CADÁVER EXQUISITO número 4

Bueno, pues aquí va el cuarto cadáver exquisito. En este en concreto colaboraron, si mal no recordamos, siete manos. Está ambientado en la ciudad de A Coruña, España, en un barrio muy concreto de la misma. Esperamos que sus habitantes sepan leernos con humor y no nos guarden rencor, que lo hicimos todo sin maldad. Bien, pues, ¡aquí va!

 

 

La rata emitió un chillido largo y agudo. Marcos, indiferente, mantuvo la presión de su zapatilla “Adidas” de imitación china sobre el animal, al tiempo que examinaba las cuatro paredes en las que vivía. Raspó con las uñas el papel despegado al lado de la puerta del baño, recorrido por un halo negro de humedad. Aunque era Enero y no tenía nada parecido a calefacción, sudaba a chorros bajo su camiseta de tiras. Cargó algo más de peso en el pie. El animal giró la cabeza hacia él, chillando horrorizado.

—¿Cuánto? —dijo Marcos, sin mirar a su interlocutor. Todos eran iguales. Todos de traje y zapatos caros. Todos tapándose la nariz al entrar en el cuchitril que era su casa.

—Dos mil —contestó el hombre desde el marco de la puerta—. Tres, si pones el arma. Las miradas se cruzaron por un breve segundo, pero el hombre del traje la apartó, nervioso, ante los ojos vacíos, insensibles, del adulto prematuro en que se había convertido él. Dejó caer un abundante escupitajo al lado de la rata y negó con el índice.

—Eso es para los niños, hijo de puta. Pilla a un crío del barrio y por eso y unos gramos matará a su madre —contestó—. Y lo harán mal: yo soy mágico. No fallo nunca.

Cargó el peso. El animal soltó un último quejido al crujir sus huesos. —Quiero diez.

Salieron de aquella jaula conteniendo una arcada y seguidos por los ojos ígneos de otra alimaña que aguardaba en un rincón el momento de vengarse.

—Maldito guiño. ¡Que quiere diez! El muy cabrón. Pronto todos pedirán más—. Méndez trataba sin éxito de controlar el temblor de su mano mientras encendía un cigarro usado—. Estoy harto de esta puta guerra y de estos putos críos. ¿Lo has visto? Se me ha helado la sangre. A Méndez le encantaba inventar palabras. Solía llamar guiños a aquella mezcla perversa de guerra y niños con la que se veían obligados a tratar. — Yo iba para escritor, ¿sabes?  — Y su enorme pie del 46 impecablemente calzado pateó un pedazo de hojalata del suelo de aquel cementerio de elefantes.

—No vamos a darle diez. No vamos a darle nada— sentenció Yalu— Tarde o temprano buscará su dosis de humo. Incluso los lúcidos necesitan una de vez en cuando. Yalu era un gallego que presumía de haber escapado de una cárcel en la antigua Corea del Norte durante la guerra, nadie le creía, pero todos le llamaban Yalu. Suspiró y volvió la mirada hacia aquel cuchitril. No estaba tan seguro, aquel chaval era la prueba viviente, si podía decirse que estaba vivo, de que la Unión había caído.

Caminaron por la calzada de tierra que separaba las dos filas de chabolas que conformaban una de las muchas calles de aquel laberinto de maderos y plásticos.

Un paseo por la antigua barriada de los Rosales, uno de los muchos vecindarios coruñeses destruidos durante la Situación, era una experiencia reservada para las voluntades más inquebrantables. Contaminada más allá de toda recuperación, sobre ella se asentaba una nutrida y cochambrosa masa humana que no paraba de crecer. Un lugar tan despiadado con cualquier muestra de debilidad como sus propios habitantes, algo de lo que Méndez y Yalu eran muy conscientes.

Esquivando las muchas miradas que los estudiaban, los hombres alcanzaron la protuberante reja que separaba el poblado del resto de la ciudad, deslizando un billete de cincuenta rubloyenes en la mano del cabo al cargo de la puerta.

