El club del gallo negro

Bueno, bueno, bueno… Pues ya estamos otra vez por aquí. ¿Cómo les ha ido? Espero que bien, porque necesitarán de todas sus fuerzas para sobreponerse al terror, al pavor y al espanto de los horribles hechos que se recogen en este relato. Es mi propuesta para nuestro último desafío de premisas, ya saben: el fantasma de un pollo como personaje, una estantería de objeto y el techo para el escenario. Tiemblen, griten y desesperen pues están a punto de entrar en “El club del gallo negro”. ¡Disfrútenlo! 

 

 

—¿Sabes cuántos puticlubs hay de aquí a Santiago, Luis? —preguntó con esa solemnidad que se le presupone a los grandes momentos—.  Pero por carretera, ¿eh?

—No lo sé, Paco —respondió con esa fina apatía que cultivan los virtuosos de su gremio.

—¿No le echas una cifra?

—No…

—¡Cincuenta hay! —exclamó sonriente—. Casi a uno por kilómetro. ¿Cómo se te queda el cuerpo?

—Pues muy bien…

—¿Sabes cómo lo sé?

—No, Paco, ¿cómo lo sabes?

—Porque yo alicaté los baños de todos. Empecé por uno que se llama París y acabé por otro que se llamaba Copacabana —explicó mientras paseaba el índice sano por la barra, siguiendo un mapa de carreteras invisible—. ¿Qué te parece?

—Estupendo.

—Sí, era divertido trabajar en los clubs. —Suspiró, perdiendo su mirada en el techo—.  Las chicas eran muy agradables, y las había que… Puuufff… Tú ya me entiendes. Y todas de fuera: senegaleeesas, colombiaaanas, cubaaanas, ruuusas, ucraniaaanas… Era como ir al supermercado, que ya nada es de Murcia. Sí, sí… Y no cojas esto que te digo por donde no es, ¿eh?, que te estoy viendo la cara. —Le señaló con el otro índice, al que le faltaba una falange—. Yo quiero a mi mujer ¡y mucho, además! Ella es una santa y yo un monaguillo. Bueno… no tanto, que algún achuchón todavía le doy. ¿¡Eh, eh!? ¡Jajajaja! Sí, claro que sí… No estoy tan viejo.

>>Ay, las chicas… Me daban un poco de pena. —Negó con la cabeza, sorbiendo por la nariz sin ningún remilgo—. Te puedes imaginar; trabajando todo el día haciendo… eso. Sí, eran chicas muy majas, pero ver así a una hija mía me daría pena, la verdad… Y cómo estaban…—Se mordió el labio—. Jesús, tenías que haberlas visto… Pero donde tengas la olla no metas la polla, ¿verdad? Eso lo decía mucho mi padre…

>>Era carnicero… Mi padre, digo. Tenía un humor muy suyo. —Y entonces se hizo el silencio, uno tan largo que hasta pudimos oír el zumbido de las moscas. Yo acabé preocupándome, pensando que le había dado una embolia o algo, pero claro: ¿qué le iba a pasar a ese? Tenía la mirada perdida en algún punto entre las botellas y los jamones, moviendo la cabeza como uno de esos muñecos jetones de los coches, pero no le pasaba nada—. A veces aparecía por casa con una careta de cerdo, haciendo ruidos raros y persiguiendo a mi madre por las habitaciones. Un señor peculiar, pero sabio, ¿eh? Esa sabiduría de la gente humilde —sonrió, buscando una complicidad que se dio a sí mismo—. Me enseñó muchas cosas ¡y de mirar nunca dijo nada! ¡Jajajaja! Siiií, sí…

>>Pues lo que te decía… Cincuenta locales, ni más ni menos. Y trabajaban todos, ¿eh? —evidenció, frunciendo los labios—. Porque, que yo sepa, no cerró ninguno, y seguro que aún funcionaban más si los hubiese. Para venir aquí a tomarte unos vinos y para pagarse un caliqueño siempre tiene uno dinero, ¿eh? Eso sí, había algunos que yo no sé ni cómo tenían clientela porque… ¡Puag! —Meneó la cabeza con disgusto—. Mira, recuerdo uno que estaba sucio… Parecía que no le habían pasado una escoba en la vida, ¿eh? Sí, y otro al que le tuve que cambiar el baño entero porque estaba aquello… negro de moho. ¡Negro! —Achinó los ojos y apartó la cara como si aún pudiese verlo—. La taza del váter y el lavamanos tenían un cerco, pero… nnnegro, negro. Como tu camiseta de negro, Luis. Un asco tremendo, de verdad. El dueño aún quería dejarlo así, ¿no sabes? —dijo, encogiéndose exageradamente de hombros—. Hay gente así… Y bueno, luego estuvo ese otro, uno de los que hice hacia el final… Pero lo de este fue de historia para no dormir, ¿eh? —advirtió—. Sí, sí… ¿Y te puedes creer que no me acuerdo de cómo se llamaba? Era algo… algo parecido a la Gruta, el Socavón o una cosa así… Lo tengo en la punta de la lengua, pero noooo… ¡Boh!, qué rabia… Bueno, era algo de agujeros… ¿Te lo he contado?

