INOPIA

¡Continuamos con el desafio! Recordad que las premisas eran:

petardo (objeto) +cowboy (personaje) + destilería de vodka abandonada durante la era de la URSS ( ubicación). Como sinopsis os avanzamos que esta historia se desarrolla en una aldea remota ajena al tiempo: Inopia, que vive su propia guerra fría en una atmósfera que se aproxima al realismo absurdo. Espero que lo disfrutéis y no olvidéis que nos encantará que dejéis comentarios. ¡Pasen y lean! Sed bienvenidos a Inopia:

 

Mi nombre es Lyosha Zhorah Kozlov y hasta hace tres días trabajaba como repartidor en una vieja destilería. Nací en la tarde helada de un diez de noviembre en 1969, en una pequeña aldea ajena al tiempo y levantada en una zona remota de los bosques polacos del sur.
En aquel lugar, olvidados de todos, habían terminado por sobrevivir aquellos que huían de los espectros fascistas negros y rojos, y veían su patria pisoteada por amigos y enemigos. Unos pocos herederos desencantados de la resistencia a la ocupación y algún que otro apátrida habían fundado una pequeña aldea neutral lejos de la guerra, en un área recóndita donde vivir desapercibidos. A pesar del ánimo indolente de sus habitantes, el recuerdo de las ciudades polacas liberadas por un exultante Ejército Rojo había implantado en ellos cierta simpatía comunista: ¡El último refugio para la revolución!, solía clamar Hedeon Lissitzky, valiente comisario político del séptimo regimiento ruso, que había alcanzado su retiro como protector, estratega y alcalde en funciones de mi pueblo: Inopia.

Seguro que imagina que la vida de un mozo de los recados en un pequeño pueblo aislado no puede ofrecer interés alguno. Sin embargo, comprobará que mi historia es la de un auténtico héroe, uno de esos cuyo destino está escrito por la providencia,como los personajes de los libros del abuelo… ¡Fíjese que hasta soy huérfano! Sólo dios sabe qué me depara el futuro… Como dispongo de todo el tiempo del mundo y ya que ha tenido la cortesía de preguntar, le contaré mi historia. Aunque antes, permítame que le ponga en antecedentes y le relate cómo mis abuelos llegaron a Inopia. Creo sinceramente que así comprenderá de qué modo el destino me ha traído hasta este punto:

Crecí sin preguntar jamás por mis padres, pues en el pueblo las interrogaciones, que no los interrogatorios, estaban mal vistas. A pesar de todo, debo decir que tuve una infancia bastante feliz, protegido por mis abuelos maternos. Mi abuela, Janica Bronya Jadwiga, era la hija mediana de una familia campesina polaca que, leal a su condición, viajó a la capital dispuesta a ordenarse en las Carmelitas Descalzas. Esto ocurría justo el mes en que Hitler decidía prescindir del pacto de no agresión germano-soviético. Claro está que tales eventualidades le sirvieron para esquivar su destino y unirse a la resistencia, aún sin saberlo, de la mano de un apuesto estudiante de primer año de leyes de la Universidad Imperial: Mi abuelo, Anatoli Kozlov, hijo de la baja burguesía de Moscú que, por supuesto, ya no llegó a rellenar la matrícula de su segundo año.

Tras contener la invasión alemana, las tropas libertadoras de la Unión Soviética iniciaron la ocupación de Polonia, apoyándose en lo que denominaban la seguridad colectiva. Por aquel entonces, mis abuelos residían en la ciudad de Brest, justo en la frontera y enclave estratégico en las comunicaciones entre Rusia y Berlín. Más por instinto que por adhesión, el abuelo Kozlov participó al lado de los Hermanos del Bosque en las manifestaciones alzadas contra las medidas impuestas por Stalin. Acusados de colaboracionismo abandonaron la ciudad y se dirigieron al sur siguiendo los movimientos partisanos. Como seguro recordará, a principios de los años cincuenta fueron miles los ciudadanos que abandonaron las ciudades ocupadas y buscaron refugio en las zonas boscosas del sur de Polonia. En uno de estos grupos se encontraban mis abuelos.

Llegaron juntos a Inopia tras la muerte de Stalin, llevando en brazos a una niña que una tarde, hace hoy veinte años y sólo durante unas horas, se convirtió en mi madre. Cuando encontraron aquella aldea, había poco más que una docena de casas de albañilería recién construidas y el esqueleto metálico de una destilería que se alzaba justo en el centro. El abuelo Anatoli, desencantado de las letras panfletarias, encontró en Inopia el lugar perfecto en donde proteger a la abuela Bronya y envejecer en paz. En una de esas raras ocasiones en que hablaba del pasado, me contó que aquella ruina había constituido el primer refugio para los fundadores de Inopia que huían de la guerra y la represión. Hartos de ocultarse en los bosques y maltratados por los inviernos polacos, ocuparon el espacio entre los pilares herrumbrosos de aquella destilería. Tras el primer invierno sin ser molestados, empezaron a construir las primeras casas fuera del edificio. Los restos de vodka que sus antiguos dueños habían dejado convenientemente almacenados resultaron también determinantes en la fundación del asentamiento. Para evitar visitas indeseadas, arrancaron los indicadores oxidados que todavía permanecían al pie de la carretera y dejaron que la hierba y la tierra reclamaran la huella del camino. Pronto comenzaron a cultivar los alimentos mínimos para sobrevivir allí y rehabilitaron las instalaciones de la fábrica. El destilado de vodka se convirtió, poco a poco, en la panacea que calmaba todos sus fantasmas, además de resultar un excelente antiséptico. Garrafas de vodka se distribuían mensualmente y de forma gratuita para todos los habitantes del pueblo. Cualquier otra bebida, a excepción del agua por ser sinónima de la anterior, estaba terminantemente prohibida y era considerada subversiva ya que, tal y como sentenciaba nuestro politruck, ofendían a la Madre Rusia.

Los que todavía recordaban la llegada de Hedeon Lissitzky al pueblo evitaban hablar de ello y, cuando el vodka desinhibía sus lenguas, las historias diferían tanto unas de otras que resultaba imposible establecer una versión oficial en este asunto. Mi favorita era aquella que narraba cómo, una noche más fría de lo habitual en primavera, el comisario Lissitzky se adentró en la plaza del mercado acompañado por dos militares con uniforme soviético, que le trataban como a un superior: León Chernikov, un pura sangre ruso de rancio abolengo, sub-teniente del tercer regimiento y Gérôme Litovsk, hijo de un bolchevique medio polaco y una costurera medio francesa que, recién alcanzada su mayoría de edad, había sido reclutado como oficial de infantería en la división segunda de dicho regimiento.

Hedeon balbuceaba salvas y consignas en un delirio psicótico entre alemán, ruso y polaco, mientras escupía densas flemas de sangre. Pálidos y delgados como si sus huesos nunca hubieran conocido el abrigo de la grasa, miraban a su alrededor angustiados. Sus casacas raídas dejaban ver los respectivos uniformes del Ejército Rojo. Cuando Bruno Welgoth, el esposo de la carnicera de Inopia, apareció a sus espaldas como un espectro portando una lámpara de queroseno, dos Tokarev semiautomáticas se clavaron a ambos lados de su nariz semita. El propio Bruno siempre ha contado cómo, sin inmutarse por el contacto del metal en su rostro, acercó la lámpara a los militares y se limitó a decir:

— Buenas noches, señores ¿puedo ayudarles en algo?

En ese mismo instante, Hedeon Lissitzky se cuadró de un salto, atravesó la plaza al grito de: ¡¡Marchemos, camaradas, valientemente!! y se precipitó en el interior de la destilería, seguido de sus correligionarios.