Un coche les esperaba al otro lado, estacionado a pocos metros. Cuando se acercaron, el cristal tintado de la ventanilla trasera empezó a bajar y, como de una caverna, una voz rota se dirigió a ellos.

—Qu’est-ce qu’il a dit?
—Quiere diez — replicó Méndez con cierto temor.
—D’accord, donnez-lui de l’argent.

Marcos los vio alejarse desde la ventana de la chabola. Con sus zapatos caros, sus trajes planchados y su asco incrustado en las narices. Cada vez era más frecuente la visita de estirados al barrio. Y cada vez tardaban más en irse; las negociaciones habían empezado a alargarse cuando descubrieron que los chavales no eran tan gilipollas como ellos creían. Y mucho menos los lúcidos.

Apartó la vista de la ventana cuando los vio cruzar la Plaza Elíptica. Volverían. Le traerían sus diez mil. Lo sabía por instinto, pero no solo por eso; todos los lúcidos preveían de un modo extraño el curso de los acontecimientos. Y él no era un lúcido cualquiera. Él era mágico. Se lo había dicho a aquellos tipos como una especie de broma, para poder soltarles a la cara más adelante un irónico “os lo dije”. Pero ellos no lo habían entendido, por supuesto. O no le habían creído. Bien; esa era la idea.

Se dirigió a la cocina, repleta de platos apilados y restos de comida, y abrió una de las alacenas. Apartó varios tarros y latas hasta llegar a un bulto tapado por un trapo que sacó con cuidado. Se encendió un pitillo, que colocó en la comisura de los labios, mientras observaba el paquete. Era el momento de utilizar el humo.

En raros casos, aproximadamente uno de cada cien, la droga despertaba las habilidades prescientes de un adicto. Este, paradójicamente, solía dejar de consumir. El mono parecía mitigarse. Además era como si el cerebro, una vez espabilado, no pudiera soportar un nuevo empujón. Si el yonki volvía a colocarse, su mente se perdía en un carrusel de vívidos futuros paralelos; tan incapaz de decidirse por uno como el compás de un barco en una tormenta eléctrica.

Y, como el compás de un barco en una tormenta eléctrica, el sujeto podía salir trastornado o inútil de la tempestad.

Ahora bien, el don adquirido se perdía con el tiempo. Y si se pasaba demasiado tiempo sin consumir, podía desaparecer por completo. Normalmente, cuando el lúcido estaba a punto de dejar de serlo, se arriesgaba a una nueva toma.

 Humo. Loto negro. Lengua de Judas. Mano de muerto. Al final, un negro y viscoso hongo OGM que debía conservarse al fresco, en la oscuridad, húmedo y putrefacto, y luego quemarse. Sobre el pequeño fuego, Marcos colocó un sucio espejo. Luego lamió, goloso, el hollín que lo empañaba, y un millón de mundos se abrieron ante él.

Marcos brujuleó entre ellos sin temor  a volverse loco. Él podía hacerlo; era mágico.

Después de unos instantes de clímax, abrió los ojos, miró a su alrededor y observó sin nitidez unos bultos que recorrían la sala, tardó unos instantes en enfocar sus pupilas y al fin distinguió una horda de saltamontes que inundaban la estancia.

Él era mágico, acaba de consumir la sustancia, pero competir contra una multitud de saltamontes carnívoros superaba todo lo imaginable. En ese momento recordó una frase que siempre le decía su abuelo: “Si no puedes contra el enemigo alíate con él”. Así que se erigió como cabeza de grupo, abrió la puerta y empezó a guiar a los saltamontes por el pasillo del edificio.

Los saltamontes son animales muy jerárquicos y enseguida lo tomaron como el líder, los dirigió por el edificio como Atila Rey de los Unos lo hiciera con sus tropas y emulando a estos arrasaron todo lo que encontraron a su paso,  perros, mujeres, niños, hombres. A cada instante se iban reproduciendo y la situación tomaba un cariz dantesco.

