CADÁVER EXQUISITO Número 2

Segundo cadáver exquisito nacido de las manos de nuestra troope de… de… No nos engañemos: de locos de atar.

***

Como cada mañana, el sol salió por la ventana del salón. Tirado en el sofá, el hombre comenzó a desperezarse cuando los primeros rayos incidieron sobre su cara. Todo era desorden a su alrededor; ropa tirada por el suelo, latas de cerveza vacías y vasos desperdigados por la habitación, como minúsculos testigos de esplendores ya pasados.

Incorporarse fue lo más duro. La noche había estado animada y, como casi siempre en los últimos tiempos, había bebido demasiado. Por no hablar de otro tipo de consumiciones, claro. Mierda de bourbon, mierda de coca y mierda de vida.

Con un esfuerzo sobrehumano consiguió sentarse, la cabeza amenazando con estallarle. Las paredes del cuarto se empecinaban en no estarse quietas, vibrando como si estuvieran todavía configurando para él la realidad. Entonces, un trueno doloroso rompió el aire y le obligó a taparse los oídos con las manos. Su móvil estaba sonando. Lo cogió de inmediato del suelo y cortó la llamada, sin mirar siquiera de quién era.

El día comenzaba mal. Y todavía tenía que echar a las dos putas que dormían en su cama.

* * *

Fue arrancar la sábana para echarlas con cajas destempladas cuando comprendió que no iba a ser tan fácil.

Una era la negrita (o negrito, según de que lado de la cintura uno juzgara su sexo) que se había subido en su coche en la casa de campo, en el momento que pararon tras unos árboles para una rayita y un polvo rápido. Dormía plácidamente, emitiendo sonidos muy similares a los que podría generar una retroexcavadora con el carburador reventado y sin tubo de escape.

La otra era Marisa, la presentadora de TV3. Con ella había empezado la noche.

Era sexy, era la líder de su franja de emisión, tenía diez años más que él y estaba muerta.

* * *

Otra vez. Había vuelto a sucederle otra puta vez.

Resopló, se mordió el puño para ahogar un lamento y dio un par de vueltas por la habitación, llevándose las manos a la cabeza. Luego, recordando lo que le había dicho el abogado de papá, buscó su cartera entre el desorden y sacó un par de billetes amarillos. Agitó violentamente al travesti y prácticamente le empotró el dinero en la cara.

—Un servicio cojonudo. —Los ojos del negrito se abrieron de par en par y su mano agarró como un relámpago los billetes, que él sostuvo aún dos segundos antes de dejarlos ir con un—: Fuera, antes de que te vea alguien.

Inmediatamente, se dejó caer de culo sobre la cama. Sintió náuseas ante el rebote de su cuerpo contra el colchón, al tiempo que su invitado guardaba el dinero y se vestía aceleradamente. Él intentó ordenar sus pensamientos, pese a los nervios. Se quedó mirando fijamente al travesti esperando a que saliese de su casa, y solo en el momento en que la puerta se cerró detrás suya se arrojó torpemente en busca del móvil.

Lo agarró con dificultad, y, con los dedos resbaladizos por el sudor, rebuscó entre los iconos de sus contactos el símbolo del partido.

* * *

—Venga, venga…—masculló impaciente al segundo tono que le devolvía la línea, llegando a emitir un gruñido de frustración tras escuchar un tercero.

—…

—Soy Francisco Sierra.

—…

­—Sí. Ha vuelto a pasar…

—…

—¡No me jodáis, hoy no! —Se levantó gesticulando violentamente con la mano libre—. Mira… no estoy de humor, ¿de acuerdo? Estoy metido en una mierda del tamaño de Australia, ¿vale? — Se giró y se encontró con las formas curvas y sensuales de Marisa asomando a través de las sábanas; casi parecía que dormía. Una horrible jaqueca le apretó las sienes y le confirmó que todo aquello estaba pasando—. Venid a solucionarlo o cuando me pillen no seré el único que vaya para dentro, ¿me he expresado con claridad? —Colgó sin esperar respuesta.

Tiró el móvil sobre la cama, justo a un palmo del cuerpo de la presentadora. No había sido fácil cazarla; era una mujer ambiciosa y, de no ser por lo que le llegó a prometer, no habría conseguido nada con ella. No se merecía acabar así.

— Pero yo tampoco me merezco pagar por un error que ni siquiera recuerdo haber cometido —pensó.

***

Veinte minutos. Media hora. Dos horas. Allí no aparecía nadie, y estaba ya fuera de sus casillas. Por fin, el timbre del portal sonó y se apresuró a ver quién era.

El Cojo. Habían mandado al maldito Cojo.

