Un fino hilo

Bueno, pues abrimos una nueva ronda de relatos de premisas. En este caso, las premisas son destilería de vodka en la antigua URSS, petardo y cowboy, sugeridas por uno de nuesros lectores. Para que veáis que aquí no solo estamos locos los que escribimos.


UN FINO HILO

     A los once años, los niños juegan. Y a los doce, y a los trece. A menos que su infancia termine a esos mismos once años, arrasando con los juegos, la paz y la inocencia. Alek y Dimitri tenían once años cuando un golpe del destino cambió las reglas de su juego, borrando el camino que tenían ante ellos y marcando el inicio de una madurez falsa, por temprana, y arisca, por repentina. Nada volvería a ser como aquel veinte de enero. Aunque cada veinte de enero, todo volvía a ser lo mismo.

      Alek era un niño curioso, con una extraña calma en su manera de verlo todo. Dimitri, en cambio, era más inquieto, nervioso incluso, más dado a los juegos peligrosos. Ambos solían pasar tardes enteras merodeando por las afueras de Tambov, la pequeña ciudad en la que vivían, buscando ranas en los charcos, lugares escondidos en los que encontrar viejos tesoros, o simplemente gastando sus energías de niños despreocupados. A veces se juntaban con otros niños al salir de la shkola, pero normalmente iban ellos solos. “Los Silenciosos”, se llamaban a sí mismos, porque les gustaba jugar a esconderse, a veces durante largo tiempo, para espiar a los mayores. Dimitri tenía la teoría de que los mayores, cuando no había niños delante, se comportaban de manera diferente, y decía que seguramente guardaban enormes secretos que ocultaban a los pequeños. Ellos, por supuesto, los descubrirían.

      A los once años, uno también se aburre. Se cansa de la rutina, de los libros pesados de la shkola, de los padres vigilantes. A esa edad también son necesarias las huidas, y aquel miércoles, cuando Dimitri llegó a casa de Alek dándose aires de espía, iniciaron la que sería su última huida. Al menos, la última juntos.

      ―Mira ―dijo Dimitri por lo bajo, mientras le enseñaba una caja rectangular de cartón un poco sobada―, la he encontrado esta mañana.

      Alek no tenía ni idea de lo que era aquello, pero le gustaba la atmósfera de misterio con que lo presentaba. Era único creando escenarios para los juegos, aunque también tenía una cierta tendencia a meterse en líos. Demasiada tendencia, tal vez.

      ―¿Qué es? ―preguntó, también con disimulo.
―Petardos.

      Durante los años siguientes, siempre que Alek evocara un recuerdo amable de su amigo, sería el de aquel preciso instante. Esa sonrisa pícara que cruzaba su cara como una raja de sandía en verano, prometía emociones lejos de aquella monotonía y reforzaba la complicidad entre ellos. Era el mejor argumento de Dimitri, el único que necesitaban para salir de la casa.

      ―¿A dónde vas, Alek? ―preguntó su madre cuando ambos pasaban por delante de la cocina.
―A dar una vuelta ―respondió, parándose frente a la puerta mientras Dimitri se envaraba y escondía la caja tras su espalda.

      La madre de Alek los observó desde la cocina, con el pelo envuelto en un pañuelo, el dorso de una mano apoyado en la cadera, y ambas palmas manchadas de blanco. Había dejado de amasar algo para hablar con ellos, la madre de Alek siempre estaba amasando algo.

      ―Así que a dar una vuelta, ¿eh? ―Era, claramente, una pregunta retórica, que suponía un tiempo extra para pensar una réplica―. Bien, pero no tardes. Ya sabes que a tu padre no le gusta llegar a casa y no encontrarte. ¡Y abrigaos, por todos los demonios, que hace un frío del infierno! ―Por supuesto, la madre de Alek no era creyente, nadie en el Partido lo era, pero solía utilizar referencias religiosas que a él le resultaban graciosas. Y aunque no sabía mucho del tema, estaba seguro de que “frío” e “infierno” no eran cosas muy compatibles.

      Salieron a la calle y se alejaron rápidamente, no fuera a ser que la señora Vólkov se arrepintiera. Además, debían alejarse del barrio para probar los petardos, ya habían tenido demasiados problemas con los vecinos en los últimos tiempos.