—¿Cómo? —inquirió Luis con cierta sorpresa—. Perdona, Paco, ¿me estabas hablando a mí?

—¡La Caverna de Platón! —estalló, ignorando el hecho de que no se le estaba haciendo mucho caso—. Así se llama: La Caverna de Platón. Mira vaya nombre le puso, ¿eh? Sí, sí… La Caverna de Platón, ¿qué te parece? Y la cosa es que conozco al que lo lleva. Es el hijo de unos vecinos de mis padres de toda la vida —comentó con una nueva expresión de nostalgia—. Miguel González Paz se llama. Anda que no tenemos jugado de chavales, bajando la cuesta del Carbonero en los carros de bolas y guerreando a pedradas con los del otro lado de la vía… Sí, sí… ¡Y con arcos también! Hacíamos flechas con las varillas de los paraguas y ¡ziiiiz! —Hizo el gesto, lanzando su brazo izquierdo como una saeta—. Nunca pasó de un chichón porque Dios no quiso. ¡Jajajaja!

>>Ya ves, ¿eh? Llevaba treinta años o más sin verle, desde que acabamos lo que nosotros llamábamos Bachiller, y mira a dónde me lo fui a encontrar. Casualidades de la vida. ¡Y que casi no le reconozco, oye! Se puso como un buey de gordo. Pero gordo, ¿eh? Un tonel de gordo, sin pescuezo…—Empezó a palparse todo el cuerpo, arqueando los brazos para dar a entender la masa de su amigo—. ¡Así!, redondo por delante y por detrás. El pobre… Me contó que había tenido problemas en casa cuando estaba en la universidad. No me dijo qué problemas, pero me los imagino. Es que el padre bebía mucho…—reveló—. Era de los que trabajan arreglando muertos para que tengan mejor aspecto en los velatorios, ¿no sabes? Sí… A mí no me gustaba nada verle si venía de tomar los vinos. Se le hinchaba la cara y se le ponía roooja, roja… Además, creo que les daba si se cargaba… —Pareció encogerse en el taburete—. Y bueno, la madre era la costurera del barrio, pero siempre se rumoreó que hacía… ¿sabes? De casta le vendrá al galgo, ¿no?

>>Bueno, pues el caso es que no le habían ido bien los estudios y se puso con el club. De aquellas llevaba cinco años con el negocio y, por lo que me decía, no le iba mal… Di tú que yo no tengo razones para dudarlo, perooo…—Ladeó la cabeza con un silbido—. Madre mía, Luis, aquello era para olerlo. ¿Tú sabes qué peste? Pero no ese olor que tienen los sitios sucios a… a… bueno pues eso, ¡a sucio, joder! —Esto nos impresionó porque, aún con lo bruto que es, Paco no dice palabrotas. Un gesto atípico en alguien como él que es, quizá, su única virtud—. No era ese olor a alcohol rancio y a sudor. Nooo, no, no. Su local olía… ¿Sabes cómo huele un gallinero? Pues igual, igual, igual. A ver, no es que apestase ni que el local se viese sucio, pero tenías la sensación de estar… pues eso, en un sitio lleno de animales. Abrías la boca —y abrió su colección de empastes—, respirabas —y respiró con toda la potencia de su estómago—, y te venía esa cosa… Bufff… Muy desagradable. —Sí, muy desagradable—. Y así… Ponme otro vino, anda, que tengo la boca seca.

—Claro, Paco.

—Mira cómo oyes si te interesa.

—Te pedí perdón —respondió sin inmutarse.

—También tienes razón —concedió, poniendo las monedas justas al lado del vaso.

