CADÁVER EXQUISITO Número 3

He aquí, oh, Grandes, un sacrificio literario a sus ojos; uno muy especial, además. Esperamos humildemente que lo disfruten. 

 

El gorrino se paró bajo el dintel y miró la sala de aturdimiento, dubitativo. El Moro agitó las pinzas eléctricas para incitarlo.

—¡Viamos, viamos, quiabronaso! ¡Qui no tinemos tiodo el día!

Como siempre ante este espectáculo, Moncho tuvo que reprimir una risa. El Moro. En realidad el muchacho, aunque musulmán, era de la India, como no se cansaba de repetir. Que más daba. Total, la mayor parte de los currantes del matadero no habían salido de Carballo en su puerca (que ironía) vida, y tanto les tenía Calcuta como Ulan Bator.

El caso es que el Moro sentía la secular repugnancia de su religión por el gorrino, y por no salpicarse con la sangre, siempre se pedía el puesto del aturdidor o del soplete.

Tras él, cuchillo en mano, cual espectro de la Parca porcina, aguardaba Alí, el Químico.

Este en realidad se llamaba Lolo y era de Ponferrada, pero como encargado de la limpieza, le gustaba experimentar. Buscando su piedra filosofal antibacteriana, acabó mezclando un ácido con una base, y provocando una explosión. De ahí el mote.

“Me cago en mi puta madre, en mi licenciatura en Hispánicas y en toda esta panda de retrasados”. Moncho suspiró y le dio una patada al marrano para que se decidiera.

El animal pareció tranquilizarse por un breve momento, pero, como si fuese una maniobra, en el último instante se revolvió para darse a la fuga. El Moro reaccionó rápidamente para cortarle el paso, el cerdo intentó esquivarlo y el resultado fue que ambos quedaron casi encajados en la puerta. El cerdo comenzó a moverse con violencia, histérico, y su rival, con una pierna atrapada entre la puerta y la criatura, gritó e impactó con el aturdidor… consiguiendo que ambos, hombre y animal, encajasen la descarga.

Moncho cerró los ojos, maldijo, suspiró y se llevó la mano enguantada a la frente. —La madre que te parió, Moro —acabó por decir—. Anda, Alí, mira si está bien. —Dio un par de zancadas, sorteó al cerdo, y lo agarró por las patas para deslizarlo y quitárselo de encima al Moro, mientras que Alí le daba un par de palmadas en la mejilla al caído.

—No sé, casi voy a buscar ayuda —dijo Alí, y antes de que Moncho pudiese decir esta boca es mía ya había desaparecido por el corredor, dejándolo solo con todo el marrón.

El cerdo, menos aturdido que el Moro, movió débilmente la cabeza, mirando con un ojo a Moncho, como suplicando por su vida. —Moncho —parecía decir—. No me mates.

Y, ante su asombro, esas fueron exactamente las palabras que le soltó a continuación.

—¡Moncho, no me mates! —Su voz estridente, parecida al mensaje grabado de un muñeco de cuerda, estalló en los oídos del hombre como un petardo de irrealidad—. ¡Ten piedad de mí!

—¿¡Pero qué cojones…!? —exclamó, sorprendido y un tanto asustado, incapaz de creer lo que veía, mucho menos lo que oía. Con ojos de búho examinó al animal que, aun mirándole pero sin pronunciar palabra, parecía no haber hablado nunca —. ¡Eh! ¿Estáis jugando con la megafonía otra vez, atajo de cabrones? ¡Joder, que no es momento para bromas!

—No es ninguna broma, Moncho —dijeron a su espalda, provocándole un escalofrío que le sacudió todo el cuerpo. Aquel había sido un siseo frío, impersonal, casi sin vida; un silbido tétrico que se repitió antes de que pudiese girarse para encarar los labios que lo habían alumbrado —. Cumple con tu trabajo y acaba con la vida de este espécimen porcino.

—¡No la escuches! —graznó el cerdo a modo de réplica, hipnotizando al filólogo —. ¡Si me matas, toda mi especie sufrirá el peor de los destinos a manos de los tuyos! — Entonces se sentó sobre sus cuartos traseros, elevando las pezuñas delanteras como si rogase —. ¡No la escuches, por favor!

“Me cago en mi vida”, pensó Moncho, “estoy como una puta cabra”. Un cerdo que hablaba ya era suficientemente malo, como para que aún encima se pusiera a rogar. Eso decía mucho de su subconsciente enfermo.

Con esfuerzo, consiguió apartar la vista del gorrino y dirigirla hacia la misteriosa voz que había hablado tras él. “¡Venga ya!”, fue su siguiente pensamiento; pensamiento que quedó interrumpido por el chorretón de líquido tibio que impactó contra su cuello, seguido de una serie de chillidos espeluznantes. El Moro, todavía en el suelo, se había liado a cuchilladas con el cerdo parlante.

—¡Es Iblis! —gritaba, con los ojos desencajados— ¡Iblis, el dimomio mismo! —y seguía propinando cuchilladas mientras sujetaba al gorrino bajo el brazo izquierdo.

Al poco, el animal dejó de moverse, y el Moro, todavía presa del pánico y totalmente cubierto de sangre, levantó por fin la vista. Pero Moncho vio que no lo miraba a él, sino un poco más allá, hacia el lugar del que había provenido la extraña voz. Giró la cabeza en aquella dirección y se encontró con lo que ya antes había visto; en el umbral de la puerta, en actitud impaciente, una vaca les observaba con ojos impropios de un bovino.

