo—. Lo apresaron en Brunete, pero aún no se ha adaptado, señor.

— ¿Por qué lo tienen aquí?

— Es la octava vez que intenta escapar. —Esnifa—. Le ha abierto la cabeza a palazos a uno de los guardias. No creen que sobreviva.

— Comprendo —asiente. Se dirige a alguien en el pasillo. Los soldados no pueden verle—. ¿Lo ha oído?

— Perfectamente. —La voz es cortante, poderosa—. Servirá. Lávenlo, que el médico del campo cosa sus heridas y tráiganlo abajo.

— De acuerdo, doctor. —Se vuelve hacia ellos—. Ya lo ha oído, cabo. Ducha, enfermería y abajo.

— A la orden, capitán…

El oficial cierra la puerta sin más, como si nunca hubiese estado allí. Los soldados guardan silencio: esperan órdenes. Los jadeos del preso se escuchan en la habitación con total claridad; es lo único que se oye. Sagasta no se mueve; mira al reo y mete la mano en el bolsillo, extrayendo un encendedor y un paquete de cigarrillos.

— Ya tienes lo que querías. —Coge un pitillo, lo enciende. Le da una calada y sopla el humo en el regazo del recluso—. Por fin te vas.

— Por favor… —No queda desafío en sus palabras.

— ¿Tienes miedo, Pedro?

— Sí… —solloza.

— ¿A que ahora te arrepientes de haber quemado iglesias, puto rojo de mierda?

Le coge del mentón, levantándole la cabeza. Su mirada ni siquiera es de desprecio cuando le acerca el cigarro a la frente. Nota el calor intenso antes de que el ascua del tabaco le abrase la piel.

Abre los ojos.

La luz le quema las retinas. Boquea incontroladamente; las costillas le constriñen los pulmones y un círculo de mucosidad inflama su laringe. Apenas sí puede respirar. Un lejano pitido resuena en sus oídos. Quiere levantarse. Descubre que no puede: sus muñecas y sus piernas están atadas a la cama; correas de lona pasan también por su frente y su pecho. Le marea un olor acre que no identifica. Está inmóvil, indefenso.

Se muere.

Forcejea. El silbido crece de intensidad hasta convertirse en un graznido inaguantable. Su mirada busca algo a lo que aferrarse: el techo es una inmensidad informe.

No sabe dónde está.

— S…so…ugh. —Siente los labios tumefactos, la lengua muerta—. ¡So…! —Pugna contra las ligaduras—. ¡Gagk! —Contra sí mismo. Se atraganta—. ¡So…corro!

— ¡Tranquilo! —No está solo—. Ya estoy aquí —es un joven; su voz es como un cuchillo, tan aguda que le hace rechinar los dientes.

— Ayú…deme. —Logra articular. No se reconoce.

— No te preocupes. —Una sombra desenfocada aparece a un lado de la cama—. Voy a ponerte la medicación…, aguanta un poco.

— Sá…queme… de aquí —implora.

Los gruñidos de las máquinas disminuyen de repente. El hombre le dice algo, pero no puede escucharlo. Está sordo y virtualmente ciego. Cierra los párpados con tanta fuerza que se hace daño; un caleidoscopio de azul y blanco le obliga a abrirlos: sus pupilas al fin le obedecen.

— Pa… —busca las sílabas en su garganta—, Pablo…

— Relájate. —Le sonríe—. Hoy te he administrado unas dosis un poco más altas —pero no le reconoce—, así que empezarás a sentirte mejor enseguida.

— Pablo…,  ayúdame… Por favor.

— Ojalá pudiese hacer más, Pedro…

— N… no… Soy… Fe… Feli…pe —tartamudea como si le costase pronunciar su propio nombre; como si no estuviese familiarizado con él.

— ¿Cómo? —Parpadea, confuso.

— Me… co… cono…ces. —Su mirada es una mezcla de incredulidad y súplica; una oración—. Me… me… ayuda…

— No… —el sanitario frunce el ceño, negando con la cabeza—, Eso… eso no es posible…

— Pablo —Llora—. ¿Dónde es… estoy? ¿Por qué… estoy aquí?