Un gentío somnoliento comenzaba a reunirse en la plaza interrogando a Bruno acerca de los intrusos y sus intenciones. Momentos después, Lissitzky, que se había atrincherado tras el ventanuco de un despacho en la planta baja, comenzó a disparar a la oscuridad acertando a varias alimañas distraídas en su paseo nocturno y provocando el pánico entre los vecinos. Animales y humanos corrieron a esconderse en sus madrigueras. Tan sólo Bruno, que no era hombre fácil de alterar, permaneció en la plaza durante el resto de la noche escrutando las siluetas que se movían de un lado a otro en la factoría, tratando de adivinar alguna conversación.
Al amanecer, algunos rostros fueron asomándose recelosos en la plaza. Unos y otros especulaban sobre la procedencia de los extraños. Se echaban las manos a la cabeza o se deshacían en oraciones sin quitar ojo al despacho de la destilería, que ahora permanecía oscuro y en silencio. Al mediodía ya habían organizado la resistencia, los más resueltos, o la huida, los remisos. Entonces la voz grave de Hedeon interrumpió todos los preparativos. Caminó con solemnidad hasta el centro de la plaza dando la mano a aquellos que, atónitos, alargaban la suya para saludarle. Con el aire sugestivo de quien está habituado a moldear las mentes de los soldados, abrió su discurso con las presentaciones pertinentes sin explicar o siquiera mencionar lo ocurrido la noche anterior.

— ¡Camaradas, querrán saber el motivo de tal intromisión en sus apacibles vidas! Como saben el glorioso Ejército Rojo lucha para mantener unida la patria tras la muerte de nuestro amado líder…

El pueblo entero escuchó impresionado el relato de cómo se habían reavivado los conflictos en las tierras vecinas y cómo la amenaza capitalista, aprovechando la muerte del líder Stalin, avanzaba embravecida hacia el corazón mismo de la Madre Rusia para erradicar por fin el comunismo de Europa. Narró con detalle cómo habían sobrevivido milagrosamente al horror que ardía en las calles de Hungría, las revueltas sofocadas en el corazón de Polonia, el pánico general en todos los territorios…

— …¡De cada rincón, en cada territorio, nacen nuevos fuegos de sedición! —El tono de voz tomó entonces unas notas conocidas para todos:

Hostiles torbellinos soplan sobre nosotros,
fuerzas oscuras nos esclavizan con furor,
En mortal combate entramos con el enemigo,
y todavía un extraño destino aguarda.

Las gentes de Inopia se miraban entre el estupor, el desconcierto y el miedo. Una vez más, Bruno Welgoth soltó la mano temblorosa, aunque robusta, de su mujer, y la alzó con el puño cerrado en alto, sumando su voz a la de Hedeon:

Pero vamos a plantar con orgullo y valor
la heroica bandera del trabajador
Bandera de lucha de todos los pueblos,
¡por la libertad y un mundo mejor!

Poco a poco varias voces se fueron uniendo al canto de la Varsoviana, y no hicieron falta muchas palabras más para convencer a todos los habitantes de Inopia de su papel imprescindible en la historia de la patria rusa. Constituían, ni más ni menos, un enclave estratégico para la dominación final de Europa en aquella guerra interminable. Aquellos soldados habían defendido la patria con honor y ahora, perseguidos por un enemigo insaciable, solicitaban refugio en el pueblo. Su expresión de terror cuando hablaban del destino que les esperaría si el enemigo llegaba a saber de su paradero, conmovió hasta al propio Bruno. Este alargó una mano huesuda y se la tendió al comisario, dándoles la bienvenida con un leve movimiento de cabeza. El abuelo Kozlov, que había asistido a todo lo ocurrido con preocupación escéptica, encontraba las narraciones de Hedeon demasiado confusas y ornamentadas. No comprendía cómo un militar de su rango podía terminar huyendo por los bosques como un fugitivo cualquiera, acompañado de un subteniente y un simple fusilero.
Los tres militares se instalaron en una de las viejas casas adyacentes a la fábrica, rehusando los ofrecimientos de varios vecinos para acogerlos con sus familias. Incluso hubo quien añadió a la oferta las virtudes de alguna de sus hijas. ¿Podían concebir acaso las doncellas de Inopia mayor honor que casarse con un auténtico oficial del Ejército Rojo? En el mismo despacho en que pasaron su primera noche, Hedeon acomodó una oficina desde la que atender las constantes solicitudes de los vecinos que recurrían a él como a la autoridad natural.

Y así, la vida en Inopia volvió a transcurrir de forma apacible, ajenos a la agitación que se resistía a abandonar las entrañas del continente. Hedeon Lissitzky, que era un hombre versado en materia de intendencia y logística, había reorganizado todos los aspectos funcionales del pueblo: Los brazos y espaldas más aguerridos trabajaban la tierra, mientras que aquellos otros demasiado jóvenes o demasiado viejos para los trabajos físicos, se ocupaban de la producción de vodka en la destilería. Las tareas de ganadería se distribuían entre cinco familias que se encargaban de cuidar, como si de miembros del clan familiar se tratase, cerdos, aves de corral y, algún año, incluso ovejas. Los frutos de todo este trabajo se repartían entre todas las casas en función de sus necesidades, creando, de forma natural y sin sospecharlo, una genuina colonia comunista.

Al abuelo Anatoli, que no simpatizaba en absoluto con el nuevo orden instaurado en Inopia, la figura del comisario Lissitzky y su aura de patriotismo histriónico le molestaban enormemente. El sentimiento de animadversión era mutuo, y el abuelo había sido relegado a la sección de envasado en la destilería tras uno de sus desencuentros. Solía pasar los días en compañía de Bruno Welgoth, con quien compartía disidencias al mismo tiempo que las garrafas de vodka menguaban vaso a vaso. Sería falso afirmar que eran amigos ya que, en palabras del abuelo, no disponía ya de ese lujo. No obstante, cuando la monotonía les oprimía el pecho se unían en un reproche unísono a la vida y regresaban a casa bien avanzada la noche con el alma sosegada y ebria. Por su parte, Bruno Welgoth lidiaba a su manera con la realidad narcótica de Inopia. Había perdido a toda su familia durante la resistencia y contraído segundas nupcias con la orgullosa heredera del único carnicero de Inopia. Circunstancia esta que le había seducido más que la propia muchacha. En honor a la verdad, este monopolio se debía más a la escasez de productos cárnicos en el pueblo que a la calidad de sus cortes. Además, como proclamaba Hedeon, una carnicería era más que suficiente para un pueblo. Aunque el ganado era comunitario, no lo era su despiece, que llevaba a cabo la señora Welgoth en su local. El estricto control que ejercían los oficiales de Hedeon para que las piezas se repartieran equitativamente para cada unidad familiar, no era suficiente para eludir la controversia, y durante el mes de matanza, surgían de las casas reclamaciones de toda clase. Unos reclamaban ser los dueños legítimos de las patas aduciendo que se habían ocupado todo el año en mantener limpias y sanas las pezuñas. Otros exigían su derecho a ser dueños de la cabeza, pues los niños pasaban las tardes cepillando las crines y limpiando las orejas de las bestias. Y alguno más solicitaba la libre disposición de las pieles, alegando que durante el invierno se habían ocupado de que el animal en cuestión no pasase frío. Estos conflictos y muchos otros los dirimía Hedeon, que no dudaba en proporcionar un retiro al calabozo a los subversivos. Lo cierto es que a pesar del grifo interminable de vodka que mantenía los ánimos elevados, la comida y otras vituallas escaseaban, las bodegas de las casas eran siempre exiguas y en todas las cocinas se hacían verdaderos números de prestidigitador para racionar la comida. El plato tradicional en Inopia era la sopa. La receta podía componerse de múltiples ingredientes. Normalmente consistía en un caldo pobre con alguna hortaliza flotando solitaria en la pota.

