AZABACHE

¡Nueva publicación de Tinta Bacanal! Elementos: (nada escogidos a mala leche por nuestros fans) Techo, Estantería, Gallina Fantasma como Lugar, Objeto y Personaje (así de simpáticos estabais los lectores). Esta historia, elaborada para el Taller Terbi (Tertulia de Bilbao de Ciencia-Ficción) mantiene muchas referencias al candombe “Azabache”. Me atrevo a aproximar este enlace en que podemos ver la interpretación del grandioso Hugo de Carril… animo a todos y todas a disfrutarlo, merece la pena.

Disfruten… https://www.youtube.com/watch?v=INoBzwrnOmQ

Arde el fuego de los negros,

tiñendo de rojo el cielo

arden los parches gimiendo

su pena con desconsuelo.

Candombe candombe negro,

Dolor que calienta el aire

Por las calles del olvido

se entretuvieron tus ayes

¡Retumba con sangre y tumba

tarumba de tumba y sangre!…

grito esclavo del recuerdo

de la vieja Buenos Aires…

Fragmento del candombe Azabache, de Homero Expósito, 1942

Era Francisco Sarmiento un pardo sin temor de Dios y sin respeto por los hombres, que gobernaba en el barrio del Mondongo vidas y miserias. Sucedió en la década que siguió a la guerra del Paraguay y al Vómito Negro, cuando cada vez el barrio tenía menos pieles del color del ébano o del café o del chocolate claro, y cada vez más, tonos lechosos o aceitunados.

Paco el Pardo le llamaban. Demasiado negro para los blancos, demasiado blanco para los negros, hubiera sido un segundón en cualquier otro lugar. No allí. Allí tenía poder, gracias al negocio de matanzas que había sido de su padre, mucho más pardo que él, y antes de su abuelo, un gallego que se había encaprichando de una zamba a la que no se le notaba y que juraba ser de estirpe latina. No había sido fácil tenerla. Pero el gallego había dicho “Siempre consigo lo que quiero” y al final había sido suya; se dice que a precio de sangre.

Nunca llegó Paco a conocer a su abuela. Furioso al ver su sangre blanca manchada, el industrial había azotado a su esposa como lo hubiera hecho con cualquier esclava; y luego la mandó a una hacienda en la Pampa. No tuvo más hijos.

El tiempo pasó como una peonza bien lanzada, dando vueltas, pero sin moverse del sitio. Cuando se abolió la venta de carne humana, su hijo mandó en trabajadores como antes había mandado en esclavos. Cuando empezaron a llegar los italianos y los otros muertos de hambre de la vieja Europa, su nieto pudo mandar sobre blancos como había antes mandado sobre negros. Si un Sarmiento quería cualquier cosa de alguien del Mondongo, la tenía. Podía ser una flor de las que se vendían en la calle. Podía ser una baratija, o un servicio o un animal.

O una mujer.

Era Sancha una mulata de pechos firmes y caderas rotundas. Paco se fijó en ella cuando la vio lavarse el pelo en la fuente del Hueco de Monserrat, preparándose para el Candombe de la noche; un sueño de chocolate envuelto en tela barata.  En ese mismo momento la sangre palpitó tan fuerte en las venas del pardo que podía notar como bombeaba en su pescuezo musculoso, constreñido por el almidón del cuello duro que siempre lucía, en cualquier época del año.

Probó primero con su labia. Muchas veces, con eso y alguna chuchería, era suficiente. Pero ella no cedió ni a los halagos, ni a las invitaciones a montar a caballo; ni a las limonadas ni a las frutas; ni a las flores ni a los ruegos. Pesaba más en ella Pedro, elegido por sus compañeros Rey de la nación Mozambique. Era un coloso, de manos tan grandes como mazas. Su única heredad eran los ojos verdes como esmeraldas del negrero portugués que había usado a su abuela, y el don para la percusión de su sangre tropical. Tanta era su habilidad, que cuando batía el parche en los tangos y los Candombés ni siquiera los de sangre blanca podían evitar que el ritmo se metiera en sus pies y que en su estómago bailasen mariposas. No veía el negro con buenos ojos los requiebros del pardo, pero con humilde sabiduría callaba para no buscarse líos. Aun así le molestaba a Paco ver los ojos dulces del africano convertirse en carbones brillantes y prietos y notar como se agitaban sus ollares al verle; porque sabía que si en último recurso tomaba lo que quería por fuerza, el negro lo mataría. Con gusto hubiera pagado un malandro que lo ultimara; pero todo se sabía en el barrio del Mondongo, y los suyos se vengarían.

“Siempre consigo lo que quiero”, se dijo como buen nieto de su abuelo.

Dispuesto a todo, buscó un brujo yoruba. Este le dijo que Pedro estaba bajo la bendición de Oggum, el Herrero, y que estaba lejos de su poder.