— Estás en el hospital… —responde como en trance—. Te hirieron, Felipe. —Una grotesca batalla se libra en su mente—. Te… te hirieron de gravedad…

— ¿Cuándo?

— Un preso intentó fugarse del campo…—no lo comprende—, ¿no lo recuerdas? —No lo entiende, porque no es posible.

No es posible.

— No…, no… —Se retuerce; las correas crujen—. Por favor, Pa…Pablo… Sácame… esto. Me… hacen mucho da… daño.

— No puedo. —Pero está sucediendo—. Tienes… lesiones medulares. —Repite la mentira que le han enseñado a usar—. Los doctores no creen que debas moverte, por eso te han atado. Debes… debes estar así, a menos que quieras acabar parapléjico.

— Es… eso… no… no me…. lo trago… —Aprieta los dientes hasta que las encías se manchan de finas líneas rojas—. Ayúdame… Sáca…me esto…

— No puedo…—Lo está viendo.

— ¡Quítamelas! — clama, intentando abalanzarse sobre él—. ¡Quítamelas!

— ¡No puedo! —Tiene miedo—. No… no puedo…

— ¡¡Quítamelas, cabrón!!

— Por favor… —Las lágrimas le caen por las mejillas. No puede comprender lo que ve—. Por favor, perdóname.

— ¡¡Hijo de puta!! —Su pecho salta contra el cinturón que lo retiene. La lona reabre las llagas de sus tobillos y muñecas—. ¿Qué… qué me estáis haciendo? —Su voz se quiebra—. Por favor… Por favor, ayúdame…

— Dios… —bisbisea—. Lo siento…

Los ojos del paciente dejan de ver. Sus oídos dejan de escuchar. Un aroma a heces y amoníaco sube por su nariz.

— Ayúdame…—susurra—. Ayúdame. —Cada vez más alto—. ¡Ayúdame! —Más alto—. ¡¡Ayúdame!! —brama sin oír—. ¡¡AYÚDAME!!

— Santa María, madre de Dios…

Da un paso atrás, horrorizado. Los ruegos del enfermo le acompañan, convirtiéndose en un escalofriante murmullo; los chirridos de las máquinas casi los apagan, como si quisieran matarlos, pero todavía puede oírlos. No puede pensar con claridad. Tiene las manos frías, la piel de su frente arde por culpa de una fiebre nerviosa. Es consciente de que debe avisar a los médicos, pero es incapaz. No puede hacerlo; no quiere. Pasea su mirada de la puerta al paciente y del paciente a la puerta. Su estómago se contrae; una arcada le infecta la boca con un sabor ácido. De repente cae en la cuenta, se fija en una de las esquinas del cuarto: no han tenido tiempo a reparar la cámara ni tampoco los micrófonos. No pueden vigilarlos; no saben lo que está pasando. Es su oportunidad.

Se sosiega.

Respira.

El rumor tántrico ha desaparecido, los labios del paciente no se mueven; hasta el monitor parece relajar sus pulsos. Le observa: los electrodos, las vías, los arneses; un telar de cables y alambres coloreados. Unas manchas de rojo en los puños del pijama le llaman la atención. La piel de las muñecas supura debajo de las correas; se acuerda de su promesa. Toma una decisión, pero tiene que ser rápido. Camina hacia la entrada, se asoma al pasillo: no hay nadie. Regresa, se detiene en la mesa y abre el cajón para coger vendas, alcohol, algodón, esparadrapo y unas tijeras. Lo pone todo en una bandeja metálica y se acerca al lecho casi con reverencia. Un escalofrío le hace sisear, incómodo.

— Lo siento, amigo mío, esto es todo lo que puedo hacer —dice mientras manipula los cierres de las cinchas de su brazo derecho—. Colabora con los médicos y te dejarán marchar.