Entre las actividades comerciales ajenas al oficio familiar de Bruno Welgoth, destacaba el alquiler de huesos para la sopa. Imagino que podrá sonar pintoresco, pero resultaba un negocio muy lucrativo. Dos noches a la semana recorría las calles haciendo sonar un cucharón con la hojalata de una pequeña pota. Los vecinos salían al portalón y a cambio de una ración extra de legumbres o de vodka, introducía un hermoso y grasiento hueso de cerdo con su delicia espinal en el agua hirviendo del fuego. Ocho minutos y el hueso dejaba sus aromas suculentos en el caldo. No se admitían más de ocho minutos, por más antojos con que la familia pudiese pagarle. Según su ética profesional, todos debían tener derecho a que su sopa tuviera verdadero sabor. La abuela Bronya solía encomendarme la misión de entretener al viejo y siempre refunfuñaba cuando, con asombrosa precisión en el octavo minuto, Bruno metía el cucharón en el líquido en ebullición y lo depositaba de nuevo en su pota vacía.

—¡Para ser un renegado, bien que aplica el comunismo a la sopa! Condenado marxista del tres al cuarto…—Maldecía mientras tapaba con rapidez la olla para conservar el escaso aroma que había dejado el hueso— ¡Lyosha! ¿No te he dicho que le enseñases tu colección de chatarra? Maldito usurero… ¿Has visto como ya buscaba el hueso con su cucharón a falta de medio minuto?…Hay que ver cómo se aprovechan algunos de la pobre gente…

Sin opción a negociaciones o sobornos, pasaba de una casa a la siguiente hasta que el hueso quedaba tan limpio y gris que ni los perros se acercaban a olisquearlo.

 

Mi infancia transcurría entre la escuela que la señora Yurevkova había montado en un anexo del ultramarinos que regentaba, y los juegos en la plaza del mercado con los demás niños. Yura era una mujer mezquina que jamás fiaba a ningún vecino o amigo, ni entregaba ningún artículo sin comprobar que el intercambio le era favorable. Además de productos alimenticios y condimentos, vendía también varillas de junco para hacer cestas. Como parte de su programa educativo, aprovechaba para ablandar los tallos a base de azotar a los niños más inquietos de la clase. Como puede usted comprobar, era una mujer que detestaba el derroche, en el más amplio sentido de la palabra. Como si hostigarnos continuamente fuese a implantar en nuestras mentes infantiles algo de la disciplina militar que tanto admiraba en Hedeon.

Una tarde en que había salido a hacer recados para la abuela, me había entretenido más de una hora con un compañero de la escuela, Pavel creo que era su nombre, y si no bien servirá para la ocasión. Nos encontrábamos ante el escaparate de la señora Yura que en aquel momento no estaba en casa. El muy canalla llevaba un buen rato burlándose de mi cobardía por no responder a los castigos de la señora Yurevkova, y azuzándome con que el abuelo era un espía del enemigo. Después de vengar el insulto cobrándome su último diente de leche, cogí una piedra que no me permitía cerrar el puño y me dispuse en formación de batalla hacia el vidrio de la tienda. Dudé unos instantes, pensando en qué diría el abuelo si se enterase…Un sonoro cacareo me infundió el coraje que me faltaba. Alcé la mano desafiante, decidido a vengar a mis compañeros cuando una sombra a mi espalda provocó la huida pavorosa de mi compinche calle arriba. La silueta familiar de un sombrero sobre la tierra que daba sepultura al diente de Pavel me delató al abuelo, que me observaba con severidad. Cualquier intento de disimulo hubiera sido en vano. Arrojé la piedra al suelo y bajé contrito la vista esperando el pertinente correctivo. Sin embargo, lo que siguió ha quedado hasta hoy en mi memoria: Mientras yo permanecía sumiso esperando la sentencia, el abuelo Anatoli recogió la piedra del suelo y, sin pensárselo dos veces, la lanzó contra el escaparate haciéndolo pedazos. Me quedé mirando los cristales rotos con la boca abierta sin decir una palabra.

— Siempre debes terminar aquello que empieces. Y ahora vuelve a casa. Tu abuela lleva horas esperando esas cebollas para la sopa.— Señaló con el dedo índice en dirección a casa.

— …esstá bien, abuelo…Ahora mismo.—Lancé el primer paso sin comprender aún lo que acaba de ocurrir.

— Mañana a primera hora te presentarás aquí y pedirás disculpas a Yura. Te harás cargo de la reparación con tu trabajo.—Clavó su mirada en mis ojos atónitos y luego lanzó un suspiro observando el vidrio hecho añicos en el suelo.— Lo que se empieza se acaba…

Una vez superada mi perplejidad presenté mis respetos a la señora Yurevkova que agradeció mi sentido del deber, o el de mi abuelo, señalándome una bicicleta oxidada y una pila de paquetes que se amontonaban sobre el mostrador. Así fue, sin más preámbulos, como conocí mi profesión, la única que he tenido hasta ahora: mozo de los recados, con perspectivas de repartidor. Aunque a mí me gusta más decir: Emisario multidisciplinar.
Por las mañanas asistía a la escuela, y durante las tardes repartía pedidos por las puertas de Inopia con tanta maestría que, al cabo de unas semanas, ya recibía encargos encubiertos, pequeños intercambios, pagos de deudas, alhajas, mensajes ocultos en hogazas de pan, de todo. Al parecer mi carácter introvertido invitaba a todos a confiar en mi discreción. Imagino que esta era la intención del abuelo Anatoli para que, entre la escuela y mi nuevo oficio, no me quedase tiempo ni energía para vandalismos.
El día que terminé de pagar los daños que había provocado, además de un juego nuevo de estantes para la tienda, varios metros de cordel y papel para embalar y una lista nada escueta de pequeñeces que la señora Yurevkova fue añadiendo a la factura de mi agravio, entré en la trastienda a despedirme con la intención de retornar a mi infancia ociosa cuanto antes.

—¿Adónde crees que vas, joven Kozlov? — Yura me observaba sonriente tras el mostrador con los brazos cruzados bajo sus enormes pechos.

— Pues…iba a…a…— balbuceé dudando.

—Déjate de niñerías. Tú ya eres todo un hombre, Lyosha. No puedes continuar correteando por ahí como un anarquista, por mucho que tus abuelos sean unos ácratas. ¡Ay! ¡Pobre Bronya! Qué lástima, tan buena mujer…— Yo escuchaba con los ojos bien abiertos y la puerta a escasos centímetros de mi mano, valorando las consecuencias de una huida calle abajo.

—Señora, es que ya he terminado con…

—Lo sé, lo sé. No puedo retenerte sólo para mí…Sé que eres un buen chico, pequeño Kozlov— pronunciaba el apellido de mi abuelo con escarnio. —Y por eso te he recomendado personalmente para la destilería. —Mi rostro parecía negarse a traslucir mi decepción.

—Pero, señora, yo…

—¡Ay! Angelito, no tienes que agradecerme nada. Y ahora vete ya a hablar con Hedeon y le dices que yo te envío. ¿Me oyes? ¿Le dirás que Yura te envía?

—Sí…pero verá…

—Chsst!! No insistas más.

