De indios y vaqueros

Después de un periodo de letargo, os traemos un  cuento nuevo basado en premisas ya viejas: de personaje, un cowboy; de localización, una destilería de vodka abandonada en la URSS; de objeto, petardos. 

De indios y vaqueros

¿Te he dicho que una vez intenté matar a John Wayne?

No me mires así, Pietia: crees que toda la vida he perseguido a truhanes de medio pelo, como tú, pero en los buenos tiempos del padrecito Stalin, yo fui alguien importante. Luego caí en desgracia, sí, y me tocó encargarme de rufianes como tú…

Sonríes y callas. Te reservas la carcajada… Pues bien: me da igual. No tienes más remedio que escucharme, y hoy me siento hablador. ¿Sabes? Creo que es por la cercanía de la primavera: seremos un par de viejos decrépitos, pero la siento en los huesos y me pone de buen humor. Además, me recuerda que en primavera entramos en Berlín…

¡Ah, Berlín, cuantos recuerdos! ¡Y las medallas! Tantas que podrían parar las balas… En cambio, tú… ¿Cómo hemos llevado vidas tan distintas, viejo canalla? Ya antes de ponerte el uniforme estabas pensando en el mercado negro, estoy convencido. Así sois todos los urcas, criminales y pendencieros. Claro que hasta la gente como tú tiene sus ventajas.

Te halago, sí, tengo que reconocer que yo solo no habría encontrado el tesoro de Goebbels. Todas esas películas: alemanas, norteamericanas, francesas… ¡incluso rusas! Tantas como para recibir el halago personal del propio Stalin, como para ser tenido en cuenta por los superiores. Porque al camarada Stalin también le encantaba ver películas. Le gustaba menos que las viesen los demás, pero sus motivos tendría. ¿Sabes que una vez prohibió todas y cada una de las escenas de besos de las películas? Ya, ya sé lo que piensas, pero mejor no lo digas. Te recuerdo que palabras como esas te llevaron a prisión una buena temporada. Hay que saber cuándo halagar y cuándo callar.

Eso era todo lo que hacía falta para triunfar en aquellos tiempos. Halagar y callar, y mirar para otro lado con los asuntos que no te tocan. E incluso con esos.

Sabiendo eso y teniendo suerte, se podía llegar a lo más alto, créeme. La suerte es importante, y el camarada me quiso a su lado porque decía que la tenía. “¡Aristark!”, exclamaba, dándome una fuerte palmada en el lomo, “¡eres un trébol de cuatro hojas!”. Y, así, me tuvo muy cerca, y me enteré de cosas que poca gente sabe, como que las películas eran una fuente de inspiración para su política.

Especialmente las de cowboys.

Es curioso, ¿verdad? Al acabar de verlas, decía que eran basura norteamericana, pero luego ordenaba que le pusiesen otra. Yo creo que se identificaba con el sheriff, o con el tipo duro que llegaba a poner orden en la ciudad. Seguro que tú te ves más del lado de los forajidos, ¿verdad? O con los indios, si lo que se cuenta de tu gente es cierto…

A Stalin le resplandecían los ojos al ver al protagonista repartir justicia a punta de pistola, en ese mundo simple, elemental, de buenos y malos. Indios y vaqueros. Pero todo tiene su parte mala. Todos aquellos encargos…

A veces quería beber whisky en vez de vodka para acompañar los visionados, o le daba por montar a caballo después. Un buen día, después de ver una de esas películas, se encaprichó del arma que le había visto usar a John Wayne en un par de ocasiones: un revólver, norteamericano, claro está, de la casa Colt.

Es muy distinto de la vieja Makarov que yo uso, de la pistola con la que te he disparado.

Dime Pietia: ¿cómo iba a encontrar algo así en el medio de Moscú? Conocía a oficiales que coleccionaban armas, pero nadie tenía lo que buscaba. Desesperado, vagué por toda la ciudad, hasta que logré encontrar en una librería a un viejo que decía haber sido anticuario en los tiempos del zar. La suerte no me había abandonado: el objeto que me trajo era exactamente igual al que nos había mostrado el camarada Stalin señalando la pantalla.

¡Ah, si hubiese sabido lo que pasaría habría estrangulado a aquel canalla allí mismo, con mis propias manos!

El arma era exactamente igual, sí, hasta que lo puse en las ansiosas manos del líder. Al principio todo fue perfecto: lo sopesó, satisfecho, en la mano; apuntó con él como si fuese un niño e hizo que disparaba. Luego, se le ocurrió pedir un busto de su difunto rival: una réplica del rostro de Trotsky, que por algún motivo había hecho guardar en los almacenes de palacio.

Riéndose, siguió bebiendo hasta que lo trajeron y se lo colocaron en un rincón de la sala. De vez en cuando me daba poderosas palmadas en la espalda y repetía una y otra vez lo del trébol de cuatro hojas. Apostó a que le volaría la punta de la nariz al busto, apuntó y apretó el gatillo. El arma tronó, pero no pasó nada. Fastidiado, volvió a disparar. El rostro de Trotsky, impertérrito, parecía sonreír desde el más allá. Disparó una vez más. Nada.

Fue entonces, posiblemente al darse cuenta del inexistente retroceso del arma, cuando se puso furioso conmigo. “¡Imbécil!”, rugió, lleno de frustración. Si no fuese imposible, juraría que afloraron lágrimas a sus ojos, al tiempo que me apuntaba con el revólver. “¡Es una réplica!” Y, con el cañón en mi dirección, vació el tambor de cada uno de los petardos que todavía quedaban en su interior.

