Lower East Side Story

Bueno, ¿qué tal el verano? ¿Bien? Nos alegramos mucho. Nuestro silencio ha sido largo, pero es que cayó sobre nosotros todo el peso de las vacaciones en algunos casos, los plazos de entrega en otros y el trabajo febril en uno más. Me toca a mí romper la calma estival recuperando un ciclo de premisas en el que se incluían petardos, un cowboy y una destilería de vodka abandonada durante la era de la URSS. Bien, bueno… Ejem, cof, cof. Dicho lo cual, espero que disfrutéis de este pequeño gran relato titulado Lower East Side Story

 

Herman von Heidegger no se acostumbraba a la vida en sociedad, mejor dicho, a la vida en sociedad que le hacían llevar.

Las leyes de la propiedad vertical no estaban hechas para una persona como él, nacida en una aldea próxima a la literaria ciudad de Ingolstadt cuando Baviera era, todavía, parte de una república que llamaron de Weimar.

Para él, que se había criado en el verdor del campo, la inmutabilidad de los espacios comunes era asfixiante; los gastos de la comunidad, algo de por sí extraño a sus oídos, se le antojaban excesivos; y los inflexibles calendarios para hacer la colada, siendo esto lo más comprensiblemente irritante para quienesquiera que se hayan visto en tal situación, le soliviantaban hasta la más ciega de las iras.

Para él, Gefreiter en la Wermacht de una república que cambió de nombre, la convivencia en el cuarto piso, puerta derecha del número 196 de Broome Street, un bloque de apartamentos sito en el casco histórico del Lower East Side neoyorkino, se reafirmaría como la prueba más dura a la que se verían sometidos sus nervios. Y es que Herman, viudo desde que se tenía recuerdo, era víctima de esas manías que se adivinan en la juventud, se afianzan con los años y se exacerban a causa de la senectud. En otras palabras, se había cansado.

Se había cansado de Manhattan, de su casa, de que le dijesen que tenía un acento demasiado fuerte para llevar tantos años en los Estados Unidos y, abreviando, de la humanidad en general y de sí mismo en particular. Una sana misantropía que muchos confundieron con senilidad el día en que su asistenta, contrita y algo avergonzada por el rapapolvo que se había ganado, confesó a los que le preguntaron que había sido despedida por tirar a la basura un trozo de ladrillo normal y corriente; un simple ladrillo roto que había estado cogiendo polvo en la estantería del salón desde que había entrado a trabajar en la casa, ocho años atrás.

Con esto y con todo, Herman von Heidegger era de esos personajes pintorescos a los que se les coge cariño, uno de esos esperpentos modernos que le dan un toque de color irreal a las calles por las que se mueven. Respetado más que querido, el anciano había redactado un acuerdo tan imaginario como unilateral a propósito del que se declaraba con el derecho a ser un gruñón irreconciliable; y la sociedad, en agradecimiento, lo soportaba con estoico mutismo.

Un trato que funcionaba, en opinión del abajo firmante, a las mil maravillas. Y que funcionó hasta que llegaron los Wiśniewski.

* * *

Jan y Zofia, un encantador matrimonio de jóvenes enamorados con raíces polacas asentadas a su vez en el Lower East Side, buscaban un lugar en el que fundar las bases de su vida conyugal y criar a su hijo.

Él, peón en una compañía de instalaciones eléctricas local, y ella, camarera en un restaurante cutre de Hudson Street, no pudieron irse a buscar el Edén demasiado lejos de su barrio natal; así que en lo que se refería al quinto piso, puerta derecha del 196 de Broome Street, lo bastante alejado de sus parientes y lo suficientemente barato como para poder permitírselo, sólo le faltaban las manzanas para ser declarado parte del Paraíso Terrenal.

Jan Wiśniewski, adalid de la sangre eslava en el Nuevo Mundo, era un hombretón de hombros anchos y manos de gigante que se agachaba cada vez que cruzaba una puerta, temiendo que su rala corona rubia cayese de su cabeza si golpeaba un dintel. Zofia Wiśniewski, por su parte, se perfilaba, más allá de la sexualidad, como la antonimia de su pareja: de rasgos delicados y cuerpo menudo, con la piel cenicienta y las mejillas sonrosadas, se tocaba con una melena larga, fina y negra, herencia directa de su abuelo, inmigrante mexicano.

El hijo de la pareja, Marcin, era la mezcla de este revoltijo genético, un chiquillo de espalda fuerte, pero miembros enjutos, con el pelo oscuro de su madre y la piel clara de su padre. Un niño avispado y travieso de siete años que no sabía estarse quieto ni dos minutos seguidos.

Ni siquiera uno.

* * *

El pequeño del clan Wiśniewski llegaría como toda una revolución para el barrio, irrumpiendo en uno de sus edificios como un terremoto de irrefrenable actividad, dispuesto a ponerlo todo patas arriba.

Era puro nervio, un salvaje en miniatura que pasaba las tardes corriendo escaleras arriba y escaleras abajo, cabalgando en un purasangre de cabeza de trapo al que picaba, sin atisbo de piedad, con las espuelas de su nuevo disfraz de Llanero Solitario, regalo que su abuelo materno le había hecho a juego con el mentado rocín y con un revólver de petardos que llevaba al cinto, presentes éstos de su abuelo paterno, un pésimo ser humano amante del western que no pensaba en la salud mental ni de su hijo ni de su nuera.

Contra todo pronóstico, el crío se ganaría la simpatía de unos vecinos que pasaron por alto lo molesto de sus actividades lúdicas. Sucedía que el pequeño, a fuerza de pasarse el día de un lado para el otro, tuvo la suerte de ir encontrándose, uno a uno y en íntima entrevista, con los habitantes indígenas del inmueble, circunstancia de la que sabría sacar ventaja al golpearles en un momento bajo, como acostumbra serlo, por ejemplo, el de una vuelta a casa en soledad.

De esta manera, incapaces de esquivarle, los integrantes de la vecindad al completo, o casi, cayeron rendidos a los encantos de su sombrero de fieltro, su antifaz y su sonrisa de dientes de leche. Por desgracia para el muchacho, estas continuas subidas y bajadas serían también las causantes de su accidentado encuentro con von Heidegger.

* * *

El anciano, que desconocía la existencia del mocoso, cruzó el portal y se dispuso al ascenso, subiendo los peldaños entre soplido y soplido, marchando con esa paciencia resignada de los que padecen dolores incurables. En la parte opuesta de la escalera, en el último piso, el niño, que desconocía la existencia del veterano, abría la puerta de su casa y se batía en retirada hacia la calle, huyendo a todo correr de una cruenta escaramuza con unos guerreros comanches.

Es cierto que el hombre, alarmado por el jaleo de la galopada y el estruendo de los disparos de fogueo, se percataría de la presencia del chiquillo mucho antes de su encuentro, como es cierto también que no pudo hacer más de lo que hizo para escapar a su destino.

Atrapado por la artrosis en el quinto escalón de un tramo de nueve, sólo le restaba la salida de los desesperados: desgañitarse gritando. Pero las explosiones del revólver eran tan potentes y el eco de las mismas tan insistente que, para cuando el mocito escuchó su vocerío, el choque era ya inevitable, y arrollado por un meteoro azul, el viejo perdió pie y cayó hacia atrás. Al mismo tiempo, la cría de Llanero Solitario y su Silver de madera, presas de la inercia, no pudieron frenarse e igualmente se despeñaron, juntándose los tres en un ovillo que cayó a rolos por las escaleras hasta llegar al portal, un piso más abajo.

El golpe haría retumbar las paredes del edificio con un bramido sordo, pero serían los exabruptos de von Heidegger los que alarmarían a los vecinos y llamarían a los curiosos, invocando a un nutrido enjambre de ojos que se arremolinó en torno a la escena del accidente.

Marcin, que había caído encima del octogenario, se levantaba pálido y mareado, con el sombrero arrugado, pero sin un rasguño; en cambio su compañero de viaje, tumbado sin poder moverse, se quejaba de un dolor fortísimo en la zona de la cadera mientras se palpaba, siseando, una fea brecha que se abría por encima de su ceja izquierda. A todas luces, éste se había llevado la peor parte, incluido un varapalo de la cola de Silver, al que todavía tenía encima y al que catapultó lejos, estrellándolo contra la cabeza de alguien que se quejó con un sonoro ay.

Entrometidos y cotillas cerraron filas para rodear al anciano, juntando los codos como en cadena e inclinándose para verle más de cerca, pero sin tocarle. La visión de la sangre alteraría el ánimo de este agradecido público, que tras un breve simposio acerca de los seguros médicos, sus prestaciones en relación a la calidad del servicio y las cuotas a pagar, acabó llamando a una ambulancia.