      ―¿De dónde los has sacado? ―preguntó Alek asombrado, no eran muy comunes ese tipo de artilugios por aquellos lugares. Dimitri volvió a sacar la caja del bolsillo, donde la había guardado de nuevo por miedo a que se los requisaran.
―No te lo vas a creer ―dijo, más asombrado aún que Alek―, pero estaban en la basura. Allí, detrás del contenedor donde vimos el otro día tirar al Rubio aquellas bolsas tan grandes.

      El Rubio en realidad era albino, lo cual lo convertía en especialmente sospechoso para Dimitri, aunque no fuera un adulto. Lo habían espiado es más de una ocasión, siempre con resultados decepcionantes, pero nunca había dejado de ser un objetivo de observación para él.

      ―¿Qué tal si vamos a probarlos al prado que hay detrás de la granja? ―dijo, ansioso.
―Mmmm… no sé… ¿No sería mejor un sitio cerrado? Para que haya algo de eco y eso, sería más divertido ―respondió Alek, tan cerebral como siempre.
―¡Claro! ―La cara de Dimitri se iluminó de nuevo, era increíble que no se le hubiese ocurrido a él antes―. Podemos ir a… a… ¡a la fábrica de vodka!

      La fábrica de vodka, como ellos la llamaban, era una destilería abandonada en las afueras de Tambov. Hacía más de cinco años que se había dejado de producir el vodka Stolichnaya entre sus paredes, pero todavía había cajas llenas de botellas vacías y piezas de las torres de destilación diseminadas por el suelo. Con el paso del tiempo, el aspecto de la nave se había tornado siniestro, como un cementerio plagado de pequeños cadáveres de cobre que se iban oxidando con el tiempo. Ni Alek ni Dimitri habían recibido nunca una prohibición expresa de acercarse a aquel lugar, pero ambos sabían que estaban haciendo algo que no debían.

      A llegar, el aspecto de la fábrica los intimidó un poco. Hacía tiempo que no iban por allí, y todo estaba mucho más deteriorado. Algunas de las cristaleras habían sido reventadas, y las cajas de botellas ya no estaban ordenadas. Por allí había pasado gente, seguramente vagabundos, y puede que no todos ellos para dormir precisamente. Ambos ignoraron su propia inquietud, pero se alejaron instintivamente de las paredes y se dirigieron al centro de la estancia, desde donde podían controlar visualmente todo el espacio.

      ―¿Tú crees que aquí habrá eco? ―preguntó Dimitri mientras se quitaba los guantes.
―No lo parece… ahora veremos ―dijo, quitándose los suyos.

      Dejaron los guantes sobre el suelo y se sentaron con las piernas cruzadas. Dimitri sacó de nuevo la caja y ambos la observaron mientras le daba vueltas en la mano. Era roja, con el dibujo de un pequeño cohete como los de los carteles que aparecían por el vecindario. Y estaba plagada de pequeñas estrellitas doradas.

      ―¡Uaauuu, qué chula! ―exclamó Alek mientras Dimitri la abría. Dentro, los petardos se amontonaban como perfectos soldados en formación. Dimitri cogió uno y dejó la caja en el suelo.
―Qué raro ―dijo, observando el petardo―, ¿tú crees que esto es normal? A lo mejor por eso estaban en la basura.
―A ver ―dijo Alek, cogiéndolo de su mano. El petardo tenía un pequeño corte oblicuo en uno de sus extremos―. No lo sé, lo tendremos que comprobar.

      El ruido creciente de un motor les hizo callar. Se miraron y no necesitaron más para levantarse y correr hacia la puerta de la fábrica. Atisbaron desde el quicio de la puerta y vieron cómo en esos instantes llegaba un coche grande, de los que no solían ver por su barrio, y acto seguido se apagaba el motor. Dos de las puertas se abrieron, y entonces echaron a correr de nuevo, buscando esta vez un lugar donde esconderse. Alek se agachó detrás de un par de cajas que todavía estaban apiladas, y Dimitri tras lo que quedaba de una torre de destilación medio derruida, casi pegada a la pared.

      Dos hombres entraron hablando.

      ―Bien, pero ten cuidado ―dijo uno de ellos al otro. Tenía una voz rasposa y un gesto desagradable―. Y dile a ese hijo de puta que no olvide que me debe un favor. Puede que un día de estos vaya a cobrármelo.