Él no solo era mágico sino que además era el líder de una manada, siempre lo había deseado, tenía su propio ejército y estaba arrasando la ciudad. En unas horas la ciudad estaría a sus pies y todo gracias al humo.

¿Y después, qué? Contrólate, se dijo, golpeando contra la pared. La pared, la pared podía ser la de cualquier lugar, pero tenía que lograr que volviese a ser la de su casa. Tenía que lograrlo antes de que el humo lo envolviese todo y no dejase nada. El hambre de poder mata el cerebro. Ser devorado por los monstruos mata el cerebro. Volvió a golpear, con los dos puños, hasta abrir un boquete, hasta hacerse sangre. Dejarse llevar por el humo mata el cerebro. Gritó, con todas sus fuerzas. Las gigantescas criaturas se volvieron hacia él, inquisitivas, dudando de su autoridad. Se giró hacia los saltamontes, con las manos fuertemente cerradas. De ellas manaba un hilo de sangre, que, formando pequeñas gotas, caía en un lento replicar al suelo.  Alzó la mirada, desafiante. Tenía el control, había estado ahí mil veces. Tenía el puto control.

Llegaron hasta él, rodeándolo, moviendo rítmicamente las antenas. Agitaron las alas.

“No”, susurró, sudando a chorros, y no hubo más saltamontes. Como un impacto de bala llegó la lucidez. Volvió al mundo, a las mismas cuatro paredes, a la misma rata muerta, a la misma mancha de humedad. Pero el mundo ya no era igual, podía verlo como el ciego que se cura y ve, por primera, vez los colores. Estaba preparado.

Releyó los diez folios que acababa de escribir y los arrojó a un lado de la mesa con desprecio. Qué cojones hacía un gallego en Corea, y los saltamontes…tenía que dejar de fumar aquella mierda, cuanto antes. Bebió un trago más y aquel tequila aguado bajó por su garganta como un tiro. Se desplomó sobre el catre y se limpió las gafas con su camiseta sudada soltando un suspiro. Era cuestión de tiempo que los perros de la editora olieran el miedo, llevaba semanas evitando sus llamadas. Esta vez estaba perdido. Se quedó observando aquella rata muerta en el suelo como esperando que le ofreciese otro latigazo de inspiración, una tregua a aquella maldita impotencia. Pasaron veinte minutos más sin que aquella alimaña se decidiese a moverse, quizás a hablarle y darle algo sobre lo que escribir. Otro trago prolongado bajó ardiendo por su garganta y escondió derrotado su cabeza entre las piernas. Maldita sea…esta vez se ha acabado. Había tenido el acierto del tonto una sola vez y de pronto los vecinos empezaron a saludar y nunca le faltaba una musa con quien dormir. Sonó el timbre como una campana de difuntos. Marcos abre, soy yo, Méndez. Abre la puerta. Mantuvo la cabeza entre las piernas sin emitir sonido alguno. Abre, he venido solo. Tengo algo para ti, ¿no lo hueles?

Se echó hacia atrás golpeado por un impulso nervioso, clavándose el respaldo de la silla en la nuca. El dolor bajó por su columna como un relámpago de agujas, destrozándole antes de catapultarlo a una nube de endorfinas. Allí se quedó unos segundos, disfrutando de la sensación de su morfina particular, hasta que el timbre volvió a gritar. Venga, Marcos, mueve el culo y abre de una vez. La voz de Méndez, aguda y penetrante por sí misma, le destrozaba los tímpanos al crecer a través del altoparlante, obligándole a levantarse y ceder a sus demandas aunque solo fuera para hacerla callar.