Los técnicos sanitarios llegarían media horas más tarde, cuando la turba de vecinos que se agolpaban en el portal era imposible de manejar. Entre los que consolaban al muchacho, aún blanco del susto, y los que atosigaban al viejo, el tráfico de personas en aquel pedazo de calle era tal que los sanitarios tardarían otros cinco minutos en abrirle paso a la camilla, alcanzar a los accidentados y examinarlos para confirmar lo que uno de ellos, en esencia, ya imaginaba: que se había roto la cadera.

Estimulados por el vaticinio de una intervención urgente, los sanitarios le subieron a la camilla sin más discusiones, cerraron las puertas de la ambulancia y Herman von Heidegger, que nunca había sido herido en batalla, fue llevado al encuentro del quirófano ante la mirada indiscreta de un ejército.

* * *

Los Wiśniewski estaban, a falta de una expresión más contundente, preocupados por la que se les venía encima.

Recién llegados a esa parte del barrio, con los ahorros de ambos invertidos en un nido por estrenar y una posible denuncia por daños y perjuicios en ciernes, sus nuevos vecinos, y en especial algunas vecinas, se sintieron en la obligación de advertirles acerca del mal genio que podía desplegar el señor von Heidegger: no en vano el alemán, porque su nacionalidad cobró una repentina y terrible relevancia, había despedido a su asistenta polaca, porque creían recordar que era polaca y, si no lo era, podía haberlo sido, por tirar un ladrillo roto. Ésta, y una larga lista de anécdotas más, servirían al matrimonio para hacerse a la idea de que su hijo había dado con un loco, seguridad que les llevaría, por consejo letrado, a personarse en el hospital para pedirle disculpas.

Jan y Zofia llegarían al hospital con actitud penitente, dispuestos a soportar toda clase de ataques, y a pesar de lo mucho que se prepararon para ello, jamás habrían podido imaginar la reacción que tuvo el anciano cuando les vio aparecer. Claro que cabía la posibilidad de que sus convecinos hubiesen exagerado con sus historias, o podía ser que ellos mismos se hubiesen lanzado a demonizar una imagen ya distorsionada, o incluso que el viejo, sin más, estuviese bajo los efectos de los sedantes; en todo caso, Herman von Heidegger, lejos del tifón malhumorado que esperaban, destilaba comprensión por los cuatro costados. Así, el señor Herman, pues les había pedido por favor que le llamasen por su nombre de pila, se mostraba como un ser altruista y de gran corazón que entendía la situación económica por la que pasaba el matrimonio, que el niño no había tenido mala intención, que su flamante cadera de metal era fruto de un lamentable accidente y, ante todo y sobre todo, los inconvenientes de meter a los picapleitos de por medio.

Esta reunión se prolongó hasta bien entrada la tarde. Las dos partes parecían tan cómodas la una con la otra que acabaron por olvidarse de que Marcin, causante del embrollo original, estaba todavía de cuerpo presente. Y nunca mejor dicho, porque atornillado a la silla en la que le habían sentado, obedeciendo unas órdenes que contradecían sus impulsos primarios, el niño contemplaba la escena como un elemento extraño en la habitación, permitiéndose el único vicio de balancear las piernas so pena de nalgada.

Si le hubiesen preguntado, la criatura habría dicho que la experiencia le resultaba insoportablemente aburrida, alienándolo de un modo tal que, recuperada la atención del respetable con motivo de las despedidas, hasta se sintió aliviado en su papel del sentenciado a muerte: se llevó una buena reprimenda que dejaba muy claro que la culpa era suya, se le obligó a arrepentirse y el asunto, en fondo y en forma, quedó zanjado para sus verdugos.

Gracias al sacrificio de su primogénito, Jan y Zofia contaban con las bendiciones de un segundo padre, en palabras del paciente, y con una moratoria, sancionada por éste, para su espada de Damocles legal. Aliviados tras comprobar que su vecino no era ningún maníaco, o no uno peligroso, los Wiśniewski empujaron los restos de su hijo fuera del cuarto, despidiéndose del señor Herman que, sin dejar de sonreír, les saludaba con inagotable felicidad.

Al menos mientras pudieron verle.

* * *

Von Heidegger era capaz de simpatizar con las preocupaciones de una pareja que pasa por apuros financieros, en eso no había mentido; por supuesto que sabía que el niño no había tenido mala intención, de lo contrario ya le hubiese puesto morado a bastonazos; y tenía muy claro que no quería véselas con abogados, al fin y al cabo, los recursos de un pensionista, es más, de un pensionista militar y extranjero, son reducidos.

No, ninguna de sus respuestas había sido casual: eran las primeras mentiras, los cimientos de una construcción mayor de la que todavía no conocía sus dimensiones, pero sí su entrada y su posible salida. La única verdad era la que no había dicho, la de que se había pasado la noche en vela recordando la caída, el dolor de los peldaños destrozándole los huesos y la vergüenza de su postura al caer; una noche completa de insomnio en la que acabaría odiando al mocoso que le había mandado al hospital. Y despierto en la oscuridad, aprovechando la duermevela inspiradora de los tranquilizantes, el viejo dedicaría sus energías a barruntar un plan, a diseñar una ofensiva a gran escala con la que se cobraría justa venganza sobre su enemigo de siete años.

Sus grandes teatros de guerra sufrirían, no obstante, dos serios reveses de salud que prolongarían su estadía hospitalaria, obligándole a postergar el estreno. Una infección bacteriana contraída en el postoperatorio, para empezar, y un virulento rechazo de su prótesis, para continuar, mermarían su escasa vitalidad, pero quitándole importancia a la seria amenaza de una muerte por septicemia, causa probable a sus años y en su estado, de lápida en el cementerio, se armó de paciencia para seguir pensando en su desquite.

Hasta que le visitaron los Johnson.

* * *

Benjamin y April Johnson, vecinos del tercero, puerta izquierda del 196 de Broome Street, serían los únicos que motu proprio y amén de los Wiśniewski, que acudieron por evidentes alusiones, visitarían al anciano en su lecho de dolor. Pastor de una congregación que había cerrado por falta de aforo, Benjamin Johnson conservaba la vocación cristiana de asistir al prójimo en esos momentos de extrema necesidad; deformación profesional que alimentaba su esposa April, juez, jurado y verdugo de los pensamientos, las obras y las pocas omisiones de su marido.

A simple vista, un observador inexperto podría pensar que el de los Johnson era un matrimonio infeliz, pero nada de eso: sin su mujer, Benjamin, un ser para el que habían sido prometidas las venturas deparadas a los mansos, no podría llegar a ninguna parte más allá de la puerta del baño; y sin su esposo, April no podría, en conformidad con la ley, entrar en las casas de otros para rendir cuentas a su cleptomanía con la excusa, y por veces la impunidad, de quien quiere hacer un servicio religioso. Y esta disposición, la del servicio, es la que llevaba la pareja la tarde que decidió acudir al hospital, previo acto de conciencia y tomado el sacramento de la eucaristía, fortaleciendo su fe para la lid que habrían de librar, conscientes, por su proximidad al interfecto, de que sería su único escudo frente a los envites del viejo.

Sabemos que los Johnson se demoraron en la puerta del cuarto lo justo para santiguarse, pero de lo que pasó una vez la puerta se hubo cerrado tras ellos, nadie, con la salvedad de los involucrados, sabe nada. Lo que sí sabemos es que de este vacío saldrían los Johnson atónitos, mudos de asombro, con la buena acción del año hecha y una comprensión más profunda del Universo.

El pastor y su esposa se sentían como exploradores de una faceta humana nunca antes vista. Estaban deslumbrados, fascinados como mercaderes de la antigüedad que vuelven de lugares exóticos con las maravillas que sólo ellos han visto en la punta de la lengua, contando historias inverosímiles, un poco por vanagloriarse de ello y un poco por entretener a los clientes del bazar. En el supuesto que nos ocupa, lo increíble de sus relatos era sostener que Herman von Heidegger, el amargado cascarrabias que acusaba a los griposos de no dejarle dormir con sus estornudos, se había convertido en una persona afable, en un viejecito atento al que los padecimientos de la carne habían cambiado. Fábulas en las que si los Johnson son los cuentacuentos, los clientes del bazar serían, a los efectos, el resto de la vecindad, y el bazar, el mercado del barrio, en donde la señora Johnson contaría su experiencia con lujo de detalles, mientras su marido, mesando sus ampulosos bigotes de morsa, le hacía los coros con enérgicos asentimientos.

El rumor prendió como la pólvora, y pronto toda la comunidad del edificio, las de los portales colindantes y algunas personas de Grand Street, intrigadas por el rebumbio, se acercaron para ser testigos del dickensiano milagro a tantos días para la Navidad.

* * *

Las idas y venidas del circo que se montó alrededor del señor von Heidegger, que no tuvo reparo alguno en aceptar el puesto de jefe de pista, seguiría con sus funciones matutinas durante los cinco meses posteriores a su apertura.