Me despidió con una palmada en el trasero que se prolongó más de lo decente entre una señora de bien y un chaval imberbe. No dejó que me marchara sin antes estrujarme en sus brazos, ahogando con su generoso don mamario el soniquete de su risa. En verdad que ese día comprendí la congoja de un canalillo angosto. De este modo fue como, a mis catorce años, encontré el destino de todo habitante de Inopia ajeno a los trabajos en el campo: la vieja destilería de vodka. Los ojos de mi abuela irradiaban orgullo al conocer la noticia. El abuelo Anatoli se limitó a encogerse de hombros y farfullar frases en ruso.
Trabajar en la destilería no era tan malo después de todo. Muchos de mis compañeros de la escuela también pasaban las tardes allí y el abuelo solía acompañarme cada día. Durante el camino me hablaba de tiempos más amables en Inopia y de cómo aquella atmósfera le había subyugado al llegar allí. A medida que el alcalde Lissitzky incrementaba el control sobre la aldea, el carácter del abuelo Kozlov se volvía cada vez más amargo. Según él, había convertido el pueblo en su causa personal y en una suerte de campamento militar. Tampoco se fiaba de los dos militares que le seguían a todas partes como a un líder, en sus rostros no encontraba el orgullo fanático que transmitía Hedeon. No. En sus miradas había otro sentimiento que el abuelo pronto tradujo como uno muy diferente: vergüenza.
Al menos una vez por semana, Hedeon Lissitzky reunía a todos en la plaza del mercado. Allí emitía un balance semanal de producción y asuntos particulares y remataba arrancándose con uno de sus discursos, rodeado de rostros boquiabiertos y mentes ablandadas por la cadencia de sus relatos. Al contrario que el abuelo Anatoli, que solía evitar estos eventos, la abuela Bronya disfrutaba de las sesiones y regresaba a casa cautivada por la personalidad de Hedeon, tarareando salvas e himnos, avasallando al abuelo y recitando las virtudes de la presencia del comisario en el pueblo. Lo cierto es que la abuela había congeniado maravillosamente con el tímido oficial de infantería Gérôme Litovsk, con quien compartía una acentuada hipocondría e intercambiaba recetas y remedios caseros contra toda clase de dolencias, reales o imaginarias.
Con el paso del tiempo el ambiente en Inopia se había enrarecido, impregnado de una inercia estancada que podía olerse en el aire como en una habitación sin ventilar. Nadie comentaba ya ninguna de las excentricidades de Hedeon, que se sumía más y más en sus delirios, convencido de ser el último adalid de la patria rusa. Cada vez con más frecuencia se encerraba en el despacho de la destilería durante días, sin apenas dormir ni comer, dibujando mapas en la pared y trazando en ellos líneas y símbolos indescifrables. Desde la plaza se le escuchaba recitar nombres y rangos de memoria, como si pasara revista a una tropa invisible y, durante las noches, murmuraba salmos e himnos en ruso o en polaco.

Durante estos lapsos no permitía siquiera la compañía de León Chernikov ni Gérôme Litovsk, que debían pernoctar en el cuarto de invitados de algún convecino hasta que Hedeon se recuperaba. Para calmar las ansiedades de su agorafobia, recibía regularmente las atenciones de Lilka Zewic, una mujer mucho más joven de lo que revelaban sus manos ajadas, las caderas yermas y unos pechos venidos a menos por la escasez. Todo lo que se sabía de ella era que había trabajado en uno de esos cafés especiales de Varsovia, con orquesta y todo, que solían frecuentar los soldados que añoraban el calor de un cuerpo amable. Era una mujer silenciosa que pronunciaba cada palabra como si tuviera que arrancarla de la tierra. A pesar de todo, cuando hablaba denotaba una cultura que no parecía encajar con la vida que decía haber llevado. No es que fuera una mujer guapa, pero en conjunto, su cuerpo y su forma de moverse al ritmo de una música inaudible al resto de los mortales, hacía que los hombres y muchachos de Inopia soñasen su compañía, y que las mujeres la condenasen al ostracismo. Condena que ella había aceptado de buen grado. Durante sus episodios Hedeon recibía casi a diario a la señorita Zewic.

Puntualmente a las ocho de la tarde, todos los vecinos veían pasar las blancas piernas de Lilka atravesando la plaza con una parsimonia elegante, poniendo deliberadamente a prueba los nervios de los corros de mujeres, que la observaban de reojo y se alejaban a toda prisa.

 

Los años se sucedían uno a continuación del anterior, tan iguales que por momentos uno podía llegar a olvidar su edad. Hasta que una tarde ocurrió algo inesperado que quebró la rutina hipnótica en el pueblo. Mientras ayudaba al abuelo a lavar docenas de garrafas vacías en el patio trasero, nos sorprendió el rumor ronco de una avioneta que sobrevolaba el pueblo. No le dimos demasiada importancia porque no era extraño ver cierto trasiego aéreo por la zona. Siempre eran avionetas militares, pasaban de un lado a otro, una y otra vez durante unas horas, luego cesaba y no se volvían a ver en meses. Pero esa tarde ocurrió algo más. Un paquete con las letras negras U.S pintadas en un lateral, cayó en un rincón del patio, rompiendo un tejadillo de tablas. El abuelo me envió enseguida al interior de la casa por temor a que resultara ser algún artefacto peligroso. Podría anunciar un bombardeo, tal y como Hedeon predecía en sus discursos. Pero no se trataba de ninguna bomba si no de una caja repleta de provisiones.

Al parecer, esa tarde habían caído al menos dos cajas iguales a aquella en todo el pueblo. Aunque todos murmuraban que seguramente habrían sido más, sólo dos fueron los que lo admitieron y compartieron el botín. Algún piloto del puente aéreo que se había establecido entre las regiones ocupadas y los estados enemigos debió errar las coordenadas. Durante las horas siguientes el excitado mercadeo de chocolate, tabaco, cereales y multitud de chucherías, contagió a todos los habitantes de Inopia en un absoluto estado de euforia, que fue rápidamente neutralizada por Hedeon. Convencido de que se trataba de una trampa enemiga, obligó a todos los que confesaron a enterrar las cajas en medio de la plaza, de tal forma que pudiera ser sorprendido aquel que tuviese la ocurrencia nocturna de desenterrar el tesoro. Fue exactamente en este momento en que los abuelos concibieron el nuevo negocio familiar. El suministro ilimitado de vodka gratuito estaba ya tan asimilado, que muchos eran los que secretamente añoraban brebajes como la cerveza o incluso, los más subversivos, el whisky. Todos se cuidaban bien de no suspirar por delicatessen capitalistas, ya que si el politruck oía tales herejías, acusaba públicamente al disidente y era castigado sin vodka durante un mes. Dos, si estaba de mal humor o si la falta había sido grave. De modo que estarían más que dispuestos a pagar una suma cuantiosa o intercambiar casi cualquier producto si alguien les ofrecía un trago exótico. El asunto del puente aéreo les había dado la gran idea: fingirían recibir cajas de whisky a través de un viejo camarada y lo venderían en secreto. De ese modo la abuela Bronya no tendría que desgastar más sus huesos en los trabajos de la tierra, el abuelo podría abandonar al fin la destilería y yo continuaría con mi trabajo de repartidor, imprescindible para el nuevo oficio familiar, sin preocuparme más por mi futuro.

Durante un tiempo el abuelo realizó horas extra en la sala de envasado de la destilería, decisión que fue interpretada por muchos como un acto de entrega y afán comunitario y elogiada por el mismo Hedeon Lissitzky. La abuela Bronya le visitaba con la excusa de llevar la cena a tan fervoroso trabajador, cargando siempre con una pota tibia que en lugar de sopa, como todos suponían, contenía una extraña mezcla de azúcar caramelizado diluido con agua y especias. De cada diez garrafas que envasaba, el abuelo Anatoli reservaba una en la que mezclaban aquel caldo tostado y lo dejaba macerar. Luego, con la ayuda de mis jóvenes piernas, transportaban la garrafa hasta casa almacenándola junto a las otras. La abuela había discurrido un sistema de etiquetado que le diera más realismo al potingue y, desempolvando la vieja Zenit instantánea del abuelo, disponía todo lo necesario para convertir al pobre Anatoli en un auténtico vaquero americano, imagen de alguna conocida marca de whisky. Aunque el abuelo no veía necesaria esta fase de la producción, accedió a regañadientes a servir de modelo para las primeras partidas.

—¡Estate quieto Anatoli! ¡Así no hay forma de que salgas bien! —La abuela sostenía la vieja Zenit con pulso tembloroso, apuntando al vaquero con el sombrero bien calado con pose de Van Cleef que sostenía un vaso mediado de whisky.

— Es este maldito sombrero, me suda la frente… ¡Maldita sea Bronya, termina de una vez! Cualquier día nos van a encontrar aquí y a ver cómo diablos explicamos esto.

— ¡Por Dios santo que eres un impaciente! Lyosha dice que hay que mantener la cámara bien quieta hasta que haga click. Y yo no he oído ningún click. ¿Lo has oído tú?