Suelta la ligadura. No hace nada. Inspecciona las heridas antes de voltearse hacia la mesilla; coge el algodón y se gira de nuevo. El puño del enfermo se lanza contra su cara. Su visión se nubla por el dolor. Trastabilla echando la cabeza hacia atrás: la sangre sale de su nariz como de un riachuelo. Se tropieza con sus propios pies y cae contra la pared. Se echa las manos a la cara, demasiado dolorido incluso para gritar.

El paciente revive.

Se quita la cinta de la cabeza y mira a su alrededor. La cola de las tijeras asoma de la bandeja; estira una mano para cogerlas y empieza a cortar las ataduras de su otro brazo y de su pecho. Una vez libre se levanta y desabrocha las presas de sus tobillos. Saca las piernas fuera de la cama, deslizándose fuera de ella; tan pronto sus pies tocan el suelo, las rodillas se doblan y se derrumba: mira atrás y comprueba que su piel está llena de hematomas y eccemas ulcerados. Ha pasado demasiado tiempo acostado.

— Felipe… —gime Pablo desde el piso. Está conmocionado—, escúchame…

No le contesta. Se yergue con gran esfuerzo gracias a una de las barandas; alza la mano y palpa el colchón hasta que encuentra las tijeras. Las agarra con firmeza, vuelve al suelo y, ayudándose de las piernas, se arrastra fatigosamente hacia él. El enfermero ni siquiera se defiende cuando lo alcanza.

— ¿Qué… qué está pasando?  —pregunta, apoyándole las puntas de las tijeras en el mentón.

— Es… espera…

— ¿Por qué no querías desatarme? —Empuja los filos, obligándole a levantar la cabeza—. ¿¡Dónde estoy!?

— Felipe…

— ¡Contéstame!

— De verdad que…—Sus ojos buscan los suyos—. No… no lo recuerdas…

— ¿Recordar qué?

— Al preso… —Titubea—. Pedro Arriaza…

—  No, ¿qué tiene que ver ese hombre con todo esto? —Cae en la cuenta—. ¿Por qué me llamaste antes por su nombre?

— No puedo…

— Habla, bastardo asqueroso. —La punta de la tijera se hunde ligeramente en la piel, cortándola—, o te juro que no saldrás vivo de esta…

— Dios mío…

— ¿¡Quién es ese Arriaza, Pablo!? —Le amenaza, clavando el acero un poco más—. ¿¡Qué está pasando aquí!?

— ¡Estás muerto, joder! —confiesa, gimiendo—. ¡Te mataron!

— ¿Q… qué…?

— Arriaza, Felipe… —Rompe a llorar—. Te abrió el cráneo con una pala. No sobreviviste a la noche… —Su sangre se mezcla con sus lágrimas—. Eso fue lo que nos dijeron, Felipe… No puedes estar vivo… No puedes…

— Pero… eso es… es imposible.

— Llevas su cara… —murmura—. Dios mío, llevas su cara…

Guiado por una sensación extraña, el paciente baja la vista hacia las hojas de las tijeras y la superficie cromada refleja una mirada que no conoce. Con un grito de terror absoluto las tira lejos, al otro lado de la habitación.

— N… no pu… Es… es imposible. —Gatea, apartándose del enfermero como si fuese un monstruo—. No…

— No lo sabía… —dice, mirándole fijamente—. No sabía que eras tú…

— Cállate… —Le ordena mientras trepa a la cama, queriendo ponerse en pie—. ¡¡Cállate!!

Felipe apoya los codos en el colchón; sus piernas sostienen con dificultad el peso de su cuerpo, pero lo consiguen. Un destello en la mesa le llama la atención; es la bandeja. Se acerca vacilante, la coge con ambas manos, tirando su contenido por todas partes, y se mira en ella: el rostro de Pedro Arriaza aparece horrorizado, asustado ante él y, más abajo, brotando de su cuello, una fila de lampreas negras, los costurones amoratados que unen los cuerpos del asesino y su víctima; del torturado y del verdugo.

Los ojos se inundan de lágrimas. La bandeja cae de sus manos y se estrella contra el suelo con un trueno artificial. Miran a su alrededor: se niegan a aceptarlo.