Serían ciento veintidós días y medio de desfiles entre la unidad de cuidados intensivos y la planta de Traumatología, anunciados a bombo y platillo, y con dos corifeos fijos de novenas y rosario. Un espectáculo de apretada agenda cuyas citas bien podrían haberse triplicado si los matasanos del Eisenbach Zacharia Rabbi, espectadores propicios del mismo, no hubiesen controlado la situación al darle el alta al paciente más popular jamás ingresado en un hospital de Manhattan.

La liberación de Herman von Heidegger fue todo un acontecimiento, por supuesto, y desató un diluvio de buenas voluntades que buscaban facilitarle su vuelta a casa. Pero desestimando las incontables manos amigas que se ofrecieron desde las filas de su troope, el viejo saldría del hospital por la puerta principal, ocupando una silla de ruedas y en la única compañía de una celadora que le abandonaría con un adiós maquinal en el límite del centro hospitalario: la acera.

Al paciente no pareció importarle en absoluto ser abandonado por un máquina profesional y, nada más se supo solo, invisible al trajín de los peatones, levantó una mano para que le atendiesen los coches amarillos. Quiso la suerte que tan sólo quince vehículos, tres discusiones y veinte minutos después, uno de los taxistas, un caballero de marcado acento español llamado Rodrigo, estuviese de acuerdo en auxiliarlos, a él y a su silla, por un precio razonable, y además, en cobrar una carrera a las inmediaciones de Chinatown sin dilaciones, sin coloquios y sin abultar el montante con giros innecesarios.

Limadas las asperezas de antemano, chófer y cliente se pusieron en marcha en silencio, llegaron a su destino en silencio, y en silencio, amparándose en el anonimato de un barrio donde rara vez habían puesto un pie ninguno de los dos,  se acercaron a la primera tienducha de avituallamientos náuticos que encontraron. Allí, rodeado de peces secos y otros trofeos malolientes, el viejo regatearía el precio de una bobina de nilón transparente y extrafuerte, un sedal diseñado, rezaba el poco inglés impreso en la pegatina del fabricante, para la pesca del pez espada y otras especies grandes.

Confiado en su función como mano derecha, Rodrigo se animaría en esos veinte minutos que les tomó aparcar, comprar el bramante y volver al coche, a interrogar a su pasajero acerca del nilón y el uso que pretendía darle, pero éste no le respondería. Su cliente se quedaría sentado, sin mirarle siquiera, sonriente y con los ojos perdidos, manoseando la bolsa de cartón que le habían dado como si fuese un animalillo vivo. Y el taxista, hombre cauto donde los hubiere, dejó de esperar una respuesta, guardó silencio como se le había pedido y, persignándose, dio gracias a los Cielos que su carrera no lo llevase al otro lado de la ciudad con semejante loco.

* * *

De regreso en el Lower East Side, y para sorpresa del español, que pensaba en su cliente como en un viejo trastornado capaz de pescar turistas desde el puente de Brooklyn, se encontrarían con un numeroso grupo de personas que esperaban, pancartas en mano, frente al portal de un edificio.

El conductor pensó al principio que se trataba de alguna oferta comercial que había convocado a los desocupados del barrio o de alguna manifestación pro-lo-que-quisiera-que-fuese, pero enseguida fue consciente, a medida que frenaba, de que aquella gente, sonriendo estúpidamente y haciéndole señas, sostenía mensajes de bienvenida para un nombre que le resultó conocido. Por qué hizo lo que hizo a continuación ni el propio Rodrigo supo explicarlo, pero en lugar de parar, como todos esperaban, volvió a acelerar y pasó de largo, desencadenando una carrera vecinal que finalizó con un semáforo en rojo.

Tras detener al taxi fugitivo, el comité del 196 de Broome Street recibió a su anciano pródigo como a una suerte de héroe, como a un Quijote derribado por un molino sin aspas en lo que era, sin duda, una estampa digna de un final made in Hollywood. Hubo quien se adelantó a abrirle la puerta al veterano, ayudándole a salir mientras los unos recogían la silla y el equipaje del maletero, y los otros, para mayor pasmo del taxista, discutían sobre quién tendría el honor de hacerse cargo de su tarifa. Una escena conmovedora que acabaría con el señor von Heidegger dándose un baño de masas en el recogimiento de su hogar, suceso extraordinario por mérito propio pues, desde el despido de su asistenta, nadie que no fuese su inquilino había vuelto a traspasar el umbral del cuarto derecha.

La fiesta duraría lo necesario para saciar la curiosidad de los metomentodos, a los que se podía ver lanzando miradas divertidas al famoso ladrillo, y salvar asimismo las fórmulas de cortesía de los demás invitados, que fueron abandonando la casa en lento goteo hasta que sólo quedaron los más allegados al anfitrión. En ausencia de Jan y Zofia, la distinción de la familiaridad recaería sobre Benjamin y April, que tuvieron que escuchar, para su consternación, cómo el homenajeado se pasaba la fiesta quejándose por la ausencia de los primeros, compartiendo con el resto de sus vecinos lo fantásticos que le parecían los jóvenes Wiśniewski, lo especial que era el hijo de la pareja y lo bien que le había tratado los tres.

El pecado de la envidia no era frecuente en las confesiones de los Johnson, pero la aparente negativa del Maestro a cantarles sus excelencias, y sin mediar soberbias,  en unos términos similares a los que había empleado con sus queridos vecinos, era más de lo que su infinita modestia podía soportar. Habían esperado que el anciano, al menos en petit comité, se hubiese pronunciado a su favor, y aunque intentaron aprovecharse de la intimidad para hacerle notar, entre otras cosas, que habían sido ellos, y no los Wiśniewski, los responsables de aquella fiesta, nada consiguieron.

Sus intentos se estrellaban contra las quejas de von Heidegger que, insensible a toda manipulación, acabaría por expresarles su deseo de encamarse sin haberles concedido la más nimia gracia, una sentencia a modo de estocada y puntilla que no les impediría ayudarle a desvestirse y a meterse en cama, esbozando para la tarea una sonrisa triste, mecánica y caída con la que retirarse luego so pretexto de procurarse una cena viva.

Unos minutos más tarde, arrastrándose frente al mostrador de la pescadería, April Johnson comentaba a la concurrencia de caballas y compradores lo que el viejo alemán, ese desagradecido del cuarto, les había dicho de unos polacos vecinos suyos, esos ordinarios que habían alquilado el quinto. Su esposo Benjamin añadiría, en un descuido de su derrengada mujer, lo arrepentida que ésta estaba de haberse sobrepuesto a su instinto cuando, haciendo el café, había estado a punto de sustraerle al anciano sus cucharas de plata.

* * *

La vida inició entonces ese proceso mediante el que se empeña en retornar a lo que ha sido.

Los habitantes del Lower East Side, en cuya inmensa mayoría se declararían ajenos a la magia que había rodeado el corazón de su barrio, retomaron los quehaceres impuestos por esta maquinaria como si fuese lo más corriente del mundo, cosa que así es. La excepción la integraban aquellos que conocían los hechos por mera contigüidad geográfica, un grupo selecto que mantendría viva la llama del asombro gracias a la evidencia que significaba cruzarse con el viejo von Heidegger, saludarle y no llevarse de él una mirada de desagrado. Es natural, sin embargo, que la gente se habitúe con relativa rapidez a los cambios agradables, y es más natural aún que la pátina de la convivencia acabe asentándose para hacerlo todo menos impactante, restándole importancia hasta a unos cambios tan exagerados como los sufridos por Herman von Heidegger. En consecuencia, y apenas una semana después de su regreso, los oriundos del 194 y el 198 de Broome Street ya se habían acostumbrado a las buenas palabras y a las conversaciones amistosas del anciano, como si éste nunca les hubiese hecho un mal gesto.

Los pacientes cero, todos ellos vecinos del 196, tardarían una semana más en perder de vista lo increíble de su metamorfosis: pasar del peligro constante de una visita intempestiva, con cruce de descalificativos y amenazas, a raíz de un mísero muelle rebelde, a un caluroso apretón de manos en el rellano, con sonrisa, y esto sin provocación aparente, hay un abismo difícil de integrar en el día a día. En cuanto al matrimonio Johnson, al que se le presumía la virtud de una memoria amplísima para el agravio, necesitaría el doble de tiempo, más una semana de penitencia adicional, para dejar de criticar la ingratitud de su Señor en los foros públicos del barrio, animadversión que les valdría el acertadísimo mote de “Hermanofóbicos”.

Poco después, hasta los jóvenes que habían crecido con las reprimendas del viejo se olvidaron de cómo se las había hecho pasar, y todo cayó en el mismo saco. Menos para los Wiśniewski.