— Si esperamos a que tú oigas un click me moriré aquí de viejo.

— ¡Ya eres viejo! Un momento…Ya debería de…

— ¡Ya está! Se acabó. Que sea Lyosha la musa de tu arte!

— ¡Has quedado muy guapo! La próxima vez podría hacer yo de modelo. Seré una de esas bailarinas del oeste. Nadie me reconocerá. Lyosha dice que bien podrían confundirme con una de esas actrices americanas.

—Una esposa sorda y un galán ciego. No se me ocurre mejor pareja…

— ¿Cómo dices?— Arrugó el rostro como queriendo hacer más grande el espacio dejado a sus orejas y escudriñó al anciano.

— Nada mujer…Deja que me quite de una vez este disfraz ridículo.

 

Cada día, al salir de la escuela de la señora Yurevkova me dirigía a la destilería sin demorarme en niñerías que ahora me eran ajenas. Allí recogía las garrafas del día y las disponía en el pequeño remolque, hecho a base de jirones metálicos, que había instalado en la bicicleta. Todos conocían ya el traqueteo que anticipaba mi llegada y salían de las casas a recibir sus pedidos. En un punto de la ruta y poniendo suma atención en no ser visto, fingía tomar un atajo y depositaba junto a la portezuela del patio trasero de casa una garrafa de vodka sin numerar. Repetía esta operación tan sólo una vez al mes, para evitar que comenzasen a notarse las faltas en la sala de envasado. Además, resultaba una cantidad más que suficiente para cubrir la tímida demanda de aquel whisky o, como le gustaba decir a la abuela Bronya: vodsky. Al caer la tarde, siempre después de terminar mis rutas de reparto, volvía de nuevo al patio de casa donde el abuelo había dejado una caja repleta de botellas de licor tostado, todas perfectamente etiquetadas con la silueta gris de un viejo vaquero de aire familiar.

Bruno Welgoth era nuestro mejor cliente. No lo era tanto por la cantidad que demandaba, nada modesta, por cierto, sino más porque tenía la virtud de conseguir toda clase de vituallas imposibles. Esto lo convertía en un sujeto más que deseado en los intercambios. Era el único que conseguía café, siempre le sobraba al chocolate y además, se rumoreaba que guardaba cajas enteras de munición, metralla y hasta petardos en su casa. Era, asimismo, un negociador duro pero siempre justo. El señor Novak, comensal interino en la mesa de la familia Welgoth, había sabido de la pequeña reserva de un licor tostado de gusto malteado cuando, durante una larga sobremesa, tuvo oportunidad de degustarlo en un mano a mano con Bruno. Desde entonces se había convertido en un consumidor asiduo y satisfecho. Novak era un veterano funcionario de correos, a quien la garrafa mensual decretada por Hedeon no bastaba para permitirle olvidar las noches que pasó en el campo de batalla, enterrado hasta las rodillas en la nieve, acechando a un enemigo que podría presentarse antes o después de que la humedad y el frío acabasen con su vida. Nunca llegó a entrar en combate o a sufrir un destino peor porque, tal y como solía decir siempre, su pie izquierdo le salvó la vida.

— ¿Podrás dejarme dos botellas esta vez Lyosha? Mira, allí tengo medio quilo de patatas…mira qué tiernas…—Su mano izquierda señalaba un montoncito de tubérculos arrugados mientras, con la mano derecha, untaba con grasa de cerdo el muñón violáceo en que terminaba su pierna.

— Señor Novak…ya le di dos la semana pasada a favor de su palabra.

— Vamos chico, sé razonable con este pobre viejo. De no ser por mí, ¡ahora hablarías alemán! ¿Sabes decir no en alemán?

— No, pero…

— No sabes, ¿verdad? De poco te serviría, chico…Entonces esto es un sí.

— Es que los abuelos…

— Mira, llévate además estas cebollas, son grandes ¿eh? Fíjate, ahí tienes.— Introducía una a una en la caja, junto a las patatas, un puñado de cebollas que ya habían empezado a germinar.

— Está bien, no se preocupe. ¡Pero no se las beba de una sentada o no le traeré más! Mejor tome una ahora y mañana le traeré la otra, ¿de acuerdo?

— Oye chico, no tengo edad para monsergas. No sé de dónde sacáis este jarabe ni me importa. Mi paladar ajado ya ha olvidado el sabor de un buen whisky…

— En eso no puedo ayudarle señor, jamás he probado otro que no sea este. No puedo comparar. ¡Para mí es el mejor que conozco!

— Y para mí el mejor que tengo. Así que en paz.

— Buenas noches, señor Novak.

— Hasta mañana, chico. ¡No lo olvides!

 

La verdad es que todo marchaba bastante bien en casa. Los abuelos habían solicitado abandonar sus trabajos aduciendo agotamiento irremediable y vejez manifiesta. Hedeon porfió en un principio, sólo para acabar cediendo ante la petición de los ancianos, seguro de que en pocos meses, víctimas de la escasez, regresarían rogando volver a las tareas. Afortunadamente, gracias al trabajo en la destilería y a mi labor como repartidor encubierto, no nos faltaba de nada. Un invierno Hedeon, sospechando que mis rutas eran cada vez más largas, ordenó al hijo de la señora Yurevkova que supervisara mis movimientos y le informara de inmediato de cualquier anomalía que detectase en mis viajes. Para su desgracia, los niños de Inopia no habían sido criados en el ambiente bélico de sus padres, y sus cualidades como espía lo delataron antes de que pudiera ofrecerle ningún informe útil.

Desde que había abandonado la destilería y por tanto, los encuentros con Hedeon, que ya apenas salía del edificio, el abuelo parecía haber recuperado parte de su vitalidad. Tal vez fuese porque el negocio que nos traíamos entre manos había despertado la vieja vena de rebeldía que palpitaba en su interior. Al contrario que Anatoli, la pobre abuela Bronya vivía cada día más angustiada por la culpa. No sólo sentía que traicionaba a una patria invisible, sino que empezaba a convencerse de estar envenenando a todo el pueblo. Cada vez más a menudo se despertaba en plena noche invadida por el pánico y las pesadillas. Una noche llegué a casa de una de mis rutas y encontré a la abuela llorando desconsolada en la cocina, presa del hipo. Según me relató entre sollozos entrecortados por los espasmos, Gérôme Litovsk la había visitado aquella tarde, como otras muchas veces, para que le preparase una de sus famosas infusiones que sanaban todo mal. En un descuido, dejó abierta la puerta que daba al patio, de forma que el afligido soldado podría ver las garrafas y botellas etiquetadas acumuladas en un rincón. La mujer estaba aterrada, dispuesta a presentarse en ese mismo instante ante Hedeon y confesarlo todo, sacrificarse por el abuelo y por mí y aceptar la condena que se le impusiese, el calabozo, la horca o lo que fuera. Lo cierto es que Gérôme Litovsk estaba tan preocupado por el resfriado que le oprimía el pecho y sin perder de vista el padrastro que le supuraba en un dedo, convencido como estaba de ser víctima del tétanos o de una infección letal, que no tuvo ojos más que para emolientes y brebajes. Traté en vano, con todos los argumentos que mi perspicacia pudo construir, de convencerla de que no había ocurrido nada, que todo estaba en orden y que nadie iba a acabar en ninguna horca. Sólo mi abuelo, que contuvo su hipo persistente tras varios vasos de vodka aguado y palabras sosegadas, consiguió por fin calmar su mente atormentada. A partir de este momento ya nada volvió a ser igual. Cada día nos apremiaba a cesar en nuestra actividad ilegítima y a poner fin a aquel negocio inmoral. Desde entonces, todo fue a peor. Y empeoró aún más el día de la feria anual, hace ahora tres semanas.