—¡Ya era hora! — Le espetó el hombre tan pronto la puerta empezó a deslizarse —. Tienes un aspecto de mierda, parece que acabas de salir de un campamento de purificación del Neodemos. Toma — dijo, tendiéndole una bolsa llena de cajitas de vivos colores, mientras pasaba a su lado camino del escritorio —, son de esa taquería de la esquina. Ya no sirven perro, lo siento — siguió hablando, recogiendo los folios que había esparcidos sobre la mesa; leyendo las abigarradas líneas con especial avidez —. ¡Joder, Marcos! ¿¡En serio!? ­— estalló sin dejar de leer—. ¿Denuncia social otra vez? A nadie le interesa tu infancia en ese agujero de los Rosales, asúmelo.

“Denuncia social”, dijo el muy gilipollas. De acuerdo. Iba a contar la verdad de una vez. Ya estaba bien de disimular, de disfrazar sus historias con florituras y convencionalismos. Se acabó eso de bordear lo imposible, iba a zambullirse de lleno y se llevaría a Méndez consigo. Aunque fuera lo último que hiciera en esta vida.

—Méndez, ¿sabes lo que son los universos paralelos?

—¿Eh? ¿Qué coño me estás contando?

—Universos paralelos. Realidades alternativas. Futuros posibles —el ceño del otro,  completamente fruncido—. ¿No? ¿No sabes de lo que te hablo? Bueno, tampoco importa mucho, porque vas a conocerlo de primera mano.

—Mira, chaval, a mí no me metas en tus mierdas, ya sabes que…

Marcos sacó del bolsillo una mano y haciendo un gesto de frotamiento con los dedos, un leve humo negro empezó a desprenderse de ellos. No dejaba de mirar a Méndez a los ojos, y este notó cómo un ligero temblor hacía ondular la realidad que le rodeaba. Me cago en la puta fue lo último que tuvo tiempo de pensar antes de que todo colapsara ante sus ojos.

En mil millones de mundos, mil millones de mentes que eran en cierto modo la misma quedaron conectadas. Como un espejo que pasa de devolver una sola imagen a un millar tras romperse, siendo todas ellas completas y ligeramente distintas en razón de su orientación final, la mente de Méndez se fragmentó (o se unió, según se mire) en una rica multiplicidad de realidades fractalmente superpuestas.

Su psique perdido toda perspectiva, y en la mezcla vertiginosa de presentes posibles, diferentes pasados y futuros factibles, se desvaneció todo contacto con su realidad originaria. Era uno  y todos los Méndez de todos los cuasi infinitos parauniversos.

Y a lo largo y ancho de todos estos planos, retumbaba la voz de Marcos.

—¿Te gusta el Humo, Méndez? A mí no me volvió loco ir incrementando la dosis. No a mí. Yo soy mágico. El Humo forma parte de mí, en todas mis realidades. Aparte de la pluralidad de consciencias quasi idénticas, que tú puedes sentir en tu propio ego ahora mismo, he conseguido desarollar una metaconciencia que puede trasladarse a cualquiera de mis continuos. Como aquella en que un editorzuelo chupapollas trata de romperme las pelotas con sus prisas de mierda.

Méndez,  en un segundo de lucidez , cogió su móvil y marcó el número de teléfono que tenia grabado como “Hospital de Oza-Enfermos mentales”

—Diga…diga….

—Hola soy Méndez, el experimento MLD-989 esta fracasando, ruego manden una unidad a mi domicilio, es urgente.

Marcos entro en cólera repitiendo palabras rimbombantes, fruto de una lectura compulsiva:

—Yo soy mágico, consciencias, meteconciencia, pluralidad , realidades superpuestas…

Méndez en un gesto rápido, le amordazo. Estaba sudando, tenia miedo, mucho miedo, los experimentos con ratones eran fácilmente controlables, pero dejar El Humo en manos de un escritor del tres al cuarto podía acarrear grandes trastornos en la humanidad. Podría suponer la llegada al poder de una multitud de mentes quijotescas  que diesen al traste con el plan de “La organización”.

Este plan consistía en borrar cualquier huella cultural de la faz de la humanidad, sodomizar al pueblo con programas de televisión de la cadena amiga.

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