Los monstruos de la niebla

Hola chicos! Aquí está mi relato con las premisas: Dentista, Fósil, Volcán.

Ha tardado un poquito porque he tenido la enorme suerte de que fuese publicado en la antología Contos no nicho:

http://urcoeditora.blogaliza.org/titulos/alcaian/contos-no-nicho/

Que por cierto presentaremos en La Coruña el día 28 de este mes Marzo de 2014,  donde podréis conseguirla en gallego, el lenguaje original en que fue escrita, lo que desde luego embellece esta historia marinera por su dulce sonoridad. Con ilustraciones y todos estos excelentes relatos:

Chámome Jim, escrito por Ariel Martínez e ilustrado por Faks.

Na balanza, escrito por Fernando Pérez Barral e ilustrado por Victor Carro Tojo.

Sombras de morte, escrito por Xosé Duncan e ilustrado por Salvador Aneiros (portadista de Contos Estraños Pulp nº6).

No solpor, escrito por Manuel Ángel Gayoso e ilustrado por Alex Delgado.

Apocalipse 3.2, escrito por Roberto A. Rodrigues e ilustrado por Jara Zambrano (portadista de nº 5 de Contos Estraños Pulp).

Deus… dáme paciencia, escrito por David Botana e ilustrado por Zalo Sanjurjo.

A cova dos mouros, escrito por Santiago Bergantinhos e ilustrado por José Ángel Ares.

Caer, escrito por Fabián Plaza Miranda e ilustrado por Ivan Valladares.

A obra definitiva, escrito por Érica Couto e ilustrado por Minia Regos

Os monstros da néboa, escrito por Manuel Moledo e ilustrado por  Isaac Sucasas

LOS MÓNSTRUOS DE LA NIEBLA

Al tercer día, Manuel estalló. Me arrancó de las manos la bocina con que señalaba nuestra posición y la lanzó al mar con un gesto fiero.

Para ya con esa mierda. ¡No hay nadie ahí fuera! Llevamos navegando noventa y seis horas en esta niebla del demonio. ¿Viste que se hiciera de noche en ese tiempo? Si piensas que aún estamos aún en la condenada ría de Mugardos, es que ni tienes ojos, ni nada en la sesera.

Por un segundo estuve tentado de darle un puñetazo. No por la pérdida de la bocina, aunque no teníamos otra, sino porque estaba seguro de que mi amigo tenía razón.

Asúmelo, esto no es Kansas—Manolo escupió, desesperado, y volvió bajo cubierta.

Tomé de nuevo el timón y repasé los instrumentos. El GPS, sin localización. El radar, sin señales de vida. La radio, muerta. El gasoil, casi agotado. Ni pizca de viento. El agua estaba como un plato.

Cerré los ojos y respiré hondo para alejar la desesperación. Volví a mirar los mandos. En el borde del radar, apareció una mancha.

¡Lolo! ¡Lolo, sube!

Ni caso. Goberné el barco con cuidado. No quería abordar a alguien por error. Lo que quiera que fuese aquello, no se movía. O estaba anclado o al pairo. Fue fácil acercarse despacio, incluso sin ver nada.

¡Eh! ¿hay alguien aquí? —aullé— Nadie me respondió. Salté a cubierta con un cabo en la mano y lo amarré en la borda.

La embarcación era toda de madera. Ni una hebra de fibra de vidrio. En el medio de esa extraña luz lechosa, me admiró lo bien tratada que estaba. Me llamó la atención un rollo de cable muy fino, bien encerado, larguísimo, sito en la proa. ¿Qué función tendría?

Le eché la mano, y poco faltó para cortarme al hacerlo. Un cruel filo metálico se ocultaba entre los cordajes. Tomé el objeto, incrédulo. Un arpón. Un arpón afilado con una navaja. Al carajo.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Recorrí incrédulo la chalupa, que era muy marinera. El tacto gastado, el olor a sebo y a brea vieja. Todo me lo decía a gritos. Es real. Es auténtico. Estás en una condenada lancha ballenera.

No encontré a nadie. Si, bajo el banco de popa, una pequeña caja hermética; y en su interior, un pequeño camafeo de nácar y un librito. Volví a llamar a Lolo, que ignoró mis voces.

Me senté. El librito era el diario de un tal Dick Paltrow, oficial y cirujano dentista en el ballenero Massachusetts. Aunque el papel estaba nuevo (un papel bueno, del que ya no se ve, cremoso y áspero y con ese aroma a pulpa de madera) databa sus últimas entradas en el año 1852.