 

Como cada 25 de octubre, siempre por el calendario juliano, Hedeon Lissitzky, reunía a todo el pueblo en la plaza Roja, antes plaza del mercado, para inaugurar la feria anual de Inopia. Punto de encuentro de todos los convecinos con algo que vender o intercambiar, sobre todo lo segundo. Por supuesto el vodka era el líquido conductor de ánimos y el anfitrión de la jornada. Como cada año, el alcalde tenía preparada una modesta intervención que contenía desde el balance de cuentas y almacén de la alcaldía, pasando por un informe detallado del estado de la causa soviética y las victorias Rojas, para cerrar el pregón con una arenga a la comunidad que daba comienzo a los festejos.
El abuelo Anatoli hacía tiempo que había dejado de participar en la feria. Cada año encontraba algo en casa que reclamaba su atención sin demora posible. En una ocasión tuvo que arreglar la malla metálica de las ventanas, en otra tenía que comprobar una avería en algún remoto mecanismo de la destilería, y este año debía arreglar sin dilación el remolque de mi bicicleta. Por supuesto esto no ayudaba en nada a mejorar la imagen desafecta de la familia de cara al pueblo, y mi abuela se pasaba toda la jornada refunfuñando y rogando a los dioses para esquivar preguntas impertinentes.

—¿No va a venir tampoco este año su Anatoli, señora Bronya? — inquirían con malicia las vecinas.

—No señor, no podrá venir. El pobre está muy ocupado. Ya sabéis cómo es, siempre pensando en el trabajo.— Se excusaba y apretaba las manos en los bolsillos de pana.

—Claro, claro…—Y se alejaban entre risitas como hienas que no piensan devorar a su presa, pero disfrutan del juego.

Poco a poco iban llegando los lugareños y ocupando su posición. Se guardaban bien de no tropezarse con ningún vecino indeseado y de tener un óptimo ángulo de visión de los puestos del mercado, que ya habían desplegado sus lonas. La señora Yurevkova ocupaba el punto más alejado de mi abuela con mejores vistas de la tribuna, Bruno Welgoth se ocultaba de la multitud en la tercera o cuarta fila, una vez se había asegurado de que todos habían advertido su presencia, y, en general, los hombres buscaban situarse a una distancia decente de Lilka, demostrando al corro de esposas una ensayada displicencia. En el centro se abría un vacío natural reservado para Hedeon y sus oficiales. Presidía el espacio una elegante tribuna de madera especialmente fabricada para esta fiesta. Cuando era niño solía corretear con los demás alrededor del círculo de concurrentes. Nos retábamos a asomarnos al podio a saludar a las chicas, quienes permanecían retenidas de mala gana por la mano de sus madres y ataviadas con sus mejores vestidos para la ocasión. Sus padres, sin embargo, sujetaban firmemente una cuerda aún con más orgullo que sus esposas amarraban a las niñas. Al otro lado de ésta, un cerdo más o menos orondo en función de las posibilidades familiares, esperaba con indiferencia porcina la llegaba de Hedeon. Se trataba de las familias encargadas del cuidado de la ganadería, que vivían con especial ilusión esta jornada. Uno de aquellos hermosos ejemplares de cerdo doméstico polaco, sería designado por el alcalde para ser sacrificado con honor y servir de comanda en las festividades. Además, la orgullosa familia custodia del cochino se llevaría a su casa ración extraordinaria de carne para el invierno. Este era motivo más que suficiente para que, durante las últimas semanas, los miembros del clan familiar que no desempeñaban trabajos en el campo dispensaran parte de su ración al animal, con el ánimo de engordarlo, para exponerlo lustroso y cebado en el día señalado.
Un sonido metálico golpeando el suelo iba acallando murmullos y bramidos uno a uno. Hedeon, que se protegía del frío con su casaca militar bien abotonada, subía los peldaños de la tribuna haciendo sonar unas extrañas espuelas que ningún vecino había visto antes. Tras él y con el gesto solemne, los oficiales cubrían ambos flancos del militar. Se imponía entonces un silencio sólo roto por los vivas de algún vecino embargado por el fanatismo, y todos atendían a sus palabras esperando el gran momento con expectación. Durante varios minutos se sucedían olas de números, cuentas y porcentajes que todos escuchaban resignados salvo el señor Welgoth, que comprobaba cifras en su libreta con avidez. Lilka, que cuando estaba fuera de servicio hacía las veces de secretaria de Inopia, tomaba nota y levantaba acta de cuanto allí se decía. Las niñas reprochaban con miradas de envidia a los grupos de niños que corrían de un lado a otro como gallinas asustadas. Suplicaban con los ojos la libertad a sus madres que, sin inmutarse de las demandas de sus hijas, lanzaban bostezos al aire contagiándose unas a otras.

Cuando llegaba el informe del estado de la patria internacional, todas las miradas se abrían fijas en Hedeon. Incluso algún niño dejaba su carrera frenética y se acercaba al tumulto a escuchar. Yo siempre estaba entre ellos. Siempre había sido mi parte favorita. Aunque no entendía nada de intendencia o estrategia, me maravillaba la destreza con que Hedeon dibujaba con su bastón todas las fronteras del continente europeo sobre la arena. De memoria, sin titubear una sola línea.

— …He sabido que un destacamento de nuestro amado Ejército ha aplastado la resistencia ucraniana y liberado varias ciudades. — hablaba con una devoción que contagiaba a todos mientras arañaba líneas de avance y círculos en el suelo.— Por desgracia, camaradas, nos llegan horrendas noticias desde Hungría. El enemigo se ha alzado contra el gobierno democrático y ha tomado el poder. Los soldados han luchado con gran valor, pero hemos sufrido muchas bajas y la integridad del país está en peligro. — Se alzaron murmullos de desolación y temor entre los vecinos. Nadia Comarovka, la mujer del médico y también veterinario, de Inopia, se desmayó con un suspiro de horror, asustando a dos cerdos que dormitaban a su lado.
>>Lo sé, ¡son noticias estremecedoras las que nos llegan, compañeros! ¡Por ello debemos ser más valerosos que nunca! ¡El enemigo es impredecible y penetra en nuestra patria como un tumor maligno! No siempre con tanques o bombarderos como recordamos todos. Ahora se cuela en nuestros hogares y en nuestros sueños con la inocencia de la cotidianidad!

En este instante tenía a todos hechizados y sus miraban de pavor buscaban en él a su protector. Incluso los cerdos, habían dejado de mascar hojarasca y se unían a la catarsis colectiva. Justo en este punto, Hedeon Lissitzky dejó caer su abrigo al suelo en una pose dramática, mostrando el atuendo que escondía hasta entonces la larga casaca militar. El asombro se abrió en las bocas al unísono. Muchos, reconociendo en el disfraz la etiqueta de las garrafas que escondían en sus bodegas, miraron de un lado a otro nerviosos, alternando furtivas miradas hacia el punto donde me encontraba.

— ¡Observad, compañeros, el aspecto del mal! No se parece en nada a los soldados armados que quemaron nuestras ciudades ¿a qué no? ¡Este es el uniforme de guerra que utiliza ahora el enemigo!

A ambos lados, León Chernikov y Gérôme Litovsk, que permanecían en absoluto silencio como solía ser su costumbre, alzaron la vista hacia la invocación del mal que tenían ante sí sin saber cómo reaccionar. Gérôme encontró entre la multitud mi mirada turbada y devolvió la suya al suelo, ocultando la mueca de bochorno que nacía en sus labios. Por su parte el llanero rojo proseguía su discurso:

— Hay algo que lleva preocupándome varios días, he sabido que nuestro preciado fluido patrimonial, transparente como el agua, embriagador como el néctar de la madre patria, ¡ha sido corrompido! Entre nosotros alguien ha estado envenenando a nuestros vecinos, a nuestros amigos y quién sabe si a vuestros hijos…— La sorpresa dio paso al miedo y se alzó un murmullo interrogante que Hedeon trataba de apagar con su mano alzada hacia la multitud.- Pero yo, Hedeon Lissitzky, ¡no dormiré hasta ver garantizada nuestra seguridad y la de nuestros niños!- Y señalaba hacia los grupos infantiles que ya se habían refugiado en los brazos paternos.- Velaré día y noche, escrutando con oído de zorro cada palabra, cada murmullo, cada paso en las sombras!- niños, adultos y chanchos asentían mecánicamente consternados ante un panorama aterrador.