Pedro abre la boca. Felipe grita.

Los dedos agarrotados, apretados con fuerza en un puño de nudillos blancos. Los codos pegados a los costados, encogidos sobre el estómago. El torso echado hacia adelante, proyectando su cólera. Un cuerpo convertido en rabia, grita.

Gritan. Incansables, destrozados. Gritan un grito imposible, salvaje y terrible.

Pablo solloza. Se tapa las orejas con las manos. Oculta la cara enterrándola en el pecho. Recoge las piernas contra sí mismo. Pero no puede huir: el grito retumba en sus huesos; en el interior de su cráneo.

Y ellos siguen gritando.

Es, son, congoja. Es, son, miedo. Es, son, horror.

Las piernas les tiemblan, las rodillas les fallan y caen. El aire se les ha terminado, pero el grito continúa. Quieren destruir su prisión, borrarla con su odio; tirar las paredes.

Venillas rojas afloran en los ojos de Pedro mientras el corazón de Felipe bombea incesante. Alzan los brazos; sus manos tiemblan, pero se asientan con firmeza contra sus sienes y, ante la mirada de todos, tiran.

El dolor es punzante. Soportable. Deseable.

Tiran.

Los puntos de sutura rasgan la piel. Una sensación de mareo que impele a parar, pero ya es demasiado tarde.

Tiran.

Venas. Arterias. Nervios. Todo cede.

¡Tiran!

Hasta que, en silencio, dos manos extrañas levantan una cabeza ajena, la arrojan lejos y cuelgan inertes. Como cada vez que está de turno, Pablo vomita.

5

— Gracias por acudir con tanta rapidez, coronel.

— No he venido a aliviar su incompetencia, Suárez. ¿Han realizado ya la intervención?

— Así es. Los desgarros de los vasos sanguíneos y de las fibras nerviosas complicaron el proceso pero, por fortuna, pudimos volver a unirlo todo.

Sueña.

— ¿Qué sabe del intruso?

— Aún nada, coronel…

Quizá recuerda.

— ¿Cómo dice?

— Cre… creemos que asaltó a Andrés Cuevas, uno de nuestros sanitarios, durante su permiso en Miranda. Acababa de incorporarse al servicio junto a otros cinco técnicos, por eso pudo asumir su identidad con relativa facilidad. Lo lamento, coronel, yo…

La cabeza arrancada le mira con los ojos abiertos de par en par; el cuerpo descansa arrodillado en un charco de sangre. Un familiar olor cobrizo le marea. No puede contener las náuseas y vacía su estómago.

— De nada sirve que lo lamente.

La mancha carmesí se extiende por el cemento y él retrocede para escapar de ella. Se arrastra sin fuerzas para ponerse en pie, la espalda pegada a la pared; aplastándose contra una esquina, encogiéndose sobre sí mismo. El pitido incesante del monitor le obliga a taparse los oídos.

— Cinco años de investigaciones, Suárez. Estamos muy cerca de demostrar la existencia del gen rojo, de reunir las pruebas necesarias para sustentar la eugenesia de la Hispanidad…

— Lo… lo sé, coronel…

— ¡¡Cinco años tratando con escoria marxista para que un miserable guerrillero se pasee por estas instalaciones sin ningún impedimento!!

Llaman a la puerta. No contesta; ni siquiera lo oye. Su mente está tan lejos que ya no es consciente de lo que ocurre a su alrededor. Sólo cabe el temor que despierta el rojo del suelo.

— Lo siento, coronel Nágera. No sé qué más puedo decir…

— No, doctor, aún no lo siente, pero lo sentirá.

— ¿Qué… qué quiere decir?

— Queda relevado de sus funciones. Sus servicios al Caudillo y a España ya no son necesarios.

Todavía no se ha movido cuando empiezan a atacar la puerta. No pude hacer nada, susurra entre golpe y golpe. No pude hacer nada, dice con las mejillas empapadas de lágrimas.

— Usted no…

— Permanecerá bajo arresto domiciliario hasta la formación un tribunal militar. Deberá responder por su parte de responsabilidad en la muerte del doctor Lucas Soto.

