Oh Berlim

Continuamos con las ucronías. En el siguiente relato se nos presenta, a través de una escena aparentemente cotidiana, una Alemania convertida en la tierra prometida del pueblo judío y, los alemanes, sometidos a una presión colonizadora y a un racismo cada vez mayor, sobreviven aislados y humillados ante el olvido internacional.

¿Qué pasaría si tras la 2ª Guerra Mundial, los estados europeos que ocupaban Alemania con el apoyo Naciones Unidas acordasen ceder parte del país a la creación del estado de Israel? Pasen y lean…

 

 

OH BERLIM

 

Tome, límpiese la cara. – El policía dejó un paño húmedo sobre la mesa de interrogatorios con un movimiento flemático –. He tenido que cabrear a muchos compañeros para que me dejen hablar con usted diez minutos. ¿Va a explicarme lo que pasó la noche de ayer o dejo que vuelvan a interrogarle ellos?– Al otro lado, una montaña de carne magullada alzó su rostro hinchado y le miró sin despegar los labios –. Está bien, yo le relataré lo que ha pasado y usted me interrumpe si me equivoco en algún punto: La noche de ayer usted trabajaba en casa de los señores Levy. Usted hace el servicio allí, ¿no? Claro que sí. Según tengo en mis notas, esa tarde le acompañaba su hijo para ayudarle con los preparativos de la fiesta. ¿Es así? Bien. La señora Levy nos ha contado que todo transcurría con normalidad hasta que su hijo apareció en el comedor con el arma de su marido en la mano. – Silencio –. Mire estas fotos: Harel y Dalia Levy. ¿Los reconoce? Harel Levy es un funcionario de urbanismo, ¿era un objetivo?  La señora Levy, profesora de arte. ¿Eran enemigos, señor Auer?…–Sin esperar respuesta le mostró la foto de una pareja joven que sonreía al fotógrafo –. Freida Goldstein, profesora de secundaria en la Escuela de Enseñanza Integral de Berlin, ¿no es la escuela de su hijo?– Silencio–. Benjamin Cohen, periodista en el diario Maariv y activista político, muy conocido por aquí… ¿Era este el objetivo, señor Auer? ¿Benjamin Cohen?

No soy un terrorista –soltó las palabras silbando entre los dientes.

El hombre cogió otras dos fotografías de un sobre y las lanzó sobre sus rodillas.

Fritz Auer y Guido Auer. Este era su hijo, ¿no? – Lo que quedaba de Fritz Auer apartó la mirada hacia las paredes grises de la estancia –. ¡Mírelo! ¿Era su hijo? ¿Por qué le puso un nombre hebreo? ¿Creyó que eso le salvaría de la vergüenza de ser hijo de un nazi?–Silencio al otro lado de la mesa–. ¿En qué grupo operaban, señor Auer?

No soy un terrorista.

Escúcheme bien maldita escoria alemana. Esta mañana he recogido los sesos de su hijo del suelo con una cuchara.  Su vida no vale nada pero su hijo era un estudiante de Berlín, un símbolo de la concordia, del futuro y de toda esa mierda de la ONU. –Silencio.

* * *

– Es una lástima que no haya podido venir el señor Gurion. Una verdadera lástima

– ¿De qué Gurion estamos hablando? si no es mucho preguntar… – Benjamin Cohen trasteaba con su copa de vino mientras observaba de reojo al hombre con uniforme azul cobalto que preparaba el comedor para la cena.

– De Imanuel Gurion.

– Gurion…de…

–De Gurion. Es un sobrino, sí. Lo conozco del ministerio. –Harel Levy repasaba mentalmente los elementos de la mesa para asegurarse de que todo estaba dispuesto –. Un tipo peculiar. Un moderado.

– Entiendo.-–Cohen le miraba con tal intensidad que el veterano Auer podía sentir sus ojos en la nuca.

