Trece segundos

El siguiente cuento forma parte del bloque en que se plantearon las siguientes premisas: fantasma de una gallina (personaje), techo (localización) y estantería (objeto).

Trece segundos

La niña llegó a casa agitada, diciendo que había visto una gallina. Antes de que Alejandro pudiese saber a qué venía tanto jaleo, Mia prácticamente se estampó contra sus piernas. El mantra “gallina, gallina” se vio interrumpido por ese imprevisto, al igual que los pensamientos de él. Absorto como estaba en buscar una receta con la que vincular su escaso menaje a los boniatos de la cartilla de racionamiento, el hombretón perdió el equilibrio, más por la sorpresa que por el choque con el diminuto cuerpo de ella. Haciendo malabarismos, logró que la cesta con los escasos tubérculos no acabase en el suelo. La niña, por su parte, rebotó como si hubiese chocado con un muro de cemento y cayó al suelo, donde se quedó sentada y muda por la sorpresa.

—¡Mia! —se quejó él, volviendo a colocar los preciados alimentos sobre la encimera, y, al verla en el suelo, se inclinó y estiró los brazos para ayudarla a ponerse de nuevo en pie.

—¡Perdón! —respondió la niña, todavía alterada, en un berrido.

Con gesto paciente, Alejandro se la quedó mirando por un momento. Después de salir aquella misma mañana por la puerta de casa limpia, con la ropa remendada y bien peinada, volvía con el cabello enmarañado, con más de un siete en la camiseta y cubierta de mugre y barro de los pies a la cabeza. La única parcela clara de piel era aquella que rodeaba a una rozadura reciente en la rodilla, enmarcada en un considerable descosido de los vaqueros. Intentó abrir la boca para soltar un reproche, pero su “mira cómo te has puesto” no pasó del “mi”: justo cuando separó los labios, ella se puso a hablar sin freno.

—¡He visto una gallina! —exclamó, y aquello fue lo único coherente que entendió Alejandro en el parloteo acelerado, prácticamente sin pausas para respirar, con que ella construyó su relato. Entre la localización y los personajes involucrados, él ya se había perdido, y a la altura de los hechos más relevantes aquello no tenía ni pies ni cabeza.

—Mia, para un momento —dijo él, mirándola con rostro serio y un tanto preocupado. Aunque no llegaba a los cuarenta años parecía, como todos los adultos del pueblo, mucho mayor. Así, en su rostro se dibujaron amplios surcos y, al entornar los ojos, las bolsas bajo sus párpados se agrandaron. No contribuía a reflejar su verdadera edad el que parte del cabello se le hubiese quedado gris mucho tiempo atrás, cuando todavía se podían ver aviones si uno levantaba la vista al cielo, o pájaros—. Mírame —le dijo muy cuidadosamente, casi en un susurro, al tiempo que intentaba sacudirle el polvo de la ropa con débiles manotazos. Ella aprovechó para tomar aire y se quedó quieta, obedeciendo—. Te lo has imaginado, cariño. No hay nada de eso. Ya no.

La niña insistió en haber visto algo que solo podía encontrarse en fotografías, ya que los únicos que conservaban las alas en aquellos tiempos eran los insectos. De esos sí que había de sobra: suficientes como para ser la guarnición de los boniatos. Llenando un vaso del agua que pocas horas antes había sacado del pozo, Alejandro le pidió que no le contase a nadie aquella fantasía. Ella asintió, entre sorbo y sorbo, antes de devolverle el vaso con un poco convincente “bueno, vale”.

—Hablo en serio, Mia —insistió—. No le cuentes esto a nadie.

Aunque fuese una chiquillada, él consideró que la gente podía ponerse nerviosa. Poco antes de tapizar el suelo por todo el mundo adelante con sus cadáveres, las aves habían tenido la generosidad de compartir su enfermedad con la gente. Por muchos años que hubiesen pasado, el miedo a la epidemia y a sus primeros portadores seguía estando presente. Además, los rumores solían atraer al cacique local y a sus matones. Era gente que Alejandro tenía buenas razones para mantener lejos de la niña, a la que veían crecer con los ojos de quien ve a un cerdo engordar.

Evitó expresar el conjunto de sus preocupaciones en alto, pero al final Mia pareció entenderlo. O al menos, pareció hacerlo por un par de horas. El tema de la gallina no volvió a salir hasta la cena y fue, con bastante habilidad por parte de la niña, para dejar a un lado un tema complicado.

—¿Crees que alguna vez van a volver mis padres? —Fue la difícil pregunta que brotó entre mordisco y mordisco. Masticando con calma y mirando los cubiertos, Alejandro procuró concienciarse de que las palabras no debían atragantarse en su garganta.

—Claro que sí —contestó, buscando contacto visual, procurando sonar sincero—. Cualquier día de estos. Ya verás.

—Ya —asintió Mia, sospechando lo que significaban aquellas palabras, y terminó en silencio los últimos bocados que le quedaban en el plato. Él evitó contribuir con más frases a la construcción de una mentira. Mirando el plato vacío, se apoderó de la niña una expresión triste, de un cansancio impropio de su corta edad, pero no fue por más que un instante. Alzando de nuevo el rostro, sonriendo, paso drásticamente de una cuestión a otra.

—¿Sabes que las gallinas pueden volar? —dijo, en una pregunta que sonó casi como una afirmación. Alejandro enarcó una ceja. Pensó en darle la razón, pero lo recurrente del tema le hizo sentir curiosidad.