—A ver —capituló en cuanto le hubo servido—, ¿qué me decías?

—¡Ah, sí! —contestó, dándose una teatral palmada en la frente—, te decía que aún con esa peste, Miguel tenía clientela. Y digo yo que sería por las chicas que, la verdad, eran monísimas y muy amables —dijo con toda la naturalidad del mundo—. Cómo hacía para retenerlas ahí dentro con semejante tufo, sólo Dios lo sabe, porque lo que es yo, ni me atreví a preguntárselo. Y eso que me trataba mucho con una que se llamaba María Teresa, una venezolana que tenía un desparpajo que te dejabaaa… De esa gente que parece que ha nacido para comerse el mundo, ¿sabes? —concluyó—. Si necesitaba algo, era a ella a quien llamaba: ¡Maritere!, gritaba yo y ella aparecía al minuto, ¿qué quiere, don Fransisco? —balbuceó en un intento por imitar el acento venezolano. De mujer. Con su voz de cachalote en celo—: No me diga, don Fransisco, que ya se le cayó la brocha otra ves. Sí, sí… ¿Y tú te crees, Luis? Chicas con esa valía y… Haciendo esas guarradas por dinero, ¿te das cuenta? En fin…—murmuró antes de enterrar la nariz en la copa—. Que es una pena.

>>Así que entré a currar —tosió el exceso de vino—. Llegaba por la mañana y me iba por la tarde, ¿no? Hasta comía allí… Mentira, allí no, que era asqueroso por culpa del olor: salía, comía en la furgoneta y volvía. Y bueno, que entraba gente a todas horas —sonrió como si estuviese a punto de descubrirnos el sentido de la vida—. Si no era algún repartidor, era el electricista, y si no eran los del gas, eran clientes. Y aunque siempre había alguien, casi nadie subía a las habitaciones, ¿no sabes? Sí, sí… El negocio de hacer beber a los clientes, claro, qué te voy a contar. Pero bueno, que yo estaba a lo mío, levantando baldosas, y sería al tercer día o así que vi subir a un grupo de tres tipos trajeados, ¿no? Ya te imaginas: mediana edad, gordos, calvos o con el cartón… De esa clase, con el anillo aún puesto y todo. Hombres normales, vaya. —Tan normales que, salvo por el traje, bien podía estar describiéndose a sí mismo—. Se metieron en las habitaciones con las chicas, cerraron las puertas y me olvidé… ¿Pero te puedes creer que fue justo a partir de ese momento que empezaron a pasar las cosas raras? —dijo, esbozando una sonrisa que más era una mueca. Esa especie de rictus que muchos llaman sonrisa nerviosa—: Porque fue meterse los señores a hacer lo suyo, y cuando no habían pasado ni cinco minutos, ¡que escucho cacarear a un gallo! —relató, encogiéndose otra vez de hombros y apretando los labios—. Claro que tú dirás que qué tiene de raro escuchar el cacareo de un gallo, y más en un puticlub de la nacional que tiene casas de aldea cerca. ¡Pero es que me sonó aquí, en la oreja! —exclamó con una palmada en la barra—. Te lo juro como Francisco me llamo: parecía que tenía al gallo justo a mi lado. ¡Pegué un bote que… bueno! No llegué al techo de puro milagro. —Nos contaba mientras escenificaba la aventura, salto incluido—. Yo me quedé así, de pie, mirando alrededor, porque no entendía qué había pasado. ¡Y que escucho otro cacareo! —Llegados a este punto, Paco daba vueltas por el bar, buscando de verdad al dichoso gallo—. ¡Dos cacareos y ningún gallo! ¿Te das cuenta? Y yo estaba seguro de lo que había escuchado. Vaya que si lo estaba. Además fuertes, ¿eh? Te taladraban la cabeza de lo fuerte que sonaban. Sí, sí… Pero cuando escuché el tercero ya ni salté, ¿sabes? Era como si lo estuviese esperando porque, como dice el otro, no hay dos sin tres, ¿no? Eso sí, me volví loco buscando al dichoso animal. ¡En algún lado tenía que estar! —prorrumpió, elevando las manos como en plegaria—. Total, que no encontré nada,  ¿qué iba a encontrar? ¡También yo…! Pero bueno, el caso es que aún escuché al gallo un par de veces más… En esto que yo había salido del baño y ya estaba cerca de las escaleras que bajaban al bar, y tan concentrado iba que casi me tropiezo con Maritere, que subía.