– Fritz, haz el favor de traer la januquiá. Trae también unas cerillas. En unos minutos estará la cena. ¿Has comprobado el horno?

– Sí, señor. – Fritz Auer arrastró su viejo mono azul a la estancia contigua.

–No sé cómo soportas tener a esta gente en tu casa. De verdad que no lo comprendo. Este tiene edad suficiente para haber estado en…– Le interrumpió la entrada de un joven de unos quince años ataviado con el mismo uniforme que el anterior, portando el candelabro.

– Benjamin…No empieces, por favor. Hoy es fiesta. Gracias, Guido. Ve sirviendo los latkes en la mesa.

– Sí, señor.

– ¿Te gusta cumplir órdenes, chico? Apuesto a que a tu padre también le gustaba. – El joven no pareció comprender aquella alusión y se adentró silencioso en la cocina. Benjamin atendía cada movimiento del viejo alemán sin disimular una mueca de repugnancia –. Seguro que ha estado en los campos…Cumpliendo órdenes, como todos…

– Cálmate, Ben. Estamos casi en los ochenta, las cosas están cambiando.

– Sí, y ahora tenemos que soportar tenerlos a nuestra mesa. Es insultante. Si mi abuelo me viera esta noche…

– No están a nuestra mesa, Ben. Ese hombre lleva todo el día preparando Janucá para nosotros. –Sonrió con sorna señalando al hombre que disponía diversos manjares sobre la mesa rigurosamente ordenada –. ¿No ves la ironía?

–No me interesa la ironía. – Dando la espalda a la mesa, observó desde la ventana los terrenos segregados que se extendían a pie de calle –. ¿Qué hacen a estas horas cavando ahí abajo? ¿No llevan ahí todo el día?

– A veces vienen al caer la tarde. Llaman menos la atención y saben que sólo está la guardia del muro. Aun así, algunas noches hay tiroteos. Si detectan algún sospechoso de la RAF, disparan.

– Oh, es muy desagradable tener que verlos ahí cada día…– La esposa de Harel se asomó un instante a la ventana y apartó la vista con despecho –. Es terrible tener que vivir con este paisaje frente a tu hogar.

– ¿Crees que a ellos les gusta vivir en ese “paisaje”?– Freida Goldstein dejó la copa de vino en la mesa y se reunió en la ventana con los dos hombres.

– Ahí va uno de esos cretinos de las ONG con su chaleco naranja. Y el logo que no falte. – Se burló Benjamin con una mueca asqueada.

– Se trata de que les vean y no les metan un tiro, Benjamin.

– Claro…porque defienden los derechos de los Territorios ocupados. ¡Sus derechos! ¿Y quién veló por los nuestros? Ninguno de esos capullos se metería en un tren a Polonia con nosotros. Y me hablan de derechos humanos. Cerrar heridas, dicen. Su puta madre.

– Pues sí, Benjamin. De cerrar heridas se trata. – Freida señaló al joven Auer –. Y corresponde a esta generación hacerlo. No podremos asentar ningún futuro sobre el odio y el rencor.

– Precioso, eso es precioso, de verdad que sí. Pero yo cerraré mis heridas viendo como arden sus casas desde el otro lado del Spree

– ¡Por dios, Benjamin! A veces eres un bárbaro.

– En muchas de esas casas, Freida, guardan uniformes con esvásticas bordadas junto con la ropa de verano. Pero yo soy el bárbaro…

– Vamos, Ben. Cenemos y dejemos el tema por esta noche. – Harel apartó a su invitado de la ventana pasándole un brazo por el hombro en un gesto cómplice –. Además, pronto esas tierras serán un precioso parque urbano.

– ¡Qué gran noticia, cariño! Va siendo hora de que esta ciudad deje de parecer un cuartel. Parques, plazas, avenidas…

– ¿Ya habéis aprobado el nuevo plan urbanístico?– inquirió Benjamin lanzando una última mirada al exterior y posando su mano en el respaldo de la silla –. ¿Qué haréis con los campamentos del Este?