* * *

Jan y Zofia, habiéndose reunido con carácter de urgencia tan pronto supieron del alta médica de von Heidegger, tomarían la decisión de apartar a su primogénito del edificio hasta que amainase la vorágine suscitada por su retorno.

Exiliando al crío en las casas de sus abuelos, la pareja tenía la esperanza de que sus respectivos padres, y más en concreto los de él, comprendiesen que no podían sobrealimentar la imaginación de un nieto hiperactivo sin que hubiese corolarios negativos y, de paso, que el anciano, alejado del causante de sus males recientes, se olvidase de él. Maniobra evasiva en la que Marcin, en calidad de refugiado político y de agente infiltrado, cumpliría a la perfección con el objetivo de la agenda secreta de sus progenitores: le bastarían dos días para agotar a su abuelo paterno, que sufriría en sus carnes una coz, accidental, del Silver de madera, y el estruendo vespertino, no tan fortuito, del revólver.

Curiosidades de la vida, la ausencia del chiquillo se haría notar entre sus vecinos, que empezaron a interesarse por su paradero apenas superado el segundo día libre de gritos de guerra apaches. Según el discurso de estos suplicantes, cuadro clínico de un síndrome de Estocolmo colectivo, la sepulcral tranquilidad de las escaleras era impropia de un edificio vital como el suyo, y rogaban por el pronto regreso del muchacho. A estas oraciones se unirían las del mismísimo Herman, auténtico apóstol del mozuelo, que visitaría a sus vecinos del quinto derecha el mismo día en que pudo salir a la calle para, precisamente, darle nuevo peso a estas súplicas.

Finalmente, los Wiśniewski capitularían a las miradas ansiosas de los fieles la noche del veinte de Junio y, por clamor popular, Marcin de Broome Street resucitó al rellano la mañana del veintiuno del mismo mes, a tiempo de iniciar una temporada estival cabalgando hacia poniente.

En su casa, Judas von Heidegger preparaba cincuenta centavos de sedal.

* * *

Exultante, devorado por la sensación de tener tantas cosas por hacer y sin poder escoger por cuál empezar, el niño se había prometido a sí mismo no desperdiciar ni un minuto de sus vacaciones. Un juramento que había hecho en esos días que había pasado en casa de sus abuelos, pues aunque los maternos habían soportado el chaparrón de su fiebre vaquera con mortificante coherencia, intentando desligar las regañinas que le pertenecían a las acciones del justiciero de las que merecía su nieto; el paterno, habiendo perdido su habitual buen humor a causa de las muchas siestas interrumpidas, y puede que en menor medida, pero no necesaria o exclusivamente, al dolor del hematoma que aún le señalaba la nariz, no había sido tan comprensivo, robándole ya bastantes días de aventura en el Oeste.

De modo que, a la hora de la comida, el chico se revolvía en su silla, queriendo escapar de ella como de una prisión fronteriza. Zofia intentaría tranquilizarle por todos los medios al alcance de una madre, amenazas y coacciones incluidas, y lo propio haría Jan, más inclinado, quizá, al uso de las disuasiones físicas, pero su hijo no estaba dispuesto a escucharles ni a ceder ante los tirones de orejas: comería poco y a las prisas, desmarcándose de la mesa con el último bocado de pan bajándole por la garganta, corriendo hacia la puerta antes de que sus padres se diesen cuenta.

Calado el sombrero, ceñido el antifaz y desatada su montura de su rincón, junto al paragüero, Marcin dejó de ser quien era y encarnó el cuerpo vigoroso y la mente aguda de su héroe. Salió por la puerta haciendo memoria, buscando en qué parte de sus andanzas se había quedado cuando su abuelo paterno, momentos antes de arrebatarle el revólver, le había ordenado recogerse para devolverlo a casa. Y mientras recordaba, el rellano se iba llenando de arena y grava, obedeciendo los dictados de su imaginación para abrirse a las paredes de arenisca roja que enmarcaban el curso del río Grande.

¡El Llanero Solitario estaba listo para cabalgar de nuevo!

* * *

A lo largo de aquella semana, el enmascarado había combatido a unos mineros sin escrúpulos que habían contaminado el agua de un río cercano, haciendo enfermar a una tribu sioux que, en vista la inacción de las autoridades, había desenterrado el hacha de guerra; perseguido y detenido a una banda de cuatreros que se las habían arreglado para robar manadas enteras de caballos; enfrentado a unos rangers corruptos que extorsionaban a varios pueblos apartados de la frontera, y ahora, habiendo descubierto su guarida en las montañas, corría al encuentro de una red de falsificadores que bajo las órdenes de Butch Cavendish, su odiado archienemigo, estaba haciendo estragos en la región.

Mas nunca llegaría a ellos.

Nuestro héroe subía al galope por el desfiladero cuando de pronto, y sin darse cuenta de que lo había esquivado en la bajada, una de sus espuelas, al impulsarse hacia adelante, se enredó en un cordel transparente que los esbirros de Cavendish habían atravesado en el paso, haciéndole tropezar y caer. El justiciero perdió las riendas de Silver en el acto, y el animal, asustado por la brusquedad del accidente, se encabritó y saltó lejos de él, relinchando de terror para precipitarse hacia el barranco. Su jinete no corrió mejor suerte, cayendo boca abajo como si no fuese más que un muñeco, chocando contra unas piedras que surgían al borde del precipicio y golpeándose el brazo derecho, del que salió un sonido que nunca antes había escuchado.

Butch Cavendish había ganado.

* * *

De nuevo en su diminuto ser, Marcin yacía en el suelo, conmocionado, tan incapaz de entender lo que acaba de pasar que a pesar del dolor sordo que le palpitaba en el brazo, ni siquiera podía llorar.

Se giró en el suelo como pudo, incorporándose sin una queja, agarrándose el brazo con la otra mano, como si le hubiesen herido, poniendo gesto solemne y mirándose la palma en busca de sangre, tal y como le había visto hacer a los protagonistas de las películas de acción. Pero lo que de verdad le preocupaba, sin embargo, eran el par de agujeros que su lengua acababa de encontrar en el lugar en que solían estar sus paletas, y más le preocupaba aún el estado de su montura, que habiéndose estampado contra el suelo del portal, a unos quince metros más abajo, se había partido en dos: la cola por un lado y la cabeza por el otro.

—Fue una buena caída, ¿verdad?—la voz sonó a sus espaldas, sobresaltándole. El niño se giró de golpe, asustado por aquel sonido rasposo y roto, casi perdiendo el equilibrio de nuevo, y sus ojos se encontraron de bruces con la mirada risueña del señor von Heidegger.

Sentado en la silla de ruedas que le había vendido el hospital, enmarcado por el umbral de su puerta como en un cuadro decimonónico, el anciano le observaba con una expresión de triunfo en la frente. Su sonrisa ni podía ni pretendía disimular el disfrute sádico, lobuno, pero también de justicia y retribución, que le embargaba.

—Lo mejor de todo es que no te creerá nadie, mocoso—rio y empujó su vehículo ortopédico hacia la barandilla, inclinándose sobre ella para cortar el nudo casi invisible que había hecho en uno de los travesaños—. Es tu palabra contra la mía, ¿sabes?—susurró mientras recogía el hilo de nilón cuyo otro extremo, para que nadie lo viese, había atado a un clavo en el interior de la moldura de su puerta—. Ahora estamos en paz por la que me hiciste a mí, canalla—le señaló con una garra, sentenciándolo—: disfruta de la escayola.

Dicho esto, el señor von Heidegger se metió los restos del sedal en el bolsillo, asió el hombro del chiquillo y, ante su desconcertada mirada, empezó a gritar pidiendo socorro.

* * *

En esta ocasión, los servicios de emergencia no tardarían en llegar, pero ni la aglomeración que les esperaba era tan grande ni los daños tan severos como los que habían visto en su anterior viaje: sólo los Wiśniewski, su hijo, Herman y los Johnson, a los que el tiempo libre situaba a esas horas en el recogimiento del hogar, estaban allí para recibirles.

De todos modos, el caso no necesitaba de grandes investigaciones: el niño había subido las escaleras corriendo, como siempre hacía en sus juegos, entonces habría dado un traspié o se habría resbalado al subir un escalón, y se había caído. La mala suerte se encargaría del resto, golpeándole contra la barandilla y rompiéndole el brazo. Un desafortunado accidente sin culpables, propio de la infancia y con una única víctima mortal de madera y trapo que lamentar.