>>¿Qué hase, don Fransisco, es que se le ha extraviado algo? —Sonrió como si la imitación le hiciese gracia—. Y yo le dije lo que me había pasado: que había escuchado cacarear a un gallo varias veces y que lo estaba buscando. Al decirlo en alto, me pareció estúpido, pero un momento después relacioné el cacareo con el olor a gallinero y me quedé con la copla. ¿Es que tiene Miguel un gallinero en el sótano o qué?, le pegunté antes que me dijese nada. Ella me miró así—dijo, apartando la cara como cuando se quiere apreciar algo desde cierta distancia—, de hito en hito, y me dice: ¿cómo, que usted ya lo oyó? Yo sólo asentí y ella me cogió de un brazo, muy azorada, me arrastró al baño y cerró la puerta. —Miró por encima del hombro, hacia nuestra mesa, antes de seguir hablando—. Esta parte no se la conté a mi esposa, porque… bueno… Ella no se habría creído que estuve encerrado en un baño con una mujer y que no la toqué…—Se quejó con cierto aire de tristeza. Aún no he decidido si por lo de que su esposa no le hubiese creído o porque no tocó a la señorita—. Pero en fin, la cosa es que ella parecía asustada y yo no sabía por qué, claro. Y en esto que ella le pasa el pestillo a la puerta, se gira hacia mí, me mira directamente a los ojos y me coge la mano y se la lleva al pecho, y yo que ya creía que le iba a tener que decir que era un hombre casado, va y me suelta: es un fantasma, don Fransisco. Yo me quedé pasmado —comentó, escondiendo la nuca en la espalda—, hasta creo que meneé la cabeza, así, como aturdido, ¿no sabes? Estuve en silencio unos segundos, de eso estoy seguro, y entonces le pregunté que qué había dicho. Un fantasma, don Frasisco, el fantasma de un gallo. Bueno, a ver, le dije yo, explícate porque no sé si te estoy entendiendo. ¡Sí! Vive en el ático y a veses le vemos por los corredores y en el bar; es enorme, con las plumas negras y una cresta roja. —Sonrió—. No sé qué cara debí de poner, pero ella me miraba así, de medio lado, así que decidí seguir, a ver a dónde me llevaba aquello: ¿¡Pero cómo quieres que me crea que acabo de oír el fantasma de un gallo, mujer!? ¡No grite! Ya nos cuesta convenser a los clientes de que no han oído nada. Pero esto es para mear y no echar gota… Usted no me cree. ¡Pues claro que no!, le grité otra vez. —Empezó a reírse por lo bajo—. Ella me miró muuuy seria, tanto que pensé que me iba a abofetear, pero entonces no va y me dice ¡que me haga una paja! ¡Jajajaja! ¿Te imaginas la escena, Luis? Encerrado en un baño con una prostituta que me dice que me haga una paja ¡Jajajaja! —Estuvo riéndose un buen rato y su risa empezó a contagiarse por el bar. Yo sólo me sonreí porque no me gusta llamar la atención, pero los hubo que tuvieron que dejar de beber un momento—. Bueno, bueno… ¡Jajajaja! La cosa era que… Ay, creo que me he hecho daño… ¡Cof, cof! ¡Hum! Perdona… Decía que la cosa era que Maritere aseguraba que tenía que hacerme una paja porque el gallo, agárrate los machos, cacareaba siempre que alguien se corría en el puticlub ¡Jajajaja! ¡Qué conveniente, eh!

—Pues lo cierto es que sí… —afirmó Luis, sonriendo para no soltar una carcajada.

—¡Ahí lo tienes! —rio—. Yo estaba perplejo, por supuesto. ¡Pensaba que me estaba gastando algún tipo de broma! Está bien, Maritere, te creo, le dije al final, más por vergüenza que por otra cosa. Bueno, pues ya verá cómo se convense usted, dese tiempo que ya lo verá, me respondió como si me amenazase. Se había enfadado, y bastante. Me soltó la mano con un desprecio que parecía que la estaba tirando a la basura, abrió el cerrojo y salió dando un portazo —declaró, perdiendo su sonrisa al instante—. Eso me dejó pensando, sobre todo su reacción. ¿Cómo no iba a hacerlo? La situación era lo bastante extraña como para darle una vuelta, pero ni sabía qué podía pensar… Total, que los comerciales se fueron por donde habían venido, yo acabé de quitar los azulejos y del gallo no se supo más. Pero yo ya tenía la mosca detrás de la oreja, ¿no sabes? —dijo, chascando la lengua—. Y no pude dejar de pensar en él.