– Esa zona está calificada como terreno edificable de nueva promoción. Y toda esta área hasta la calle, será una gran zona verde.

– ¿Y qué pasará con todas las casas? Hay alemanes viviendo allí. – Freida Goldstein permanecía en la ventana observando una pareja de campesinos que descargaban sus enseres en la calle.

– ¿Las chabolas? Serán demolidas.

– Todos ganamos si la ciudad es más bonita. ¡Construiremos una ciudad para el futuro! ¿No, Freida?– Dalia alzó su copa de vino y sacudió la cabeza como queriendo zanjar la conversación –. Vamos, vamos, basta de trabajo. Sentémonos a cenar y hablemos de algo más alegre.

– ¿Y qué dice la Asamblea de recalificar más terrenos en Berlín?

– ¡Oh! ¡Pero qué pesados sois! –exclamó Dalia dejándose caer en su silla con un aspaviento exasperado-. Freida, ¿cómo van tus clases?

– La Asamblea hace tiempo que no dice nada. “Son nuestros aliados por la paz.”– Y su cara se quebró en una carcajada que se prolongó hasta que todos estuvieron sentados a la mesa.

– Bueno, ¡por fin! amigos míos…vamos a bendecir esta hermosa mesa. – Dalia abrió sus labios de rojo brillante para comenzar las oraciones, pero Harel la interrumpió señalando hacia la esquina donde esperaban Fritz y su hijo.

– Disculpa Dalila…– interrumpe Harel besándole mano con una sonrisa burlona, implorando paciencia –.  Fritz, comienza tú las oraciones, por favor.

Un mutismo incómodo cayó sobre la mesa llenando platos y copas. Fritz alzó la mirada sorprendido por la interpelación y su rostro enrojeció.

– ¡Harel! ¡Por qué tienes que complicarlo todo! – Dalia retiró bruscamente su mano de la de su marido golpeando la mesa. –  ¡Cenemos en paz, por favor!

– ¡A mí me parece una idea fantástica! – Por primera vez desde que habían llegado, Benjamin dejó ver una sonrisa sincera.

– Déjalo ya Ben…

– ¿Cuál es el problema, Freida? ¿Tú no hablas siempre sobre el respeto mutuo, que nos une más de lo que nos separa y todo ese blablabla regeneracionista? ¿Qué mayor muestra de convivencia hay que participar con este alemán del Janucá?

– Eres un imbécil.

– Está bien, está bien. Que sea el crío quien lo haga. Él estudia en la Escuela Integral, ¿no es así? Veamos de qué sirven tus clases de utopía, Freida…Convénceme y prometo portarme bien el resto de la cena: ¡Tu alumno como prueba!

– ¡Eso, eso! Guido, comienza tú la oración, por favor. – Harel Levy clavó los codos en el mantel y mostró sus manos a los demás para orar. Su mujer, impacientada por el olor suculento de la carne, suspiró con alivio y cogió las manos de sus invitados.

El joven interrogó a su padre con la mirada. Conocía bien las oraciones pues, desde las últimas resoluciones de la ONU, en la escuela pública se impartía una enseñanza dual. Su padre asintió lentamente, sin mirarle. Comenzó las bendiciones con un hilo de voz, sin comprender si con ello traicionaba a su padre, a su país o a si mismo, pero sintiendo todo el peso de la culpa y la humillación con cada palabra:

– Bendito eres tu Adonai, Dios nuestro, Rey del universo, que nos santificó con sus preceptos y nos ordenó el encendido de la vela de Janucá…

– ¿Lo ves Freida? Deberías disfrutar de esto. –Su pareja permaneció en silencio, respondiendo sólo con un reproche frío en la mirada.