Testigo de la versión oficial era el señor von Heidegger, que decía haber escuchado el estruendo del impacto, saliendo alarmado de su casa para hallar al muchacho tirado en el suelo, quejándose del brazo y con dos dientes de menos. Los padres del chiquillo, agradecidos por la ayuda del anciano, no pudieron por más que asentir, aceptando que esa explicación era de lo más factible, reprendiendo a su hijo con voces tomadas por un sentimiento que se balanceaba, como un péndulo trazando círculos, entre el alivio, el miedo y la ira. Y en lo que a los Johnson respectaba, siendo tomados por simples mirones, nadie les preguntó, por lo que nada dijeron, asistiendo al accidente como si su cometido fuese el de lanzarle miradas de soslayo a su antiguo buey sagrado, atrapados también por un péndulo sentimental que mezclaba la reprobación y servilismo.

Los ojos que quedaban, los más pequeños, no se apartaban del ogro que les había puesto la trampa. Su dueño presenció aquel proceso sumarial que le rodeaba, pero en el que no podía participar. Sabía, como había dicho el viejo, que hablar era inútil. Estaba convencido de que ni sus propios padres, aunque la verdad saliese de sus labios, la creerían. El enemigo era poderoso, ladino y malvado, así que Marcin esperó, dejando que su madre le mimase, que su padre le quitase importancia al asunto y que los médicos le escayolasen el brazo durante seis largas semanas.

Entre tanto, Jan y Zofia, que no deseaban que los servicios sociales les apartasen de su hijo por dejarle romperse, acordarían que lo mejor para aquel mes y medio de convalecencia, en aras de una curación rápida, sería prohibirle al retoño lo que para él había supuesto toda su diversión. El disfraz del Llanero Solitario, para los que le conocían en aquella parte del barrio, rasgo indisoluble de la personalidad del chiquillo, pasaría a ocupar una percha de olvido en el armario del pasillo; la pistola de petardos desaparecería en una caja que pusieron, como en una fosa común, al fondo de la balda superior del mismo armario, y a Silver se lo llevaría el camión de la basura sin mucha ceremonia.

La debacle fue total, pero el niño no discutió ninguna de estas medidas por injustas que pudieren parecerle. Ni tan siquiera se reveló una sola vez ante la tiranía, todo lo soportó, para orgullo de sus tiernos años, como creía que lo habría soportado el héroe al que respetaba, encarando, mejor y con más valentía que muchos adultos, las circunstancias que le habían llevado a estar encerrado en aquella escayola. Nada de eso: el pequeño Marcin Wiśniewski, paciente y silenciosamente, se dedicó a pensar en lo que haría una vez se consumiesen aquellas seis semanas de prisión, reviviendo en su mente los mejores capítulos de sus andanzas, con las que tenía, a decir verdad, para una temporada de capítulos radiofónicos, hasta que el día de la liberación llegó casi sin querer.

* * *

Era Jan el que tenía la ingrata misión de entrar cada mañana en la habitación del chiquillo para arrancarle de la cama, lo que para él solía significar la inmolación de un café caliente, pero ese día encontraría a su perezoso retoño levantado, vestido y esperando.

Deseoso como estaba de salir hacia el hospital, el niño casi se había arrojado a sí mismo al pasillo nada más le dejaron vía libre hacia la puerta, pero abortada su huida a manos de su padre, y pese a ser obligado a desayunar, a asearse y a vestirse como era debido, a saber, con la camiseta del derecho y calcetines parejos, todavía saldría encabezando la marcha en compañía de su madre. Esto entraba dentro de la normalidad, pero la escena difería de otras similares en que el niño bajaba las escaleras con un cuidado que nunca había tenido, deteniéndose frente a la puerta, abierta de par en par, del cuarto derecha.

En otro momento, Marcin habría pasado por delante de aquel agujero vacío como si tal cosa, pero después de lo ocurrido ya no podría hacerlo jamás, y menos con la sombra del señor von Heidegger asomándose al rellano. Ya no era sólo el miedo que le inspiraba el anciano, era que su gesto recio y firme, despegado al fin de su silla de ruedas, resultaba impactante. El viejo era consciente de ello, como lo era de que de su victoria, tanto que ni siquiera necesitaba dirigirle la palabra a su enemigo para regodearse: le bastaba con guiñarle un ojo, señalarse el brazo derecho y llevarse el dedo a los labios, recordándole lo que le había hecho y lo que él no había podido hacer.

La cara del veterano, cruel al principio, mudó radicalmente en cuanto se asomó el rostro de la señora Wiśniewski, a la que saludó con profundo cariño. Conversaron con la amabilidad de dos queridos amigos, vigilados por los ojos suplicantes del niño, pero von Heidegger no se dejó enternecer, reteniendo a la mujer todo lo que pudo a sabiendas de que así le robaba unos minutos de libertad. Y cuando se despidieron, lo hizo de Zofia, pero no del pequeño, al que dedicó una nueva sonrisa antes de cerrar la puerta con un leve chasquido, casi sin hacer ruido, dejando al chico como hipnotizado frente a ella.

Marcin imaginaba el ojo de color azul blanquecino atravesándole desde la mirilla, y eso le resultaba aterrador y fascinante al mismo tiempo. Su ensimismamiento obligaría a intervenir a su madre, que alarmada al comprobar que había bajado dos pisos hablando sola, deshizo sus pasos para sacarle a tirones de su estado mesmérico sin demasiado éxito, lo que la llevaría a repetir la operación de rescate a la altura del tercero. Pero es que el pequeño se estaba dando perfecta cuenta, escalera a escalera, de que su enemigo deseaba asentar su dominio sobre el rellano, de que aquella demostración de poder era toda una declaración de intenciones en la que von Heidegger, como un tirano, le hacía saber que no dejaría que le molestase de nuevo, o lo que era lo mismo, que el Llanero Solitario ya no cabalgaría en Broome Street.

La certeza de una derrota total y completa sustituyó la alegría del niño por una apatía tan absoluta que tomaría entidad propia, sentándose a su lado en la sala de espera, cargándose en él para hacerle compañía, y pasando a la consulta, en donde miró el brazo de su huésped, raquítico y blanquecino en comparación al otro, con apagada curiosidad. Así seguiría el resto de la mañana, paseando de la mano de su desgana y de la de su madre, que le estudiaba con expresión pensativa.

Para Zofia, testigo privilegiado del declive emocional del niño, la cosa ya pasaba de castaño a oscuro, porque en vista de lo ocurrido, incluso ella, que usaba con su hijo modernas técnicas de autorrealización que abogaban por darle a los chavales su espacio de seguridad para que solucionasen por sí mismos sus propios problemas, había empezado a perder la fe en ellas.

—¿Qué te pasa, cariño? —preguntó cuando estuvieron a solas, fuera del hospital.

No es nada, mamá —respondió sin mirarla.

—Pues no parece que no sea nada.

—Da igual. No me creerías.

—¿Cómo puedes decir eso? —Le hizo voltearse hacia ella—. Soy tu madre, claro que voy a creerte, cielo.

—No. Da igual.

—¿Es Gustav Swamson? —Se lanzó—. ¿Te está molestando ese bruto, Marcin?

—¡No, mamá, déjame en paz! —chilló, soltándose.

—No pasa nada, cielo, puedes contármelo —insistió—. Es el bruto de los Swanson, ¿verdad? Se ha burlado de ti por lo del disfraz, a que sí.

—Sí —mintió.

—Ya lo sabía —asintió, satisfecha de su perspicacia, creyéndola real—. Ya iré a hablar con sus padres y te dejará de molestar.

—¡No, no puedes! —replicó al instante—. Te lo he contado para que me dejes en paz, ¡no quiero que hagas nada!

—Pero, hijo —sonrió—, entonces no va a dejar de molestarte.

—Y si te chivas, le molestará más. —Se unió la voz de Jan, que habiéndoles ganado la espalda, irrumpía en la conversación, asustándolos.

—¡Jan Wiśniewski! —gritó su esposa, dándole un puñetazo en el hombro—. ¿Es a esto a lo que te han enseñado en tu casa?

—A esto y a mucho más —rio, esquivando otro golpe—, a lo que no me han enseñado es a discutir a gritos. ¿Qué os pasa con Gus Swamson, es que se mete contigo, hijo?

—Eso dice. —Se adelantó Zofia, centrando de nuevo su atención en Marcin—. Creo que tendremos que hablar con sus padres, pero él no quiere…

—¿Y qué quieres que hagamos entonces, hijo?

—Nada —contestó tajante.

—Bueno, pues no hacemos nada… —Se encogió hombros y, atrapando al mocoso bajo un brazo, cargándolo como si fuese un saco, se echó a andar—. ¡Venga, nos vamos a casa!

—Esto es serio, Jan —susurró ella por encima de las tímidas risas del niño.

—Lo sé, mi amor, lo sé —respondió, besándola en la mejilla—. Es que os tengo una sorpresa en el coche que a lo mejor nos ayuda a solucionar esto, ya lo verás.

—¿Una sorpresa? —inquirió el crío, cesando de súbito su lucha por escapar—¿Qué sorpresa?

—¿No ves nada en el bolsillo de atrás de mi pantalón?