>>Yooo… nunca fui una persona muy religiosa —confesó, haciendo un mohín de indiferencia—. Si Dios reparte premios por buena conducta, a mí no me toca ninguno y aún gracias que no me cae un castigo, pero lo del gallo me quitaba el sueño —asintió, resoplando—. Fíjate que cuando Claudia se fue a acostar, en vez de quedarme viendo la tele, la apagué y fui a coger la Biblia que tenemos en el salón. Recordaba el Catecismo y demás, así que sabía cómo buscar… Aunque tampoco te pienses que tenía mucha idea de qué podía estar buscando: no recordaba ningún pasaje que hablase de si los pollos tienen alma o no… ¡Hombre! —aulló de súbito, como si le hubiesen pisado un pie—,  que digo yo que algo habrán de tener, ¿no? Que los pollos también son de Dios… Total, que me pasé la noche en vela, página va y página viene, leyendo para ver si llegaba a alguna conclusión, pero ni yo la saqué ni Dios me ayudó —sonrió, resignado—. Me encontró mi mujer por la mañana, con la Biblia en la barriga, durmiendo en el sofá… Y ella, que sí es de confesarse, se preocupó porque pensó que algo me estaba remordiendo la conciencia… Claro que ellaaa…—carraspeó, tragándose la vergüenza junto con un nudo de saliva—. Ella sabía dónde estaba trabajando y no le hacía ni pizca de gracia… Procuré no decirle nada de la historia del gallo, que no tenía ganas yo deee… ¡Que no!, vaya. Y a Miguel tampoco,  pero a él no se lo dije porque no quería que me tomase por loco. ¿Cómo le dices a una persona normal que sabes los problemas que tiene con el fantasma de un gallo? Nooo, no… Y lo peor de todo es que era real, Luis, lo peor es que era real… —Sopló una risa que más era un bufido—. Porque mira, yo no sé si fue por lo mal que dormí, por las cosas que leí o porque me obsesioné, no lo sé, pero te juro que ese día yo vi algo —dijo, revolviéndose en el taburete—. El baño tenía una ventana encima del inodoro y la ventana daba a la carretera, ¿no? Bueno, pues yo aparqué y mientras descargaba los azulejos nuevos, casi sin querer, miré a esa ventana y… te juro que vi al gallo. ¡Te lo juro! —exclamó, inclinándose sobre la barra—. Era el gallo más grande que vi en mi vida, con una cresta tiesa y roja y unas plumas negrísimas, como si fuese un cuervo. Daba miedo, de verdad, de verdad que sí. Tenía esos ojos… ¿sabes? Pero no eran normales, te miraba como con un odio que… Brrr…—Le interrumpió un escalofrío que le sacudió por entero, poniéndole el vello de los brazos de punta—. ¡Mira, mira! Sólo de recodarlo, ¡mira! Y es que entonces me agaché a recoger una herramienta que se me cayó o algo, y cuando volví a mirar, que no tardé más de cinco segundos, el animal no estaba. Había desaparecido sin más. ¿Qué te parece?

—Increíble… —concedió, auténticamente asombrado.

—Y eso no es todo, ¿eh? Porque, bueno, lo dejé pasar, ¿sabes? Cosas de imaginación, que me anda tocando las narices, me dije a mí mismo, has dormido mal y ves cosas. De todo menos pensar que acababa de ver un gallo fantasma —zanjó, dándose la razón con un grave asentimiento—. Así que yo subí a hacer lo que tenía que hacer, ¿no? Bueno… En eso que bajo a por más azulejos y me encuentro con Miguel, que me buscaba para preguntarme si le podía hacer una chapucilla con la fontanería del baño: la cisterna no cargaba bien y la ducha no tenía presión —dijo, lanzando la mano izquierda al aire—. Sin problema, le dije, así que dejé lo que estaba haciendo y me puse con ello.