—¿Y no habrá alguien de más poder que tú, bastardo del demonio, que pueda ayudarme?—se burló el pardo—En verdad fui estúpido en venir aquí, a escuchar tus tonterías de negro, a oler tus porquerías de negro; a ver tu fea cara de negro.

Y el viejo de cara arrugada como cuero lo miró fijo, fijo, y se rio para dentro con una risa helada, helada. Luego rebuscó entre los miles de tarros, atados y cajitas que se amontonaban en las hornacinas, cofres y estanterías de su choza de barro. Abrió un viejo armario de palisandro, el único mueble de su casa. Tomó lo que precisaba. Un pizca de ayahuasca, una pizca de datura, raíz del ahorcado y polvo de sapo cornudo.

—Ve al tejado más alto que encuentres. Llévate un gallo negro sin tacha, con las plumas de la cola verdes, tan verdes como lo son los ojos de tu enemigo. Quema allí estos polvos, y aspira el humo. Sacrifica, y luego llama a quien puede darte lo que pides tres veces, dos del derecho y otra del revés.

Y acercando boca al oído del industrial, con aliento maloliente de tabaco y aguardiente, dijo una sola palabra.

—Arregla tu precio con quien debes arreglarlo, Pardo. Y cuando lo hagas, acuérdate de mí.

Y subió Don Paco al tejado más alto, que era el de su casona, y de rodillas en el suelo bebió la caña y quemó los puros. Con ellos encendió la macumba, y aunque su espíritu dudó a respirar la pestilencia de la magia Yoruba, lo hizo al final.

—Chenolama—dijo una vez. Y los pulmones se le paralizaron, al sentir el mal.

—Chelonama—dijo otra vez. Y una aguja cruzó su pecho, y fue consciente de una presencia mala.

“Tonterías,” pensó para sí mismo. “No hay premoniciones. Esto son tonterías de negros.”

“¿Por qué las haces, entonces?” retumbó en su mente un pensamiento tan fuerte como una voz. El gallo cacareó, inquieto.

—Malanoche— Remató. Con la respiración entrecortada, decapitó el gallo de un tajo y el olor de la sangre llenó su nariz.

La oscuridad se hizo más densa. Tenía una cualidad aterciopelada, como cuando la brétema que sube del Rio de la Plata cubre la noche de la capital. El pardo alzó los ojos, deseando a su pesar no ver nada.

Allí estaba. Negro como la noche, alto como las estrellas, viejo como el tiempo. Con rostro de ébano que era al tiempo una calavera y miembros musculosos que eran al tiempo de hueso blanco, blanco. Tocado con una chistera adornada con una dalia tan violeta como la muerte, y una corbata de cáñamo cubierta de rosas tan rojas como la sangre.

—Se te saluda, Mopo. Pide lo quieres.

—Mi nombre es Francisco—acertó a decir el pardo cuando desbloqueó su garganta.

—Olvida ese nombre blanco. Tú eres Mopo. Siempre lo has sido y siempre lo serás.

—¿Y quién eres tú?

—El Barón Malanoche, El Que Nombra en la Oscuridad. Tú lo sabes, porque me has llamado. Pide lo que quieres.

Algo ancestral despertó en las venas del pardo, y se dijo que sí, que lo sabía. Que Malanoche había acompañado al hombre desde el principio, cuando todas las cosas bajo el Sol y bajo las Tinieblas necesitaban un nombre. Las cosa bellas y las cosas feas. Las cosas buenas y las cosas malas.

Las cosas tranquilizadoras y las cosas aterradoras.

Pero también supo que tenía Poder. Poder para darle lo que quería. Y su mente no quiso ir más allá.

—Quiero a la negra Sancha.

—Y para eso debe morir un Rey. ¿Serías capaz de eso, Mopo? ¿Lo matarías como has matado a este gallo?

—Sí.

—¿Pagarías cualquier precio?

—Siempre consigo lo que quiero— dijo el pardo tras un momento de duda.

Y una sonrisa de marfil muerto se abrió en la faz negra de Malanoche.

—Entonces está hecho—dijo Malanoche— y todo queda atado, Mopo. La sangre de tu rival cae sobre tu cabeza. No has matado un gallo. Has matado un hombre. Y respecto a la mujer, tuya es, tanto tiempo como tú quieras.

Y el rostro de la chistera se acercó a la frente del pardo, y la tocó con sus labios venenosos, tan fríos como la nada, que helaron su mente y lo hicieron caer exánime.

Cuando Paco se recuperó, estaba aterido sobre el techo de su casona. La sangre del sacrificio aún manchaba sus manos y su camisa, y el olor de la macumba impregnaba su cuerpo.