— Me… me necesita… ¡Me necesita, Nágera, su proyecto todavía existe gracias a mí!

— Sobreestima su valía, Suárez. Llévenselo.

La cerradura no puede aguantar más castigo y la puerta se abre con el estruendo de la madera al resquebrajarse.

—  Doctor de Castro…

—  S… sí, coronel.

— Queda usted al mando.

— Es un honor.

— Descuide, no le supondrá mayores cargas. Pronto trasladaremos las instalaciones a Madrid, allí podremos reunir un nuevo equipo médico para ayudarle.

Dos soldados entran primero: sus ojos recaen en él sin creer lo que ven. Los doctores Suárez y de Castro entran detrás, gritando órdenes. No pude, no pude hacer nada, repite sin mirarles.

—  ¿Trasladar el complejo?

—  El Caudillo ha cedido a una petición de nuestros aliados alemanes. El campo se convertirá en una prisión para extranjeros bajo la supervisión de la Gestapo.

—  Comprendo…

Les mira con las pupilas vacías. ¿Cómo puede ser?, pregunta, ¿cómo podía ser él? No obtiene contestación. Ve a Suárez echando mano al fusil de un soldado para apuntarle.

— Ahora, ¿dónde está el paciente?

Escucha dos detonaciones; dos campanadas grotescas que retumban en el espacio sin llegar a silenciarse nunca. La primera bala se estrella cerca de él, arrancando fragmentos de gris blanquecino; la segunda le alcanza en la cabeza.

— ¿Está dormido?

Un segundo de calor.

— Sí. Hemos hecho lo posible por inducirle a un estado cercano al coma. Su organismo está todavía adecuándose a su nueva condición.

Una caída.

— Explíquese.

Nada.

— El sistema nervioso central de Arriaza ha pasado por transformaciones psicológicas y físicas terribles, y es el único que ha sobrevivido hasta el momento. Nunca había pasado antes…. Puede que no vuelva a pasar…

Negro.

— Tambien superó o suprimió su ego y permitió el sistema nervioso periférico de Gómez tomar el control.

— Impresionante.

Sueña.

— No solo eso, coronel. Los estudios de Soto concluyen que estos cambios de los que le he hablado se habrían producido gracias al sistema inmune de Gómez. Es decir…

— La cura del gen rojo.

— Así es. Si lo que dicen estos estudios es cierto, la enfermedad del marxismo podría ser erradicada mediante el perfeccionamiento de este proceso.

La luz de los halógenos atraviesa sus párpados. El chirrido del monitor martillea en sus oídos como un molesto goteo. Quiere moverse, escapar, pero no puede: algo le sujeta de las muñecas y los tobillos; también del pecho y de la frente.

— Pero no son los sujetos originales.

— No. Desgraciadamente, no pudimos salvarlos a ambos. Tardamos demasiado en llegar y resolvimos que el cuerpo de Gómez era irrecuperable.

Abre los ojos con lentitud.

— Coronel, con el debido respeto… fue una suerte que Suárez actuase con tanta rapidez…

De Castro y un hombre que no conoce están hablando entre ellos al lado de su cama. Casi no puede escuchar lo que dicen; mucho menos hablarles.

— Suárez está loco. Hará bien en recordarlo.

— Sí, coronel.

— D…doctor…

— ¿Está despierto? —Sonríe con falsedad. Su rechoncha figura parece saltar dentro de su bata—. Debe descansar, Pedro, ha tenido demasiadas aventuras hoy…

— N… no… Soy… P… Pablo…

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Una respuesta a “Recuerdos

  1. Brillante. Una idea ciertamente asquerosa, pero brillante al mismo tiempo, siempre con ese toquecillo de humor negro (especialmente negro esta vez) que te caracteriza. Gran mezcla de realidad y ficción.
    Y además no me lo esperaba, pero para nada.
    Y me gustan los enfermeros. Cada uno distinto aunque con la característica común de tener una rutina respecto al paciente.

    Espero más sorpresas tuyas.

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