      Se dirigieron al centro de la nave observándolo todo, no parecían conocer muy bien aquel sitio. O tal vez sí, y solo lo estaban inspeccionando. Alek y Dimitri dejaron de distinguir la conversación y se llevaron un nuevo sobresalto cuando otros dos hombres traspasaron la puerta. Estos no hicieron ruido, ningún ruido en absoluto. Y eso, por algún motivo, los asustó enormemente.
En menos de un minuto se escuchó el sonido de un nuevo motor. Los chicos, alarmados, hicieron cada uno un gesto para calmar al otro. Los hombres que ya estaban dentro se callaron de repente, y uno de los que habían entrado en último lugar se acercó a la puerta para echar un vistazo. Dijo un escueto “Son ellos” y se alejó de nuevo. Un minuto después, otros dos hombres entraban en la fábrica.

      La nave era grande, de techos altos y paredes herrumbrosas, y todos aquellos hombres estaban en el centro, como diminutos peces engullidos por una ballena moribunda. Hablaban con tono seco y ademanes ariscos. El hombre que había entrado dando órdenes encendió un cigarro y le ofreció otro al que tenía enfrente, que lo rechazó con un movimiento de mano. Un minuto después, se desató la locura.

      A un gesto suyo, dos de los hombres se adelantaron, encañonando e inmovilizando a los que habían entrado en último lugar. Un tercer hombre se dirigió hacia el que había rechazado el cigarro, y sacando un cuchillo del bolsillo, lo agarró del pelo con una mano, echándole la cabeza hacia atrás, y le rebanó el cuello con la otra. Alek y Dimitri se miraron, tapándose la boca con la mano, incapaces de moverse mientras veían cómo un chorro rojo brotaba del cuello del hombre como un surtidor y mojaba el suelo. El hombre que fumaba se acercó al compañero del que luchaba en el suelo por respirar, al que propinó una patada sin mirarlo siquiera, y siguió su camino hacia lo que ya era un desecho humano suplicante. Apuraba el cigarro y lo miraba sonriedo. Cogió la colilla entre el pulgar y el dedo corazón y lo impulsó lejos, en un gesto que los niños habían visto hacer en algunas películas sobre gente peligrosa. La colilla describió una perfecta parábola y aterrizó, como si de un elegante avión de papel se tratara, en la caja de petardos que se habían dejado abierta.

      Ninguno de los hombres, demasiado ocupados, se dio cuenta del humo que empezaba a salir de la caja. Alek y Dimitri, sí.

      La primera explosión hizo que todos, salvo el hombre con el río rojo en la garganta, se giraran hacia el lugar de procedencia del sonido. Los que aún no habían desenfundado sus armas lo hicieron, apuntando desconcertados hacia los lugares donde se producían los estallidos, en un baile eléctrico de pequeñas explosiones encadenadas. El hombre que suplicaba por su vida pudo sacar también su arma, y se inició un tiroteo que acalló el sonido de los quejumbrosos petardos. Alek miró a Dimitri, lo vio tembloroso y agarrotado. Tuvo que hacerle gestos repetidas veces para que reaccionara, y a una señal suya ambos salieron sigilosos al exterior de la nave, donde el olor a pólvora y sangre comenzaba a extenderse como un cáncer marino en el vientre de aquella particular ballena. Dimitri salió corriendo en primer lugar, pero Alek aún tuvo tiempo para darse la vuelta un instante; nada de todo aquello tenía sentido. Ellos solo habían querido estallar unos petardos. Solo eran unos petardos…

      Al día siguiente, ninguno de los dos fue a clase. Ni al otro tampoco. Al tercer día, Dimitri apareció por la skhola con cara demacrada y diciendo que había estado enfermo. Alek tardó una semana entera en volver, y cuando lo hizo, evitó a Dimitri en todo momento. Ninguno de los dos hizo el menor gesto de acercamiento hacia el otro, ni dentro ni fuera de la shkola. Todos pensaron que estaban enfadados, y ellos no hicieron nada por desmentirlo. Había una especie de vergüenza infantil, un sentimiento de haber presenciado algo vetado a sus ojos, que los hacía arrastrarse por el patio evitando un inoportuno cruce de miradas. Hay cosas de las que los hombres no hablan y que los niños, aquellos a los que les falta poco para convertirse en hombres, intuyen. Ellos supieron, sin ninguna clase de duda, que lo único que los unía entonces era el silencio.