La última había sido escrita brevemente en el 12 de Agosto. En su perfecto inglés y con letra gótica, el marino había descrito que le había extraído una muela del juicio al grumete. También que aguardaba con impaciencia llegar en dos días al puerto de Nantnucket y besar a su mujer y a sus hijos. La siguiente anotación no tenía ni fecha, y la letra se mostraba diferente, angustiada, retorcida.

No sé con seguridad cuantos días hace que no cumplo con la cotidiana tarea de escribir mi diario. Tal vez tres semanas. Tal vez algo más. Siento próxima mi muerte y quiero dejar constancia de los hechos extraordinarios de los que fui testigo.

Toda esta locura comenzó con un albatros herido que se posó en el buque. El bicho renqueaba por la cubierta, alborotando a la tripulación. Unos marineros gritaban, otros reían, los más daban variopintas indicaciones veterinarias y era todo un caos.

El carpintero, abandonando su tarea, trato de hacerle engullir una galleta mojada en vino, sin mucho éxito. Todo esto envenenó al capitán. He de añadir, y siento hablar así de un hombre muerto, que este era una persona cruel y brutal, y los marineros no lo apreciaban.

¡Si no quiere comer, que beba! Echad fuera esa bestezuela, que si se muere aquí aún va a ser de mal augurio.

La gente del mar es supersticiosa, y existe la creencia de que los marinos muertos se convierten en albatros. No obedecieron. No fue algo así como un motín; no entonces. Simplemente bajaron la mirada, y se quedaron quietos y callados.

Si el Capitán se hubiera marchado en ese momento, dando por sentado el cumplimiento posterior de la orden, quizás los marineros hubieran reaccionado. Tal vez acabarían escondiendo el animal en la sentina, pero al menos mantendrían las formas.

No lo hizo.

Tú mismo, Tom. Si, hablo contigo, Tom Colins. Cógelo y tíralo fuera.

El albatros miraba a uno y otro lado con sus ojos llenos de inteligencia. Vi como las dudas surgían en el rostro de Tom, y creí que se negaría. No hizo tal cosa. Mordiéndose la lengua, cogió el pájaro, que no se resistió, y lo lanzó por la borda. Los marineros corrieron a popa. El ave se perdió en la distancia, flotando en el agua como un pato, inerme y con aspecto desvalido.

Quiero dejar claro que no es un fenómeno natural. Esta bruma no amaina. El mar quieto no tiene más olas que las que nosotros provocamos con los remos de las chalupas. Y la luz, esa maldita luz difusa que ciega sin alumbrar, es siempre la misma a cualquier hora.

Cuando vieron que la noche no caía, los marineros comenzaron a murmurar entre ellos. Del Capitán, del Albatros y del Purgatorio. Estallaron los gritos, al fin, cuando el cocinero quiso coger algo de agua de mar para hacer un guiso de pescado, y descubrió que no estaba salada.

¡Esto es cosa del albatros!

¡Agua dulce! ¿No estamos pues en el mar?

¡En el Infierno, ahí estamos!

¡El infierno está caliente! ¡Este desgraciado llevó el barco al Limbo!

Esto me pasó una vez en el Brasil, frente al Amazonas…

¿El Brasil? ¿Tu ves que desemboque por aquí el río más grande del mundo, imbécil?

Un tiro como un trueno calló a todos en el acto, devolviendo la autoridad al Capitán, que empuñaba el fierro con firmeza.

¡Volved al trabajo, panda de vagos! ¡Es agua del deshielo de un iceberg, nada más! ¡Pasa a veces! ¡Montad en las balleneras, si no nos llega viento, solo queda bogar! ¡Más que marineros parecéis viejas chochas!

Súbitamente calmados, los marineros obedecieron. Bogar con las chalupas para tirar del barco es un trabajo duro, pero todo parecía mejor que quedarse en ese desierto de agua, esperando quien sabe bien lo qué. Yo me libré de bogar porque un hombre, el mestizo Dave Clay, cayó entre la chalupa y el casco del navío, sufriendo terribles heridas. Durante casi cuarenta y ocho horas intenté salvar su vida. No lo conseguí.

Cuando me iba a retirar, derrengado, descubrí que me habían encerrado en el pañol donde estaba tratando al moribundo. Pegando la oreja, pude sentir ruido de lucha a través de los mamparos. No había duda. El Masachussets era presa de un motín.

Aguardé acontecimientos, con el corazón latiendo fuerte en el pecho. Al cabo de un rato, los marineros Lorenzo Costa y Duncan Crow abrieron la puerta, con sendos cuchillos de destazar en las manos.