—Hola, Nachete —entró por la puerta de la casa con una marcada sonrisa de hiena—. Vaya, vaya, vaya… Te lo has pasado bien esta noche, ¿eh? —Le guiñó un ojo en señal de compadreo—. A ver, dime, ¿qué es lo que hay que arreglar esta vez?

—Allí, en la habitación, sobre la cama —señaló la puerta sin mirarla y El Cojo se dirigió hacia ella. A los pocos segundos, un grito la atravesó de vuelta.

— ¡Joder, esta tía está muerta! —El Cojo, encolerizado, se acercó a Nacho como un torbellino, poniéndole la cara a tan solo unos centímetros— ¿Es que eres imbécil? ¿No sabes lo complicadas que están las cosas en el partido? ¡Como para que nos vengas tú ahora con gilipolleces!

—Tranquilo, no es lo que parece. A esta no la he matado yo. O al menos, creo que no.

***

— Tenemos que pensar como sacarla de aquí. ¿Tú jugabas al golf, no pijín?

— ¿Cómo?

— Que si juegas al puto golf. Vas a ducharte, vas a vestirte y vamos a irnos a jugar al golf. ¿Tendrás un par de bolsas de esas de meter los palos no?

— ¿Estás loco? Vale que está flaca, pero no cabe en una bolsa.

El Cojo lo miró como si fuese un profesor de secundaria al que por una vez, le hubiera tocado tomar la lección a un chaval de primaria especialmente retrasado.

— En una, no.

***

—Vale, tío. Mira, espera un momento. —Con el corazón en un puño, Sierra subió hasta su habitación. Cerró la puerta tras él, mientras que el Cojo decía algo de la bañera, unos plásticos y las herramientas de su coche. Aterrado, volvió a sacar el móvil y se puso a escribir con una mano, arramplando con la otra en los cajones en busca de calmantes.

Me habéis mandado al loco para lo del cadáver?? Quiere cortarla a cachos y meterla en putas bolsas!! Como nos pille alguien os mato, joder!!

Pulsó en enviar, engulló dos valium y bajó a pasitos rápidos por las escaleras, dándole vueltas a qué clase de monstruo llevaba dentro, y que podría haber hecho Marisa para que saliese. “Porque la culpa era suya”, se dijo. “Algo tuvo que hacer la muy puta”

Al llegar de vuelta al dormitorio saludó con un gesto del mentón al Cojo, mientras que este se afanaba en llevar a la mujer hacia el baño. Se dijo una y otra vez que todo iba a salir bien, sin convencimiento. De repente, el teléfono sonó, sobresaltándolo.

— ¡Borra eso inmediatamente, cabrón! —le increpó la voz, nada más descolgar.

— ¿Borrar qué? Y no me amenacéis que os jodo vivos. Ya os mandé un mensaje… —La voz lo cortó en seco, histérica—. ¿Un mensaje, desgraciado? ¡Es un puto twitter!

***

Quiso contestar, pero el móvil se burló de él con una tonadilla estúpida que señalaba la descarga de la batería y, con un destello que parecía una detonación, se apagó.

Francisco sintió de repente que todo su cuerpo se estremecía, víctima de una horrible sensación de vacío que se instalaba en su estómago. Sabía lo que la persona al otro lado de la línea iba a pensar, y era de todo menos bueno. Tenía que hacer algo, pero no tenía ni la más remota idea de dónde estaría el cargador del móvil, el portátil estaba en el coche, aparcado también en cualquier sitio, y cada segundo contaba.

— ¡Ayúdame con esto si no te es mucha molestia! —Llamó el Cojo interrumpiendo sus cavilaciones. Había fallado en su intento por levantar el cadáver, señalándolo con su dedo regordete como si fuese una carga imposible—. Cógela por los pies, anda.

— No puedo —respondió con una garganta que no creyó suya—, tengo… tengo que…

— ¡Venga, hombre! —le interrumpió—, que ya no soy el que era, Paco. ¡Que la edad no perdona! —Se carcajeó—. Vamos, cuanto antes empecemos, antes acabaremos.

Se inclinó para agarrar los brazos de la mujer y el himno del partido inundó la casa desde su bolsillo. Francisco empalideció al momento.

— Oh, perdóname —el hombrecillo  cogió el teléfono, lo abrió y no dijo nada. Se quedó allí clavado, escuchando hasta que colgó segundos después. El suspiro que profirió le heló la sangre a su compañero—. Bueno, Paco, hasta aquí hemos llegado —le miró cansado, apartando la cazadora para enseñar la culata de un revólver—. ¿Quién iba a pensar que eras un asesino y además un suicidad, eh? — Sonrió burlón mientras sacaba el arma y le apuntaba.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s