Yo permanecía aturdido, absorto en el espectáculo al lado de la abuela Bronya, que se removía inquieta, y limpiaba con su pañuelo el sudor frío que comenzaba a empapar el relieve accidentado de su frente.

—Abuela, ¿crees que Hedeon ha descubierto alguna de nuestras…— La abuela retorció el cuello para clavarme una mirada gélida, rogando que guardara silencio— . ¿Nos habrá delatado alguien? Seguro que ha sido la señora Yurevkova, juro que le…

—¡Cielos, Lyosha! ¡Calla y déjame pensar! – Se removía nerviosa comprobando que ningún oído indiscreto me había escuchado y mascullaba una queja mientras Hedeon continuaba su letanía- Vais a acabar conmigo…pobre de mí…

—…¡Uno de nuestros vecinos, camaradas, ha estado engañándonos! Recorriendo cada día nuestras calles, llamando a nuestras puertas. Traicionando nuestra confianza con su aspecto inocente y camuflando el veneno enemigo entre nuestros apreciados alimentos…

Los pensamientos me amartillaban la sien y de algún modo, ingenuamente, suponía que todo quedaría arreglado si explicábamos lo ocurrido. Los vecinos se dividían entre los que concentraban sus esfuerzos en mantener la vista lejos de nuestra posición, los que maquinaban una forma discreta de alcanzar sus casas y deshacerse de las garrafas etiquetadas, y los que, escandalizados por lo que estaban oyendo, comenzaban a dirigir miradas acusadoras a los sospechosos habituales.

—Abuela…No hemos hecho nada malo, ¡si confesamos ahora todos lo entenderán!

—Chssst!! – Un codazo en mi costado me dio la orden directa de silencio. — Vámonos a casa.

—Pero…

—¡Obedece por una vez!- El cuerpo de la abuela ya me daba la espalda y emprendía lo que para mí era una rendición culpable.

—…Todos hemos confiado en su integridad, no es culpa de nadie…Tal y como siempre he temido, el enemigo ha penetrado en nuestros hogares con el aspecto más inocente posible: ¡el de uno de nuestros jóvenes!

—¡No hay ningún enemigo! ¡Nadie ha tratado de envenenaros! — estalló mi voz entre el asombro general y la consternación de mi abuela. Hedeon siguió las cabezas que se giraban conduciéndole hacia mí.

—El señor Lyosha Kozlov, ¿cómo no?— se escucharon risitas gallináceas entre la concurrencia y un prolongado suspiro que seguramente salió de las entrañas de la abuela.— ¿Me acusas de engañar a mis camaradas?

—…¡por supuesto que no!

—Dime una cosa joven Kozlov… ¿No estás ya sirviendo al pueblo con tu trabajo en la destilería?

—Claro que sí…

—¿Te parece deshonrosa tu labor?

—…no, señor

—Entonces, explícanos, señor Kozlov, si es que existe explicación posible a esta traición: ¿Por qué has estado mercadeando con un licor infame e inmoral? No es sólo la traición a nuestra causa, ¡también se trata de un fraude! — De nuevo el espanto resonó en la plaza.

—¡No es cierto! — La abuela Bronya, sin articular una palabra, rompió en sollozos víctima de un ataque de hipo.

—¿Creías que un poco de caña de azúcar engañaría el paladar de un viejo lobo de guerra? ¿Creías que podrías corromperlo y sacar más beneficios con él? ¡¡Usura capitalista!!

—¡Al calabozo con él! — Una voz conocida resonó entre la multitud.

—…no señor, no pretendía…— Busqué en mi interior el tono más sumiso para suavizar la situación.

—¿Alguna vez he faltado a mis funciones, señor Kozlov?

—…No he…

Se dirigió entonces a la multitud boquiabierta:

—Les pregunto…¡No, les suplico que respondan a este humilde siervo de la patria!: ¿Alguna vez he fracasado en el desempeño de mis atribuciones?

—¡Hedeon Lissitzky vela por todos nosotros! — Una voz femenina que no reconocí inició las salvas que propiciaron mi derrota.

—¡Viva Rusia! ¡Viva Hedeon! — Se repitieron los vítores hasta que Hedeon alzó el brazo izquierdo y asintió orgulloso.

—¡Este incauto cree que un anciano veterano de guerra que ha visto los tanques de Hitler arrasar la bandera que heredarán estos jóvenes ingratos, no puede ya seguir protegiéndoos!

—¡Yo no he dicho eso! Si pudiera explicarles…— Tuve que gritar con todo el aire de mis pulmones para hacerme oír entre los abucheos de la masa obcecada, que se apartaba de mí y de la abuela como de una enfermedad infecciosa.

—¡¿Por qué has intentado envenenarnos entonces?! — exigió la señora Yurevkova.

—…pu…pues…nunca quise…los abuelos son ya mayores y…— No pude terminar la frase, uno de los alguaciles me agarró el brazo y me arrastró hasta la tribuna de Hedeon.— ¡Esto es injusto! ¡Soltadme!

—¡Ese chico está loco, Hedeon! ¡Que pase la noche en el calabozo a ver si aprende algo de la vida! — Creo que fue el propio Novak quien comenzó el linchamiento.

—¡Es un vago! ¡Al calabozo con él! — Reconocí en esa voz a un compañero de la destilería.
No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Mi pobre abuela permanecía pálida y contrita apartada del círculo enardecido, sin articular una palabra.

—¡Calma, camaradas! ¡Calma! He aquí un ejemplo de los efectos de la subversión en nuestros jóvenes… ¡La corrupción de los valores! ¡¡La pérdida de la fe y del compromiso con la patria!!…¡He aquí la semilla de la deserción! — Los bisbises ya se alzaban como uno y la catarsis empezaba a nublar los juicios.

—¡No soy ningún desertor! ¡¿Cómo voy a desertar de algo que jamás he visto?! — Miré aterrado a mi abuela suplicando que intercediera por mí, que pusiera fin a aquella locura, pero ya no la encontré entre los rostros exaltados.

— ¿Qué podemos hacer para salvar la moral y el alma de este joven corrompido por el enemigo entre los muros de nuestra propia casa?

—¡Al calabozo con él!

—¡Siempre llega tarde!

—¡La última vez rompió una de mis garrafas y tuve que pedir otra!

—¡Ningún Kozlov participó nunca del Consejo! ¡Es una familia de apátridas!

—¡Traidores!

—¡Al calabozo!

—Compañeros… ¡calma! Todos me conocéis desde hace años, a muchos os he visto nacer…incluyendo a este joven perdido… Sabéis que soy un hombre paciente, compasivo y fiel a los principios de la concordia…En estos tiempos difíciles debemos ser piadosos con aquellos que nos ponen a prueba. ¡Alguaciles! Conducid al señor Kozlov al calabozo. Yo hablaré con él.

—¡Eso, eso! ¡Al calabozo con él, así aprenderá! — La voz chillona de Pavel me demostró que la locura ya era unánime.

—En vista de los acontecimientos, pongo fin a los preámbulos e inauguro oficialmente la feria anual de Inopia. — Mientras me conducían sin más resistencia hacia la destilería, resonaban a mis espaldas los vítores a Hedeon.

Permanecí durante horas sentado en el catre de aquel habitáculo sin comprender del todo lo que había ocurrido. Supe que habían escogido ya al cerdo honorífico cuando las notas descompasadas de la banda de música abrieron el baile. Lo cierto es que tenía la sensación de ser yo el animal escogido para ser sacrificado.
León Chernikov se entretenía dando buena cuenta de una garrafa de vodka canturreando al son de las marchas que sonaban en la plaza. Hedeon no hizo acto de presencia en todo el día y yo terminé cediendo al aburrimiento y al sueño. Dormitaba sobre aquel colchón de espuma cuando la voz del abuelo Anatoli irrumpió en el calabozo. Comprobé que ya había anochecido y que desde la plaza sólo llegaban ya los himnos ebrios de los últimos feriantes que hacían cuenta en la cantina.