Salga, doctor. Con usted no va la cosa, pero lo precisamos arriba. Hay heridos. Debe prometerme que no hará ninguna tontería, ¿estamos?

En los dos días sin noche que había pasado enclaustrado, la situación se había viciado completamente, llevando a los hombres a la desesperación más abyecta. De los veinte tripulantes de la fragata, dos yacían muertos en cubierta. Un marino de primera, Mike Kapowsky, hombre de inmensa fuerza física, había intentado resistirse. Fue acuchillado tras partirle la crisma a un rebelde con una tabla, y herir a otros tres.

Quiero dejar constancia de que los dos fueron afortunados. Al menos murieron en el acto, sin pasar privaciones y luchando como hombres.

También se encontraban en la cubierta, presos de manos y pies, el Capitán y tres más que se habían mantenido fieles pese a las amenazas: Jhon White, arponero. Zebulón Smith, marineros de primera. Gabriel red, segundo.

Si alguien llega a leer esto alguna vez, puede afirmar sin miedo que todos ellos se mantuvieron íntegros ante Dios y los hombres hasta el final.

El Capitán tenía una fea herida en la cabeza, pero conservaba toda su lucidez.

Esto lo vais a pagar caro, chusma. Apropiarse de un barco es un acto de piratería, y con la sangre de este pobre hombre—y aquí el Capitán, su grueso cuerpo temblando de ira, señaló al cadáver de Kapowsy—sumáis un asesinato. He de veros a todos colgados por el cuello.—y sus ojos lanzaban chispas del Infierno.

Algunos de los amotinados se revolvieron inquietos, mirándose las puntas de los pies. Un sueco enorme llamado Marcus Gustavson parecía especialmente contrito y acariciaba el Cristo de madera de su pescuezo con la mano.

Jebediah Long, el piloto, le pegó una bofetada al Capitán para acallarlo. Viendo el rictus cruel de aquel hombre alto de pelo oscuro, y a su lado a Cassius, el enorme negrazo, que ponía los ojos en blanco como el mismo diablo, me quedó meridianamente claro quien había armado la rebelión.

Cierra la boca, gordo, o serás tú el que se balancee colgado de una verga. Tú, doctor, atiende a los heridos. Empezando por los nuestros, ¿entendido?

Y así lo hice, aunque esta vez no me salvé de los duros turnos de remo.

Nuestra vida se convirtió en bogar y dormir. El barco, por más que remásemos, no llegaba a ningún lugar en aquel infierno brumoso sin noches. La carne pronto se acabó, y hubo que racionar las galletas.

Presos del hambre, comenzamos a comer cualquier cosa masticable, tras freírla en la grasa de ballena que cargábamos en la bodega. Las lapas del casco, las ratas, el cuero de los cinturones. Los estómagos estaban estragados, sangrábamos profusamente por las encías, y el aliento nos hedía.

Pronto se cometió la primera verdadera atrocidad. Sin previo aviso, Jebediah nos juntó a todos y mandó traer el capitán a cubierta.

Este de aquí es el que nos trae la desgracia. Él mandó tirar el albatros al mar, y ahora lo tiraremos a él para que cambie nuestra fortuna.

El piloto parecía más magro, alto y oscuro que nunca. Empuñaba con furia el revólver del Capitán. El negro, a su lado, descansaba su enorme puño en el mango de un facón que pendía de su cinto. En una suerte de regresión a su religión pagana, llevaba el torso desnudo, y extraños dibujos y amuletos pendían de su cuerpo. También había pintado su cara como si fuese una calavera con ceniza y carbón. Su aspecto hacía estremecer. Aun así, me decidí a hablar.

Eso que pretenden es un asesinato y una felonía. ¡No lo hagan!

Hubo tres hombres que asintieron ante mis palabras. Marcus Gustavson era uno de ellos.

¿Cómo? ¿Con esas nos ponemos? — Jebediah resollaba, como una fiera— votemos pues. ¡Hola! Parece que solo tres votos contra siete, y los demás se lavan las manos… ¡Cassius, tírame a este puerco por la borda! Y tú, doctor, no quiero verte volver a meter baza.

¡Él se lo buscó! ¡Mejor él que todos! ¡No se perderá gran cosa! —gritaron los marineros, encendidos por la sed de sangre y el miedo.

Cassius fue a cumplir la orden recibida. Pero el capitán, incluso débil como estaba, lo detuvo con su voz potente.

¡Eh! Tente ahí, sucio pagano, o mi alma te perseguirá mientras vivas y hasta que mueras de mala muerte… ¡Jebediah!