>>Lo principal era buscar la llave del agua y el medidor de presión, claro; no fuera ser que el problema estuviese en una llave mal abierta —señaló, abriendo mucho los ojos—. Pero nada: yo daba vueltas y vueltas y no la encontraba… Era consciente de que estaba un poco distraído por lo del gallo, desde luego, pero no creía que me estuviese afectando hasta el punto de tener un trozo de tubo delante de las narices ¡y no verlo! —Se cruzó de brazos y hundió el cuello entre los hombros—. Y que no era capaz,  me desesperé y no me quedó más remedio que llamar a Maritere… Me costó, ¿eh? Me costó porque ella había dejado de hablarme desde lo del baño. Pero bueno, que vino y le conté lo que pasaba, ¿no? Eso está en el ático, don Fransisco, me dijo. En donde el gallo. Sí, así es; ¿es tan nesesario que suba? Pues sí, insistí porque, además, necesitaba comprobarlo —contaba, abarcando con las manos una tubería imaginaria—. Aún tuve que bregar con ella un rato. Siiií, sí, sí… Estaba dispuesta a no dejarme subir, así le fuese la vida en ello. Y venga que no, y venga que no y venga que no. Como una mula. Que esa es otra: ¡yo no sabía por dónde se subía al dichoso ático! Claro, claro… Pero bueno, que al final acabó diciéndomelo —atajó, sonriente—. Resultaba que al ático se llegaba por una trampilla que estaba justo en el medio del baño. Yo no la había abierto porque pensaba que estaba cegada, que sería algún ventanuco para llegar al tejado, pero para nada, cedió hasta con demasiada facilidad.

>>Aquí tuve otro tipo de problema —tosió a modo de aviso—, y es que no tenía la escalera. Aunque no le doy mucho uso, yo siempre llevo una escalera por si acaso, pero justo ese día se la había prestado a mi cuñado, que es pintor, y siempre que tiene un trabajo me jode a mí la escalera. —Negó con la cabeza—. En fin, que como no la tenía, tuve que usar una estantería de esas que os dan para promocionar licores y esas cosas… No era seguro, pero qué te voy a contar, ¿no? Los curritos tenemos que tragar con lo que nos toca. Sí, sí… Maritere se ofreció a aguantarla mientras yo buscaba la llave, lo que me fue de mucha ayuda porque si no… Total, que me subo con la linterna, yyy…—dudó unos segundos—. Bueno, no voy a negar que tuviera algo de miedo. Que yo también he visto películas de terror ¡y al gallo de marras! —añadió con un gritito ahogado—. Que yo sabía que lo había visto, fuese mi imaginación o no. Pero bueno, que le eché un par y subí. ¡Hup! De un empujón, apretando el culo, ¿sabes?

>>Estaba aquello… Puuufff…—sopló, agitando la mano—. Lleno de polvo, telas de araña y hasta mierda de rata. Un verdadero asco, pero… no vi a ningún gallo. No sabes vaya suspiro de alivio que pegué, Luis, debió de oírseme en Santiago —confesó—. Por fortuna, la llave del agua y el medidor se veían desde el ventanuco, pero las tuberías estaban tan oxidadas y el medidor tan lleno de porquería que ni marcaba ni nada. Hay que cambiarlo todo, Maritere —dijo con tono resignado, como excusándose—. ¿Eso cree, don Fransisco? Sí, sí, lo que yo te diga, voy a decirle a mi hermano que venga y tiramos todo esto… ¡Y ese fue el momento justo! —gritó, sobresaltándonos a todos—. Sí, no sé si es que no le gustó lo que dije o si ya habíamos agotado su paciencia, pero fue justo en ese momento. Escuché un aleteo a mi espalda, como si se hubiese dejado caer de una de las vigas del tejado, y un cacareo extraño como no había oído jamás y que espero no volver a escuchar. Me giré tan rápido como pude y allí estaba él: tan negro que no distinguía su tamaño en la oscuridad, atravesándome con sus ojillos llenos de odio… Yo me quedé rígido, como helado. No podía mover ni un músculo. ¿Qué susede, don Fransisco? ¿Está usted bien? ¡Contésteme, por favor! Escuchaba a Maritere gritarme desde abajo, pero yo no podía contestar, estaba a merced de aquel monstruo, fuera lo que fuese… No sé ni cuánto tiempo pasó ni qué pensé entonces, sólo sé que al final me arreó un picotazo que me dio aquí, entre ceja y ceja —explicó y señaló una pequeña cicatriz con forma de estrella que tenía en aquel punto—. Supongo que tuve suerte, que si el bicho hubiese querido todavía me dejaba tuerto, ¿no sabes? Sí, sí… Que no fue una broma… Y bueno, lo que pasó a continuación me lo tuvieron que contar porque yooo… yo en ese momento perdí el conocimiento.