Aquella ejecución fantasmal marcó un antes y un después. Todavía escucho el sonido de los detonantes y los siento como verdaderos balazos. Durante muchos años soñé con ello… Pero hace tiempo que ya no me sucede.

Supongo que a ti tampoco.

Dime, pobre desgraciado: ¿echas de menos soñar? ¿No son los inviernos demasiado largos para ti?

Mejor no contestes, déjame que siga…

Estaba diciendo que… Stalin, el Colt… El camarada nunca me volvió a tratar igual. No, y tampoco soportaba ya al John Wayne de la pantalla. Lo veía y decía que se reía de él. En cierto modo resultó lógico que juntase dos y dos, que me proporcionasen un contacto en los EEUU y me encargasen el asesinato. Una locura lógica.

Aquello fue peor que buscar el revólver, pero la poca suerte que me quedaba me llevó a Hollywood en vez de conducirme al gulag. Y, pese a ello, ¿qué sabía yo de los EEUU? Ni siquiera me manejaba en inglés…  Por supuesto, todo salió tan mal que pareció una película más del cowboy: solo le faltó terminar el asunto cabalgando contra el crepúsculo.

Verás: los contactos de mi enlace en la industria del cine eran unos auténticos bocazas. Wayne nos vio venir y nos tendió —puedes reírte si lo deseas—una emboscada. Sí, Pietia: John Wayne me dejó un ojo morado de un puñetazo y me apuntó con un arma. Y no solo eso, me hizo prometer que le diría a “mi jefe” que no se le ocurriese volver a intentar algo así. Algo que yo creía que solo podía pasar en el cine.

Claro que nunca le dije nada así a Stalin. Para mi fortuna, no volví a verlo. Terminé como un mueble viejo, circulando de mal sitio en mal sitio. Ya sabes cómo acaba.

¿No te hace gracia? Solo intento animarte: me hubiese gustado capturarte a ti también con vida, tener una charla entre viejos camaradas del ejército, decirte que no lo volvieses a hacer…

El escenario que te buscaste para tus trapicheos no desmerece, al fin y al cabo. Un buen director de cine podría haber filmado un gran tiroteo aquí dentro, entre los barriles y los alambiques cubiertos de telarañas.

He pasado tanto tiempo aquí dentro que casi puedo imaginarme la escena. ¿Quieres que te diga lo que veo?

Pues bien… Tú dispararías tu Nagant y solo le darías a botellas vacías. Entonces habría un plano del Transiberiano, circulando al pie de la vieja destilería, haciendo el suficiente ruido para distraerte. ¡Ahí, la acción! Yo aprovecharía el momento para ganar distancia y agarrar la mano de tu arma. ¡Qué tensión! Las pistolas acabarían tiradas por el suelo. Habría un forcejeo, una buena pelea. Tal vez buscases un cuchillo para ganar ventaja, o una botella partida por la mitad, y yo esquivaría los golpes. Por un momento, habría verdadera sensación de peligro: yo me caería al suelo y tú intentarías acabar con mi vida de un golpe. ¡Pero no puede acabar así! Al final agarraría el arma y te dispararía. Y no morirías, Pietia. Te daría en un brazo, o una pierna. Tendríamos tiempo para hablar, hablar de Berlín, de Moscú, de los viejos tiempos.

De Stalin, de John Wayne.

De indios y vaqueros.

Tal vez te arrepentirías. Tal vez tendrías tiempo de ir a la cárcel, de rehacer tu vida. Tal vez yo hiciese algo de lo que sentirme orgulloso con la mía.

Un buen director no habría dejado que nos disparásemos el uno al otro, ¿verdad? Habría permitido un mundo más justo, de buenos y malos, en el que la justicia triunfa. Un mundo en el que dos veteranos no acaban en Siberia, encontrándose solo para darse caza el uno al otro.

Supongo que, en el fondo, a mí también me habría gustado ser un justiciero del Salvaje Oeste. Como a Wayne, como a Stalin. Capturar a los villanos, llevarlos a la justicia… Pero, sobre todo, saber que soy mejor que ellos.

Eso lo vi en los ojos de Wayne aquel día: me miró como si yo fuese el malo, sin ningún tipo de duda: sentí una decisión absoluta. Sin embargo, fue muy distinto a lo de Moscú… cuando Stalin me apuntó con la pistola de petardos solo sentí odio. Durante años no supe cómo digerir eso, me pasé muchas noches en vela, pensando si la diferencia de miradas tenía realmente un significado. ¿Eran los norteamericanos los buenos y nosotros los malos? ¿Era al revés?

Tú siempre fuiste un cínico y sabes la respuesta a eso, pero yo quería una que me permitiese sentir que obraba correctamente. Algo con lo que poder dormir por las noches. ¿Es tanto pedir?

Pero sí, te entiendo. Claro que lo es.

Supongo que la suerte se me agotó ese día en Moscú, buscando el Colt.

No sé, ni siquiera sé, por qué te cuento esto. Disculpa que me haya puesto tan hablador, creo que es la cercanía de la primavera.

La siento en los huesos.

Pronto se derretirá la nieve sobre el tejado de la destilería, y se filtrará el agua por las goteras. Caerá poco a poco, hasta llenarme el cráneo, como todos los años. La luz del sol se filtrará por las rendijas, nos blanqueará los huesos. Estaremos bien.

Pasarán los días.

Escucharemos el sonido de los pájaros.

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