      Los meses fueron cayendo pesados para madurar en años, y Alek y Dimitri siguieron distanciando sus vidas. Al terminar la educación secundaria entraron en el mismo Colegio Profesional, el PTU, aunque no compartían aula. Ya no se ignoraban, pero aquella amistad que había unido a dos niños alegres se había transformado en un enorme muro de indiferencia.

      Al año siguiente, como suele pasar en la vida, una coincidencia volvió a reunirlos. Ambos se apuntaron a un taller de escritura que impartía un profesor del PTU con cierto prestigio como escritor. Allí, Alek recordó la picardía de su amigo y esa energía vital que tanto había admirado, y Dimitri descubrió a un genio de la literatura.

     Dimitri era imaginativo, rápido de mente, concienzudo en el manejo de la técnica. Pero Alek… Alek, simplemente, hacía magia con las palabras. Todos los relatos de Alek eran perfectos, raptados de un mundo imposible donde se juntan las palabras bajo el peso de su propia atracción. Todos y cada uno de ellos eran superiores a lo que escribían los demás. Y todos y cada uno de los alumnos del taller reconocían en Alek un talento superior, como se reconoce el reinado del sol cuando aparece sereno tras el horizonte.

      ―¿Cómo lo haces? ―le había preguntado una vez Dimitri con genuina curiosidad― ¿Cómo eliges las palabras exactas? De verdad, es alucinante…
―No las elijo ―había respondido Alek quitándole importancia―, me eligen ellas a mí. En serio, yo no hago nada. Solo tengo que esperar, pensar en lo que quiero decir, y entonces las palabras… me inundan, literalmente. Creo que si no pudiera expulsarlas, moriría ahogado por ellas. Es hasta triste, ¿no?

      El taller duró casi un año, y a su término pocos dudaban de que Alek encauzaría su vida hacia el mundo literario. Él, sin embargo, nunca había mostrado aspiraciones en ese sentido, y sorprendió a todos diciendo que quería dedicarse a la veterinaria. Dimitri no pudo evitar odiarlo en ese momento. Tenía todo lo que él deseaba; un talento que lo desbordaba, la admiración de un público, el reconocimiento de un maestro… y decidía ignorarlo todo para ayudar a parir a las vacas y curar la sarna a los perros.

      Lo odió, sí. Como se odia lo que no se comprende.

      Un par de meses después, la vida se cebó en Alek; o, mejor dicho, fue la muerte quien se lanzó a su cuello. Sus padres y hermana murieron en un accidente, en un viaje a una población cercana. El autobús se salió de la carretera, marcando un rastro de neumático quemado sobre el asfalto y dejando a Alek huérfano, solo en un mundo repentinamente trastocado.

      Alek no tenía familiares cercanos, su padre había sido hijo único y sus abuelos habían muerto hacía ya tiempo. Solo su madre tenía familia directa, una hermana que vivía lejos. Ella lo reclamó, pero el Estado se mostró reacio a dejarlo ir. Al fin y al cabo, y aunque Alek era todavía menor de edad, el Partido consideraba a los ciudadanos rusos como hijos de sus entrañas, debía velar por su bienestar y evitar intromisiones del extranjero. Pero la tía de Alek, cuyo marido desempeñaba labores diplomáticas, movió los hilos con astucia, y finalmente, aun con mucha reticencia, se permitió la salida del muchacho del país.

      Alek partió rumbo a un destino impensable; los Estados Unidos de América. Y ya nunca volvería a pisar su tierra natal.

      Dimitri vio cómo su amigo salía de nuevo de su vida y, para su asombro, lo empezó a echar de menos como nunca antes lo había hecho. Terminó el PTU y accedió a la universidad, convirtiéndose en un eficaz ingeniero. Nunca abandonó la escritura, y aun sabiéndose mediocre, alcanzó algún prestigio en el panorama literario ruso de segunda categoría. Sus comunicaciones con Alek fueron espaciándose en el tiempo, haciendo que el fino hilo que los mantenía unidos se fuera destensando en una lánguida muerte por abandono. Con el tiempo, su contacto se limitó a una simple felicitación por año nuevo. Después, ni siquiera eso.