Durante el espacio de tiempo que se prolongaron las bendiciones y el encendido de las luminarias, Fritz Auer no movió ni un músculo, franqueando la puerta de la cocina, con la mirada fija en algún momento de su pasado. Realmente prefería no mirar cómo su hijo encendía las velas del januquiá. Un viejo instinto se removía aún en su interior al verse obligado a trabajar para aquella familia de judíos. Había aceptado hacía tiempo la derrota. Durante la guerra había luchado por el bando nacionalsocialista, más por inercia que por convicción. Aunque había algo de dignidad en aquellos días. Mucha más de la que sentía ahora. Benjamin Cohen no se equivocaba demasiado: en uno de sus baúles todavía guardaba su viejo uniforme de oficial.

Cuando terminó la guerra y el polvo se posó de nuevo en las calles, las naciones europeas descubrieron el horror de aquellos años. En cada rincón del continente, a medida que se removían los escombros, el espanto enseguida dio paso a otro sentimiento distinto: Vergüenza. En esta partida la factura adeudada al país alemán era moral además de económica. Con el Plan de Partición Territorial de Naciones Unidas, Alemania había sido dividida en dos estados tutelados: uno judío y uno alemán. El nuevo estado de Israel creció rápidamente con el apoyo de toda Europa. Sin embargo, los territorios alemanes fueron abandonados y excluidos de las ayudas internacionales para la reconstrucción. Cualquier acercamiento comercial o financiero a la región era interpretado como antisemitismo. Durante los últimos veinticinco años, Fritz Auer había pasado de ser oficial de la Wehrmacht a servir sopa a los pocos judíos dispuestos a pagarle un jornal.

Las bendiciones dieron paso a los entrantes. A su pesar, el viejo veterano tenía una mano excelente a la hora de cocinar y preparaba los platos tradicionales hebreos como si se hubiera criado con ellos. La conversación iba y venía de la política a la historia y de ésta a la familia o el trabajo y otra vez a la política. El joven Guido Auer afinaba el oído para no perder detalle. Prestaba especial atención a Benjamin Cohen, que tenía el don de derivar cualquier tema banal hacia la política.

– …Precisamente por eso es tan importante la educación. – Freida Goldstein siempre acuñaba el valor de la educación como una panacea para todo mal nacional.

– Cuando dices educación te refieres a los cuentos de hadas que aprueba el comité, ¿no?

– ¡Gracias! ¿Ves? No lo he dicho yo – dijo sonriente Benjamin lanzando un guiño a Harel.

– No se trata de ser ingenuos. ¡No es tan difícil de entender! Ahora somos una nación y…

– Una nación…¡tch!…¡Una nación levantada sobre un cementerio!

– Es que no podemos criar a nuestros hijos en el odio. Ya sabemos a dónde conduce eso…

– ¡No fue nuestro odio el que nos consumió en los hornos! ¿Por qué he de sentir ahora indulgencia por ningún alemán? ¿Cómo pretendes cerrar nada si los jóvenes no saben lo que ocurrió? ¿Escuela Integral? Y una mierda.

– Saben lo necesario…

– No saben lo importante.

– El horror es horror. No aporta nada al entendimiento de la historia…

– ¿De verdad crees que ningún israelí querrá conocer todo lo que hicieron? Incluso los jóvenes alemanes, tus queridos lienzos en blanco… ¿Crees que Guido no quiere saber qué hizo su padre? Yo me niego a apoyar esa farsa.

– ¿No ibas a portarte bien? Pues sí que te duró…– Freida arrojó la servilleta en señal de rendición.

– ¡Es que deben saber de dónde proceden!

– Ya lo saben en los territorios controlados por la RAF y ¿de qué sirve eso, aparte de para que se vistan de explosivos y cojan el metro conmigo? Berlín debe ser un ejemplo.

– Berlín es una jaula de grillos. Esto no es un país. Esta tierra es la arena de Europa y todas las Naciones tan Unidas se arremolinan en la grada a ver cómo nos matamos.