Marcin retrepó por la ropa de Jan, escalando por su cuerpo como un alpinista sin cuerda, evitando y, a la vez, apoyándose en los brazos que le agarraban para ganar la cumbre de los hombros. Se echó en ellos como un saco, pendiendo de cabeza sobre la espalda de su padre, miró hacia abajo y vio, como éste le había insinuado, un objeto que conocía bien asomando del bolsillo trasero.

—¡Es mi antifaz!

—Y el pediatra diciendo que a lo mejor necesitabas gafas —rio, capturándolo de nuevo para, pagado el peaje de un beso, dejarlo en el suelo y entregarle su antifaz—. Ahora —dijo en cuanto se hubo ceñido la prenda—, mira lo que te ha comprado el abuelo Oleg.

El niño siguió la dirección que le señalaba aquella manaza y, volviéndose sin saber qué esperar, la tristeza que le había perseguido desapareció en un segundo. La magia la habían obrado dos botones cosidos a la cabeza de un caballo de trapo que relinchaba impaciente, asomado a una de las ventanillas traseras. Era un nuevo Silver, tocado con su sombrero de fieltro blanco y su pañuelo rojo, que esperaba a que su jinete reclamase el revólver de petardos que colgaba de su lomo.

—¡Silver! —gritaba y repetía mientras corría hacia el coche—. ¡Mamá, es Silver!

—¡Espera, hijo, espera!—Le interceptó su padre, pescándolo del cinturón y levantándolo en el aire sin esfuerzo aparente—. ¿Qué pasa con Gus? Dinos, ¿te molesta ese niño?

—No, no es Gus… —contestó tras un largo silencio.

—¿Entonces quién es? —Se unió su madre.

—Es… es otro.

—Bueno… —dijo su padre, dudando—. ¿Y el Llanero Solitario puede manejarlo o quieres que hablemos nosotros con sus padres?

—¡Sí, puede!

—Muy bien, entonces. ¿Le dejamos que se ocupe el Llanero, amor mío? —preguntó a su esposa.

—Tú y tu padre sois peores que él, Jan—negó, mordiéndose el labio inferior, preocupada—. Lo sabes, ¿verdad?

—¿Prometes hablar con nosotros si tienes problemas, hijo?

—Sí, papá.

—¿Zofia?

—Está bien, vosotros ganáis —suspiró, cansada de luchar—, pero si te haces daño, o te hacen daño, Marcin Wiśniewski, te juro que no te va a llegar la calle para salir corriendo, ¿me has entendido?

—Sí, mamá.

—Bueno, ¿entonces nos vamos a casa ya? —preguntó él.

—¿Puedo ir delante, mamá? —suplicó.

—¿Para qué quieres ir delante?

—Los defensores de la diligencia siempre se sientan delante, al lado del conductor —contestó con naturalidad—. Así pueden disparar mejor.

—¡Jajajaja! —estalló la carcajada de Jan mientras se metía en el coche—. ¡Parece que el Llanero Solitario cabalga de nuevo!

* * *

El que vino a continuación fue uno de los veranos más movidos que se recuerdan en el número 196 de Broome Street.

Con la guerra declarada por ambos bandos, aunque uno de ellos, creyéndose vencedor desde hacía semanas, hubiese dispuesto ya sus sanciones sobre el que daba por vencido, con los ejércitos reorganizados en sus respectivas fronteras y las líneas de avance bien definidas, el primer movimiento lo haría el pequeño de los Wiśniewski que, a fin de cobrarse el tiempo que se le debía, aprovechó una salida obligada de su enemigo al médico para llenarle la cerradura de chicle. El ataque, como un desembarco en un día de tormenta, cogería por sorpresa a su rival, que en su regreso se encontró con el desastre: el diablillo había empujado tanto y con tanta maña la pasta de arce que el anciano necesitaría cambiar la cerradura entera.

Esta agresión sacaría de su letargo al señor von Heidegger, que sabiéndose de nuevo en el ojo del huracán, respondería a ella aguardando a que el muchacho emprendiese uno de sus juegos escaleras arriba y escaleras abajo, siendo de sus preferidos uno en el que se anexionaba a Daniel Malatesta, el otro niño del edificio, un crío taciturno y silencioso al que la vitalidad de su camarada le hacía parecer un muerto en vida, y que consistía en dejar caer una pelota, cronometrar cuánto tardaba en llegar al portal e intentar batir el tiempo establecido por el esférico. Una tarde, la pelota no rebotó en el portal, perdiéndose para siempre con un portazo burlón resonando en el rellano.

El incidente se repetiría en tres ocasiones no consecutivas.

La desaparición de tantos balones supuso la pérdida irreversible de un elemento esencial en su caja de juguetes, pero Marcin, despreciando las duras llamadas al orden de sus padres, no se rindió. La rabia acumulada animaría al pequeño a desarrollar nuevos métodos para encarar el conflicto, filosofía que daría como fruto la perversa idea de pinzar el timbre del cuarto piso con un palillo plano: Von Heidegger tendría que bajar, él y su artrosis, a última hora de la tarde, a investigar quién o qué había puesto su empeño en quemarle el timbre, encontrándose con el mondadientes perfectamente encajado. El artilugio de guerra, quebrado de acorde a un plan de desmoralización ideado por los servicios de inteligencia enemigos, se desintegraría en dos pedazos al primer intento de extracción, imposibilitando la misma al quedar una parte dentro del mecanismo del timbre y la otra, más grande, entre los dedos adoloridos del viejo.

La combinación del pitido y la frustración provocaría que el anciano cogiese su novísimo bastón para emprenderla a porrazo limpio con el panel. La derrama subsiguiente corrió a cargo de su bolsillo y la guerra, íntima en sus comienzos, saltó a los tabloides.

* * *

Ignorantes hasta entonces al conflicto que enfrentaba al ciudadano más viejo y al más joven del edificio, los vecinos asistieron perplejos a una escalada de violencia que sacudía las entrañas de su pacífica comunidad, lucha que ya les había costado viajes al hospital y, al parecer, una placa de timbres nueva.

La noticia polarizó a los demás apartamentos del inmueble de forma manifiesta, dividiendo a la vecindad en dos grupos de opinión tan contrarios como enfrentados e irreconciliables: los menos apoyaban al anciano frente a los desmanes y la falta de respeto de las nuevas generaciones, aferrándose sin duda a los cambios recientes que había efectuado el hombre en su actitud, pero los más se ponían de parte del niño, alegando que un adulto, y para colmo uno de su edad, no debía ponerse a la altura de un chiquillo; incluso los hubo que vieron en esta confrontación la excusa para revivir viejas rencillas, a tenor de un conflicto mayor y más serio que muchos de ellos no habían vivido, pero que sentían como si así hubiese sido.

Sea como fuere, nadie conseguiría poner fin a la confrontación, ni siquiera los Wiśniewski, cuya impotencia en el asunto, negándose a exiliar permanentemente a su hijo, ya les planteaba una mudanza que apenas sí podrían permitirse. Un conflicto que sin previo aviso, como siempre, alcanzaría niveles de tragedia un sábado en que Zofia, recogiendo la ropa de la lavandería del edificio, se percató de que una mano malintencionada había añadido lejía a su lavadora, estropeando, entre otras prendas cuyas tallas, letras de copa y complejidad de los adornos de encaje no nos incumben, el disfraz de su hijo.

—Gustav Swamson… —susurró entre dientes—. ¡Ojalá hubiese sido Gustav Swamson! —exclamó, recogiendo la ropa del tambor con los ojos llorosos a causa de la lejía.

Zofia salió de la lavandería hecha un manojo de nervios, maldiciendo por lo bajo mientras revolvía las prendas una y otra vez como si así fuesen a recuperar su color normal. Al pasar por delante del cuarto derecha, se permitió escupirle en el felpudo y hacerle la higa a la mirilla, deseando para sus adentros que von Heidegger lo hubiese visto, pues según ella, casi tan enfadada con la mezquindad del viejo como con su propia credulidad, lo peor de aquella situación no era lo estúpido de lo que pasaba, que también, sino el haber dejado que pasara, dándole la espalda a su hijo hasta que se hizo evidente para todos.

En esto y en más pensaba ante la puerta de su casa, reposado el cesto en la cadera y apoyada contra la barandilla, intentando serenarse. Resopló un par de veces, sopesando la idea de pagarle al anciano con la misma moneda, y sólo cuando se sintió más tranquila, abandonó su postura y sacó las llaves. Pero como si la casa le hubiese leído la mente, su puerta se abrió de golpe sin darle tiempo a manipular la cerradura, dando paso a un corredor salpicado de vaqueros, indios y soldados del Séptimo de caballería inmortalizados en plástico, y a la cara anhelante de su hijo Marcin que la había estado esperando en calzoncillos, listo para ponerse el que ya era su uniforme de batalla.