Habla, gordo.

¿Juegas a ser el capitán del barco que lanzó a Jonás cerca de las costas de Tarsis? ¿Comparas contrariar la voluntad de Dios con ofender a un pájaro de mierda? ¡No valéis un níquel ninguno de vosotros! Morir, escuchadme bien lo que os digo, hemos de morir todos. Pero el Capitán que traicionasteis lo hará con más hígados que todos vosotros juntos. ¡No me toques con tus zarpas, negro asqueroso! ¡Dame fuerzas, Dios mío!

Y antes de que Cassius pudiese tocarlo de nuevo, él mismo saltó por la borda. Se hundió como una piedra, por el peso de las cadenas. A mi alrededor, todos estaban blancos como fantasmas. Solo el piloto y su negro demonio familiar sonreían de forma siniestra.

En unos días, la dieta pasó a ser poco más que grasa con serrín. La debilidad de los hombres era cada vez mayor. Pero, al fin una corriente, leve al principio y luego algo más fuerte, parecía rodearnos.

El hambre era tanta, que Gabriel, de los prisioneros, fue degollado y destazado. Lo hicieron nuestros crueles capataces, sin avisar a nadie; pero los marineros, uno a uno, cogieron su magra parte del reparto sin chistar. Cuando quise rechazar mi pedazo, un gesto del facón de Cassius me dio a entender que no aceptarían deserciones en ese negocio. Todos o ninguno. Asqueado pese al hambre ruin, lo tiré después por la borda sin que me viesen. Un bendito pálpito me hizo espiar a Marcus, y complacido comprobé que hacía lo mismo que yo.

Unidos en secreta rebeldía, decidimos no soportar más miseria. Abandonaríamos el barco y viviríamos, o moriríamos, decentemente. Más, ¡como abandonar a los restantes prisioneros como corderos entre lobos!

Actuamos en el turno de descanso, cuando solo dos amotinados vigilaban el pañol de los presos. Para mi deshonra, diré que tuvimos que manchar nuestras manos con la sangre de nuestros semejantes. Todo fuera por liberar a aquellos dos desgraciados. ¡Y juro que valió la pena!

Una vez nos alejamos un poco en una de las chalupas, nos sentimos a salvo. No podían perseguirnos en la niebla. Después, nos dejamos ir por la corriente para ahorrar fuerzas.

Teníamos agua suficiente a nuestro alrededor, pero el hambre nos atenazaba, y al siguiente amanecer, Zebulón estaba muerto. Cosimos sus ropas como mortaja y lo tiramos al mar atado a un lastre.

Y es este el momento en el que empieza la parte más extraordinaria de mi relato.

 Al final del tercer día, la niebla desapareció de nuestro alrededor y pudimos ver por fin más allá de nuestros hocicos. Una costa abrupta, basáltica, se encontraba ante nosotros. Capturamos en la extraña agua dulce un peculiar animal. Aficionado como soy a la historia natural, lo reconocía de inmediato. Era un placodermo, un pez acorazado como los que existieron en tiempos pretéritos, en el devónico y en el silúrico. Tenía un fósil viviente ante nosotros.

Devoramos su carne cruda y sorbimos su sangre. Sabía a fango, pero no nos hizo daño, y como pesaría por lo menos unas doce libras, pudimos hartarnos. ¡Que vida nos dio!

En tierra los ríos glaciares morían en el mar de agua dulce y entre ellos, corrían aroyos de lava. Las fumarolas volcánicas, no tengo claro si fuente de la niebla o la razón de que esta se despejase, se elevaban al cielo.

Una colosal construcción lo dominaba todo. La conformaban ciclópeas piedras volcánicas, talladas en monumentales bloques de extrañas formas paralelepípedas, que desafiaban a la geometría racional. Tras ella, el cono de un volcán relumbraba con una peculiar mezcla del blanco del hielo, el negro del basalto y la obsidiana y el vivo naranja del magma.

Decidimos explorar. Marcus y yo tomamos las lanzas de rematar a las ballenas como armas. Jhon cogió su arpón.

En la entrada de la megalítica edificación, entre hielo, fuego y agua sulfurosa, un estanque escondía cientos o miles de pequeñas esferas perladas de suave alabastro.

Parecían brillar con una suave luz. Anchas como palmo y medio y hermosas entre la monstruosidad que nos rodeaba.

Al mirarlas al trasluz, se apreciaba movimiento. Rompimos varias contra una piedra. Pequeños seres con forma de babosa y las bocas llenas de tentáculos se retorcieron en el suelo y murieron, lanzando mudos chillidos.