      Años más tarde, bien entrado ya en la cuarentena, a Dimitri se le presentó la oportunidad de viajar a los Estados Unidos. Una delegación rusa de técnicos y políticos visitaría varias ciudades del país en busca de acuerdos sobre exportación y adquisición de tecnología acordes con la política económica de Breznev. Cuando supo que irían a Phoenix, a las afueras de la cual vivía Alek, no dudó en organizarlo todo para poder visitarlo. Aunque las normas eran estrictas y el tiempo escaso, el responsable de la delegación le permitió una tarde entera de libertad. Dimitri cogió el teléfono con mano temblorosa para llamar a su amigo. A miles de kilómetros de distancia, una mano temblorosa colgó tras veinte minutos de conversación.

      Hacía un calor pegajoso el día que Dimitri entró en coche en la granja de Alek. El aire denso y tórrido mantenía en suspensión las nubes de polvo que levantaba el vehículo a su paso. Cuando aparcó, se bajó del coche al mismo tiempo que una figura enfundada en vaqueros y camisa de cuadros salía al porche. Se pararon unos segundos a observarse mutuamente, intentando reconocer cada uno en el otro al niño con el que había compartido su infancia. Tras esa breve inspección, se fundieron en un abrazo cálido y prolongado. Eran dos hombres de mediana edad, con ojos llorosos, recuperando una parte de sí mismos.

      La tarde fue agradable, repleta de instantes emotivos, pero nerviosa por la certeza de lo limitado del tiempo. Alek le presentó a su mujer, Kate, y a sus dos hijos, y todos compartieron comida mientras los chiquillos hacían preguntas sobre cómo era vivir en Rusia. Dimitri salió del paso como pudo, y por la tarde Alek le enseñó la granja con detalle. Kate tuvo el acierto de llevarse a los niños al pueblo, para que los dos hombres pudieran charlar con tranquilidad. Fue una sorpresa para ambos comprobar que en tan solo unas horas habían recuperado la confianza que habían tenido de niños.

      Declinaba ya la tarde cuando se sentaron en el porche a esperar el regreso de Kate y los niños. Alek abrió dos botellas de cerveza y le pasó una a su amigo.

      ―No es vodka ―dijo, con ese acento que le resultaba tan gracioso a Dimitri―, pero con el tiempo te acostumbras.
―Estás hecho todo un cowboy, ¿eh? ―le dijo Dimitri, entre la broma y la sorpresa― Tu granja, tus animales, tu familia, tus botas sobre la valla, tu sombrero inclinado hacia delante…
―Sí… ―respondió tras una risotada―, la verdad es que me gusta mi vida.
―¿Y no has seguido escribiendo? Eras bueno, Alek, realmente bueno. No digo que esto esté mal, pero…
―Sí, claro que he seguido ―respondió Alek. A Dimitri el pecho le dio un pequeño pinchazo al escuchar aquello―. ¿No recuerdas aquello de que moriría ahogado si no lo hacía? Pues me sigue pasando, así que sí, escribo de vez en cuando.
―De vez en cuando… ¿Sabes? Yo también sigo escribiendo. He publicado alguna cosilla, nada importante. Pero hubiera dado cualquier cosa por tener tu talento, en serio. Cualquiera de nosotros lo hubiera dado.

      Alek le echó un trago a su cerveza y fijó la vista en el horizonte. Los últimos rayos de sol cubrían exhaustos la pradera, tiñéndolo todo de un decadente y acogedor dorado. En unos minutos, empezaría a refrescar el ambiente.

      ―¿Te acuerdas de Andrey? ―continuó Dimitri, hablando en tono casual― Se alegró de que te fueras. Nunca lo dijo, pero se alegró. Al irte tú, pasó a ser el mejor alumno del taller, pero nadie tenía nunca demasiado interés en leer sus relatos. Nadie se lanzaba a ellos como pasaba con los tuyos.
―Ya… Andrey era bueno. ―Parecía que le costaba hablar de aquello, como si tuviera la cabeza en otra parte―. Correcto, quiero decir. Conocía la técnica y la aplicaba, era lo que podría llamarse “eficiencia en estado puro”. Pero era un mendigo de palabras. Leías sus relatos y notabas con qué precisión de cirujano colocaba cada una de ellas, cómo se preocupaba por sustituir las que afeaban el texto o buscar sinónimos que evitaran repeticiones. Construía sus relatos desde fuera, como quien monta una maquinaria compleja. Pero no tenía nada dentro, y cuando eso pasa, se nota.