>>Y es que cuando el pollo me atacó, yo me quise echar hacia atrás y perdí pie, que las baldas del expositor no eran muy grandes, Maritere no supo ayudarme y ya te imaginas, ¿no? —suspiró—. La coña fue que, no sé cómo, me las arreglé para agarrarme al hueco del ventanuco y balancearme ahí un segundo, colgado como un chorizo. Maritere me dijo después que pensaba que me las iba a apañar para no caer, pero entonces el pladur del techo se rompió y yo fui a darme contra la bañera—asintió, dando una fuerte palmada que representaba su vuelo—. Pues oye, fíjate cómo sería el asunto que, tan pronto caí, el suelo se vino abajo y la bañera y yo aparecimos en medio del bar. Porque al parecer, la casa del puticlub llevaba en su sitio bastantes años, y los listos que habían hecho la reforma, para ahorrarse unas perras en materiales, le habían dejado a Miguel las maderas de la casa vieja en el suelo y bueno… —Volvió a asentir, pero con más fuerzas—. Que los clientes de la Caverna estaban haciendo sus cosas sobre dos finas capas de yeso, madera podrida y linóleo. Así que la bañera, que a su alrededor casi ni quedaba suelo, con su peso, con la inercia de la caída y con mi propio peso… Pasó lo que tenía que pasar. Gracias a Dios, no me hice daño. —Se persignó—. Pero Miguel tuvo que cerrar y todo. Sí, sí… No se podía andar por allí, era peligrosísimo. Así que ya ves… —susurró, balanceándose en el taburete—. Una aventura.

—¿Y el gallo? —preguntó Luis—. ¿Era un fantasma o no? Porque esa cicatriz es de verdad.

—Oh, sí, sí… Y tanto que es de verdad. Toca, toca —repitió, ofreciéndole la frente.

—No te molestes, Paco. La veo desde aquí…

—Sí, se ve bien, ¿verdad? Sí, sí… —dijo, acariciándose la zona como si fuese un talismán—. Pues mira, no supe más del gallo porque el club cerró, sí… No pude acabar la obra ni volví por allí, que tampoco tenía gana ninguna. ¿Si era un gallo de verdad o un fantasma? A ver, si me preguntas, esto me lo hizo un animal vivo, ¿eh? Yo no creo en espectros, y menos que arreen picotazos. Yo creo que lo que pasaba en aquel sitio es que Miguel era un guarro, que siempre fue un poco dejado con sus cosas, y que se le metió el gallo de algún vecino en el tejado… Perooo… —subrayó, dándole vueltas a la lengua dentro de la boca—, pero fíjate lo que es la vida, que acabé por conocer a unos cuantos vecinos que conocieron al antiguo dueño de la casa y… Bueno, ese el problema, ¿sabes? Ese es el problema…

>>Si no me mintieron, resulta que el edificio del club había sido antes una granja de pollos. La llevaba un tal Severino, un tipo queee… debía ser de órdago… Bueno, pues los vecinos decían que el tal Severino, un par de meses antes de cascarla, se había comprado un gallo nuevo. La cosa es que los gallos parecía que le duraban mucho, y la gente hablaba… Hablaba de que al tal Severino, bueno… Que le gustaba… eso, vaya. Pero que en vez de hacerlo como lo haría un hombre normal, éste se beneficiaba a los gallos. ¡Jajajaja! Tenía que estar bien de lo suyo, ¿eh? ¡Jajajaja! Un viejo llegó a decirme que el tipo pensaba que así los gallos le rendían más, que le ponían más ganas. ¡Jajajaja! Hay de todo por ahí adelante, así que vete tú a saber. ¡Jajajaja! Y… y bueno, que por lo que me contaron, a este último gallo le habría dado una vida más perra de lo normal, a lo mejor porque estaba palmando, que el Severino estaba mayor, diabético perdido, con un pie de menos y toda la pesca… Pues imagina qué tanto rencor le tendría el animal queee… cuando encontraron al viejo, muerto de un infarto o de lo que fuese, le había destrozado la cara a espolonazos. ¡A espolonazos, eh!? Sí, sí… —sonrió antes de apurar el último trago—. Así que ya lo ves, ahí tienes otra explicación para el olor, para el gallo, el cacareo y para las corridas también ¡Jajajaja! Una historia para no dormir, ¿no? Ya te lo dije.

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