“Fue un sueño”, se dijo. Entonces oyó un cacareo. Volviéndose vio al gallo incólume, con las plumas verdes resplandecientes a la luz de la luna. Pero sus manos seguían cubiertas de sangre. Poseído por el miedo, lo tiró del tejado. “Que se lo lleve quien lo quiera”, pensó. Y aunque al día siguiente ya le costaba aceptar lo sucedido como algo diferente al febril sueño de un hombre obsesionado, desde aquel día le costó conciliar el sueño, y volvió a dormir con la luz encendida, como una criatura.

Mopo tuvo a su negra, y gozó de su carne y de su fuego. Pedro tuvo que sufrir ver a la negra Sancha bailar para el pardo en el carnaval, con un broche de aguamarina prendido de un vestido, remedo de los de novia, que él nunca hubiera podido pagar. Y mientras sus manos tocaban la tambora, lágrimas caían de sus ojos. Murió por su propia mano semanas después. “Entre el Pardo y Sancha lo mataron” decían por el barrio viejo “Tan cierto como si hubieran puesto en su pecho un revólver. Así de fuerte es la plata”.

Los hombres poderosos se aburren pronto de lo que tienen. Así sucedió también con Paco, que pronto se hartó de tener a su lado una mulata que no sabía ni llevar zapatos y que si le daba niños se los daría más negros que un chamizo. La mandóla Pampa, a la hacienda donde su abuelo había mandado a la zamba, donde podría gozar de ella cuando decidiese tomarse unos días. Al año o así se prometió con una española de buena sangre y fortuna menguada, dispuesta a olvidar el tueste de su piel. Una vez la noticia se hizo pública, no tardaron una semana en encontrar a la negra Sancha ahogada en el río, vestida con el disfraz de novia que había lucido en el Carnaval. Recibió la noticia impertérrito, sin dejar de engullir el cordero de su cena. Si sintió la menor desazón, el pardo no la mostró.

Esa misma noche, cuando se metía entre las sábanas de raso, Paco volvió a sentir un frío y una oscuridad aterciopelada que recordaba demasiado bien. De nada le sirvieron las lámparas que desde aquel día le habían acompañado en su sueño, y que casi no alumbraban.

—¿Quién va? – gritó.

Nadie le contestó. Se levantó de su cama de sábanas perfumadas. Las luces perdieron aún más brillo.

—¿Quién va?- volvió a gritar. Y oyó su propia voz como con sordina.

Sus pies, pesados como losas, tiraban de él como solo pueden hacerlo en los sueños, primero por el pasillo y luego por las escaleras que conducían a su azotea. Ante sus ojos aterrorizados los escalones de roble parecían no acabar nunca. Cuando al fin salió al aire libre, la oscuridad omnipresente y aterciopelada se hizo más densa, casi palpable, como el humo de tabaco en un quilombo de mala muerte. Ante él, un barullo de brazos y piernas, de torsos y cabezas, tan prieto que costaba saber dónde terminaba un órgano y donde comenzaba el siguiente. Los miembros ora se retorcían y acariciaban sensualmente, ora se arañaban y hacían sangrar unos a otros con las uñas y los dientes. Cada tobillo lo ceñía un grillete, cada muñeca una argolla, cada cuello un anillo de hierro. En su conjunto, conformaban un trono de carne caliente y negra y metal frío y también negro.  En él se recostaba un sonriente Malanoche.

—¿Qué quieres de mí? —gritó el pardo.

La bestia le miró. En su puño izquierdo descansaba el gallo de las plumas verdes. Con la diestra, acariciaba la cabeza de Sancha, una Sancha abotargada y torpe que se acurrucaba como una gata entres sus piernas.  Mopo recordó una vez más lo que Paco no sabía.

Vio a Malanoche entre su pueblo como un lobo entre ovejas, saciándose de dolor, de deseo y de venganza. Riendo cuando la peste o la hambruna mataba a los negros, en el África y en la Argentina, llenando la tierra y los ríos de corrupción y pestilencia, porque entonces más gente desesperada se acordaba de él y lo invocaba para sobrevivir. Relamiéndose cuando la guerra encharcaba la tierra de sangre, porque entonces los brujos cocían sus filtros y lo llamaban para que los ayudase y debilitase a sus enemigos. Palmeando cuando los negreros cargaban de cadenas a los hombres y mujeres que lo llevaron con ellos al otro lado del mar; esclavos que se acordarían de él tras los azotes y los abusos, para que trajese la tuberculosis o la sífilis sobre su cruel amo blanco.

Porque los hombres acudían a él con sus pasajeros deseos, y él los saciaba, y luego esperaba, sonriente y hambriento, y ellos le saciaban a él su hambre eterna.

Chelonama, El devorador, el Comealmas, el Chacal que nunca se sacia.

—Cualquier precio, Mopo. ¿Recuerdas?

Mopo se arrodilló y reptó hacia el trono de carne, con gran pompa de enloquecidas risas, para tomar el aro de hierro que le ofrecían.

En una pobre choza del Mondongo, un anciano brujo yoruba reía en sueños.

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