      Era cierto, se notaba. Dimitri lo sabía, porque tampoco él tenía nada dentro.

      ―¿Has escrito algún libro, Alek? Me gustaría leer algo tuyo…
―Algo he escrito. ―Le echó otro trago a la botella―. En realidad, unos cuantos.
―¿Unos cuantos? ¿Cuántos has escrito?
―Veintitrés. ¿Quieres otra? ―dijo señalando la botella y levantándose de la silla.

      Dimitri se quedó mudo. A los pocos minutos Alek salió de la casa con otras dos cervezas, le dio una a Dimitri y se sentó de nuevo.

      ―Joder, Alek, veintitrés libros… ―dijo a duras penas, cogiendo la botella sin saber muy bien lo que hacía―. Yo he publicado dos, solo dos en todo este tiempo… ¿Dónde puedo conseguir alguno de ellos?
―Me temo que no puedes ―respondió entre risas―, he dicho que los he escrito, no que los haya publicado. Los tengo aquí guardados, pero solo los originales. Bueno, alguna vez he regalado alguna copia… pero de entrada, solo tengo originales.
―¿Me estás diciendo ―Dimitri hablaba muy despacio― que has escrito veintitrés libros y no has intentado publicar… ninguno?

     Se sentía ofendido. Ofendido y enfadado. Era como escupirle a la vida, que te lo entregue todo y tú la despidas con un portazo. Un alarde de vanidad, un insulto al esfuerzo de quienes deben trabajar duro para exprimir una gota de arte a su mísero talento. Era un ejercicio de orgullo incontrolado. Una ostentación de pedantería. Era…

      …Era envidia.

      Tardó en entenderlo, pero finalmente lo vio claro. Siempre había tenido envidia de Alek. De su manera de hacer las cosas, de su falta de necesidad de esforzarse. De su ausencia total de búsqueda de reconocimiento.

      ―Esta es mi vida, Dimitri ―dijo Alek al fin―. Esto es lo que quiero hacer, lo que me gusta. También me gusta escribir, pero de otra manera. Y te digo una cosa; no cambiaría el premio más prestigioso del mundo por la sensación de cuidar de mi familia, de atender al ganado o de galopar sobre un caballo al que he ayudado a nacer yo mismo. No espero que lo entiendas, pero es así.

      Ya se empezaba a notar la bajada de temperatura. Una leve brisa se levantó poco a poco, formando pequeños remolinos de arena. En el horizonte, un color rojo intenso anunciaba el buen tiempo del día siguiente, pero todavía no había ni rastro de Kate y los niños.

      ―¿Sabes? ―dijo Alek de repente―, al día siguiente volví a la fábrica.

      No hizo falta aclarar nada, ambos sabían de lo que hablaba. Dimitri notó un intenso escalofrío a lo largo de toda la espalda. En un instante, un extraño truco de magia los trasladó de nuevo a la infancia.

      ―Volví, pero ya no había nada. Aquello tenía que haber estado lleno de sangre, creo que hasta esperaba encontrar el cadáver de aquel tipo con el cuello cortado allí mismo, tirado en el suelo. Pero no había nada.
―Yo pasé un miedo terrible los días siguientes ―dijo Dimitri, el niño pequeño, pecoso y travieso que llevaba petardos en los bolsillos como si fueran un secreto de estado―. Creí que la policía lo descubriría todo y vendrían a por nosotros. Pero nadie se enteró de nada, nadie nos vio. Tuvimos suerte.
―Sí nos vieron ―dijo Alek mirándolo a la cara―. A mí sí me vieron. Cuando salimos corriendo, me giré en el último momento y uno de aquellos hombres me vio la cara. Al día siguiente, cuando volví de la fábrica, fui a dejar mi bicicleta en la parte de atrás, como hacía siempre, y había un gato muerto. Tenía un cuchillo clavado en la barriga, y en él habían ensartado una nota con un simple “Silencio”.