—Qué va, pequeñaja: no pueden —Y casi al instante se corrigió—. No podían.

—Te digo que sí —afirmó, moviendo la cabeza arriba y abajo para recalcar la certeza, y bajándose de la silla añadió—: espera y verás.

Como un torbellino, pasó de una habitación a otra  a pasos rápidos, casi frenéticos, y volvió, libro en mano. Agitó el volumen ante las narices de Alejandro, invitándolo a que lo abriese. Era un libro ilustrado, de tapas verdes y esquinas desgastadas. En portada, un guepardo apoyado sobre sus patas delanteras avanzaba, a toda velocidad, recortado contra un fondo borroso. En letras doradas, el título rezaba “Récords del mundo animal”.

—Abre, abre —ordenó ella, impaciente—. Sigue pasando páginas, otra, más allá. ¡Ahí!

Y, clavando el índice sobre la foto de una gallina agitando sus alas, lo miró desafiante. Intrigado, Alejandro leyó, descubriendo así que era cierto lo de no acostarse sin saber una cosa más, a través del registro del récord de vuelo más largo de una gallina. Casi al instante, se echó a reír.

—Pero Mia, cariño, ¡trece segundos! ¡Eso no es volar!

—¿Ah, no? —preguntó, enfurruñada— ¿Puedes volar tú más?

Ante la aplastante lógica infantil, alzó las manos en señal de rendición.

—Está bien, aceptaré trece segundos como vuelo —concedió, apoyando el libro sobre la mesa de la cocina. “Al menos ahora sé de dónde ha salido ese fantasma tuyo”, se dijo, dirigiéndole un par de miradas.

Una vez ella se fue a dormir, subió, como tenía por costumbre, al pequeño puesto que había instalado en el tejado del edificio. A pasos cortos, procuró no hacer crujir demasiado las tablas de la vieja casa, para no despertar a la niña. Arriba, encendió su vieja lámpara de queroseno, tomó unos prismáticos y miró por la ventana, en la que, atraídos por la luz se acumularon, hasta prácticamente formar un velo, innumerables insectos.

Desde las alturas, echó un vistazo a los límites del camino que atravesaba el pueblo de un lado a otro, como había hecho a lo largo de años. La costumbre se había convertido en la actualidad en un ritual más que otra cosa, puesto que la ley del salvaje oeste que había imperado durante largo tiempo ya había tocado a su fin. Ahora tenían algo parecido al orden, lo deseasen o no, y los que poco antes eran forajidos se habían convertido, como por arte de magia, en representantes de la ley. Y el resto, en ovejas o, más bien, en gallinas como la que juraba haber visto Mia.

Atendió al modo en que las luces se iban extinguiendo en los edificios, obedientes al toque de queda, hasta que finalmente lo dejasen solo en la oscuridad. Se dio cuenta de que había subido consigo el libro, que ojeó sin prestar demasiada atención. Pasó el tiempo y las páginas, como si fuesen la misma cosa. Solo cuando la suya fue la última ventana iluminada, lo cerró y, como si fuese una pequeña victoria personal, un último resquicio de resistencia, se retiró con su lámpara.

Bajó de nuevo a pasos lentos las escaleras, y, consciente del peso del libro en su mano, se dirigió a la estantería de la planta baja. Una vez allí, buscó con la mirada el hueco que habría dejado el volumen en las baldas, y encontró esa ausencia en la primera de ellas. Quiso agacharse a colocarlo, aunque le resultó difícil hacerlo ante la visión del mueble en sí. Pasaba por delante de él varias veces al día, pero en ese momento le causó una fuerte impresión. Suspiró al observar el conjunto de libros, dándose cuenta de que hacía largo tiempo que no leía ninguno de ellos, pese a lo mucho que le había costado conseguirlos.

Al principio, había resultado fácil agenciarse algún título por aquí y otro por allá. El intercambio entre los supervivientes fue uno de los modos de matar el tiempo, pero los primeros años resultaron ser duros. La lista de rostros conocidos fue haciéndose más pequeña, y la estantería de su refugio, en sentido homenaje, más grande.

Pocos comprendían que durante un tiempo fuese capaz de cambiar raciones, chatarra o trabajo por libros, y el nunca se molestó en aclarar el porqué de su comportamiento. ¿Para qué explicar que una portada era un rostro, y un título un timbre de voz? Y además, ¿a quién contárselo? De los que fueron quedando, pocos eran los que deseaban recordar nada. Olvidar se convirtió en forma de vida.

Con el tiempo, fue cada vez más difícil y costoso conseguir lectura. Ya no se editaba nada. Lo único, folletos del gobierno. Algo parecido a un periódico. Carteles.

Ni un solo libro.

Tal vez leer fuese una forma de resistencia, y le alegró que la niña llevase ese espíritu dentro. Sintió incluso cierta envidia por ello, y se dio cuenta de que le temblaban las manos al devolver “Récords del mundo animal” a la estantería. Preguntándose cómo podía ser eso, supo que sentía miedo a tener que acabar recordando algún día a Mia por aquel objeto de tapas verdes.

Procuró apartar ese pensamiento de la cabeza, pero no pudo. Rindiéndose, apagó la última luz que quedaba encendida en todo el pueblo. Tal vez en todo el país.

Se fue a dormir, y el mundo quedó envuelto en tinieblas.

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