—¡Ya era hora! —protestó el rapaz, extendiendo las manos.

—¡Recoge todo eso primero! —respondió ella, intentando ocultar su enfado, entrando en casa como si nada hubiese pasado—. Después tu padre anda descalzo por la casa y se clava tus muñecos, ¡venga!

—¡Me lo prometiste! —Se quejó, persiguiéndola.

—Hoy no hay disfraz —contestó, levantando el cesto hasta su pecho—, ponte a recoger y mira los dibujos un rato, anda.

—¡Pero me lo prometiste! —gritó, lanzándose a su regazo, saltando a su alrededor como un resorte incansable para golpear la base del cesto—. ¡Eres una mentirosa, me lo prometiste!

—¡No, Marcin! —chilló, pero ya era tarde.

Al tercer envite, el niño conseguiría asestar un golpe que apartó los dedos de su madre, desestabilizando la palangana que resbaló de su regazo y se estampó contra el suelo, haciendo un sonido estúpido. La ropa, una masa informe de color indeterminado, acabó a los pies de Zofia, y lo que quedaba del famoso justiciero del Oeste, asomando de entre las bragas y los sujetadores arruinados, se mostró al niño en lamparones descoloridos que corroían la camisa azul, ahora un trapo quemado de gris, y lo que había sido del pañuelo, rojo un día, transformado en un jirón de esparto rosáceo.

—¿Qué ha pasado, mamá? —preguntó su hijo, sollozando.

—Lo siento, cariño, pero no lo sé. —dijo, tendiéndole las prendas. El chiquillo las cogió con emoción contenida, acunándolas en sus brazos como un amigo herido, pero sin derramar una lágrima—. No te preocupes, cielo, le preguntaré a los abuelos dónde te lo compraron y traeremos uno nuevo, ¿vale? —Se agachó frente a él, acariciándole la cabeza con ternura—. ¿Vale? —preguntó.

—Sí, mamá, gracias…—respondió, esbozando una tímida sonrisa.

—Vale —asintió ella, posando un beso en su mejilla—. Bueno, vamos a deshacernos de esto entonces…

—¡No! —negó con la cabeza, protegiendo su tesoro con el resto de su cuerpecito—, ya los tiro yo, mamá —insistió, alejándose hacia su habitación como en una marcha fúnebre—. Ya lo tiro yo…

* * *

Esa misma tarde, el señor von Heidegger salió de su casa con cautela, poniendo atención a las posibles trampas dejadas por su contrincante en represalia ya que, había juzgado por los gestos de su madre, habría descubierto su fechoría. Buscó con esmero hasta que estuvo seguro de que no había nada en el rellano, ni en los peldaños ni en su puerta que pudiese suponer alguna amenaza numismática, física o ambas a la vez.

Gruñó sin convencimiento y cerró a sus espaldas, girándose para pasar su nueva llave, de un acero brillante como la plata, a la que dio dos vueltas, cerciorándose de que su morada quedaba cerrada a cal y canto con dos tirones de picaporte, luego miró a su alrededor una vez más y se decidió a bajar. En la acción se evidenció que provenía de una época en la que infantería aún no tenía que angustiarse por las maniobras de la aviación enemiga, pues el Gefreiter no estaba acostumbrado a mirar hacia arriba, pero si lo hubiese hecho, si hubiese mirado por el hueco de las escaleras, se habría topado con el antifaz negro de Marcin Wiśniewski, oculto entre los travesaños de la barandilla, taladrándole con furia la cocorota.

Envuelto en su maltrecha camisa, con el pañuelo rojizo anudado al cuello, oliendo todo él a lejía, el niño esperó pacientemente a que los pasos del anciano lo llevasen fuera del edificio, cambio de escenario para que el que bien hacían falta quince minutos. Allí se quedaría, agazapado, hasta oír el eco del portal al cerrarse, señal por la que se guiaría para salir de su escondrijo y bajar acechante, midiendo el ruido de sus zapatos en los peldaños sueltos, hasta alcanzar la esquina de los buzones, refugiándose en ellos para espiar la calle que se veía a través del cristal del portal. Cuando se sintió seguro, abandonó su escondrijo y anduvo de puntillas hasta la puerta, la abrió y sacó la cabeza para mirar a izquierda y a derecha, encontrando al viejo Herman alejándose a paso renqueante, pero aún muy cerca. Sin hacer ruido para no alertarle, pues recordaba que el anciano conservaba un oído agudo, cerró de nuevo y corrió de vuelta a los buzones.

El pequeño no perdió ni un segundo y con manos firmes, de artificiero, sacó del bolsillo del pantalón una caja de colores chillones y estridentes con una tapa en la que hacían explosión el naranja, el amarillo y el rojo, y otra, mucho más sobria, negra y blanca, de cerillas. Cogió un fósforo de la segunda y de la primera un puñado de petardos, anudando las mechas de los explosivos hasta lograr un cartucho compacto al que sólo le faltaba la palabra ACME escrita con grandes letras de molde. Prendió la cerilla contra uno de los laterales de su cajita, la acercó a la mecha, que se incendió con un siseo de serpiente atrapada, y deslizó el paquete por la abertura del buzón del cuarto derecha. Marcin sonrió, corriendo a refugiarse en el rellano del primer piso, delante de la puerta de la difunta señora Spencer, y se tapó los oídos.

En ese crítico minuto, el señor Herman, que había olvidado su cartera, reentraba en el edificio, refunfuñando, gesticulando y sudando por el dolor de su cadera. No había conseguido dar dos pasos en el interior del portal cuando la peste a papel quemado le hizo arrugar la nariz, un tufo asfixiante que encarnaba el recuerdo de otro tiempo, otro lugar y otras desgracias que no quería recordar bajo ningún concepto. Levantó la cabeza como accionada por el resorte de una navaja y vio la humareda saliendo de la boca de su buzón, comprendiendo al instante lo que estaba pasando.

—¡Maldito mocoso! —exclamó, echando a correr o, mejor dicho, a cojear, hacia el buzón—. ¡Ese chico se ha vuelto loco, nos quiere quemar a todos! —Volvió a gritar, forcejeando con la cerradura del casillero.

Marcin, que había oído el eco del portal y los berridos del anciano, salió de su guarida con la intención de advertirle que no se acercara, pero aunque gritó con todas sus fuerzas, no llegó a tiempo: los petardos explotaron frente al rostro del viejo, envolviéndole en una nube de humo y ceniza que le chamuscó el pelo de la cara, volatilizando el buzón y disparando parte de la madera a modo de metralla.

Tosiendo, confundido y herido, el Gefreiter trastabilló y se derrumbó inconsciente.

* * *

Con el señor von Heidegger ingresado en el hospital, las cosas en el 196 de Broome Street dieron un giro a peor.

Benjamin y April Johnson, enarbolando el título de sus Heraldos, olvidadas y perdonadas todas las ofensas contra ellos cometidas por el Amo, serían los primeros en saltar a la palestra para colaborar con las fuerzas del orden público. Serían ellos los que pondrían a las autoridades en antecedentes, relatándoles con pelos y señales la Historia del 196 de Broome Street y sus habitantes, adornando aquí, quitando allá y señalando al hijo de los Wiśniewski como principal y único responsable de aquel atentado contra la vida de un hombre bueno, distinguido y generoso, acusación sustentada, en opinión de los propios testigos, por su propia respetabilidad como pastor y señora de.

Los Wiśniewski fueron interrogados por la policía inmediatamente después. No sería necesario presionarles para que confirmasen un relato muy parecido, menos fantasioso quizás, que el de los Johnson, pero los agentes no se comportarían con ellos como habían exigido Sus vengadores, sino que les insinuarían que buscasen representación legal, ya que estaban en la obligación de aconsejarle al anciano que  que emprendiese acciones legales contra ellos y su hijo. Al niño, seguramente, no lo apartarían de ellos, pero era muy posible que el viejo, de quererlo, les quitase lo que no tenían para restañar sus heridas, si es que sobrevivía a ellas, algo en lo que preferían no pensar.

Por fortuna, el señor von Heidegger tampoco falleció en esa ocasión, y como todo el mundo supo, incluidos aquellos a los que la guerra les había sido indiferente, y hasta los indecentes que, en cierta forma, se alegraron de que el alemán sufriese una derrota casi mortal, el Gefreiter no quiso hacer lo que la ley le hubiese permitido. No hubo denuncia, nunca se presentó, y a pesar de las recomendaciones de la policía, siempre se negó en redondo a hacerla.