Las fuentes de pato asado y panes especiados llenaron el comedor de un aroma dulce que despertaba estertores en los estómagos de Fritz y Guido Auer, poco acostumbrados a esta clase de viandas. Guido, concentrado en la conversación, recogía los platos de la mesa. De vuelta a la cocina, se detuvo en la ventana distraído por una cara conocida que le saludaba desde abajo. Fritz Auer propinó un codazo a su hijo al pasar a su lado. Este, absorto en el exterior, dio un respingo que desequilibró la montaña de platos que llevaba en brazos. El sonido de la cerámica que a poco estuvo de caer al suelo interrumpió la conversación en la mesa. Benjamin Cohen no había perdido detalle de la escena y se dirigió al viejo Auer, que cargaba con una abundante fuente de carne.

– ¿Hay algún problema, señor Auer?

– ¿Qué pasa? – La señora Levy ofreció una tregua al jugoso muslo de pato que tenía entre manos, dejándolo sobre el plato un instante.

– Nada, señores…El chico, que se distrae fácilmente. Ahora mismo traigo más salsa para la carne.

– Gracias, Fritz.

– ¿Conocías a alguien ahí abajo, Guido?– Benjamin tenía instinto de presa y ninguna intención de dejar pasar aquella oportunidad para humillar al viejo.

– No, señor. Lamento la interrupción. ¿Le traigo más vino?

– No, gracias, chico. ¿A quién saludabas? ¿Un compañero, quizás?

– A nadie, señor.

– Chico, es mejor que no trates de tomarme el pelo…

– Vamos Benjamin, deja en paz al crío. ¿Qué más te da si saludaba o no a alguien? Seguramente sea un chico de la escuela, nada más. Déjale en paz.

– Los que van a tu escuela no vienen aquí por la noche, Freida. Ahí sólo van los de los poblados del Este.

– Algunos trabajan en esta zona, ¡déjale en paz de una vez y sigamos comiendo!– Freida hizo un ademán a Guido para que saliese del comedor cuanto antes –. Esta noche estás especialmente insidioso.

– ¿Por qué será?– sentenció, clavando la mirada en Fritz Auer que había regresado de la cocina con una salsera.

– ¡Bueno!, ¿qué nos estabas contando, cariño?… ¡Oh! No recuerdo… ¡Tengo tantas cosas en la cabeza durante las fiestas que apenas puedo recordar lo que acabo de comer! –Dalia Levy acercó la salsera a su plato y bañó profusamente el muslo que flotaba en el centro –. Cuéntanos más acerca de ese parque tan bonito que nos vas a hacer…

– Oh, bueno, pues…tampoco hay tanto que contar. En el nuevo Plan se ha establecido toda el área desde nuestra calle hasta la Potsdamer Platz como área verde protegida. –Le interrumpió el ruido de la silla de Benjamin rascando el suelo.

– Continúa Harel, continúa…Sólo voy a comprobar una cosa. –Le siguió un bufido crispado de Freida y la risilla de Dalia, que prestaba atención a su marido sin perderle el pulso al plato.

Harel Levy relató los planes del ministerio para el nuevo Berlín que, desde luego, pasaban por continuar empujando los sectores alemanes fuera del área metropolitana. Se trataba de una de las formas modernas que había adoptado la guerra entre ambos territorios.

Benjamin escrutó las figuras que se movían afanosas en la calle. Los guardias del muro se divertían deslumbrando con las linternas a los que aún trabajaban en las parcelas de cultivo. Reían y se turnaban para apuntarles con ellas, burlándose del pavor de sus caras al creer que iban a ser abatidos. El foco se detuvo en una pareja de alemanes que recogía patatas en un surco. Una mujer de avanzada edad encorvada sobre la tierra y un chiquillo adolescente que cargaba la cesta a su lado. Cuando el haz de luz se detuvo sobre ellos la señora se protegió con el brazo sin alzar la vista hacia el muro. Fingiendo ignorar a los guardias dio un tirón enérgico al brazo del chico que se agachó a su vez dando la espalda a la luz. El reflector bailó sobre ellos un largo rato ofendido por la indolencia de la pareja. Finalmente, el muchacho se incorporó con arrogancia y comenzó a remover los surcos con fruición, mirando directamente a los guardias con los ojos bien abiertos, desafiando al resplandor que le cegaba. A pesar de ello reparó en el marco iluminado de la ventana abierta de los Levy y en la figura que le observaba recortada a contraluz. Alzando su brazo izquierdo saludó con ostentación a la sombra de Benjamin Cohen, repitiendo el gesto hasta tres veces.