      ―¿¡Qué dices!? ¿Y cómo supieron quién eras?
―Fue El Rubio. Creo que anduvieron preguntando por la escuela y él les ayudó a identificarme.
―Hijo de puta…

     Alek se había encendido un cigarro y le dio una intensa calada mientras fijaba de nuevo la vista en el horizonte. Era como si aquella línea infinitamente lejana le ayudara a visualizar lo que estaba retenido en la memoria.

      ―Y también te vieron a ti, pero no tu cara. ―Dimitri se puso lívido de repente. Los fantasmas de la infancia tienen un poder que pocos adultos conocen hasta que les hacen una visita―. Durante los días siguientes empecé a recibir postales por correo. Siempre eran de gatos, y siempre tenían algún elemento perturbador. Nunca eran gatos felices, siempre les pasaba alguna desgracia como estar mojados, en una situación complicada, o muy enfadados. Yo tenía mucho miedo a aquellas postales. Quién me lo iba a decir a mí, tener miedo a unas simples postales de gatos… pero me cagaba en los pantalones, esa es la verdad.

      ≫A los pocos días, un hombre vino a visitarme. Me abordó después del colegio, en el camino de vuelta a casa, y me preguntó quién era el chico que había estado conmigo en la fábrica. Yo no negué que hubiera alguien más conmigo, no hubiera servido de nada. Pero le dije que no debían preocuparse por esa persona, que no había dicho nada y que yo me encargaba de que aquello siguiera siendo así. No tengo ni idea de qué fue lo que conmovió a aquel hombre, pero por algún motivo que desconozco, decidió creerme y me dejó en paz. Eso sí, me dijo que si algún día rompía mi silencio o lo rompía mi amigo, vendrían y matarían a toda mi familia. ¿Y sabes una cosa? Aún hoy creo que era verdad.

    ≫Seguí recibiendo postales de gatos, pero cada vez eran menos frecuentes. Al poco tiempo recibía más o menos una al mes. Después, la cosa se redujo a una sola postal al año. ¿Te imaginas cuándo? Sí, cada veinte de enero. Recordándome que no se habían olvidado de mí, que me seguían vigilando. Que debía guardar mi silencio y el tuyo. Cuando me vine a los Estados Unidos respiré tranquilo, supuse que había escapado de su control. Pero el veinte de enero, como un clavo, llegó la siguiente postal a mi buzón. Era el dibujo de un gato con una pistola en la garra, apuntándose con ella a la cabeza. Pillé el mensaje, “nunca nos vamos a olvidar de ti”, pero lo cierto es que aquella fue la última postal que llegó.

      Dimitri respetó el silencio en el que se envolvió Alek y sintió una fuerte oleada de afecto por él. Por el niño que había llevado una pesada carga en su nombre y por el adulto que acababa de deshacerse de ella. Aquel silencio los unía más de lo que lo había hecho cualquier otra cosa en la vida.

      La tarde daba paso ya a las primeras estrellas en el cielo cuando por fin vislumbraron la polvareda que levantaba un coche al acercarse a la granja. Llegaron Kate y los niños, excitados por una larga tarde de juegos en el pueblo, poco antes de que Dimitri iniciara el viaje de regreso. Él y Alek se despidieron conscientes de que seguramente aquella era la última vez que se veían. El cowboy permaneció en el porche observando cómo su amigo se alejaba, una vez más, hasta que su coche desapareció definitivamente en la lejanía. El sentimiento de pérdida que lo invadía se disipó ligeramente al entrar de nuevo en la casa y atender a los niños, que se echaron en sus brazos para contarle lo estupenda que había sido la tarde.

      Una semana después, Dimitri regresó a Rusia. Volvió a su vida cotidiana manteniendo tenso en su mente el nuevo hilo que lo unía a un vaquero que vivía a miles de kilómetros de distancia. Solo un mes más tarde, recibió un paquete por correo postal procedente de los Estados Unidos. Fue nervioso a recogerlo y volvió más nervioso todavía al comprobar que era de Alek. Al abrirlo, descubrió en primer lugar un petardo que tenía un pequeño corte en uno de sus extremos. Las lágrimas casi no le dejaban ver cuando desenvolvió el segundo paquete. Era un texto de unas doscientas páginas, mecanografiado y encuadernado en canutillo. En la primera página, un breve título que lo atravesó, poderoso, como un rayo:

                                   Los Silenciosos      

                               por Alek Lavrov

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