Algunos dijeron que fue la vergüenza, el pudor de haberse dejado llevar a esos límites por un niño, otros, que por decoro o dignidad militar, y los pocos versados en los derroteros de la vida, que porque el viejo no era, de los apelativos que le pudieren dedicar, un desalmado. En cualquier caso, lo que sí demandó el veterano a los Wiśniewski, y esto pocos lo conocen, fue que sonsacaran a la señora Johnson, que negó la mayor tres veces antes de que cantase el gallo de su marido, dónde había escondido la copia de la llave de su piso, la que seguramente había sustraído, pues le faltaba, del cajón en que siempre la había guardado, y que la usaran una vez le hubiesen subido a planta, cuando ya le permitiesen recibir visitas, para entrar en su casa, coger el ladrillo de su salón y dárselo al niño para que se lo llevase, pues deseaba verle y hablar con él.

A solas.

* * *

—Lo siento mucho, señor Heidegger.

—No es culpa tuya, chico, yo…

—Mi papá dice que sí, y que tengo que pedirle perdón por mucho que me grite.

—No te voy a gritar, te digo que…

—Pero fui yo el que le puso los petardos.

—Ya lo sé, pero no…

—Por eso le pido perdón. Yo no quería que le pasase esto, señor Heidegger.

—Ya lo sé, chico, pero ahora haz el favor de escucharme, ¿quieres? Mira yo…

—¿Acepta mis disculpas?

—Sí, pero escucha…

—Entonces, ¿puedo irme ya, señor Heidegger?

—¡No! No hasta que entiendas que yo soy el adulto y que era yo quien tenía que haber frenado esto hace mucho. De hecho, eres tú el que me tiene que perdonar a mí, chico.

—¿Yo, señor?

—Sí, por lo que te hice en el brazo. No estuvo bien. Bueno, ¿me perdonas?

—Cla… claro, señor.

—Bien… Gracias. Bueno, a ver… ¿Dónde tienes lo que te han mandado traer tus padres?

—Sí, aquí lo tengo.

—Déjamelo ver.

—Tenga…

—¡Acércate, muchacho, que no te voy a hacer nada! No podría aunque quisiese…

—Tenga…

—¿Sabes lo que es?

—Un ladrillo.

—Ah, así que has mirado dentro de la bolsa, ¿eh?

—Es que pesaba mucho.

— Bueno, pues sí, es un ladrillo, pero no es un ladrillo cualquiera. ¿Sabes de dónde vengo, chico?

—De debajo de nuestra casa.

—No, tonto. Yo también tuve tu edad, pero no vivía aquí. Yo nací muy lejos, al otro lado del océano, en Alemania. ¿Sabes dónde está?

—No.

—Pues deberías: es un país que está al lado de Polonia, de donde son tus bisabuelos, ¿sabes? Bueno, pues yo vine a Estados Unidos desde allí porque me enamoré de una chica. Ella era rusa, Svetlana se llamaba. Era preciosa, ¿sabes? Venía a Múnich… en donde yo estaba destinado, acompañando a su padre, que era un comerciante importante, dueño de varias bodegas y una destilería. A ella también le gusté mucho. Vaya que si le gusté. No pongas esa cara, listillo, me tenías que haber visto con mi uniforme, y no así, viejo y con la cara vendada, ¿sabes?

—Le dije que lo siento.

—Y yo te dije que no es culpa tuya, ahora cállate y escucha. ¿A que no adivinas por qué te hice traer este ladrillo?

—No.

—Pues porque cuando yo era joven, en Alemania gobernaban unos hombres que no querían permitir que estuviese con la mujer que quería pues… porque era judía, y a ellos eso… eso no… no les gustaba.

—¿Por qué?

—Porque a veces las personas dejan de serlo y su forma de demostrarlo es hacer barbaridades, chico. Ya lo verás cuando seas mayor, por desgracia. Bueno, pues tuvimos que irnos, ¿sabes?: yo deserté, ella dejó a su padre y nos vinimos a vivir aquí con una mano delante y la otra detrás. Fuimos muy felices, te lo aseguro. Abrimos una floristería. Cada vez que lo pienso… Yo en una floristería, y lo peor es que tenía buena mano, ¿sabes?

—No me lo creo, usted tiene cara de policía.

—Sí, ¿verdad? Más que de florista, desde luego.

—Sí, de policía enfadado.

—Voy a hacer como que no he oído eso. ¿En dónde me quedé?

—Me estaba mintiendo.

—¡Ya vale! No te pases ni un pelo o te daré con el bastón, no creas que se me olvida que esto es cosa tuya.

—Perdón…

—Así me gusta. ¿Te conté que hubo una guerra?

—No, pero lo sé por lo que me cuentan mis abuelos.

—Pues esa es. Cuando acabó, otros hombres más o menos tan estúpidos como los otros de los que te hablé, levantaron un muro en Berlín y no nos dejaban cruzar al otro lado, así que tuvimos que esperar a que lo derrumbasen para viajar a Rusia, a ver a la familia de mi mujer y a conocer su pueblo natal. Pero ya no quedaba pueblo, los propios lugareños lo habían quemado todo para que los soldados enemigos no tuvieran donde guarecerse del invierno, y ese ladrillo es de lo poco que quedaba de la destilería de vodka mi suegro.

—¿Es un ladrillo ruso?

—Sí, supongo que es ruso, sí. Y quiero que te lo quedes.

—¿Yo, señor?

—Sí, tú. No tengo hijos, ¿sabes? Al principio, Svetlana y yo no los quisimos porque no los necesitábamos: nos teníamos el uno al otro. Pero después, quisimos tenerlos y… Oye, tú sabes de dónde vienen los niños, ¿no?

—Sí, claro, no soy un crío.

—Ja ja ja ja. Vale, vale. Pues nos costó mucho, pero al final ella se quedó embarazada. Creíamos que no podría, ¿sabes? Hay veces que las personas no pueden tener hijos, pero nosotros tuvimos a Sergey, Sergey von Heiddeger. Suena bien, ¿eh?

—Sí, es como… nombre de villano.

—¿¡Pero cómo dices eso, hombre!?

—Es a lo que suena…

—Lo has arruinado todo… Iba a darte mi posesión más valiosa y ahora no sé yo si…

—¿Por qué no ha venido a verle su hijo? ¿Están enfadados?

—No, chico, él… falleció hace unos años, muy lejos de casa.

—Lo siento.

—No pasa nada, uno se acostumbra a estar solo, ¿sabes? Pero a ti qué te voy a contar, eres solo un niño…

—¡Que no soy un crío!

—Bueno, bueno, no te enfades.

—Lo cuidaré como si fuesen las pipas de mi abuelo.

—Entonces, ¿te lo quedas?

—¡Sí!

—Me alegro mucho.

—Oiga, señor Heidegger…

—Dime.

—¿Ahora somos amigos?

—Sí, supongo que sí.

—Señor Heidegger…

—Llámame Herman, chico, acabarás antes.

—Vale, Herman, ¿me devolverá mis pelotas ahora que somos amigos?

—Bueno… Me temo que eso no va a ser posible, ¿sabes?

—¿Las ha roto?

—Algo… algo así…

—¿Por qué no se las quedó? Yo me las hubiese guardado.

—Es que yo no puedo chutar muchos balones, chico. Estoy algo viejo.

—Bueno… Herman…

—Dime, chico.

—¿Qué es el vodka?

—Un licor, claro.

—¿Y eso qué es?

—Alcohol.

—¿Y con qué lo hacen? ¿Con agua?

—No lo sé, la verdad, pero creo que de agua… ni una gota.

—¿Y lo beben mucho en Rusia?

—Más que aquí, eso seguro.

—¿Y en Polonia?

—Creo que sí.

—¿Y en Alemania?

—No, no tanto, diría yo…

—¿Y en Rusia habrá grifos de vodka? ¿Y en Polonia?

—¿Por qué no le preguntas a tus abuelos o a tus padres?

—Les diré que me ha dicho que les pregunte.

—No, mejor que no les digas nada de eso. No…, mejor no.

—¿Y cómo es una destilería?

—Bueno, pues yo no…

—¿Había destilerías en el Viejo Oeste?

—Pues no lo sé, chico, yo…

—¿Y si pongo este ladrillo en una destilería cualquiera, tienen que hacer vodka?

—No funciona así, cada destilería…

—A mi padre le gusta la cerveza, ¿también hacen allí la cerveza? Mis padres dicen que es alcohol y que no lo puedo beber.

—Claro que no puedes, pero mira…

—Ni fumar. ¿A usted le gusta fumar? Al abuelo José le gusta mucho fumar en pipa, aunque la abuela Olga dice que huele a rayos…

—Sí, bueno… Marcin, ¿por qué no sales y le dices a tus padres que…?

—El abuelo José me está enseñando español,  es mexicano, pero mi abuela Olga es polaca, como mis abuelos Oleg y Zofia…

—Ya… mira…

—Espere, voy a avisar a mis padres, que este ladrillo pesa mucho. ¡Ahora vuelvo!

—Muy bien… Pufff… Creo que he cometido un gravísimo error…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s