Un fogonazo quebró la noche desde el muro hasta el surco de tierra donde caía el cuerpo del joven alemán. A Benjamin le pareció escuchar el sonido del disparo unos segundos después, como si pudiera medir la distancia de una tormenta que se acerca. Sólo cuando el trueno rebotó entre las paredes empapeladas del comedor,  la conversación y el chirrido de los cubiertos sobre la cerámica se detuvieron en seco.

– ¿Qué ha sido eso? ¡Ha sonado como un disparo! –Freida se precipitó hacia la ventana por la que había llegado el sonido. El brazo de Benjamin la apartó con un ademán brusco de la escena de pánico que se desarrollaba en la calle. Todos los grupos de alemanes se habían dispersado y sólo quedaba la figura encorvada de la mujer, que trataba de proteger con su propio cuerpo el bulto ya inerte que yacía sobre la tierra.

– Oh ¡Dios mío, Harel, ¡es otro tiroteo! En la noche de Janucá…no puede ser, ¡esto es insoportable! ¡Dios mío! ¡Cuántas desgracias más tendremos que soportar! –La señora Levy se deshacía en ademanes lastimeros sin levantarse de la mesa. En la sala de estar contigua, Harel se había apartado para llamar a algún contacto del ministerio.

– Han disparado a uno de los alemanes. Un chaval. –Benjamin permanecía clavado en el marco de la ventana con la mirada fija en los pies que asomaban bajo el volumen de la mujer rota en llantos.

– Dios… ¿pero qué ha pasado? ¿Le han pegado un tiro sin más? – En realidad, Freida Goldstein sabía perfectamente lo que había ocurrido. Conocía bien el juego. Sabía que la vida de un alemán no valía más que el plomo que se llevaba con ella.

– Algo así…

– Esto es una locura. Es una locura… ¿Era un niño? ¡Un niño!

– De la edad de Guido, parecía. –-Se giró hacia el joven Auer que se acercaba vacilante a la ventana, sobrecogido ante la escena que temía encontrar.

 

Fritz Auer permanecía sentado en una silla al lado de la puerta de la cocina, con la cabeza baja sin prestar atención a nada de lo que ocurría en el comedor. Las voces se entremezclaban y ya nadie se sentaba a la mesa. La corriente que llegaba desde el exterior agitaba las velas que titilaban. Él sabía que no debían apagarse. Era mal augurio. Pero parecía que sólo a él le preocupaba. Finalmente se incorporó silencioso y se situó en la mesa formando una pantalla con ambas manos en torno al candelabro. Invitados y anfitriones se removían alterados. Ninguno reparó en la ausencia de Guido Auer, ni siquiera su padre, que miraba hipnotizado las nueve llamas. Transcurrieron varios minutos confusos sin que ninguno de los presentes volviese a ocupar su asiento.

Guido Auer reapareció como un espectro bajo el arco del comedor, con los ojos inflamados y el gesto oprimido. Avanzó torpemente hasta la mesa con la mirada fija en su padre. Nadie se atrevió a hablar. De algún modo la confusión y la sorpresa se mezclaron en un silencio denso. Tan sólo Benjamin Cohen se percató de lo que ocurría al descubrir la Walther de Harel en la mano del joven. Este alzó el brazo lentamente como movido por una vieja polea, sin una trayectoria fija, sin saber a dónde o a quién apuntar.

– ¿Qué estás haciendo, chico?

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