Válgame… – murmurou alguien.

Entonces, se desató el infierno. Un temible alarido resonó dentro del oscuro edificio. Expectantes, demasiado asombrados para huir a la carrera, aguardamos.

Entre las titánicas y desiguales columnas de vítrea obsidiana que marcaban el acceso a la edificación, surgió un ser que no se si definir como anguila, pólipo o cefalópodo. Se deslizaba veloz, pese a su mole, sobre las losas basálticas. El extremo anterior de su cuerpo vermiforme era un hervidero de incontables apéndices cilíndricos. Entre ellos, la boca se abría en un embudo lleno de dientes carmesís dispuestos helicoidalmente como los de las lampreas. Su cuerpo cambiaba de color como el de un camaleón, en imposibles tonos de naranja fuego, negro antracita, y blanco ceniza. Debía de medir fácilmente diez yardas de largo y al menos una y media de ancho por su parte más gruesa.

Mi cuerpo me traicionó, y a la vista de aquel enorme engendro que se retorcía como un ofidio, caí de rodillas, trémulo de terror. El ser se lanzó contra nosotros.

Vi llegado mi fin. Pero… ¡Que héroes me acompañaban! Jhon Whte fue el primero en reaccionar. El arpón salió disparado con tal fuerza que penetró más de dos cuartas en el paladar del ser. El arponero, tirando del cable, consiguió doblar a la bestia, que enloqueció de dolor.

¡Marcus! ¡La tengo! ¡Remátala, por Cristo!

El sueco embistió, gritando como un héroe de las sagas volsungas. Su larga lanza se clavó profundamente, hasta desaparecer casi la mitad de la longitud del arma en la garganta del ser.

Empalada y herida de muerte, la criatura se retorció tan bruscamente que lanzó a su matador a más de ocho yardas de distancia. Después, con sus últimas fuerzas, se lanzó contar White, aplastándole con su mole. Al fin, con un alarido ensordecedor, murió entre estertores. Aquellos hombres, acostumbrados a luchar contra las bestias del mar, habían vencido al monstruo. Esta tenía la sangre tan caliente que el mástil de la lanza humeaba al contacto con ella.

No pude hacer nada por White. Había muerto en el acto. Marcus tenía rotas varias costillas.

Márchate, compañero. De donde ha salido este muspeli, vendrá más.

Lo ignoré y le ayudé a correr. Fue una lucha desesperada contra la muerte, y caímos dos o tres veces, dejandonos la sangre y la piel de nuestras rodillas y manos en los afilados cristales de las rocas. Apenas nos habíamos alejado una media milla, cuando unos estremecedores aullidos reverberaron por toda la costa, y las bestias vermiformes comenzaron a surgir de la construcción como el pus de una herida infectada; pero se frenaron a pie de mar. Aquellos monstruos de sangre hirviente temían el contacto con el agua.

Cuando era niño, mi abuelo me habló—dijo Marcus escupiendo sangre— del Niflheim y del Muspelheim, dos de los nueve Mundos de los que contaban los viejos vikingos. El mundo de hielo y el mundo de fuego .También hablaban de los monstruos de la niebla y tenían razón. Cristo me guarde y te guarde a tí, amigo mío. Yo me voy en breve y es lo mejor que puede pasar. Toma este camafeo y si , por suerte, sales de esta, hazlo llegar a mi esposa.

Murió unas horas después. En este momento que escribo, estoy solo. No tengo esperanzas de salir de aquí. Si alguien encuentra esto, por favor que lo haga llegar a mi familia, a la de Marcus y a las de los marineros leales del Massachusetts.”

Cerré el diario. No podía ser. Incluso siendo cierto el relato, todo debía haber pasado más de un siglo atrás. ¿Como podía seguir la chalupa entonces a la deriva y tan en perfecto estado?

Pero tenía la evidencia bajo mis pies.

Llamé una vez más a mi compadre, y al no responder, el miedo clavó sus garras en mi pecho.

¡Manolo! ¡Contéstame de una vez, hijo de puta!

En la goleta solo me esperaba un lívido cadáver con un bote vacío de somníferos en la mano. Me sacudió una arcada y eché el almuerzo por la borda, antes de derrumbarme en cubierta, llorando .

Instantes después, algo chapoteó en el agua. Me levanté.

Un gran pez pastaba en mi vomitona. Estaba recubierto de grandes placas duras y tenía una boca enorme.

Muy despacio, cogí algo de agua limpia con un balde atado a una cuerda y la llevé a los labios.

Era dulce.

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