 

—¡Por el amor de Dios! ¡¿Se han vuelto todos locos?! ¡No es más que un chiquillo! ¡Exijo que lo saque ya de ahí! ¡Le aseguro que todo ha desaparecido, ¡no queda ni una gota! Mañana presentaremos nuestros respetos a Hedeon— Las palabras de mi abuelo se acompañaban con golpes rítmicos sobre la mesa.

—No puedo hacer nada, señor Kozlov. Mis órdenes son esperar a Hedeon.— Mi carcelero ni siquiera se molestaba en levantarse de su asiento para atender al abuelo. Se limitaba a mirarle despreocupado mientras trasegaba otro vaso de vodka.

—Yo mismo le traeré mañana, ¡se lo garantizo! Pero permita que pase la noche en casa, su abuela está muy preocupada…

—Lo lamento de veras.

—Que lo lamenta dice… ¿Se da cuenta de que esto ha sido un malentendido?

—Oiga…váyase a casa, tranquilice a la señora Janica Bronya y vengan los dos mañana. Verá que todo se ha arreglado.— Su voz denotaba cierta empatía hacia el abuelo y se encogía de hombros con impotencia.

—Esto es una locura…Este pueblo ha perdido el juicio… ¿Un desertor?! ¡¿Desertor de qué patria por el amor de Dios?!

—Oiga…vuelva a casa, necesita descansar …

—Creo que los únicos traidores a la patria aquí son ustedes. — Las palabras salieron de su boca con las raíces de años arrancadas de la lengua.

—¿Cómo dice?

—¡Hedeon y ustedes dos, sí! Lo supe desde la noche que aparecieron aquí.

—Señor Kozlov, mida sus palabras…

—¡Unos desertores!…unos desertores que se han aferrado a las almas asustadas de esta gente para evitar el gulag! ¡Eso es lo que son! Siempre lo he sabido…— Silencio al otro lado de la mesa— . ¿No dice nada? Luego no me equivoco…

—Márchese o lo lamentará.

En un instante de lucidez, el abuelo aceptó la retirada que se le brindaba y regresó a casa sin saber cómo explicar a la abuela que no había logrado nada. El silencio se apoderó del pueblo y los perros anunciaron el sueño de sus dueños. Hedeon no apareció. Y no lo hizo tampoco al día siguiente.
La tercera noche que pasé allí, León Chernikov recibió la visita de la señorita Zewic, quien me saludó de mala gana y centró enseguida sus atenciones en la entrepierna del centinela. Giré mi cuerpo en el catre dando la espalda a la pareja. Sólo me faltaba aquello…Entonces ella le susurró algo al oído y lo condujo hacia otro despacho de la mano, dócil y ronroneando como un gato doméstico. Antes de salir de mi campo de visión, Lilka se volvió y me guiñó un ojo. No supe entonces si se burlaba de mi desdicha o me citaba para más tarde. Al cabo de unos segundos me llegó un sonido lejano de arañazos desde exterior.

El repiqueteo era cada vez más nítido. Me asomé al ventanuco enrejado y la luz de la luna arrojó una imagen que no olvidaré: Agazapado entre las sombras, la silueta encorvada del abuelo Anatoli rascaba la vieja pared de ladrillos que me retenía desde hacía tres días. Levantó la vista hacia mí y se llevó un dedo a los labios.
Con una piqueta y un martillo practicaba pequeños bulones en el muro e introducía algo en ellos. Así hasta cinco. Comprendí de qué se trataba cuando la primera mecha iluminó la celda por completo. Eran los barrenos que Bruno guardaba en sus cajas. Con un gesto me indicó que me alejara de la pared y unos segundos después la explosión retumbó en la noche despertando a los perros. Los ladrillos envejecidos cedieron a la pólvora y abrieron un hueco lo suficientemente amplio para permitirme salir. Aún desconcertado, mis piernas tomaron el control y salí de la celda sin perder más tiempo.

—Lyosha, hoy vas a abandonar Inopia. Está todo dispuesto. Date prisa, todo el pueblo se habrá despertado.

—Pero…la abuela… ¿y a dónde iré?

—Tu abuela está conforme. Abandonarás este lugar ahora. Tendrás que encontrar tu propio camino solo.

—¡No! ¡Vámonos todos! ¡Los tres! Buscaremos otro pueblo, buscaré trabajo o me alistaré. No le tengo miedo a la guerra.

—Ya no hay ninguna guerra, Lyosha… ¿Es que no lo entiendes? No podemos retenerte más tiempo fuera del mundo. Tu abuela y yo estamos ya viejos y cansados como para empezar una nueva vida.— Se escucharon los gritos de los soldados y varios vecinos acercándose al edificio— ¡Vete ya!

—Pero abuelo…

—No me interesa descubrir en qué se ha convertido tanta sangre, tanto rencor y tanta patria. ¿Lo entiendes?

—…no

—Estaremos bien. Sal de aquí, ya conoces el camino.

—Nunca lo he usado, no sabré llegar…

—Síguelo sin más. —Se despidió con una mano sobre mi hombro como cuando salía a trabajar cada mañana, como si fuéramos a encontrarnos en unas horas—. Adiós, hijo.

 

La plaza empezaba a llenarse de vecinos asustados por la explosión. Reclamaban la presencia de Hedeon. El gran Lissitzky permanecía en su despacho ajeno a la alarma general, con la vista clavada en el mapa de la pared y jugueteando con el sombrero de ala ancha que había utilizado días atrás. La radio de su mesa, la única en Inopia, parloteaba con un sonido entrecortado y afónico. No se inmutó ante la entrada precipitada de Gérôme Litovsk, todavía adormilado, y León Chernikov, quien no acertaba con los botones de su camisa, que se cuadraron con gesto agitado ante la mesa de su superior, esperando una orden. Hedeon acariciaba el sombrero de vaquero con la mirada vacía. En el aire sólo voces intermitentes:


-¿Se abren realmente las fronteras de la otra Alemania?
…Los que quieran realizar viajes privados temporales…[…]
Entonces, ¿qué va a pasar con el Muro?
…podrá viajar al extranjero cualquier ciudadano de la República Democrática que tenga su pasaporte en regla y lo pida…[…] Sin tener que justificarlo y sin tener que esperar…[…]
-¿ En qué momento entrará en vigor ese decreto?
….Según tengo entendido esto entra en vigor en el acto…de inmediato…

Obedecí los deseos de mi abuelo y me deslicé entre las sombras de las calles. A unos cien metros de la última casa, volví la vista. Un intenso fogonazo iluminó la noche y de la vieja destilería comenzó a manar una lengua de fuego que mordía la oscuridad de la noche. Inopia. Atrás quedaba aquella pequeña aldea que no aparecía en los mapas. Caminé durante horas por un camino de arena gruesa que me condujo a uno de tierra. Y este a su vez a uno asfaltado que se hacía cada vez más ancho bajo mis pies. Alcé la vista y el sol comenzaba a romper el horizonte.

 

—Y así es como he llegado hasta este extraño lugar…

—Entiendo…— La mujer apartó un instante la mirada del periódico que reposaba abierto en su regazo, y señaló un enorme vehículo que asomaba por la carretera.— Verás chico, esta es mi línea.

—Dobló el periódico cuidadosamente, se levantó con esfuerzo y cargó varios paquetes en el relieve de su cadera—.Hasta luego… ¿Lyosha?

—Adiós señora.¿Pasará otro pronto? Me gustaría ver el amanecer…

—Sí…sí, chico, por supuesto…en una media hora pasará el que llega a Cracovia…

—Hoy es mi cumpleaños, ¿sabe?

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Una respuesta a “INOPIA

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