Aquello era demasiado incluso para un durmiente de Al-Quaeda. Dejando caer el cuchillo, puso pies en polvorosa por la puerta que llevaba a la sala de despiece.

—¡Yio mi largo! ¡Apáñetalas tú solo, infiel! ¡Mi vuelvo al Punjab!

Moncho hubiera querido seguirle, no pudo. La vaca lo tenía fascinado, de la misma forma que una serpiente fascina al pobre ratoncillo que va a devorar. Incrédulo aún vió como la vaca atravesaba con ciertas dificultades el acceso destinado a los gorrinos y una vez dentro de la sala de aturdimiento, se alzaba sobre sus patas traseras.

—Tu desequilibrado amigo ha hecho lo correcto, Moncho. No temas nada. Se que es difícil de asimilar, pero no somos demonios.

—Mierda. Mierda. ¿Y que eres entonces?

—Evos y evos han pasado, Moncho, desde que mi raza, entonces material como la tuya, transformó sus mentes en energía pura, capaz de cruzar los insondables y profundos abismos estelares, donde acechan inombrables horrores cósmicos, para ocupar los cuerpos de las innumerables bestias presintientes que habitan en un millón de mundos.

El bóvido elevó la mirada hacia el cielo, bloqueado por el frío techo del matadero, como intentando darle un mayor énfasis a sus palabras.

—Ya… ¿veo? —contestó Moncho, con los hombros caídos, agotado. Se sintió un espectador de su propia vida, como si todo aquello le estuviese sucediendo a otra persona. Le costaba articular cada palabra—. Pero, pero, yo…

—Tranquilo —le interrumpió la voz de aquella criatura, en un tono que inspiraba cualquier cosa menos sosiego, al tiempo que le apoyaba una pezuña en el hombro—. Tu amigo te ha salvado de un destino terrible. El cadáver que ves ocultaba a un fugitivo de nuestra especie. Creíamos haberlo aprisionado por fin en el interior de ese animal hasta su fin, pero, ¡ay! Su voluntad, Moncho, era indomable… Si tu pobre amigo no hubiese reaccionado violentamente, se habría apoderado de tu cuerpo en cuestión de minutos.

Lanzó una mirada al despojo. Los ojos porcinos, que habían implorado compasión, lo contemplaban desde la muerte con un odio frío, infinito. Se quedó petrificado por un momento por ellos, hasta que la criatura señaló con la pezuña hacia una esquina, donde reposaba la cámara de seguridad. —¿Eso está grabando? —inquirió, con curiosidad.

— Debes ser rápido, humano —exhortó la res con una solemnidad incontestable—. La tuya es una especie supersticiosa en grado sumo y, si llegasen a ver lo que ese primitivo dispositivo ha grabado, sería la locura para ellos— expuso consecuentemente, como si de un avezado orador se tratase—. Ve ahora y haz lo que sea necesario para borrar el testimonio de lo que ha sucedido.

—Por el amor de Dios… —dijo entre dientes mientras se llevaba las manos a la cabeza, luchando con la infernal marabunta de pensamientos que se agolpaban en su mente—. Esto no puede ser verdad… ¡No puede estar pasando! —gritó mientras caía arrodillado.

—Es hora de actuar, bípedo —mugió la vaca, empujándole violentamente con su enorme cráneo—. El tiempo corre en nuestra contra.

—Pero… el Moro… —protestó al borde del llanto, intentando ganar algo de terreno para enfrentarse a la lógica de aquella cosa.

—El testimonio de un simple matarife no será escuchado —le interrumpió —. Haz lo que te digo y pronto saldremos nosotros y nuestro recuerdo de tu existencia.

Moncho, completamente aturdido, se dirigió a la sala de control, desde la cual se seguía todo el proceso de sacrificio de animales. Algo en su interior había decidido confiar en aquel ser extraño; era eso o luchar consigo mismo. Entró en la sala, eternamente desordenada, como un autómata. Albaranes y facturas cubrían parte de la única mesa sobre la cual se disponían herramientas dejadas sin cuidado alguno. En una esquina, los restos de la ensalada que había tomado en el almuerzo.

Varias pantallas registraban todo lo que sucedía en el recinto; paró la grabación automática y entró en el sistema de registro. Localizó el archivo, y un pensamiento rápido y contundente se abrió paso como un rayo; borrarlo sería aceptar que no podría demostrar nada, ni siquiera a sí mismo. Un solo dedo separaba realidad y locura.

Fueron solo diez segundos. Luego, apretó la tecla y el archivo quedó borrado.

Se dirigió a la puerta, aliviado ya por la decisión tomada. Todo aquello le superaba, se dejaría ir sin más. Cogió la manilla de la puerta, dispuesto por fin a salir, cuando una diminuta voz le paralizó por completo:

—Moncho, escúchame, por favor…

Se giró despacio para ver lo que le hizo un nuevo “clic” en la cabeza; en el plato, las hojas de lechuga se habían dispuesto una encima de la otra, formando una pila de imposible equilibrio que simulaba una cara. En ese momento, Moncho dejó de ser un ser racional. Cogió el machete más grande que había sobre la mesa, y un último pensamiento cruzó por su mente; “me cago en dios”.

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